Indisciplinado, parrandero, desorganizado, mujeriego, impuntual, pero inteligentísimo, alegre,
simpático, bondadoso, generoso y muy trabajador y profesional. Así era Germán Valdés, Tin Tan.
Gilberto Martínez Solares me platicó en una entrevista que cierta vez Germán no llegó al estudio
donde filmaba una película. "Por un amigo supimos que se le había ocurrido irse a Londres con
la Chula Prieto, una bella estrellita, a ver la clausura de la Olimpiada de 1948 en la que
Humberto Mariles y el equipo ecuestre de México ganaron medallas de oro. Cuando regresó, me
encontró a la puerta de los estudios y me dijo:
--Don Gil, no sabe que pena tengo, pero fíjese que cuando salía de la casa, al despedirme de
Rosita (Rosalía Julián, una de las hermanas Julián, cantantes, con la que estaba casado. Su
hermano Ramón se casó con la otra hermana) me dio un beso tan apasionado que me regresé y
me quedé con ella dos días en la cama...
El productor, que nos escuchaba --sigue relatando Martínez Solares--, le lanzó una fría mirada de
reproche ante tanto cinismo, pero Germán, sin inmutarse, le mentó la madre y se metió al foro".
Eran sus años dorados. El cine mexicano contaba con actores como Pedro Infante, Jorge Negrete,
y productores como Felipe Mier podían darse el lujo de enviar circulares a los países
latinoamericanos anunciando que estaba por filmarse otra película de TinTan. Se hacía una
sinopsis y se listaba el reparto, para a continuación ofrecer la exclusiva a alguna compañía de
cada país e invitarla a enviar entre 25,000 y 30,000 dólares para financiar la cinta. Así, recordaba
Martínez Solares, se reunían cantidades impresionantes de dinero: entre 800,000 y un millón de
dólares. Se gastaban 300,000 en una película y el resto era ganancia, aún antes de exhibirla.
Cuando se enviaban las copias de la cinta a los países participantes, se recibían de regreso
muchos dólares más. Hasta 100,000 dólares en un año. Por eso TinTan podía darse esos lujos,
como hacer viajes repentinos! a Europa y además comprar cada año un Cadillac o irse los fines
de semana a Acapulco, a pasear en su yate, el Tintavento, nombre que llevaron 3 embarcaciones
que tuvieron final de película: una se quemó, la segunda se estrelló durante un huracán contra el
kiosco del zócalo acapulqueño y la tercera se hundió en el muelle de Icacos.
Esta es la historia del primer Tintavento:
Cuando se empezó a quemar el primer Tintavento, el propietario, medio dormido, tomó una
cubeta y lanzó el contenido contra las llamas. El líquido era gasolina que salpicó el brazo del
improvisado bombero; desesperado éste corrió por la cubierta con la extremidad convertida en
antorcha hasta que se arrojó al agua. Allí lo alcanzó su esposa; quien se encontraba en el yate;
ambos treparon a un bote salvavidas y él, pese al dolor, empezó a remar con todas sus fuerzas
para alejarse del fuego. Largos minutos después descubrió que no avanzaba, pues la lancha se
mantenía atada al yate. Para su fortuna la cuerda se quemó y al fin pudo enfilar hacia la orilla.