Seguramente ya lo habrá observado: en las ciudades, hay mucho más palomas negras que blancas. Esto ocurre en todas partes, lo mismo en Mérida que en Cancún, París, Londres, Amsterdam, Venecia, Beijing o Madrid, sin que se sepa bien a bien la razón de ello.

Como puede verse en esta fotografía de una gran cantidad de palomas capturadas en una ciudad de España durante una campaña de “despalomización” para eliminar esa plaga, predominan los ejemplares de color negro o gris oscuro. Son pocas las palomas blancas.

Por Juan José Morales

Ahora, una investigadora francesa, Marion Chatelain, ecóloga de la Universidad Pierre y Marie Curie de París, haber hallado la respuesta. La clave, dice, está en cierta sustancia que compartimos con las palomas y otros muchos animales: la melanina, que en los seres humanos da color a la piel y el cabello, en las cebras y los tigres a las rayas de su pelaje, y en las aves a las plumas.

La predominancia de palomas negras sobre las blancas en las áreas urbanas, se debe —explican— a que son más eficientes para eliminar sustancias tóxicas que ingieren al alimentarse, y ello lo logran con ayuda de la melanina, pues esta sustancia no solo actúa como un pigmento que da color a las proteínas de plumas, piel, pelo y cabello, sino que también forma enlaces químicos con ciertos metales, como plomo y zinc. Al ocurrir tal cosa, esos metales —que son tóxicos— son eliminados del torrente sanguíneo y van a dar a las plumas, donde no causan daño.

Ahora bien: plomo y zinc son muy nocivos para las aves. Se ha observado que cuando poseen altas concentraciones de esos metales en su organismo, se reduce la fertilidad de los machos y las hembras ponen menos huevos. Así, cualquier factor que contribuya a reducir los niveles de plomo y zinc en el organismo de las palomas les ayudará a evitar los daños causados por la contaminación y por tanto mejorará su potencial reproductivo.

Para comprobar su hipótesis de que las palomas negras son más abundantes porque son más eficientes para eliminar metales pesados de su organismo con ayuda de la melanina, realizó un experimento consistente en capturar cierto número de ellas, de diferentes colores, determinar las concentraciones de zinc y plomo en su sangre y sus plumas, y tras mantenerlas en cautiverio durante un año alimentadas con una dieta controlada, repetir las mediciones.

Resultado: al cabo de ese tiempo, los metales en la sangre de las palomas oscuras se habían reducido sustancialmente, y en cambio sus plumas de repuesto —las que les crecen anualmente para reemplazar a las viejas— mostraban mayores concentraciones que las de las palomas blancas. De esto puede concluirse que, con igual alimentación y en las mismas condiciones, las palomas de plumaje negro o gris oscuro concentran más los metales pesados en sus plumas y no en la sangre.

Y aquí entra en escena el amigo Darwin: el hecho de que puedan eliminar los metales tóxicos de su sistema circulatorio le da a las palomas negras una mayor capacidad reproductiva y por tanto pueden tener más crías que las blancas. Generación tras generación, nacen más palomas oscuras que claras, hasta que aquellas terminan siendo las más abundantes. Esto, por lo demás —dice la autora del estudio— ocurre también con otras aves. En términos generales, en las zonas urbanas predominan las de color oscuro.

Desde luego, hay quienes no comparten los puntos de vista de Chatelain y consideran que hay otros factores en juego. Por ejemplo, el hecho de que las palomas negras son más agresivas que las blancas y eso les ayuda en la lucha por la sobrevivencia. O bien, que su color les permite confundirse con el asfalto negro y así pasar inadvertidas a los ojos de aves de rapiña y otros depredadores.

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