Portada de uno de los muchos libros de “autoayuda” de Chopra, que desde el título y el subtítulo despide el inconfundible tufo a charlatanería de este tipo de obras.

Pregunta: ¿Qué tiene que ver Deepak Chopra con la civilización maya, los estudios sobre cultura maya o la región maya? Respuesta: nada. Absolutamente nada. El tal Deepak Chopra es sólo un charlatán que se ha enriquecido con la venta de libros, videos, cursos y conferencias en los cuales hace creer a la gente que las enfermedades no se deben a bacterias, virus o factores genéticos sino a ciertas fuerzas misteriosas, y que para mantenerse sano y fuerte, y para evitar cualquier enfermedad o curarse de ella, no es necesario acudir al médico, tomar fármacos ni someterse a cirugías ni a ningún otro tratamiento, sino que basta y sobra con proponérselo, ejerciendo la fuerza de la voluntad. Y que para evitar o retardar el envejecimiento, sólo hay que aprender a “metabolizar el tiempo”.

Por Juan José Morales

Ninguno de los disparates que Chopra pregona tiene relación alguna con los mayas, la antropología, la historiografía, la arqueología o cualquier otra rama de la ciencia. Sin embargo, este embaucador ha sido invitado a dictar una conferencia magistral en el Festival Internacional de la Cultura Maya, que se celebrará en Mérida en octubre próximo, al lado de investigadores y académicos de reconocido prestigio como el Dr. Miguel León Portilla, antropólogo e historiador, cuyos méritos como estudioso de las antiguas culturas mexicanas son de sobra conocidos, el Dr. Brian Fagan profesor emérito de la Universidad de California en Santa Bárbara, autor o editor numerosas investigaciones y de casi medio centenar de obras de alto nivel profesional, varias de los cuales se utilizan como libros de texto para estudiantes de arqueología,
el Dr. José Sarukhán, ex rector de la UNAM, coordinador de la Comisión Nacional para el Estudio de la Biodiversidad, famoso por sus estudios sobre ecología y botánica tropical, quien ha recibido tantos premios y doctorados, y pertenece a tantas organizaciones científicas que el espacio de esta columna no alcanzaría para enlistarlos, o el Dr. Alexander Voss, arqueólogo, epigrafista y etnohistoriador, investigador de la Universidad de Quintana Roo.

Es como si en un congreso literario se pusiera al lado de José Emilio Pacheco, Octavio Paz y Carlos Monsivais, a Cuauhtémoc Sánchez y a Yolanda Vargas Doulché, la de Lágrimas y Risas y Memín Pinguín.

Por cierto, mientras en el programa del festival se anuncia el tema que abordará cada uno de todos los investigadores citados, sobre Chopra no se dice una palabra al respecto. Sólo se anuncia que dictará una conferencia, como si fuera superior a los demás y su solo nombre bastara para justificar su inclusión en el programa y el público esté obligado a escuchar lo que se le antoje decir.

Chopra —repetimos— jamás ha publicado una línea sobre la cultura maya. Es más: jamás, desde que se dedicó al productivo negocio de timar ingenuos, ha publicado un solo trabajo de investigación en una revista científica arbitrada. Su más de medio centenar de libros de “autoayuda” no resisten el menor análisis científico. Son sólo un revoltijo de frases y conceptos sin sentido e incluso ridículos —que sin embargo sus cándidos seguidores toman por profunda sabiduría y elevadísimos conocimientos—, del tipo de “somos un campo localizado de energía e información que se retroalimenta mediante gazas cibernéticas con un campo no local de energía e información”, o que “si uno tiene pensamientos felices… produce moléculas felices”.

En su confusa jerigonza seudocientífica, Chopra habla todavía de “los cinco elementos” —un concepto más que medieval—, de los que, dice, derivan las tres doshas, que son cualidades cuánticas del cuerpo humano y de las cuales, por ejemplo, la dosha a la cual llama Pitta es caliente, ligera, intensa, penetrante, pungente, aguda y ácida, y controla la digestión, el metabolismo y la producción de energía.

Creo que con estos pocos ejemplos basta para darse cuenta de que el individuo de marras es simplemente un charlatán, un vulgar merolico que no tiene cabida en un evento destinado a enaltecer la cultura maya y a los investigadores que la estudian. ¿Por qué se le invitó? Sería bueno que los organizadores del festival lo explicaran.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

¿Qué busca el público en las historietas de Yolanda Vargas Dulché?

El sicólogo Luis Valles, especialista en sicología educativa, hacía el siguiente análisis de Memín Pinguín:

“La revista tiene éxito porque es cursi, sentimentaloide, y porque satisface todos los complejos de gente inmadura.

“Es tan dominante el tema de la fijación materna, que ésta aparece aún en los nuevos personajes. Cuando Memín se pierde en Nueva York, en una de sus aventuras más recientes, encuentra a un grupo de muchachos puertorriqueños y hace amistad con uno de ellos. El chico, que se llama Ramón, le cuenta: –Después de la muerte de mi madre, mi papá se quiso ir a otro de los estados dizque a trabajar, pero no lo seguí… Quise quedarme en donde enterré a mi mamacita.

“Afirmaciones como la anterior, actitudes como la de Memín hacia su madre, son veneno para el niño: pueden convertir al pequeño en un ser dependiente de su progenitora, incapaz de madurar y que por supuesto, cuando sea mayor, continuará leyendo Memín Pinguín. Lo único que buscará en sus páginas serán satisfacciones para su complejo de Edipo.”

La autora tiene una opinión muy distinta. –Los adultos leen Memín Pinguín porque les recuerda su infancia, porque Memín está íntimamente ligado a su “Ma’linda”. Todo mundo querría tener a su “Ma’linda”, vivir junto a ella, rodearla de amor. Los niños reclaman la historieta porque se identifican con Memín, porque viven sus aventuras, porque encuentran otros personajes tiernos y simpáticos.

Los amigos de Memín son:

Ernestillo, hijo de un carpintero viudo.

Carlos, hijo de una divorciada.

Ricardo, el único de los 4 chiquillos que tiene padre y madre, niño rico y presumido que sin embargo quiere mucho a sus compañeros.

Memín llegó a ser muy popular en México. En algunos carnavales desfilaron carros alegóricos con su figura y en temporada navideña se rompían piñatas en forma de Memín. Su creadora, Yolanda Vargas Dulché, esposa de Guillermo de la Parra, director de la editorial que publica la historia.

Memín nació como personaje nuevo. Desde 1947 los editores del antiguo Pepín pidieron a Yolanda Vargas Dulché una historieta para niños. La escritora acababa de regresar de La Habana, donde había trabajado como cantante de radio, y estaba facinada por los niños negros. Por eso incluyó a un negrito en su historieta y, después de desechar nombre tras nombre, decidió llamarlo Memín Pinguín, tal como apodaban a Guillermo de la Parra, quien entonces era su novio. Lo de Pinguín venía por “pingo”, una forma de decir diablo o demonio, alguien sumamente travieso.

Dentro del Pepín, Memín Pinguín tuvo un éxito extraordinario. Durante poco más de un año apareció todos los días. Después la escritora se cansó, se dedicó a trabajar en asuntos nuevos. Durante 17 años el pobre negrito quedó en el olvido. Hasta que, en febrero de 1964, Memín reapareció en su propia revista semanal.

Yolanda Vargas Dulché se casó con Guillermo de la Parra. Durante varios años, ambos escribieron historietas para diversos editores. Un día se armaron de valor y fundaron la Editorial Argumentos, S. A. Después de superar dos quiebras se afianzaron con la revista Ayúdeme, doctora Corazón. Las cosas marcharon mejor y decidieron probar suerte con la reaparición de Memín.

El personaje no había perdido en 17 años su facilidad para conquistar lectores y, a los tres meses de publicado el primer número con un tiraje de 30,000 ejemplares, la revista alcanzó una circulación semanal de 100,000 ejemplares. Se había planeado una fiesta para cuando Memín alcanzara esa cifra, pero mientras la organizaban, la revista dobló su circulación.

Memín continuó firme en su curva ascendente, lo cual no es fácil ya que cualquier cosa que disguste al público se traduce de inmediato en una baja de circulación. En sus páginas no se puede hablar de asesinatos. La simple mención de un divorcio atraía cientos de cartas de protesta firmadas por padres de familia que deseaban mantener inocentes a sus hijos.

En una de sus aventuras, cuando Memín se disponía a hacer su primera comunión tropezó con un niño malo: éste le decía que no tenía caso que la hiciera, que los negros se condenan siempre, que por eso no hay angelitos negros. Convencido, Memín se dedicó a hacer maldades: atar latas a la cola de los perros, quitar dulces a otros niños, decir mentiras, etc. En este punto de la historia, en algunos pueblos –principalmente de Jalisco y Guanajuato–, hubo sacerdotes que predicaron en contra de la revista. La circulación bajó de inmediato y Memín apresuró su primera comunión para recuperar su nivel. Pero en cuanto se dedicó al catecismo, hubo protestas de no católicos y la baja de circulación fue casi tan sensible como en la ocasión anterior.

Otro motivo de indignación de los lectores es la muerte de algún personaje simpático. Cuando murió Trifón Godínez, un niño gordo y bonachón a quien Memín convertía siempre en víctima de sus travesuras, mucha gente dejó de comprar la revista durante semanas enteras. Desde entonces la autora procuraba no “matar” a ningún personaje.

Todos los esfuerzos para encontrar otro argumentista para Memín Pinguín fracasaron.