De cuando en cuando, en alguna ciudad de Estados Unidos ocurren protestas y disturbios por la muerte de alguien —generalmente de raza negra— a manos de la policía. A primera vista, podría pensarse que se trata de casos aislados, o no demasiado frecuentes. Pero en realidad su número es alarmantemente elevado.

Juan José Morales

Parabrisas del automóvil de un matrimonio negro acribillado a tiros por la policía de Cleveland. El escape del viejo vehículo tuvo una explosión al pasar frente a una es-tación policial, los agentes la tomaron por el sonido de un disparo, trece de ellos emprendieron la persecución, y al alcanzar el auto, estacionado frente a una escue-la, le dispararon 137 veces en sólo 18 segundos desde todas direcciones, matando a sus ocupantes. Nadie fue culpado por los homicidios porque, según el juez, no pudo determinarse qué balas disparadas por quién causaron las muertes. El caso se resolvió con una indemnización monetaria a los deudos.

Parabrisas del automóvil de un matrimonio negro acribillado a tiros por la policía de Cleveland. El escape del viejo vehículo tuvo una explosión al pasar frente a una es-tación policial, los agentes la tomaron por el sonido de un disparo, trece de ellos emprendieron la persecución, y al alcanzar el auto, estacionado frente a una escue-la, le dispararon 137 veces en sólo 18 segundos desde todas direcciones, matando a sus ocupantes. Nadie fue culpado por los homicidios porque, según el juez, no pudo determinarse qué balas disparadas por quién causaron las muertes. El caso se resolvió con una indemnización monetaria a los deudos.

 

Así lo indican las estadísticas compiladas sistemáticamente por el diario británico The Guardian, que lleva una macabra contabilidad de las personas muertas a manos de la policía en Estados Unidos. En los poco más de siete meses y medio del presente año transcurridos del 1° de enero al 20 de agosto, el total de víctimas registradas ascendía ya a 738. Es decir, tres muertos cada 24 horas. El mes más sangriento ha sido julio, con 121 muertos —o sea un promedio de casi cuatro diarios—seguido por marzo con 113.

Entre las víctimas cuentan lo mismo niños que jóvenes y ancianos, pero principalmente hombres y en su mayoría negros e hispanos, aunque tampoco los blancos —en particular si son pobres— están a salvo de morir a manos de agentes policiacos. Unos pocos fueron arrollados por vehículos patrulleros, algunos fallecieron de un paro cardíaco al recibir descargas de pistolas eléctricas, otros fueron estrangulados al ser sometidos por los agentes, y otros más murieron en circunstancias no muy claras mientras se hallaban detenidos, pero la enorme mayoría fueron acribillados a tiros. Algunos, ciertamente, portaban armas y podrían considerarse una amenaza para los agentes, pero en su mayor parte estaban desarmados, y no pocos fueron tiroteados por la espalda.

Por contraste con esta enorme cantidad de muertos por las balas o los garrotes de los policías norteamericanos, en todo el año pasado, en Alemania hubo únicamente ocho muertos a manos de la policía, y en Inglaterra y Japón ni uno solo.

La situación, por lo demás, es cada vez más grave, y afecta como decíamos, en especial a las minorías étnicas, sobre todo hispanos y negros. En Ferguson, un suburbio de la ciudad de Saint Louis Missouri con sólo 21 mil habitantes —67% negros pero 95% de policías blancos—ahora famoso por las repetidas protestas contra los excesos policíacos, en sólo dos semanas en agosto del año pasado los agentes mataron a balazos a dos personas. Es decir, el doble que la policía de Japón —un país de 127 millones de habitantes— en los seis años precedentes.

La causa principal de esta verdadera carnicería, a juicio de muchos especialistas, estriba en la propensión de los agentes a usar excesivamente la fuerza, a emplear las armas a la ligera, y a considerar criminal y agresor en potencia a todo aquel con aspecto de negro, hispano o pobre. Los agentes, a su vez, se justifican diciendo que debido a que tanta gente anda armada, todo el tiempo temen ser atacados y por ello a menudo reaccionan con demasiado nerviosismo. Al respecto, cabe señalar que en Estados Unidos hay unos 300 millones de armas —desde pistolas hasta rifles de asalto— en manos de la población civil y cada año se registran once mil homicidios a balazos.

En pocas palabras: algo así como el salvaje oeste de las películas de vaqueros, pero en escenarios urbanos del siglo XXI.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx