Hablar de Jesucristo es hablar de religión, de la conexión del hombre con lo divino; pero narrar la historia del Jesucristo de Vicente Leñero es también hablar por los que luchan a diario, de los que no se dan por vencidos. Esta obra quiere acercar al espectador – a partir del mito religioso más conocido del mundo – a su propia realidad: los jodidos seguirán siempre siendo la reserva de unos cuantos, una realidad donde el sistema gubernamental ha perdido su origen: procurar a la sociedad. Y pese a todo esto la gente aún tiene fe, fe de cambio, fe en el prójimo, fe en salir de la miseria.

Jesucristo Gómez, un santo humanizado que lucha en defensa de los derechos del pueblo y que vive en la Ciudad de México. María David descubre que va a tener un hijo, resultado de una infidelidad, al cual nombra Jesucristo, ya que para ella: “Jesucristo quería cambiar el mundo”. 30 años después del nacimiento Jesucristo se ha convertido en albañil, y después de la muerte de su primo Juan Bautista, en manos de Horacio Mijares, decide hacer una organización ciudadana constituida por pepenadores. Con ellos viaja por el país llevando un discurso de justicia y denuncia social, pero al ser traicionado por uno de sus seguidores, Justo Irigoyen, es entregado a Don Horacio y por último llevado a la cárcel, donde muere. Es buscado en la fosa común, donde Magdalena ve al espíritu de Jesucristo que ha resucitado.

JESUCRISTO GÓMEZ, de Vicente Leñero

Dirección: Mauricio Pimentel
Elenco: Carlos Ordoñez, Joana Palomino, Maicova Lianici, Ixchel Flores Machorro, Iván Blumen, Gabriela Aguirre, Jeovanni Sánchez Castillo, Diana Becerril, Viridiana Tovar Durón, Adalberto Márquez y Alexis Murguía Lechuga.
Temporada: Del 25 de febrero al 9 de abril
Funciones: Sábados y domingos 13:00 hrs.
Lugar: Foro Rascón Banda de La Casa del Teatro

A la muerte de Ninón Sevilla surgen comentarios elogiosos acerca de su calidad de actriz, aunque, como siempre, sean exagerados o correspondan a otra persona. Sevilla fue protagonista de tres de las más notables películas de rumberas, Aventurera, Sensualidad y Aventura en Río, las tres dirigidas por Alberto Gout y con guiones de Álvaro Custodio; nuestra crítica endiosó a Sevilla (coqueta hasta el final, falleció a los 93 años, no a los 85 que proclamaba al ingresar al hospital), copiando los elogios que le dedicó François Truffaut cuando era crítico de cine, y que ahora recuerdan, de que no bailaba para la gloria, no way, sino para el placer; pero también hablaba de sus gestos, de su altivez; desde luego, se refieren a la mirada con que reta a su suegra Andrea Palmacuando descubre que es la misma que la madroteó en su natal Ciudad Juárez y que pretende hacerse pasar por dama decente (falla del guión: para madrotear el burdel donde la explota tiene que ausentarse de su casa largas temporadas, y nadie cuestiona qué hace todo ese tiempo).

Vicente Leñero: lo suyo era la novela de búsqueda, que dejó de gustarle para quedarse en el planteamiento plano.

Es mucho más vivaz su expresión cuando se levanta la falda delante del probo juez Fernando Soler quien, más turbado que nunca, sabe que ante él se está abriendo la puerta de la tragedia, la sordidez, y que irremediablemente va a caer en sus redes, o mejor dicho, entre sus piernas, las que elogia ella misma para explicar por qué roba: “¿Qué puedo hacer con estas piernas, señor juez?” Falta de imaginación, desde luego, porque al salir de la cárcel muestra lo que puede hacer con las piernas: bailar y con ello enloquecer a la audiencia masculina y provocar bajas pasiones. La expresión vivaz, remarcada por la nariz chata y la mirada sexual más que sensual, marca la diferencia entre su placer por bailar, tirando caderazos, aunque por dentro se la lleva la chingada por saberse culpable de la muerte de su madre, del suicidio de su padre, de haber pecado antes de casarse. ¿Cómo puede gozar tanto del baile mientras todo a su paso es tragedia?

Las cintas son divertidas de tan exageradas, de tan irreales; mucho más verosímil es su actuación en Víctimas del pecado, aunque Emilio Fernández no fuera mejor director que Gout, aunque sí más inspirado, más lírico.

Sevilla es un mito del cine mexicano pese a que de sus cuarenta y tantos créditos sólo 18 corresponden a filmes, y no a apariciones especiales, bailes esporádicos, o series televisivas donde actuaba de sí misma; en alguna entrevista se quejó de que en su época las actrices podían enseñar las piernas pero no las pantaletas; mostraban el ombligo, y menos de 50 años después las adolescentes a punto de entrar a la edad de merecer andaban con el ombligo de fuera sin que nadie le dijera exóticas.

De todas las posibilidades y versiones, Vicente Leñero escogió la más común, la más conocida y la más plana para el guión de Miroslava, una horrenda película que pretende recrear el mito de una de las mujeres más hermosas que haya actuado (es un decir) en el cine mexicano, y que sale de un cuento de Guadalupe Loaeza.

Al hablar de Leñero, no mencioné su actividad como guionista. La página especializada en cine le acredita 31 participaciones, como autor del libro en que se basa el filme, como autor del argumento, como guionista, como consultor; hay dos excepcionales: El callejón de los milagros, de Jorge Fons, y Cadena perpetua, de Ripstein, basada en una de las mejores novelas de Luis Spota, Lo de antes, que alguna vez dije era la mejor cinta mexicana; eso fue en 1979, y no tengo empacho en insistir en ello: la sobria dirección de Arturo Ripstein, las actuaciones soberbias de Armendáriz, Gómez Cruz, Pellicer, Martin, Busquets, Murgía, Cobo; bueno, hasta Angélica Chaín está visible y no sólo por el desnudo por esa vez nada vulgar; la escena en que Rodrigo Puebla cae balaceado es una de las muertes más naturales en nuestro cine, y llama la atención la presencia imponente de Ana Martin, aunque prácticamente no dice una palabra.

A cambio, echó a perder Los albañiles, vulgarizó El monasterio de los buitres con la presencia de Irma Serrano y Macaria que nada tenían que hacer en la trama; permitió que se trivializara Estudio Q, enredó El crimen del padre Amaro, y enredó más aún La habitación azul hasta hacerlo una trama policial inocua, desperdiciando la turbante (más) belleza de Ana Claudia; permitió desnudos gratuitos cortesía de Francisco del Villar (Cecilia Pezet en El llanto de la tortuga, nada perturbante; Alma Muriel en Cuando tejen las arañas); sobre todo, echó a perder Las batallas en el desierto, haciéndola obvia, aplastando una anécdota y olvidando las otras, ambiguas y terribles; la sacó de contexto, aprovechó el terremoto de 1985 que nada tenía que ver con la novela; la simplificó, en resumen.

Lo dicho: lo suyo era la novela de búsqueda, que dejó de gustarle para quedarse en el planteamiento plano. Pero pocos podrán alcanzar lo que él logró con Los albañiles, Estudio Q y sobre todo Redil de ovejas, que cada vez me gusta más.

Cuatro muertes en una semana estremecen, de una u otra forma, a la opinión pública, en diferentes ámbitos: Silvio Zavala, uno de los grandes historiadores del periodo colonial mexicano (y centroamericano) con énfasis en la explotación laboral, pero también en la majestuosidad artística;

Luis Herrera de la Fuetne

Luis Herrera de la Fuente, director de la Orquesta Sinfónica Nacional en varias ocasiones, director del Departamento de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes otras tantas, y autor de uno de los discos más célebres de la música mexicana, en donde reunió varias de las piezas más populares (Huapango de Moncayo, los Sones de mariachi de Blas Galindo, el Homenaje a García Lorca de Revueltas, y el Concertino de Bernal Jiménez); fue mejor como maestro y funcionario; como director, lo superaron cuando menos Carlos Chávez y Eduardo Mata.

Silvio Zavala

Más notorios, para el espectador medio, Vicente Leñero y Roberto Gómez Bolaños; este último actuó primordialmente en programas cómicos; al principio, con expresión inmóvil, quería imitar a Chaplin, a Buster Keaton pero más al genial Stan Laurel; tuvo la oportunidad de crear varios personajes, sobre todo a los que él protagonizó; como quería inmortalizar el sonido del díptico ch, así comenzaban los nombre de casi todos sus personajes: Chavo, Chapulín, Chapatín (algún bromista, por su proliferación con guiones, le dijo que era Shakespeare en miniatura);

RobertoGomez Bolaños

Hizo populares frases que se volvieron lugares comunes, aunque no tenían nada de ingeniosas y menos de originales; una, en voz de su compañera Florinda Meza, fue copiada de una pareja de cómicos populares en Siempre en domingo, pero Gómez Bolaños se negó a reconocerlo. Se negó a tratar con más dignidad a sus compañeros, mejores actores que él (Ramón Valdés, con los genes de Tin Tan y El Loco, sus hermanos; Carlos Villagrán, multifacético; Édgar Vivar, de extracción universitaria, y María Antonieta de las Nieves, infaltable en cualquier doblaje en los años sesenta y setenta), y cuando los fue corriendo, sus programas se desplomaron; pero si como actor era malo, era ingenioso como guionista; quieren hacer creer que escribía poemas y componía canciones, pero la versificación no es poesía; sus obras en nada pueden compararse a la poesía mexicana contemporánea de lo que él intentó; sin embargo, insisto, como guionista era mejor.

Cuando Emilio García Riera publicó su primera versión de la Historia documental del cine mexicano (Ediciones Era), omitió comentar las películas de Viruta y Capulina; para él, todo eran pastelazos y bromas tontas, pueriles; cuando comenté el noveno y final tomo de esa colección, se me ocurrió decir que si era un esfuerzo enciclopédico, debería de incluir todas las cintas, no sólo las que le gustaban o que le parecían interesantes; sé que le molestó, me lo dijo nuestra amiga mutua Alba Rojo; cuando apareció la segunda edición (Universidad de Guadalajara) aceptó el golpe: en la primera versión de esta historia, alguien (nunca mencionó mi nombre, ni en este ni en otros casos en que llamé su atención) me reclamó que no comentara estas cosas (gloso, no cito); al principio, todos los comentarios eran del mismo tono: ñoños, desgraciados (es decir, sin gracia), repetitivos, limitados, sin originalidad; de pronto fue más benévolo, algunas de esas cintas le parecieron graciosas, o menos ñoñas; algún chiste le causó risa, encontró que las historias eran cuando menos coherentes y los pastelazos, justificados; él mismo encontró la razón: eran cintas con guiones de Roberto Gómez Bolaños.

VicenteLeñero

El otro fallecido fue Vicente Leñero; cuando Antonio Sandoval me notificó la gravedad de su mal quise llamarle, pero me pareció que sabría el motivo de mi llamada; pocas veces le telefoneé: para que contestara una encuesta, para agradecerle el envío de algún libro, para invitarlo a que asistiera a la última cátedra del curso que dicté sobre sus novelas (apareció e impresionó a los asistentes), para comentarle que en el Taller de Lectura en El Financiero habían leído con placer Los albañiles, y le pareció conmovedor que muchos de los comentarios se refirieran a escenas conmovedoras de la novela; le emocionó que a 40 años de publicada le siguiera gustando a la gente, y le impresionó que los asistentes hayan leído 40 libros en el año que duró el Taller: “como profesionales”, exclamó; la última vez, para invitarlo a una mesa redonda que se titularía “Cuando los clásicos eran jóvenes”, en la Feria del Libro de Xalapa, donde participaría con Emilio Carballido, José de la Colina, Eraclio Zepeda y no me acuerdo quién más; por desgracia, coincidiría con un viaje suyo a España. Ah, y cuando se presentó Rito de iniciación, la novela de Rosario Castellanos que me tocó en suerte descubrir y editar (su esposa es una de las mejores lectoras de Castellanos). Ah, y en una feria de clavos en el Auditorio Nacional, porque al saludarme descubrió que me había topado con un libro desconocido de Dashiell Hamett; no me atreví a decirle que yo había tomado el único ejemplar.

Tuve con él muchas comunicaciones; cuando Arturo Trejo me pidió un artículo sobre los 25 años de Cien años de soledad, y me mostró la lista de los participantes, le dije que faltaba un artículo-cuento excelente de Leñero, del hombre que no había podido leer la novela de García Márquez; le proporcioné una copia, que había aparecido en un libro poco mencionado, Cajón de sastre; le llamó para pedirle autorización, y le dijo que yo lo había puesto en la pista; Leñero comentó: Mejía conoce muy bien mi obra (gloso, no cito).

Escribí bastante sobre él; me siguen gustando mucho La voz adolorida más que la segunda versión, A fuerza de palabras; me gusta mucho también Los albañiles (que alguien dice que retrata la vida de los desposeídos), aunque me salta el detalle que me hizo ver el mejor lector que conozco: ¿a poco la policía se va a detener tanto tiempo en investigar el asesinato de un velador? Estudio Q me sigue pareciendo una de las mejores novelas mexicanas de todos los tiempos, aunque en la cuarta relectura me atoré (¿efectos de la edad? Mía, no del libro), El garabato, luego de la sorpresa inicial me habla más de aspectos técnicos que de literatura, y sólo la releo si veo en ella un retrato cruel de Emmanuel Carballo; Redil de ovejas es, creo, su mejor novela, y también una de las mejores de los tres últimos siglos; poco leída, muy enredada, con toda la lección y la influencia no sólo de la Nueva Novela Francesa, sino también con la visión de Greene (Graham y Julien).

Menos me gustaron sus novelas posteriores; releída, Los periodistas, tiene una escena excelente: Regino a punto de confesar sus pecados; en cambio, la última escena, la farsa de los “Inos”, de lo más fallido de su obra; La gota de agua me aburrió, excepto el capítulo autobiográfico de sus torpes intentos de ser ingeniero; la primera vez que lo leí estaba en un restaurante ahora famoso, China Girl cuando se situaba en un sótano; en otra mesa, Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta veían, atestiguaban, curiosos e intrigados, mis carcajadas. La vida que va me hizo concebir esperanzas de su retorno a la experimentación, pero quedó trunco el intento. Reacio al teatro, y ante su proliferación, me quedé con las primeras obras y nunca me entusiasmó su dramaturgia; y lo que surgió, las confesiones de su relación con la gente del teatro, y las secuelas, donde habla mal de amigos y conocidos, me parecieron, el primer tomo, muy divertido, pero los otros no, y supongo que a los que balconeó, de broma o de mala leche, muy desafortunados.

Como periodista fue muy bueno, pero cayó en un error muy común en el actual periodismo: la sentencia contundente, frases cortas, punto y aparte, sin lugar a la interpretación y menos a la duda y a la respuesta o a la crítica; un reportaje suyo en Proceso, cuando se molesta porque a la mitad de una gira electoral el candidato priista Carlos Salinas de Gortari le retiró la invitación para la segunda etapa de la gira, me dañó mucho en mi estimación sobre su oficio; en La mafia, en una plática, Luis Guillermo Piazza y Carlos Monsiváis colocaban a Leñero en la categoría de “Los inatacables”, junto a Ramón Xirau y Vicente Rojo, entre otros. Con ese artículo, me pareció que ya no era inatacable, como él mismo lo confirmó al ser atacado con virulencia por Jorge Ibargüengoitia, por aquel pasaje en que debe aguantarse las ganas de ir a orinar, porque no se atreve a decirle a Scherer que ese viaje es urgente. Y en alguna parte se queja de que en Uno más le den, de vez en cuando, un coscorrón.

Sigo admirando, repito, algunas de sus novelas, y le agradezco profundamente las atenciones que tuvo conmigo, nuestras discusiones amigables sobre su obra, y sobre todo, le envidio que haya bateado en el Parque del Seguro Social: fue un fanático del beisbol, aunque otras ocupaciones le hicieron olvidarse de ese deporte y de cómo se juega.

Fui a la FIL de Guadalajara; el motivo: la presentación de Lenguaje en libertad, compilado por María José y por mí, y editado con generosidad por El Colegio Nacional; los presentadores, de lujo, y generosísimos: Juan Villoro, Enrique Krauze y Eduardo Matos Moctezuma; el acto, muy lucido y los asistentes, realmente interesados; aunque Krauze había dicho que no nos retirarían sino por la fuerza de las bayonetas, debimos dejar el auditorio a Elena Poniatowska; de nuevo, la saludé muy de lejecitos: no quiero incomodarla.

La Feria, aturdidora, con demasiada gente haciendo relaciones casi a las carreras, porque cuando entra el público y comienzan las conferencias y mesas redondas, se acaba el tiempo; algunas personas (Sandra Licona, Azucena Rodríguez, Grisel Marroquín, Roberto Rébora, Tomás Granados, Lluïsa Matarrodona, Martín Solares, afables aunque le quitaba el tiempo); Juan José Rodríguez me cuenta un rumor, que me convierte en autor de algunas de las novelas más inteligentes de los últimos tiempos; y se ha multiplicado tanto el rumor, que estoy por creérmelo; algunos encuentros, aterradores: el pasado llega como si no hubiera quedado atrás; alguna estúpida ignora la importancia de El Universal y no me ha leído una sola vez en estos últimos 40 años; los hoteles de lujo, ineficientes, ineficaces, con restaurantes caros, lentos, y aunque no son malos, sí banales; busqué birria, y en todos lados parece hecha para turistas; no se compara con la de La Polar ni menos con la de Birrias Jalisco, con lo único malo de que ésta desapareció hace años; las tortas ahogadas, también para turistas, aunque por fin entendí a Agustín Isunza cuando dice que viaja a México si le preparan unos lonches y le compran unos tíquetes; nada que ver con las loncherías, que ahora son más bien cafeses de chinos. La vida en Jalisco, lenta y aturdidora; un detalle curioso: la cantidad de mujeres que usa minifalda, dentro y fuera de la FIL.

El libro Lenguaje en libertad, uno de los mejores en que he trabajado, y por el que nos han llovido felicitaciones, algunas inesperadas, todas generosas; si no tuviera temor del dolor, algunos me los haría tatuar. Ya platicaré cómo nació, cómo lo trabajamos, cómo lo terminamos. Acoto uno: Enrique Krauze me califica como uno de los mejores editores mexicanos, y pidió una ovación para María José.

“Vino el remolino y nos alevantó”, decía la canción y es el título de una desgarradora película de Juan Bustillo Oro con argumento de Mauricio Magdaleno, en la que una familia se separa, y cada quien pelea por una facción revolucionaria distinta; la hermana se vuelve hija de la mala vida pero no por voluntad, sino por las circunstancias.

A ratos, leyendo las cada vez más contaminadas redes sociales, tengo la impresión de que es imposible hablar con algunos de mis mejores amigos; incapaces de sostener diálogos, sostienen frases, acusaciones, no permiten juicios ni menos si son adversos; han retomado una frase dramática de las madres, hijas, esposas, hermanas de las víctimas de las dictaduras y los golpes militares de Argentina y Chile, principalmente; aquéllos fueron desaparecidos por defender los gobiernos legales, por oponerse a la represión, exponiendo su vida por la vida y la libertad de los ciudadanos; no eran víctimas de luchas entre narcotraficantes ni cayeron enredados en enfrentamientos de bandas rivales, algunas de ellas propiciadas y protegidas por quienes se dicen militantes de un partido de izquierda que nunca fue de izquierda, que eran de centro derecha cuando sus gobiernos prohibieron que llegaran los Beatles, que había conciertos en provincia pero no en el DF, cuando andar con el cabello largo era delito, cuando entrar a las cafeterías era peligroso porque agentes policiales llevaban a los comensales a las delegaciones por el hecho de tomar café (léase De perfil, de José Agustín, y véase, si se soporta, Los juniors, de Fernando Cortés [el Papy de Mapy], cuando los supuestos jóvenes rebeldes Andrés García, Pedro Armendáriz y El Puma son apresados sólo por cafetear [y eso que para entonces ya no era regente Uruchurtu]); cuando un hombre y una mujer no podían tomarse de las manos en público, y en el Metro remitían a las delegaciones si sorprendían a una pareja besándose, aunque fueran hombre y mujer; muchos de ellos o sus herederos ahora están en la supuesta oposición pero gritan, cuando aprehenden a los que dañan edificios y asaltan comercios, que es represión. ¿Alguien entiende algo?

¿Qué político mexicano perdió en dos ocasiones las elecciones presidenciales y, ante su fracaso, intentó una revolución para hacerse de la presidencia?

No voté por ningún candidato; mucho menos por el más ignorante, que no sabe pensar, que sólo repite clichés que fueron reales cuando en Europa los gobiernos perseguían con crueldad a los guerrilleros, y se convirtió la fórmula de que quien delinquía por hambre debía de ser considerado preso político; fórmula rebasada casi desde entonces; ahora ese politiquillo plantea que si fuera gobierno crearía empleos y con eso se acabaría la iniquidad social y económica, pero no dice cómo los crearía: ¿con puestos burocráticos, aumentando la circulación de dinero, o sea con inflación? ¿Y cuántos aceptarían puestos en los que cobrarían tres o cuatro salarios mínimos si ahora, en el ambulantaje, en la informalidad, en el Metro vendiendo piratería, supuestamente prohibida, ganan en unas horas lo que ganarían en una quincena en uno de esos puestos? Curioso caso de un populista que desprecia a las masas.

Se burlaron de un candidato que no tiene costumbre de leer, y un reportero se puso a las órdenes del politiquillo: ¿y a usted, qué libros le cambiaron la vida? La Constitución, dijo, aunque no es libro y es obvio que si la leyó, no la entendió; la Historia Moderna de México, de Cosío Villegas, y Poemas, de Carlos Pellicer. Nadie refutó que ningún libro de Pellicer se llama Poemas, aunque cuando dirigía la campaña del poeta para senador por Tabasco, publicó, si eso fue publicar, un folletito con poemas de Pellicer; tampoco aclaró que leyó a Cosío Villegas como parte de su trabajo para terminar sus estudios. Allí debo aceptar que lo leyó, porque sigue los pasos de Porfirio Díaz, quien dos veces fue derrotado en elecciones presidenciales, pero llegó a la presidencia, y se sostuvo más de 30 años, por la fuerza de las bayonetas.
En lo demás, no le entendió: Cosío lo hubiera corrido de su cátedra, o de sus oficinas, si hubiera dicho delante suyo: “él empezó primero”.

Sí, he perdido si no familiares, a muchos amigos entrañables, pero no voy a tratar de convencerlos ni voy a dejar que traten de convencerme; prefiero que se calmen los ánimos; y si no, podré lamentarme: vino el remolino y nos alevantó.

PD. ¿Estarán saladas las ferias de libros? Hace un par de años, cuando estábamos en Los Ángeles, llegó la noticia del fallecimiento de Fuentes; ahora, en lo más emocionante de la FIL, se van Leñero, Zavala y Herrera de la Fuente.

Mariana, Mariana, jueves 11 de diciembre, 10 pm Canal 22

Vicente Leñero, recién fallecido, también incursionó en el cine. Colaboró en los guiones de películas como Los de abajo, Fuera del cielo, El crimen del padre Amaro y Mariana, Mariana, por mencionar algunas. Esta última, será transmitida el jueves 11 de diciembre a las 10 de la noche por Canal 22.

La cinta, basada en la novela de José Emilio Pacheco Las batallas en el desierto cuenta la historia de Carlitos, un niño que se enamora de la mamá de su mejor amigo.

Vicente Leñero nació en Guadalajara, Jalisco, en 1933. Estudió ingeniería civil en la UNAM pero su amor por las letras lo llevó a ingresar a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Su talento lo hizo conseguir una beca para cursar un diplomado en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid, tiempo durante el cual escribió varios cuentos cortos y posteriormente, publicó Los albañiles, novela que lo colocó entre el gusto del público.

Trabajó para la revista Claudia, fue director de la Revista de Revistas de Excélsior, y autor de las novelas Los periodistas, La vida que se va, y Gente así; además, escribió los guiones para las obras de teatro El juicio, El infierno y Nadie sabe nada, entre otras.

En 2001 fue reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la categoría de Lingüística y Literatura; además, el Premio Xavier Villaurrutia 2001 y el Premio Mazatlán de Literatura, por mencionar algunos.

He contado esta historia varias veces, desde diferentes ángulos, con distintos enfoques, y con intenciones diversas, pero siempre ha sido verdad. Había ganado algo de dinero, y tuve para adquirir algunos libros; los 25 pesos me sirvieron para comprar Farabeuf y Las buenas conciencias; poco después, fueron Gazapo y las autobiografías de Monsivás, Sainz y Leñero; por la amistad de mi padre con Antonio Navarrete (eran vecinos de trabajo, en San Juan de Letrán) conseguí baratos La cabaña y Estudio Q, y poco después, El viento distante.

Por Eduardo Mejía

Compré quién sabe cuántas veces No me preguntes cómo pasa el tiempo, y lo regalaba, hasta que José Emilio Pacheco me puso la primera dedicatoria (mi ejemplar, primera edición, tiene tres, de diferentes años y por diferentes pretextos); conseguí, aunque ganaba poco, y de manera esporádica, varios libros que se mantienen en buenas condiciones, a pesar de que por entonces aún prestaba libros.
Pero los primeros, Las buenas conciencias y Farabeuf, los leí en estado hipnótico; los compartí con Paco Alvarado; él leyó primero el de Fuentes, y yo el de Elizondo; los leímos en dos días. Hablar de mis lecturas anteriores es vago, difuso, los recuerdos se entremezclan, y me remiten sobre todo a poesía, que ya también conté que leí de manera frenética gracias a que Miss Gladys (la leyenda de la secundaria 12, como me escribe Arturo Valdés Olmedo, quien también la sufrió) me perseguía y yo me refugiaba en la biblioteca de la escuela, y memoricé varios libros enteros.
Buscaba, y encontraba, afinidades para la incipiente rebeldía, contra la normalidad y a favor de la disidencia; casi todos los libros que comencé a leer a los 17 o 18 años me abrían puertas para ver la vida de manera distinta a lo que decían los cánones; la escena en la que Jaime Ceballos se topa con su padre en un burdel me causó un impacto inesperado, que aún logro reproducir al releer casi cualquier libro de Carlos Fuentes.

Esta escena tuvo lugar semanas antes de que Luis Donaldo Colosio fuera nombrado candidato del PRI a la presidencia de la República; como secretario de Desarrollo Social organizó un simposio que tuvo como sede el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, por el Metro Juanacatlán; hacía poco había comenzado a trabajar en El Financiero, y Carlos Ramírez me pedía crónicas; cubrí el simposio, en donde hubo algunos momentos divertidos, como cuando Luis González y González reprochó a Héctor Aguilar Camín lo que aprobaba de Estados Unidos (su jazz, entre otras cosas), el discurso de inauguración de Colosio, en Los Pinos, que describí con el acto de un reportero que, al terminar el discurso, le mostró a otro su libreta de apuntes, en blanco; al día siguiente Enrique Krauze me detuvo para felicitarme por lo que había reseñado. Hacía tiempo no lo veía y a partir de entonces nuestro trato, cordial, se incrementó.
Pero el momento culminante tuvo lugar cuando Carlos Fuentes dictó su ponencia magistral, de verdad magistral, que por desgracia no ha sido reproducida, pero que fue excelente; Colosio había dispuesto una valla que protegiera a Fuentes de sus admiradores, y lo llevarían derecho a un automóvil, sin que pudieran acecharlo, pedirle autógrafos, estrechar su mano; pero Fuentes rompió la valla para acercarse, me extendió la mano y me dijo “Eduardo, tenemos que vernos para terminar esa charla. Háblame”, y se despidió estrechándome la mano con ambas manos. Luego volvió al centro de su protección y se fue, con paso firme, hacia el automóvil, custodiado por Colosio. La mayoría de los asistentes me miró con sorpresa y no pocos con odio.

Otra escena, que explica la anterior: en un salón de la avenida Universidad, Arturo Trejo y Pancho Conde (creo, con firmeza, que fueron ellos) me presentaron con Carlos Fuentes, en un intermedio de la presentación de El naranjo: “Maestro, ¿conoce a Eduardo Mejía”; su respuesta fue inmediata: “No, pero lo he leído y me parece un crítico excelente”, me estrechó la mano, y me puso una dedicatoria en mi ejemplar en que por escrito reafirmaba lo que había dicho en voz tan alta que no pocos pensaron que exageraba.
No, Carlos Fuentes había leído todo, a todos; cuando el incidente con José Buil, Marco Antonio Campos me comentó por teléfono: Fuentes dice siempre eso, “excelente poeta”, “excelente cuentista”; a lo mejor exageraba, pero podía citar versos, líneas del cuento, de la crítica, de la reseña, de la novela, porque en efecto los había leído; hacía sentir bien a los interlocutores; Xavier Velasco dijo que, después de un elogio de Fuentes, uno llega a la casa, conmocionado, se deja caer en la cama, y se pone a llorar sobre la almohada durante varias horas.
Había una razón por la generosidad de Fuentes en su elogio que, desde luego, casi me dejó mudo: Marisol Schulz había entrado a trabajar a Alfaguara; antes, entre ambos hicimos la mayor parte de una bella colección coeditada por el Fondo de Cultura Económica y el CIESAS; el primer trabajo que le encomendaron en Alfaguara fue editar El naranjo, y me llamó para que hiciera una lectura crítica; propuse varios cambios, señalé algunos anacronismos, y alguna otra errata, que fueron aceptados por Fuentes; la edición salió casi perfecta, excepto un dato que no advertimos ni Marisol ni Fuentes ni yo, sólo José Emilio Pacheco, y creo que sólo él sabía la exactitud del error inadvertido. Pacheco sabe todo de todas las materias, no sólo las literarias.
En la presentación del libro, Sealtiel Alatriste le dijo a Fuentes que yo había trabajado en el texto, y eso me permitió cruzar algunas palabras: acababa de escribir una biografía de Guillermo Haro, y sabía que Haro le proporcionó a Fuentes la hospitalidad ideal para escribir: el aislamiento en Tonantzintla, en el Observatorio, donde los astrónomos trabajan de noche, y el local, en el día, ofrecía tal silencio que lo único que escuchaba Fuentes mientras escribió Aura, La muerte de Artemio Cruz, los cuentos de Cantar de ciegos, Zona sagrada y gran parte de Cambio de piel, era el canto de los grillos; ninguno de los astrónomos, en cambio, se quejó del golpeteo de las teclas de la máquina de Fuentes en esas cerca de dos millares de cuartillas; tampoco fue el único que escribió en la soledad y aislamiento de Tonantzintla: por lo menos Fernando Benítez escribió la mayor parte de sus Indios de México bajo la amistad y hospitalidad de Haro. Haro es uno de los grandes personajes de México, y gracias a Víctor Díaz Arciniega, el doctor Jorge Ojeda, en esos momentos director del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, me encargó que escribiera una biografía de Haro; para ello, me recibió varias veces en Tonantzintla, donde muchos de los mejores astrónomos del mundo me hablaron de la generosidad, el rigor, la inteligencia de Haro, y alguno me contó varias anécdotas que involucraban a Fuentes; esa noche de 1993 le dije del proyecto, y que no podría dar por terminado el trabajo mientras no corroborara o desmintiera esas anécdotas; me dijo que con gusto, me dio su teléfono, y después, en el IMCE, reafirmó que teníamos pendiente la plática.

Después de El naranjo Fuentes publicó algunos libros en los que no trabajé: Los años con Laura Díaz, Diana o la cazadora solitaria, Instinto de Inez; en ésta, pude haber evitado el error más evidente: la trama consiste en que una pareja de artistas inteligentes se ven cada año, y refrendan su amor; uno de los ritos es que cada año cambia de manos un objeto, mágico; pero en una de esas ocasiones en vez de que ella lo entregue, vuelve a recibirlo, lo que rompe la ensoñación del objeto; en la segunda, yo tenía el libro del que se dijo que Fuentes había tomado parte de la anécdota; pero más allá de ello, hubiera advertido, por mi afición a la música, una inexactitud: hay una parte en la que Fuentes afirma que el mundo del rock estaba conmovido por las tranquizas que le daba Ike a su esposa y cantante Tina Turner; sin embargo, esa situación se supo hasta que ella se separó de él y reveló que la golpeaba; había otras inexactitudes que no cambian la esencia del libro, pero que le restan verosimilitud.
Volví a trabajar en otro libro de Fuentes, que lo disfruté como pocas novelas: La frontera de cristal, que pese a que narra un periodo muy tenso de la política y de la vida social mexicanas, tiene muchas escenas regocijantes; una de ellas, cuando habla de la gastronomía estadounidense, literalmente me tiró de la silla por las carcajadas que me provocó. Una corrección que me atreví a hacer es también memorable, para mí; en una parte de la novela los padres del narrador, a causa de la crisis, no pueden adquirir una casa en la colonia Cuauhtémoc, y deben conformarse con una en la Nueva Anzures: al margen del texto afirmé que la Nueva Anzures es más cara, mejor cuidada y con mayor plusvalía que la Cuauhtémoc; cuando Marisol le mostró la marca a Fuentes, divertido, preguntó cómo sabía eso: “él vive en la Nueva Anzures”, le dijo Marisol; aceptó hacer el cambio, muerto de la risa.
En total, trabajé en once de los libros de Fuentes, y sólo uno en reedición: la conmemorativa de los 50 años de La región más transparente, donde corregí algún anacronismo, más de una errata, y puse una mayúscula importantísima que faltaba desde la primera edición, y que subsiste en todas las ediciones del Fondo de Cultura Económica, en la de Planeta, en la de Aguilar y en la de Cátedra; por desgracia, pese a la edición de Alfaguara, el FCE y la Academia perpetraron los errores que nosotros, el equipo integrado por Ramón Córdoba, César Silva y yo, ya habíamos enmendado. Ni en El naranjo ni en La frontera de cristal me dieron crédito por mis correcciones, pero sí en La región más transparente, La Silla del Águila, Inquieta compañía, Todas las familias felices y La voluntad y la fortuna; después Alfaguara comenzó a omitir los créditos, pero a su editor, Ramón Córdoba, le debo haber colaborado en Adán en Edén, Carolina Grau, Federico en su balcón y en el único libro no narrativo, Personas. En todos hice señalamientos, y con orgullo declaro que la mayoría los aceptó Fuentes.
Pero eso es lo de menos; trabajar en esos once libros me dio el privilegio de comprender las entrañas de su obra; leer párrafo por párrafo me hizo entender sus siempre complejas estructuras, y disfrutar la riqueza de su lenguaje, el ritmo de la narración, el por qué de sus adjetivos, siempre inesperados; las citas que, dada su enorme cultura, aparecen escondidas en medio de episodios dramáticos; a qué se refería en realidad cuando describía una escena, quién era el verdadero protagonista de una anécdota que le achacaba a un personaje ficticio que repetía algo de la vida real.
En La Silla del Águila vi con claridad que detrás de la historia (que después la realidad hizo tragedia real en la política mexicana) estaba una lectura cuidadosa, muy inteligente y bien asimilada de Maquiavelo; con mis observaciones y correcciones, le envié a Marisol un comentario: este libro es Maquiavelo en novela; cuando Marisol se lo mostró a Fuentes aceptó el elogio, y después, cuando presentó la novela en Italia y en Inglaterra, repitió el comentario: Maquiavelo en novela.
La voluntad y la fortuna es otra lectura filosófica hecha novela: Schopenhauer, tanto en la observación de la vida, como en otros aspectos menos políticos pero no menos contundentes: la perversidad de la mujer; hay una escena que Fuentes toma de uno de los libros menos comprendidos de Schopenhauer, quien dice que uno de los momentos más angustiosos para un hombre es cuando se encuentra en medio de dos mujeres que se lo disputan; en la novela sucede algo basado en ello, y pese a que está narrado con humor, se ve también la angustia del protagonista.
(Hubo otro libro de Fuentes en que participé de manera parcial: de visita en el Fondo de Cultura Económica, Felipe Garrido me preguntó si tenía tiempo para corregir un libro: me entregó el original de Agua quemada; no toqué el texto, sólo la puntuación, para adecuarla al estilo editorial mexicano.)
Fruto también de sus lecturas inteligentísimas fue uno de sus libros más personales, Todas las familias felices; aunque sucede en México, no oculta su origen: las novelas de Tolstoi, con todo y la comicidad de algunos pasajes que narran la complejidad y contradicciones de las relaciones amorosas. Tolstoi, como se sabe, es uno de los más profundos pensadores del cristianismo.

Gustavo Sainz descalificó La Silla del Águila; dijo que Fuentes era incapaz de adivinar el futuro, que ponía situaciones y personajes del siglo XX en el primer cuarto del XXI; dijo que revelaba su falta de imaginación. Eso lo desmiente la habilidad para pronosticar situaciones que se dieron luego de que él las escribió: por ejemplo, antes de que comenzaran a aparecer decapitados en varios estados de la República, aparecieron en las novelas de Fuentes; el desvarío de ciertos políticos, Fuentes los adivinó y los ridiculizó meses antes de que se hicieran tan evidentes sus ambiciones; en Federico en su balcón, novela emergida de sus lecturas del siempre apasionante Nietzsche, Fuentes pronosticó la aparición de un movimiento estudiantil, pero diferente del de 1968, manipulado y manipulable, y con tendencias conservadoras e incluso reaccionarias; pero ni los críticos ni los políticos, ni menos aún los estudiantes, advirtieron ese pronóstico; es más, excepto José Emilio Pacheco, no aparecen los lectores de Fuentes por ningún lado.

Ramón Córdoba me pidió un texto para el tríptico publicitario de Personas; por desgracia, coincidió con su fallecimiento; las publicaciones mexicanas pidieron a la editorial algo para publicar; Ramón dio mi texto, que reprodujeron íntegro, como si fuera de ellos, varias revistas que, sin saberlo, rompieron su juramento de no publicar nada mío, je je.

Dice un amigo, del que no puedo revelar su nombre porque cualquier declaración suya se volvería oficial de la institución a la que pertenece, que Fuentes, con sus primeros libros, se puso al frente de la literatura mexicana; que con sus libros de los primeros años sesenta se puso al frente de la literatura hispanoamericana, y a partir de Terra Nostra se puso al parejo de la literatura universal; curiosamente, dejaron de leerlo en México, lo descalifican a priori, y lo culpan por no entenderlo; sus últimas novelas son ilegibles para muchos lectores que carecen de las claves para entenderlo; para hablar de él, han recurrido al anecdotario, a revelar intimidades, a decir que fueron sus amigos; la mayoría de quienes declararon a su muerte, sucedida hace un año (estaba en Los Ángeles, luego de mi fallida intervención en la Feria del Libro presidida por Marisol), los declarantes mostraron que se detuvieron en La muerte de Artemio Cruz, y algunos hasta lamentaron que haya seguido escribiendo sin repetirse; los más audaces mencionaron Cambio de piel, pero también demostraron que su lectura fue muy superficial.
El tiempo será testigo de que Fuentes se adelantó a su época, a sus contemporáneos, a sus lectores. Al releer La región más transparente, y al releer (en un viaje a Xalapa, de un tirón) La muerte de Artemio Cruz, veo que, inconscientemente, copié escenas suyas en uno de mis relatos, escrito todo con frases ajenas, saqueadas de cuentos, novelas, tiras cómicas, canciones, aunque la anécdota sea mía, totalmente original; estaba muy consciente de dónde había tomado cada frase, excepto esas dos, que pensaba originales: no, habían sobrevivido en mi subconsciente durante muchos años.
También al releer La región más transparente veo cuánto le deben autores que lo reconocen y otros que no lo aceptan, pero sin esa novela nuestra narrativa de los años sesenta, setenta y ochenta, hubiera sido otra muy distinta, y creo que peor. Así, también creo que la narrativa de los próximos 40 años estará basada en los libros más recientes de Fuentes, cuando se acaben los prejuicios (favorables o desfavorables) y lo leamos con la inocencia que requiere le buena lectura.

Termino como empecé, de presumido: tengo varias ediciones de La región más transparente: la primera, una de la Colección Popular, donde la leí por primera vez; la de Cátedra, malísima; la conmemorativa de los 40 años, la muy mala de la Academia de la Lengua, y la conmemorativa de los 50 años; tengo la primera edición de Las buenas conciencias, y la de Popular, donde la leí por primera; tengo la primera de La muerte de Artemio Cruz (y la sexta, en que la leí por primera y por segunda vez); tengo la primera de Aura, y la segunda, tan buscada como la primera, de Los días enmascarados; la primera de Cantar de ciegos, la cuarta de Cambio de piel, obsequio de Gustavo Sainz, y a partir de allí, todas son primeras ediciones, incluidas algunas no venales, y otras muy raras, como su libro sobre José Luis Cuevas; pude detectar que en la compilación de cuentos se colaron cuatro fragmentos de novela, y descubrí que me sabía (casi) de memoria esos capítulos, así como me sé de memoria Historia de cronopios y de famas, Historia universal de la infamia, Las batallas en el desierto, y las primeras versiones de los primeros libros de poesía de José Emilio Pacheco, y muchos poemarios completos, como Los versos del capitán; en cambio, con la edición conmemorativa de Aura descubrí que lo había leído mal, con premura, sin disfrutarlo.
Descubrí también que Carlos Fuentes es un autor que se disfruta en la juventud, pero mucho más en la madurez. Y añado que Fuentes me hizo entender mucho cine, que disfruto sus esporádicas apariciones en la pantalla, que su versión de una mala película como Tiempo de morir es disfrutable por sus diálogos, por sus guiños, por sus referencias a otras cintas, sobre todo westerns; y que su versión de El gallo de oro, con todo y sus fallas, es menos pretenciosa y más divertida que la de Ripstein. Y una petición: ¿alguien tiene que me venda, sin abusar, el libro de Fuentes sobre el 68?

Desde luego, agradezco a Marisol Schulz y a Ramón Córdoba (el Gran Dramón) haberme privilegiado al participar en tantos libros de Carlos Fuentes