En su Gramática española (1975; aún no cumple 40 años) de Juan Alcina French y José Manuel Blecua, se habla de la v labiodental; en los recientes Ortografía de la lengua española, el Nuevo diccionario de dudas y dificultades (de Manuel Seco), el anterior, Diccionario de dudas de la lengua española, en el Diccionario panhispánico de dudas, El buen uso del español y otros, se burlan de quienes hablan de las letras labial y labiodental; en todos estos diccionarios y manuales, al contrario de French y Blecua, afirman que en el buen español se pronuncian exactamente igual, y que quienes, como en el pasado, juntan labios y dientes para pronunciar vino, vino, venir, son exagerados y pecan de ultracorrección, que lo correcto es pronunciar igual bello y vello (para quienes estas palabras tengan igual significado deben sufrir al recordar mejores tiempos), baca y vaca, y dejan el sentido de labial y labiodental a las prácticas privadas del erotismo.

Pero los gramáticos y los académicos, como los sabios redimidos de Bola de fuego, no conocen el lenguaje corriente, el de la calle, el indómito, que cabe a duras penas en los diccionarios y menos aún en las gramáticas. Una de las reglas ortográficas es que b va después de m, y v después de n y de d; es decir, al pronunciar envase, envuelto, enviado, adviento; en esos casos, lo natural es pronunciar la v juntando labio inferior y dientes; si se pronuncia, como quieren los gramáticos, usando sólo los labios, se interrumpe la pronunciación natural, o pronunciamos mal: emvuelto, embase (a menos que sea término beisbolero). ¿Alguna vez los gramáticos hablarán en voz alta y se darán cuenta de lo que escriben? ¿Leerán lo que escriben los poetas, los novelistas?

Cuando menos, en sus avances, tímidos y temerosos, los académicos advierten (con v labiodental) que el criterio gramatical seguirá siendo el gramatical y no el políticamente correcto; que el género predominará sobre el sexo, y que lo correcto es “los diputados” y no “los diputados y las diputadas”, aunque se admiten los lugares comunes de “señoras y señores”, “damas y caballeros” o, como decía La China Mendoza, “señoras y señores, niños y niñas y Monsiváis”; hay quien afirma que la Academia ya ordena esa imposición de los alumnos y las alumnas, o la utilización de la arroba para determinar ambos sexos en un vocablo impronunciable y además absurdo. Cuando menos, por ahora no.

Y si los gramáticos leyeran, sabrían que “guión” y “rió” se pronuncian, sindudamente, como bisílabos; por lo corto de estas palabras creen que son monosílabos, lo que da lugar a que buenos libros que no aceptaron la ya obsoleta sugerencia (¿o sugestión?) de eliminar acentos indispensables, escriban guion y rio (de reír), lo que los incluyen en el género de libros híbridos.

Y para que más le duela a los académicos, ninguna editorial seria, y sólo una revista seria, aceptaron esas sugerencias; y para regocijo de académicos inteligentes (que los hay), se seguirán acentuando sólo y éstos (y sus derivados), porque lo absurdo de que el contexto del texto aclara el sentido de esas palabras fue derrotado; los escritores tendrán que aprender a acentuar cuando se debe y cuando no, y no dejarlo al arbitrio de los lectores, que han demostrado ser más inteligentes que los autores.