Lo ocurrido el viernes 13 en París —que no es algo aislado, sino un episodio más de la serie de atentados terroristas iniciados el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono en Estados Unidos, y que continuó en otros países— recuerda la vieja historia del aprendiz de brujo, que el poeta alemán Goethe relatara en su balada de ese nombre (en alemán Der Zauberlehrling): el joven e inexperto discípulo de un hechicero le infunde vida a una escoba para que le ayude a acarrear agua, pero después ya no puede controlarla.

Juan José Morales

Un miliciano de Boko Haram en Nigeria. Debido a los ataques de este grupo fundamentalista islámico, que trata de tomar el poder en varias naciones africanas, han muerto más de 17 mil personas en los últimos seis años, miles de escuelas han sido destruidas y más de dos millones y medio de personas han tenido que abandonar sus hogares.

Un miliciano de Boko Haram en Nigeria. Debido a los ataques de este grupo fundamentalista islámico, que trata de tomar el poder en varias naciones africanas, han muerto más de 17 mil personas en los últimos seis años, miles de escuelas han sido destruidas y más de dos millones y medio de personas han tenido que abandonar sus hogares.

Y es que el llamado Estado Islámico no surgió de la nada ni en forma espontánea. Es producto de la política norteamericana y sus aliados, inclusive las monarquías árabes. Primero, durante la guerra fría, armaron y entrenaron a los talibanes, extremistas islámicos, para derrocar al gobierno progresista de Afganistán, aliado de la Unión Soviética. Los talibanes, como se recordará, estaban encabezados por Osama Bin Laden, cuyo solo nombre lo dice todo. De ahí surgió Al Qaeda, que después de deponer al gobierno afgano, se volvió contra Estados Unidos.

Luego, en su afán de controlar el Cercano y Medio Oriente, Estados Unidos y sus aliados se dedicaron a derrocar gobiernos que, si bien eran de carácter dictatorial, eran también de naturaleza laica, con ideas modernas, y constituían un factor de estabilidad política en sus propios países y en la región. Así fue como invadieron Irak, que tras la caída de Sadam Hussein ha vivido en el caos y el desorden constantes. De esa anarquía se ha aprovechado el llamado Estado Islámico para adueñarse de amplias zonas del país y de importantes ciudades.

Echaron abajo, también por la fuerza, al gobierno encabezado por Muamar Gadafi en Libia. Resultado: aquel país, estable y próspero, que proporcionaba empleo a cientos de miles de inmigrantes africanos, se hundió también en una interminable serie de luchas entre grupos rivales, entre ellos extremistas ligados al EI que controlan buena parte del petróleo libio y con su venta compran armas y municiones, sostienen ejércitos y financian actividades terroristas.

Intentaron asimismo Estados Unidos y sus socios —Francia entre ellos— hacer lo mismo con el presidente de Siria, Bashar al-Assad, para lo cual echaron mano de grupos musulmanes radicales. Pero en esta ocasión la jugada no les salió como planearon, el gobierno sirio pudo resistir y contener la rebelión y durante cuatro años el país ha estado hundido en una guerra civil que parece no tener fin y ha servido para fortalecer más todavía al EI.

Lo peor de todo es que, aún a la vista de lo ocurrido, y con una increíble miopía, los gobiernos de Francia y Estados Unidos insisten en derrocar a al-Assad, sin medir las consecuencias que ello acarrearía. Como bien ha señalado el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, “si Bashar al-Assad es derrocado, lo que pasó en París sería nada en comparación a todo lo que pasará en el mundo y en especial en Medio Oriente”.

Las cosas, por lo demás, no se limitan al Cercano y Medio Oriente. En Nigeria, Sudán, Camerún, Chad, Níger y otros países africanos, grupos radicales islámicos como Boko Haram han establecido un verdadero reino de terror en extensas zonas controladas por sus milicianos, los cuales destruyen escuelas, secuestran niñas y cometen atrocidades tales como matar a pedradas a mujeres acusadas de adulterio o decapitar a personas acusadas de blasfemia.

En la obra de Goethe, al aprendiz de brujo termina salvándolo su maestro, que finalmente utiliza sus poderes para dominar a la escoba. Pero, tal como pintan las cosas, no parece que a Estados Unidos y sus socios vaya a salvarlo ningún hechicero, y nadie sabe hasta dónde llegará el terrorismo por ellos desatado y que ya parece totalmente fuera de control.

 

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx