La temporada de Ricardo III en el Teatro Julio Castillo terminó el 3 de agosto. Éste es uno de los más impactantes dramas históricos de William Shakesperare. Por algo, la de Mauricio García Lozano fue la cuarta puesta en escena durante el último año en la ciudad de México.

Por Guillermo Velasco Tapia

Shakespeare recorrió, a través de su obra, la historia de la monarquía inglesa. Ricardo III es la pieza que cierra el periodo conocido como la Guerra de las Rosas. Cruenta y sangrienta disputa por la corona británica entre dos poderosas familias: los Lancaster y los York. Enrique Brolingbroke, futuro Enrique IV, derrocó a Ricardo II y encumbró a los Lancaster, que se mantuvieron en el poder las dos siguientes generaciones con Enrique V y Enrique VI.

En el reinado de este último, Ricardo, duque de York, logró que sus hijos fueran reconocidos como legítimos herederos al trono. El monarca tuvo que anular los derechos del príncipe de Gales. Margarita de Anjou, consorte del rey, comandó al ejército que derrotó y asesinó al conspirador y a Rutland, el menor de sus vástagos. Los tres York restantes no pararon hasta deponer y matar a Enrique VI. Así el mayor de ellos, el conde de March fue coronado como Eduardo IV.

 

En este punto comienza Ricardo III. El director Mauricio García Lozano propuso, como prólogo, una fiesta, casi bacanal, que ilustró a la perfección los primeros parlamentos de Ricardo, duque de Gloucester. Otro acierto fue mostrarnos un mitin de “acarreados”, con torta y bolsa de agua en mano, suplicando a Ricardo acepte el gobierno de Inglaterra.
Más allá de la alusión directa a los usos y costumbres de la clase política mexicana esta escena se ha repetido por siglos y siglos hasta el cansancio. Lo mismo Julio César, Ricardo III, Agustín de Iturbide, como un sinnúmero de tiranos y dictadorzuelos latinoamericanos que en los últimos doscientos años se han “resistido” a ocupar “el más alto solio” pretextando no merecer distinción tan elevada y no estar preparados para tal encomienda. La verdad: todo está concertado de antemano. Después de “los ruegos del pueblo” ceden y se convierten, “sacrificándose” (farsa grotesca), como emperadores, reyes, presidentes, en “cumplimiento de la voluntad popular” y para el “bienestar de su nación”.

 

Para el montaje del Julio Castillo se creó, en la parte trasera del escenario, una sala entera con tres zonas de butacas alrededor del templete. Éste simulaba un grandioso y monumental castillo conformado por tres niveles. Dos torres en los laterales cercaron a los espectadores dejándolos en medio de la representación. Lo malo es que al desarrollarse la obra tal alto y tan lejos, no se logra intimidad alguna y las interpretaciones pierden fuerza. Tanto subir y bajar, ir y venir se convierte en un verdadero desafío físico para los actores.

 

Shakespeare se tomó algunas licencias históricas para lograr un mayor impacto dramático. Así, en vez de desterrar a la reina viuda Margarita (como ocurrió en realidad), le permitió deambular por la obra confrontando, maldiciendo y vaticinando las futuras desgracias que sufre la familia York.

 

El público, fuera del territorio británico, difícilmente se interesa por el valor histórico de Ricardo III. Sin embargo es atraído y cautivado por las intrigas, la violencia inusitada, las luchas de poder y sobre todo por Ricardo, duque de Gloucester, quien desata una batalla campal con tal de usurpar el trono. Los demás personajes se muestran, también, egoístas y luchan por sus propios intereses y beneficios.

 

Ricardo III es el arquetipo de la maldad y la vileza, en él se materializan las peores pasiones y los más bajos instintos. Su cuerpo contrahecho acentúa lo retorcido de su corazón y mente. María Enriqueta González Padilla, autora del prólogo de La tragedia de Ricardo III (de editorial UNAM), afirmó que la deformación moral de Ricardo es sólo comparable con la del Satanás de Milton.

 

Así, la perversidad de Ricardo III no tiene límites. Nunca duda en crear desconcierto, en intrigar. Elimina, uno a uno, a los que se interponen en su camino. Es curioso, el único que no es asesinado físicamente por este demonio es el mismo Eduardo IV. El truco de Shakespeare es muy efectivo: primero vemos a Ricardo defendiendo a los inculpados, atacando a los supuestos conspiradores, conciliando las diferencias y afirmando que él sólo quiere el bien para su rey, hermanos y amigos. Los demás personajes y la audiencia creen, de buena fe, en sus “buenas intenciones”.

 

En cuanto se queda sólo revela sus faltas, se regocija confesando sus culpas maquinaciones y tretas. El público, engañado una y otra vez por este malhadado personaje, no puede contener el estupor, el asombro y el terror, ríe nerviosamente. Quizá se pregunta: ¿Cómo puede existir un ser tan nefasto?

 

Carlos Aragón (1822, el año que fuimos imperio; La comedia de las equivocaciones; programa de tv ¿Quién dijo yo?) interpretó a Ricardo III. Jorge Zarate (El crimen del padre Amaro; La tentación de ser Dios. Calígula) fue Eduardo IV. Tamara Vallarta y Assira Abbate estuvieron magníficas en su caracterización del príncipe Eduardo y el pequeño Ricardo, duque de York respectivamente y además alternaron funciones en el papel de la bella y delicada Lady Anne.

 

William Shakespeare

Otros detalles sobresalientes de este montaje fueron la espada oculta en el bastón de Ricardo (todo un clásico), los cadáveres colgando en medio del escenario representando a las víctimas del despiadado conspirador. Siempre se agradece que se presenten los textos íntegros a pesar de su duración, aunque esto puede representar un hándicap para mantener la atención del público y la intensidad del trabajo actoral.

 

La misma María Enriqueta González Padilla señala que en esta pieza Ricardo III es tratado como el peor villano y el más malvado de los reyes ingleses. Nos explica que esto se debe a que es vencido por el conde de Richmond, fundador de la dinastía Tudor y abuelo de Elizabeth I, William Shakespeare era súbdito de esta célebre reina.

 

Acabemos con un dato que casi no se toma en cuenta: el Ricardo III shakespeariano siempre jura y se encomienda a San Pablo, incluso antes de la batalla final (Bosworth) donde muere. En cambio Richmond (el nuevo rey) es devoto de San Jorge, santo patrono de Inglaterra.