Un lector nos pregunta si los pájaros carpinteros picotean los troncos de los árboles para comer la madera. Respuesta: No. Lo hacen para poner al descubierto insectos que atrapan con su larga y rígida lengua. Esos animalillos son los que les sirven de alimento.

Los carpinteros o picamaderos pertenecen a la familia zoológica de los pícidos, que se caracterizan por su fuerte pico y su lengua delgada, rígida y con pequeñas cerdas. Es muy fácil reconocerlos por rasgo distintivo: los machos tienen una coloración roja o rojiza en la cabeza, a veces en forma de una cresta bastante notoria. Y, desde luego, aún sin verlos delatan su presencia con el tableteo como de ametralladora que producen al picar repetidamente el tronco al cual se sujetan ayudados por la conformación de sus patas, con dos dedos al frente y dos detrás. Como auxiliar para sostenerse y ascender por los árboles, tienen una cola rígida, con la cual se apoyan.

Juan José Morales

CarpinteroEn la península de Yucatán hay una quincena de especies de estas peculiares e inconfundibles aves. Todas son insectívoras y complementan su dieta con frutas y savia. Una de los más comunes es la Melanerpes aurifrons, que alcanza hasta 25 centímetros de largo. Otro también bastante común es el carpintero grande, llamado colonté en maya, Dryocopus lineatus, que se muestra a la izquierda. Llega a más de 35 centímetros y posee una prominente cresta roja. Con frecuencia se le puede observar en los árboles de guarumbo o ko’ochlé devorando las hormigas que ahí habitan. No es sin embargo exclusivo de la región, sino que está ampliamente distribuido en todo México, Centroamérica y buena parte de Sudamérica.

El término lineatus en su nombre científico alude a las líneas blancas y negras que presenta en el plumaje. Es uno de los carpinteros que con más frecuencia pueden observarse, debido a su abundancia y extensa distribución.

Otro carpintero de gran tamaño es el Campephilus guatemalensis, que llega a 35 centímetros de largo y tiene el plumaje de los costados de la cabeza totalmente rojo. Se le encuentra tanto en las densas selvas de las tierras bajas como en las estribaciones de las montañas hasta cerca de dos mil metros de altitud. Y en el otro extremo de la escala de tamaños, uno de los más pequeños es el carpintero yucateco, Melanerpes pygmaeus, muy apropiadamente llamado también carpintero enano. Apenas llega a 17 centímetros de largo y, a diferencia de otras especies, su área de distribución se limita a la península de Yucatán. Es muy común verlo en todo tipo de ambientes.

Esto último puede decirse en general de casi todos los demás carpinteros del Mayab. Sus poblaciones son relativamente nutridas y usualmente se puede verlos incluso en las ciudades. Pero hay uno que se encuentra amenazado por la deforestación: el carpintero selvático Melanerpes pucherani. Y todos cumplen una importante función en el complejo entramado ecológico de la selva, ya que al exterminar insectos nocivos ayudan a combatir plagas forestales.

Y para terminar este breve comentario sobre los pájaros carpinteros, cabe señalar que hay otras aves de hábitos parecidos a los suyos y con los que suele confundírseles: los trepatroncos. También pican la corteza de los árboles para atrapar insectos y otros pequeños invertebrados, y también tienen las plumas de la cola rígidas, para apoyarse al ascender. Pero las patas son diferentes, con tres dedos delante y uno detrás, como los de las aves que se posan en alambres y ramas. También se distinguen de los carpinteros por su inconfundible forma de escalar los troncos en espiral, para luego dejarse caer hasta la base del siguiente árbol y comenzar el ascenso en la misma forma. Una especie común en la región es el takaj ché o trepatroncos de cabeza gris, Sittasomus griseicapillus.

Estos son pues, nuestros benéficos carpinteros de la selva.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

La idea generalizada respecto a las selvas de la península de Yucatán, es que han sido arrasadas brutalmente, que de ellas ya sólo queda el recuerdo y que en comparación con la densa y exuberante vegetación que había en tiempos de esplendor de la antigua civilización maya, lo que tenemos ahora es un erial.

Eso es hasta cierto punto cierto, pero sólo para parte de la península. Concretamente el estado de Yucatán, donde prácticamente ya no queda ese tipo de vegetación, salvo la región conocida como el cono sur, en los alrededores del vértice geográfico donde confluyen los límites de los tres estados peninsulares. En el resto de la entidad, la selva —ya de por sí de reducida altura— fue arrasada para establecer plantaciones de henequén y campos ganaderos.

Apenas visible, este edificio de la antigua metrópoli maya de Calakmul se encuentra rodeado por una densa selva que se extiende hasta el horizonte.

Pero, por sorprendente que parezca, en el sur y oriente de la península, en Campeche y Quintana Roo, no solamente se conservan tupidas selvas sino que cubren mayor extensión y son más densas y exuberantes que hace mil años, en el apogeo del Período Clásico maya. De hecho, en ambos estados se hallan las mayores superficies de selva en buen estado de conservación del país. En Quintana Roo en la llamada zona maya, y en Campeche en la porción sur, en la zona fronteriza con Guatemala.

Así lo muestran los que podrían llamarse mapas retrospectivos elaborados por un grupo de investigadores de la Ecole Polytechnique Fédérale de Lausana, Suiza, encabezados por Jed Kaplan. Los mapas, basados en información científica acerca de la densidad de población, los tipos de suelo, las variaciones climáticas y otros factores, muestran la cobertura forestal de la región maya en tres épocas: el clímax de su desarrollo cultural entre 800 y 950 de nuestra era primero, luego alrededor de 1650 después de la conquista española, y finalmente en 2000.

Como se ve en dichos mapas, y contra lo que podría pensarse, hay ahora mayor cobertura forestal que en cualquiera de ambos períodos históricos.

Los mapas de Kaplan y sus muestran la cobertura forestal en la península de Yucatán y Centroamérica en diferentes épocas. Las zonas más oscuras indican mayor densidad de vegetación selvática. Izq., en el Período Clásico (800-950), cuando en el área maya vivían unos 19 millones de personas y hubo una intensa deforestación con fines agrícolas. Centro, en 1650, después de la conquista, cuando la población había sido diezmada por las enfermedades, el choque cultural y otros factores, y muchas tierras fueron abandonadas. Der., en 2000, cuando —por ser mucho menor la densidad de población que hace mil años— se habían recuperado las selvas.

Los mapas de Kaplan muestran la cobertura forestal en la península de Yucatán y Centroamérica en diferentes épocas. Las zonas más oscuras indican mayor densidad de vegetación selvática. Izq., en el Período Clásico (800-950), cuando en el área maya vivían unos 19 millones de personas y hubo una intensa deforestación con fines agrícolas. Centro, en 1650, después de la conquista, cuando la población había sido diezmada por las enfermedades, el choque cultural y otros factores, y muchas tierras fueron abandonadas. Der., en 2000, cuando —por ser mucho menor la densidad de población que hace mil años— se habían recuperado las selvas.

Sorpresa a medias

En realidad, esto ha sido una sorpresa a medias. Ya varios investigadores mexicanos habían encontrado desde hace tiempo que la destrucción de las selvas peninsulares —al menos en el centro y sur— no es tan grave como se creía, y que la vegetación está bastante bien conservada pese a los programas de desmontes ahí realizados.

En el caso del sur de Campeche y Quintana Roo, un estudio del Instituto de Geografía de la UNAM, realizado por Sergio Cortina Villar, Pedro Macario Mendoza y Yelena Ogneva Himmelberger, reveló que pese a la intensa deforestación registrada en esa zona hace 30 ó 40 años, subsiste un considerable porcentaje de selvas y hay también un acentuado proceso de restablecimiento de la vegetación original.

Los investigadores señalan que después de construida la carretera Escárcega-Chetumal entre 1967 y 1970, hubo en esa zona importantes programas federales de colonización dirigida que incluyeron grandes desmontes para establecer campos agrícolas y ganaderos. Por eso se tiene la impresión de que la mayor parte de las selvas que ahí había fueron destruidas, sobre todo cuando se observan los desmontes a los lados del camino. Empero, el análisis e interpretación de imágenes de satélites artificiales mostró una situación mucho menos dramática. Resultó que solamente el 25% de las selvas del área estudiada habían sido desmontadas. Esto es, las tres cuartas partes se mantuvieron intocadas.

Por otro lado, muchas de las explotaciones agrícolas y ganaderas que se establecieron en esos terrenos fracasaron y las tierras fueron abandonadas. Ya para 1998, el 43% de las áreas desmontadas durante la colonización habían dejado de utilizarse con fines agropecuarios y estaban cubiertos por vegetación arbustiva o arbórea de segundo crecimiento. Es decir, por selvas en diferentes etapas de recuperación.

Por lo que se refiere a la Reserva de la Biósfera Calakmul, en el sur de la península y colindante con las grandes selvas del Petén en Guatemala, la situación es también bastante halagüeña. Otro estudio del propio Instituto de Geografía de la UNAM, obra de Gerardo García Gil, Ignacio March Mifsut y Miguel Ángel Castillo Santiago, permitió comprobar que de las 723 mil hectáreas que en total abarca la reserva, únicamente el 3.51% presentan alteraciones debidas a la actividad del hombre, específicamente debidas a los programas de colonización dirigida de hace décadas. En cambio, el 96.3% de la reserva se halla cubierta por selvas bastante densas sin perturbaciones de origen humano visibles.

En proceso de regeneración

Por otro lado, también hay considerables extensiones de selvas en proceso de regeneración. En uno de sus últimos trabajos —realizado conjuntamente con el biólogo José Antonio González Iturbe—, la Dra. Ingrid Olmsted, del Centro de Investigación Científica de Yucatán, señalaba que si bien durante el siglo XX hubo una elevada tasa de deforestación en la península para destinar la tierra sobre todo al cultivo de henequén, la ganadería y —en diferentes épocas— las siembras de arroz y caña de azúcar, en 1995 el 42% de la superficie de la península estaba cubierta por la llamada vegetación secundaria. Es decir, por selvas en recuperación, que crecen en aquellos terrenos que fueron abandonados después de usarlos para cultivos diversos o para la ganadería.

Desde luego, esto no significa que vayamos a recobrar plenamente las selvas perdidas. Las nuevas, las que se formarán al culminar el proceso de restablecimiento de la vegetación serán diferentes a las originales. Sobre todo en aquellas áreas donde hubo campos ganaderos o cultivos de henequén y caña de azúcar, pues —por razones que no vamos a detallar— lo extenso y prolongado de los desmontes hizo que se perdieran las reservas de semillas de los árboles, que en el trópico tienen muy corta vida.

De modo, pues, que el panorama de nuestras selvas no es tan sombrío como parece, especialmente en el sur de la península.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx