La delincuencia organizada y los asaltos a viajeros y transportes de mercaderías no son sólo cosa de nuestros tiempos. Ya los había en el de principios del siglo XIX, según se asienta en el libro Nuestra historia con minúsculas, publicado dentro de la colección Biblioteca Básica de Yucatán. En el capítulo “Bandolerismo e inseguridad a principios del siglo XIX, escrito por Pedro Miranda Ojeda, puede leerse lo siguiente: “Los bandoleros aparecieron en Yucatán en las primeras décadas del siglo XIX en las inmediaciones de las ciudades y pueblos importantes”, sobre todo en las cercanías de Mérida y Campeche, puesto que “ahí solían encontrarse con relativa frecuencia una mayor cantidad tanto de viajeros como de mercancías destinadas al abasto urbano”.

Por Juan José Morales

Y añade el autor que “las gavillas de salteadores, reunidos en grupos de hasta veinte o más integrantes, armadas con carabinas y machetes o cualquier instrumento que sirviera como arma de asalto, como piedras, a menudo se refugiaban en las cercanías de las ciudades o pueblos en espera de noticias de viajeros o de las cargas de los comerciantes que transportaban sus mercancías de pueblo en pueblo”.

Muy poco pudieron hacer las autoridades para impedir la actividad de los malhechores, pese a que se integraron patru-llas de vigilancia que recorrían los caminos en su búsqueda y para tratar de dar protección a quienes por ellos transitaban. Añade Miranda que “la relativa facilidad para evadir las persecuciones de la tropa permitió que algunos grupos amenazaran a los viajeros durante varios años.”

Algunos cabecillas de esos grupos de malhechores alcanzaron cierta fama. Por ejemplo, un tal Cirilo Domínguez, asesino y salteador, considerado tan peligroso y despiadado que por su captura se ofreció una recompensa de cien pesos de la época. Por contraste, la cabeza de un bandido común y corriente se tasaba en seis pesos. La carrera delictiva de Cirilo no duró mucho. A poco de haber iniciado sus fechorías fue atrapado y ejecutado públicamente el 5 de febrero de 1824 en Mérida para que sirviera de ejemplo y desalentara a otros asaltantes.

El escarmiento, sin embargo, no sirvió de nada. Las bandas de facinerosos siguieron proliferando y hubo que aumentar la cuantía de las recompensas. Pero aunque creció el número de capturas, también creció el de gavillas y el número de sus integrantes. Allá por 1833, dice el libro, “una cuadrilla de veinte bandidos o salteadores empezó a merodear por Mérida y sus inmediaciones”, y a fines de 1834 el ayuntamiento de Mérida tuvo que suspender el pago de recompensas por falta de dinero para ello.

Hubo, desde luego, famosos bandoleros que por muchos años cometieron impunemente sus fechorías. Por ejemplo, Seberiano Gómez, que se mantuvo en actividad de 1820 a 1840, año en el que se supo de él por última vez. En ese lapso, al estilo del célebre Chapo Guzmán, fue apresado dos veces pero ambas se fugó.

Notorio hampón de esos tiempos fue igualmente Sinforiano Aguilar, primo de Seberiano. Encabezó su propia partida de asaltantes durante casi diez años, pero él sí terminó en el patíbulo en 1840. Otro Aguilar, José Mónico, pariente de Seberiano y Sinforiano, fue un precoz delincuente —cometió su primer atraco a los 14 años— y, como los actuales sicarios adolescentes, a los 17 años ya dirigía a un grupo de gavilleros calificados como “criminales famosos, temibles en la sociedad, malvados en fin de profesión, por una propensión como innata y al parecer incorregible”, según se les describió en una publicación de esa época. Uno de sus compinches fue Pascual Baylón Puerto, que capturado junto con él, terminó en la horca, aunque Mónico se salvó de ella porque murió en su celda.

En fin, delincuencia organizada como la actual, y asaltos en los caminos, como los que ahora sufren automovilistas y choferes de camiones, no son una novedad en las rutas del Mayab.

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