José Emilio Pacheco

Entre los refranes más comunes en la vida cotidiana es que hay cosas que no pueden ocultarse: el dinero (ni la falta de), la educación (así le dicen a las buenas maneras), el enamoramiento, duradero o de un instante. Se contrapone al que afirma que las apariencias engañan, o al de “quién la viera, tan discreta”, o al del corazón que no se entera porque los ojos no lo vieron.
Hay frases y refranes para toda ocasión, aplicables a cualquier persona según las circunstancias, las buenas rachas o las malas, y las trampas que pone la vida (disfrazada de las oportunidades que no deben desperdiciarse); además de los refraneros, las canciones contienen una buena dosis de sabiduría popular aplicable en las buenas y en las malas.
Hay personas expertas en el arte de engañar: escritores que no escriben pero se disfrazan de tal manera que sus amigos y enemigos creen que un día nos sorprenderán con una obra maestra; o escritores que no lo son pero triunfan en todos los certámenes con los que el gobierno nos coopta (hace apenas 40 años había un premio de poesía importante, ahora hay 40 premios a repartir), y hay quienes opinan que si no se obtienen premios no se es escritor. Hay críticos que no leen más que sus propios libros pero se disfrazan de críticos, y hay actores que se les nota que son actores (para no hablar de virtudes privadas y vicios públicos).
Luego de siete, ocho años de no verla, nos topamos con una conocida amistosa, afable, que nunca creó problemas, y con la que no teníamos más que pláticas ocasionales, comentarios sobre la situación del edificio, aunque María José convivió con ella y con su hijo de manera constante y fructífera, y mantiene contacto con su hijo, quien acaba de obtener un premio internacional (no literario, por fortuna). Luego de los comentarios, en medio del transitar de comensales, nos confía sus actividades, además de las que ya conocíamos (directora de una escuela de altos estudios): en los últimos años se ha acercado al estudio de la filosofía; de pronto se le ilumina la mirada, y nos asesta: estoy estudiando a Kierkegaard, Sartre, Husserl (lo pronuncia de manera correcta); se detiene un instante, y pronuncia el corolario: ustedes son así, ¿verdad?, Por eso son como son, ¿verdad? Es uno de los mayores elogios que hemos recibido, sin que haya dicho ningún adjetivo.

Gracias a Francisco Repetto Milán, a una edad inadecuada, prematura, comencé a leer a esos y a otros filósofos, primero en las páginas de ese estudioso, y luego en manuales y después en sus propios libros; me emocionaron más que otros autores, y me obligaron a conocer a sus antecesores; uno de los momentos más emotivos fue haber leído a Schopenhauer con la sensación de haberle entendido; el epígrafe de mi Háganme lugar es de Nietzsche, y recuerdo con placer la época en que lo leí, en estado casi febril, impulsado por un fragmento de La fenomenología del relajo, de Jorge Portilla, con ensayos sobre (y contra) Nietzsche en la Revista de la Universidad, un ejemplar que conservo, ajado y arrugado, en que se compilaban páginas suyas compiladas por sus compañeros del Hiperión; eran los días en que comenzaba la ciudad a agitarse por el Movimiento Estudiantil (quiso la mala fortuna que el día que conocí a Monsiváis hubiera dejado la revista, porque ya se estaba rompiendo, y en su lugar trajera El retorno de los brujos, con su explicación mágica aunque equívoca de “El Aleph” de Borges).
En una ocasión, hace más de 20 años, Felipe Garrido me pidió que lo ayudara con las fichas de varios filósofos, para un diccionario de filosofía y religión; me tardé dos días más de lo que me pidió, y mi única excusa, que no pretexto, fue que me había deprimido al elaborar la de Schopenhauer; aunque no me creyó, publicó la ficha tal como la redacté. Aun ahora puedo repetirla, sin equivocarme ni en la puntuación, porque sigo creyendo que decía la verdad, una verdad universal.
Que una mujer con la que no convivimos nos relacione y se explique nuestra manera de actuar, cuando leyó a varios de los filósofos más importantes, nos hace ver que no engañamos, que nuestro comportamiento es elocuente, transparente, honesto (en su acepción de sinceridad); no sé qué nos pesa más: si el orgullo o el compromiso de seguir así. (Algo parecido me había dicho Salvador González, pero no le creí, porque es un lector empedernido y que se deja influir por los libros y se explica la vida a través de ellos.)
Y surge por estos días la noticia de que el gobierno piensa recortar algunos millones de pesos en el presupuesto para la cultura. Con Nietzsche, Sartre, Husserl, Schopenhauer como modelos, mi única reacción es que qué bueno, porque el Estado no debería patrocinar a los escritores, a los creadores en general; nadie debería de escribir pensando a qué concurso, flor más bella del tejido, mandar su manuscrito según los jurados, la temática; no debería gastarse el dinero para damnificados, para obra pública, para vivienda, para el desarrollo, en gratificar a los que, de manera consciente o no, adulan al gobierno y escriben para él. Se confirma que sólo dos por ciento de la población acude a bibliotecas, las ediciones de libros no rebasan el millar de ejemplares, las revistas subsidiadas no se mantienen por sí solas, ni por venta ni por publicidad; las librerías de Educal son un desastre, mal atendidas, con más libros de editoriales particulares que los publicados por Conaculta, casi sin visitantes; las cintas subsidiadas no cumplen con los ingresos mínimos para mantenerse más de una semana en cartelera, lo mismo que el teatro: eso es dinero desperdiciado que serviría mejor para reparar o reconstruir escuelas, mejorar salarios de burócratas (maestros, médicos, enfermeras, la seguridad), no para becas a escritores que tienen empleo, y al recibirla, no lo dejan, duplican sus ingresos sin cumplir con los propósitos de las obras (o se la pasan quejándose en las redes sociales).

Uno de los músicos más conocidos por los cinéfilos mexicanos es Sergei Rachmaninov, porque suyos son los sonidos que recalcan las escenas más dramáticas de nuestra cinematografía, en El Peñón de las Ánimas; la gente de mi edad, o un poco mayor, recuerda también las transmisiones teatrales por televisión, a cargo de Manolo Fábregas, los miércoles por la noche, cuyo fondo musical es su obra más conocida, el Concierto Número Dos para piano y orquesta. Una pieza a la que le tengo particular afecto por varias razones; una de las que puedo confesar es que servía de fondo musical de las muchas pláticas que sostuve con Sergio Galindo, quien escribió sus mejores novelas escuchando ese concierto, que repetía varias veces hasta que terminaba un capítulo, o lo vencía el cansancio. Tenemos muchas versiones; la favorita de Lourdes es con Van Cliburn, aunque a mí me gusta más con Svlatoslav Richter y con Werner Hass (que podría jurar que es la que tocaban en el Teatro de Manolo Fábregas); le tenemos también con Graffman, Barry Douglas, Arthur Rubinstein, y estoy por comprarla con Yuja Wang, con Valentina Lisitsa y con Helene Grimaud, que si la tocan con la belleza que tienen, seguramente serán buenas versiones. Sé que hay un disco con el mismo Rachmaninov como intérprete, y tiene la fama de haber sido el mejor pianista de todos los tiempos (al menos, desde que hay registro discográfico), pero no lo he encontrado.
Es una de las piezas que ni siquiera Von Karajan o Dudamel como directores ni Lang Lang como intérprete pueden echarla a perder, aunque lo intentaron.
Pero no es la única, ni la mejor, obra de Rachmaninov; su Concierto número 3 es de gran belleza, sobre todo en las manos de Martha Argerich, y otras piezas, entre menores (preludios, humoresques, polkas, canciones, fantasías) y mayores (sinfonías, sonatas), pueden escucharse sin que cansen. Pero el público, los pianistas y las orquestas las hacen a un lado para interpretar el segundo concierto, del cual hay, parece, más de cien versiones a la venta.
Es el caso de una obra maestra que hace que se le conozca al autor sólo por ella, y no acudamos con más frecuencia a otras obras suyas. Es lo mismo que pasa con José Emilio Pacheco, quien tiene varias, muchas, obras maestras, tanto en la poesía, en el ensayo y en la narrativa, pero los lectores sólo conocemos y citamos una o dos de ellas; excelentes, cierto, pero no las únicas.

Me gustan las mujeres perdidas. Ya he hablado de Isabel del Puerto (gracias a lo que escribí de ella hace unas semanas se puso en contacto conmigo su representante, lo que me emociona mucho), Leticia Palma, Sarita Montiel. Ahora menciono a Gloria Mange.
Su filmografía apenas pasa de las 20 cintas, varias de ellas sin crédito, y todos en papeles secundarios; por ejemplo, en Mi querido capitán es opacada no sólo por Rosita Quintana, sino por todas las demás bailarinas en la fiesta en casa de Fernando Soler, sobre todo por Guillermina Téllez Girón; en Salón de belleza es una clienta más, de la que se burlan Rita Macedo y Elda Peralta; sus actuaciones con más reconocimiento tuvieron lugar en dos filmes agradables pero que no aguantan una visión crítica: El casto Susano y Doña Mariquita de mi corazón. En ambas es desperdiciada su belleza, y le dan papeles de niña boba, inocente y hasta tonta; en una, es hija del director e intérprete, Joaquín Pardavé, provinciana novia de Fernando Fernández, y a la que deben quitarle los lentes y los moños para que atraiga al novio, que pasa por pazguato; en la otra es hija de Óscar Pulido, novia de Fernando Fernández, quien enamora a Silvia Pinal, y que los ve besándose (Pinal, disfrazada de un improbable hombre –no podía ocultar los pechos) y se ataruga, tanto que se hace novia del más pazguato Varelita; es opacada por Pinal y por Perla Aguiar. Tiene un papel muy discreto, o mejor dicho, apenas aparece en un par de escenas, en Especialista en señoras, haciéndola de recepcionista en el consultorio del médico popular entre la tropa Rafael Baledón; sólo sale dos veces, pero despertó el entusiasmo de Emilio García Riera, quien la destaca entre tanta mujer en faldas brevísimas mostrando piernas y calzones de los que ahora, en las redes sociales, llaman “grannies”. García Riera la pone por encima de Rosa Carmina, Guillermina Téllez Girón, Nellie Montiel, Su Mu Key. En su escena más sobresaliente está sentada en un escritorio, con las piernas cruzadas, con su faldita; dice García Riera: “había además citas verdaderas o apócrifas de Napoleón, Cervantes, Campoamor y Paco Malgesto, y muchas piernas femeninas al aire, con victoria visible, para mi gusto, de las de la guapa Gloria Mange”.
Muestra muslos contundentes en El mariachi desconocido, como la cancionera que compite con Rosa de Castilla por la lujuria de Tin-Tan; canta desentonada pero nadie lo nota, y aparece con traje de mambo, ritmo adecuado y baile cachondo. Desaparece antes de la mitad de la película.
Más memorable aún es su aparición en ¡Qué te ha dado esa mujer! Surge de la nada, como novia del agente de tránsito mañosón Pedro Chávez; debe competir más que con Carmen Montejo, con el otro agente Luis Macías; como Chávez y Macías se reparten a las viejas (así les dicen) sólo para vacilar (ern su acepción de echar relajo; más maliciosamente, de los actos propiciatorios), cuando Chávez la ve en serio se porta como un patán, saca a relucir sus defectos (aunque no el principal), y logra que la familia de ella lo rechace y que terminen su compromiso (si no era en serio, ¿para qué se comprometen?). Ella se encapricha, deja el internado donde la inscriben los padres, y se mete al departamento que comparten Chávez y Macías; cuando ellos llegan, se desvisten, y hasta que están Aguilar sin camisa e Infante sin pantalones, ella pide que no se desvistan más; la encuentran, escondida, semidesnuda, con las muy bellas piernas al aire; empiezan a jalonearla, para regresarla a su casa, cuando llega la mamá, que escucha mal y cree que la van a violar; cuando llegan los policías, la madre, indignada, pide que tomen nota de cómo la encuentran: ¡muy bien!, exclama uno de ellos. Por desgracia la visten, el padre, que es el agente del Ministerio, pide a Chávez que se case con Mange, a lo que él se niega.
Después vuelven a encontrarse, ella ya muy quitada de la pena, va a ver a su padre en la delegación (aunque se supone estaba internada); cuando se entera que Chávez va a defender a la fichita Montejo (así la llama Aguilar), pronuncia su mejor frase en toda su trayectoria cinematográfica: “y yo que iba a suicidarme por ti. ¡La arrepentida que me hubiera dado!”.
Después de Mariquita de mi corazón se retiró del cine; en tres o cuatro años hizo sus 22 apariciones, y se esfumó; no hay datos de ella en las historias del cine, ni en las redes de internet; es más, piden que si uno tiene sus datos, los comparta. Mange, a quien le quedaban bien los papeles de ingenua, y que pese a ello se daba a desear, se perdió para la vida pública, como Del Puerto y Leticia Palma.

Terminó la temporada de Ligas Mayores; queda el platillo para los villamelones; lo más atractivo: el posible duelo entre Medias Rojas y Dodgers, no para saber cuál es el mejor equipo, sino por una situación morbosa: en 2012 Medias Rojas armó un trabuco, así le dicen a las novenas superiores, en el que esperaban que Adrián González fuera el sostén a la defensiva y a la ofensiva, y aunque tuvo buenos números, se dedicó más a la grilla y al gimoteo que a sostener al equipo: es más, una tarde, junto con otros peloteros, fueron con el gerente general para quejarse de que el manager no los trataba bien, no manejaba de manera adecuada al equipo (cierto, consentían a varios lanzadores que más que estar en el juego se la pasaban cheleando, viendo pornografía, en la chorcha); corrieron a todos los que fueron de chismosos.
Ahora, sin él, los Medias Rojas llegaron con facilidad al campeonato de su división; los Dodgers, gracias a la consistencia de Adrián y a dos o tres pitchers que hicieron recordar los tiempos de Koufax, Drysdale, Perranoski, Osteen, Podres, y al pésimo short stop pero excelente bateador Henley Ramírez, también ganaron con cierta facilidad su división; es decir, gracias a que se deshicieron de Adrián, los Medias Rojas tuvieron una excelente temporada (humillando a los Yanquis, sobre todo); gracias a que adquirieron a Adrián, los Dodgers llegaron a la postemporada. ¡Las vueltas que da el mundo!, como dijo Alejandro Chiangerott en No desearás la mujer de tu hijo.
Y se desinfló el novato sensación Yasiel Puig: comenzó bateando cerca de .450, y terminó en .319; el último mes bateó alrededor de .230, y se puso a la altura de José Canseco y Reggie Jakcson como jardinero, cometiendo muchos errores aunque sólo le cargaron cinco. Daba risa verlo cubrir el jardín derecho, que tanto honraron Roberto Clemente, Ralph Kiner, Al Kaline, Roger Maris y tantos otros.

Si el facebook pusiera un filtro, como eliminar cualquier escrito que contuviera más de una falta de ortografía, nos ahorraríamos muchos comentarios fascistas, reaccionarios e inútiles.

Qué tristes tiempos son éstos en que tenemos que apoyar a la policía, cuando han dado tanto de qué quejarnos y temerla, ahora y a lo largo de la historia. Es inhumano y antinatural.

Con Salvador Mendiola comparto un blog, Toreando escarabajos, en el que platicamos en público escuchando discos de los Beatles, desde sus sesiones con Decca y con Tony Sheridan, hasta Let it be. Suyos de él son los méritos tecnológicos (fotos, videos). Ya llegamos al cuarto disco, y ahi la llevamos.