A mi correo ha llegado una de esas tremebundas advertencias sobre la forma en que estamos envenenándonos por consumir alimentos y sustancias que nos parecen inocuas pero en realidad constituyen un gravísimo peligro. En este caso, la amenaza que debemos evitar es la sal. Sí, la sal común. Esa que sirve para sazonar los alimentos.

Por Juan José Morales

Como se ve, los negociantes del naturismo y las llamadas medicinas alternativas saben explotar la idea de que la sal “cristalina natural” es mejor que la refinada y yodada porque supuestamente contiene “en proporciones exactas” todos y cada uno de los elementos componentes del cuerpo humano. Pero eso es absolutamente falso, como lo es la afirmación de que la sangre humana tiene la misma composición que el agua de mar.

Según el mensaje en cuestión, “la sal de mesa no tiene nada qué ver con la sal cristalina natural. La sal de mesa es cloruro sódico a la que en algunos casos se añade yodo y flúor y por lo tanto no es el tipo de sal que necesita el cuerpo”. En cambio, “la sal cristalina natural está integrada por los 84 elementos que componen nuestro cuerpo y en la proporción exacta”.

La amañada redacción hace creer que la sal de mesa es artificial, hecha de cierta sustancia llamada cloruro sódico. Pero en realidad tanto la sal “natural” como la de mesa contienen cloruro sódico —o cloruro de sodio, como comúnmente se le llama— casi en idéntico porcentaje. Y es falso que la “natural” contenga “en proporción exacta” todos y cada uno de los elementos que componen el cuerpo humano. Lo único que contiene son impurezas. Por lo demás, ambas tienen el mismo origen: agua de mar. Ya sea de mares actuales o de otros que hubo en el remoto pasado y al desaparecer dejaron grandes acumulaciones que ahora se explotan con técnicas de minería. En cuanto a la refinación de la sal, que según los naturistas altera sus propiedades originales, consiste simplemente en eliminar impurezas tales como sales de calcio y magnesio que afectan su color y le dan un sabor amargo, secarla, molerla para obtener granos más finos, y añadirle minúsculas cantidades de aditivos —totalmente inofensivos y permitidos por las autoridades sanitarias— para que no se apelmace y salga fácilmente del salero. Durante el proceso, en México y otros países también se le agrega yoduro de potasio. No subrepticiamente, ni para envenenar a quienes la consuman, sino porque así lo marca la ley y para prevenir enfermedades debidas a la deficiencia de yodo en la dieta.

Esas enfermedades son sobre todo el bocio y el cretinismo. El primero consiste en un crecimiento anormal de la tiroides, una glándula situada en el cuello. Aunque el padecimiento no es mortal, puede causar tos constante, dificultades para respirar y otros problemas. En cuanto al cretinismo, provoca retardo en el crecimiento y el desarrollo mental. Ambas enfermedades estaban muy extendidas, tanto en México como en otros países, en zonas donde el agua contiene poco yodo. Por eso, para evitarlas, se decidió añadir ese elemento a la sal, ya que al ser de consumo generalizado, se garantiza que el yodo llegue a toda la gente.

Y en cuanto a que la sal “natural” sea mejor que la refinada, para fines prácticos no hay ninguna diferencia, su contenido de cloruro de sodio es esencialmente el mismo, y las impurezas que la primera contiene no son más que eso, impurezas. Sólo un paladar en extremo sensible puede percibir si un alimento ha sido condimentado con una o con otra.

Desde luego, el consumo de sal conlleva ciertos peligros. No porque la sustancia sea nociva, sino porque en cantidades excesivas afecta al organismo produciendo un aumento en la presión arterial y otros problemas orgánicos. Por eso las autoridades sanitarias recomiendan ser cuidadosos, no poner demasiada a los alimentos cotidianos y evitar el consumo de frituras, pastelillos y otras golosinas, a las cuales los fabricantes añaden buenas cantidades de sal para hacerlas más apetecibles.

No, hay, pues que dejarse llevar por esas versiones alarmistas acerca de que la sal refinada es peligrosa o indeseable —incluso se le califica de “veneno blanco”— y es mejor consumir sal “natural”. Es decir, la que se vende, a elevados precios, con el cuento de que “conserva sus propiedades originales”, “es sal del Himalaya”, “contiene todos los elementos originales del agua de mar”, “satisface las necesidades del cuerpo” y otras cosas por el estilo.

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