No sé por qué tanta gente se escandalizó al saber que (contenga la respiración y lea en voz alta a ver si le alcanza el aliento) Su Majestad, el rey Don Juan Carlos Primero de Borbón, Augusto Señor, Rey de España, de Castilla, de León, de Aragón, de Mallorca, de las Dos Sicilias, de Sevilla, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales e Indias Occidentales, de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Soberano Gran Maestre de la Insigne Orden del Toisón de Oro y Gran Maestre de todas la órdenes civiles y militares del Estado (no es sorna, esos son unos pocos de sus títulos oficiales, y lo de Augusto Señor es una de las formas en que los plebeyos deben dirigirse a él), no sé, repito, por qué tanto escándalo al saber que el personaje en cuestión andaba la mar de contento cazando elefantes en Africa mientras sus súbditos pasan la pena negra viendo cómo no morirse de hambre en medio de una gravísima crisis económica y un desempleo galopante. Después de todo, la caza mayor es un pasatiempo de nobles multimillonarios, y Su Majestad, el Rey de (sigue la retahíla de títulos) es precisamente eso: noble y archimultimillonario. Ya hace casi diez años, en 2003, la revista Forbes estimaba su fortuna en 2 500 millones de euros (más de 43 mil millones de pesos). Esa edición de la revista, dicho sea de paso, no llegó a circular en España. Todos los ejemplares fueron adquiridos por un ejército de misteriosos compradores que los hicieron desaparecer. Desde entonces, no se ha vuelto a calcular la riqueza personal del monarca.

A riesgo de ser acusado penalmente, así pinta un caricaturista español a Su Majestad, el rey Don Juan Carlos Primero de Borbón Y es que, como dice el dibujante, ya llegó el momento en que sus compatriotas se pregunten si deben continuar manteniendo a ese anacrónico personaje y permitiéndole seguir haciendo jugosos negocios sin dar un golpe.

Pero no siempre ha sido tan acaudalado. De hecho, el suyo es uno de esos hermosos casos, casi de cuento de hadas, de un mendigo que se vuelve millonario. Cuando subió al trono en 1975 tras la muerte del dictador Francisco Franco, que lo había nombrado su sucesor, no tenía un centavo, y todavía en 1977 escribía en tono suplicante al Sha de Persia lo siguiente: “Me tomo la libertad con todo respeto, de someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder 10 millones de dólares como tu contribución personal para el fortalecimiento de la monarquía española”.

Tenebrosos personajes

Hoy, aquel pedigüeño anda como Rico McPato, nadando en oro. Pero, obviamente, no amasó su enorme fortuna con el sudor de su frente ni con las asignaciones del presupuesto gubernamental español a la monarquía. Según el escritor colombiano Fernando Vallejo, el monarca hispano se enriqueció brutalmente gracias a muy oscuros negocios en los que contó con el apoyo y complicidad de tenebrosos personajes, entre los que cita al georgiano Zourab Tchokotua, procesado en Mallorca en 1978 y 1992 por estafas inmobiliarias; el dueño de Fiat, Giovanni Agnelli , implicado en casos de corrupción en Italia, y Marc Rich, nacionalizado español y calificado como el delincuente más inescrupuloso de la era moderna, prófugo de la justicia norteamericana por 65 delitos y socio de la mafia rusa, y la empresa Halliburton del ex vicepresidente norteamericano Dick Cheney para la que se planeó el siniestro negocio de la destrucción y “reconstrucción” de Iraq.

Juan Carlos junto a uno de los elefantes que le encanta matar, además de osos, antílopes, búfalos y otras piezas de caza mayor. Por cierto, es presidente de honor de la sección española del Fondo Mundial de la Vida Silvestre, organización dedicada a proteger y conservar la flora y la fauna.

 

Ha habido también revelaciones sobre inexplicables entregas de dinero a Juan Carlos por parte de grandes empresarios. El español José María Ruiz-Mateos, quien se vio envuelto en un gran escándalo financiero, por ejemplo, declaró que le había entregado cientos de millones de pesetas al rey. Por tales afirmaciones se le acusó del delito de injurias, pero nunca fue procesado y la denuncia fue discretamente archivada para no tener que rascarle a aquella turbia cuestión, de la cual podrían brotar pestilentes revelaciones.

En otro asunto similar, el ex-presidente de la compañía petrolera francesa Elf declaró, durante un juicio por fraude, haber entregado 55 millones de euros al monarca, con el cual —dijo— había tenido numerosas reuniones en su domicilio privado.

Son precisamente las “comisiones” por parte de consorcios petroleros una de las principales formas de enriquecimiento de Juan Carlos. En su libro El negocio de la libertad, el escritor español Jesús Cacho dice que “una de las primeras formas conocidas fue el petróleo, las comisiones del crudo que importaba España para cubrir sus necesidades de energía. Nada más ocupar Juan Carlos I el trono a la muerte del dictador, Manuel Prado [y Colón de Carvajal, el hombre de confianza del rey] se dedicó a remitir varias misivas reales a otros tantos monarcas reinantes, especialmente del mundo árabe, para pedirles dinero en nombre del rey de España”.

Una buena oportunidad de exprimirle algún dinerito extra a los jeques árabes, la tuvo Don Juan Carlos con motivo de la primera guerra del Golfo, cuando le sacó cien millones de dólares a su colega el rey de Arabia Saudita, a cambio de permitir a los aviones norteamericanos el uso irrestricto de las bases aéreas españolas de Rota y Torrejón durante la ofensiva contra Irak.

Yerno de tigre…

Ha sido también denunciado el rey por sus descaradas intervenciones en favor de grandes empresas españolas, como el banco Santander y Repsol. En el caso de México, hay que recordar aquel episodio en el que personalmente llamó a Vicente Fox para interceder por la empresa hotelera Riu, cuando a ésta se le ordenó demoler —cosa que finalmente no hizo— los tres pisos de más que ilegalmente agregó a uno de sus hoteles en Cancún.

Y aquí podría decirse, en una paráfrasis, que yerno de tigre, pintito, pues el yerno de Su Majestad, el duque de Palma. Iñaki Urdagarín, esposo de la Infanta Cristina, está envuelto en una serie de escandalosos asuntos de tráfico de influencias, corrupción, falsificación, fraudes y sobornos. En una primera indagatoria, las autoridades detectaron 16 millones de euros —unos 300 millones de pesos— que el noble le había sacado a más de cien empresas españolas, tanto públicas como privadas. Y eso es sólo la punta del iceberg, pues las redes del noblecillo de marras se extienden a varios países, sobre todo árabes, en los que su real suegro tiene socios, conexiones y negocios.

En su calidad de miembro de la familia real, el tal Iñaki utilizaba el suntuoso palacio de Marivent, residencia veraniega del rey en Mallorca, para recibir con todo esplendor a los empresarios con los que realizaba sus turbios negocios.

Y como la mezcla de sexo y dinero resulta doblemente placentera, el hispano monarca usa por partida doble, en la cama y como agente de negocios, a su amante, la princesa alemana Corinne zu Sayn-Wittgenstein, quien se colgó el título nobiliario al casarse con el príncipe Casimir zu Sayn-Wittgenstein Berleburg, pero no ha dejado de ostentarse como princesa pese a que se divorció de él en 2005 tras engalanarlo con una hermosa cornamenta, cortesía de Don Juan Carlos. Corina, entre otras cosas, viajó en calidad de consejera estratégica y representante del rey en una delegación oficial española a Arabia Saudita para tratar negocios con el príncipe Al-Waleed Bin Talal bin Aziz Al-Saud, que no por casualidad es socio de Iñaki, el yerno pintito. Ella vive en la elegante zona madrileña de El Pardo, a tiro de piedra del Palacio de la Zarzuela —residencia privada de Su Majestad— y es también la encargada de organizar las cacerías a que tan aficionado es su real amante y a las cuales asiste junto con nobles y multimillonarios y la propia princesilla. En su muy agradable compañía se encontraba en Botswana, matando elefantes, el pasado 15 de abril, cuando dio un mal paso y se fracturó la cadera.

Corina, como se conoce popularmente a la que en México llamaríamos “el segundo frente” del rey, con el cual comparte cama y productivos negocios. Guapetona la dama, ¿no? ¿Y Su Majestad, la reina Sofía? Bien, gracias.

Este es, en fin, ese individuo —a quien no pocos españoles tildan de zángano— conocido como Su Majestad, el rey Don Juan Carlos Primero de Borbón, Augusto Señor, Rey de España de Castilla, de León… etc.

La dama en cuestión caminando no tan discretamente detrás del rey en una visita oficial.

Y si aquí hemos podido decir todo esto es porque no estamos en España, donde dicho sujeto es punto menos que intocable e ipso facto se nos hubiera aplicado —como ya le ha sucedido a escritores, periodistas, caricaturistas y hasta miembros de grupos musicales— el artículo 490.3 del Código Penal, que castiga con pena de prisión de seis meses a dos años a quien “calumniare o injuriare al Rey”.

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