Las raíces cristianas del antisemitismo —que tiene en el Holocausto su cima más conocida y más atroz— son profundas. En diversas publicaciones, el historiador Jean Meyer ha explorado esa oscura trayectoria. Ahora, presenta la vertiente positiva del combate: la lucha generosa de católicos y judíos, laicos y eclesiásticos, hombres y mujeres que, entre 1926 y 1965, prepararon la conciliación, que culminaría en la sorpresa del Concilio Vaticano II. La brecha entre judíos y cristianos, con muchos siglos de historia, no era una disputa pasajera. Si bien la Iglesia no consideró nunca al judaísmo como una herejía, se había obsesionado en lograr la conversión de los judíos; por su parte, el pueblo cristiano los señalaba como asesinos de Dios, responsables de la muerte de Cristo.

Historia de las ideas, historia religiosa, Estrella y cruz narra el combate que llevaron esos justos en circunstancias dramáticas, en tiempos del nazismo rampante y durante la Segunda Guerra Mundial, para que triunfara la concordia, a partir del reconocimiento de que cristianismo y antisemitismo son incompatibles. El historiador francés Jules Isaac es uno de los protagonistas de esta historia: durante casi veinte años, combatió la “pedagogía del desprecio” practicada hacia los judíos y estimuló la labor intelectual de los mejores espíritus del mundo cristiano. Los textos en torno al judaísmo y los judíos fueron los más debatidos y polémicos del Concilio Vaticano II, pero llevaron a la paz entre las dos ramas de la religión bíblica.

ESTRELLA Y CRUZ
La conciliación judeo-cristiana 1926-1965
Jean Meyer

Historia de las ideas, historia religiosa

ÍNDICE GENERAL

Entrada
Los precursores
El “filosemitismo” antes de 1933
El filosemitismo de 1933 a 1940
Los buenos samaritanos de Francia (1940-1945)
Jules Isaac
El Concilio Vaticano II (1946-1960)

Jean Meyer (Niza, Francia, 1942). Geógrafo e historiador mexicano de origen francés. Llegó a México en 1962 y se naturalizó mexicano en 1979; hizo su tesis de doctorado sobre la Cristiada y ha trabajado en El Colegio de México, la Universidad de Perpiñán (Francia), El Colegio de Michoacán y, actualmente, en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Si bien no ha dejado sus temas mexicanos (la Revolución mexicana, la Cristiada, el sinarquismo, el agrarismo), desde 1987 se interesa por la historia soviética y rusa, y por temas de la historia global, como las relaciones conflictivas entre las iglesias y el antisemitismo. Sigue la actualidad internacional en su columna dominical de El Universal. Fundó la revista de historia Istor publicada por el CIDE. Es autor, entre otros libros, de La Cristiada (tres volúmenes, 1973-1975), Rusia y sus imperios (1997), La gran controversia (2006), El celibato sacerdotal (2009), La fábula del crimen ritual (2012) y Manuel Lozada (2015).

HuracanEn la revista Ciencia ergo-sum, editada por la Universidad Veracruzana, he encontrado un interesante estudio realizado por Arturo Marinero Heredia y María José García Oramas, investigadores de esa institución, sobre la concepción de los habitantes del norte de Veracruz —específicamente de la población de La Antigua— respecto a los desastres naturales. En particular, el trabajo se refiere a las opiniones de la gente acerca del huracán Karl, que en septiembre de 2010 devastó una amplia región de aquella entidad.

Por Juan José Morales

Los investigadores encontraron que una opinión muy extendida entre la población, e incluso compartida o deliberadamente fomentada por las autoridades, es que los desastres naturales son enviados por Dios como un castigo para los humanos, o vagamente se atribuyen a “la naturaleza”, contra la cual tampoco puede hacerse nada, y por tanto no queda más que resignarse ante ellos.

Esa actitud, desde luego, no es privativa de los veracruzanos sino que está muy extendida y se manifiesta en expresiones tales como “Muy triste todo lo que Dios nos mandó”, o en lo dicho por el cura Carlos Aguilera de Piedras Negras, Coahuila, a propósito del tornado que azotó ese lugar en 2007: “¿Qué esperaban? ¿Qué Dios nos mandara tostaditas de maíz por lo que hacemos? Claro que no; por eso nos manda este tornado.”

Comentan al respecto los autores del estudio que “esta idea de estar expuesto ante una fuerza divina coloca a la población en una posición de pasividad en la que poco se puede hacer ante la naturaleza”, pero que tales puntos de vista “son muy recurrentes en las poblaciones afectadas, independientemente del tipo de desastre”.

“Asimismo —añaden—, es interesante la ambivalencia en la opinión de las personas al plantear la idea de un Dios que produce el bien, pero también que origina el mal. Esta concepción es muy frecuente y muy añeja; es parte de la tradición judeo-cristiana en la que se puede reseñar innumerables episodios en los que aparece Dios y castiga a la humanidad aterrándola y mandándole catástrofes. Es un Dios que castiga, pero que también manda la ayuda.”

Desde luego, para las autoridades y los políticos, resulta muy conveniente que la gente mire los desastres naturales desde esta perspectiva. Es decir, que se deben a una voluntad superior o que por su magnitud y características poco o nada se puede hacer cuando ocurren.

“Cuando la comunidad adjudica la responsabilidad del desastre a Dios o al comportamiento de la naturaleza —comentan Marinero y García—, emerge una gran oportunidad para deslindar a las autoridades de sus tareas de protección argumentando en su favor que la magnitud del fenómeno dificultó la atención a la comunidad; la responsabilidad ante los acontecimientos se diluye.”

Y más adelante señalan que “en el discurso político de todos los niveles de gobierno es muy recurrente la idea de que la naturaleza es la responsable del desastre, asociada a que es resultado de la voluntad divina. Consideramos que esta visión abona a la idea popular del modelo religioso o bien al enfoque naturalista en donde se considera que el desastre es producido por fuerzas naturales poderosas que actúan irremediablemente hacia los humanos. Esta visión fatalista inhibe la acción y conduce a la resignación y al conformismo”, lo cual, como decíamos, resulta muy conveniente para las autoridades, que así pueden lavarse las manos si no toman las necesarias medidas de prevención antes del fenómeno o no acuden oportunamente en auxilio de los afectados.

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Diego Armando Maradona, el célebre futbolista argentino, fue —hasta donde sabemos— quien por primera vez involucró explícitamente al Todopoderoso en el marcador de un encuentro deportivo al decir que había sido “la mano de Dios” la que tocó el balón cuando anotó el gol que dio la victoria a Argentina sobre Inglaterra en el Mundial de Futbol de 1986, aunque años después admitió que la tal mano había sido suya y no de divinidad alguna.

Por Juan José Morales

Pero resulta que hay mucha gente —al menos en Estados Unidos— plenamente convencida de que Dios sí tiene qué ver con el resultado de los encuentros de basquetbol, futbol, hockey, futbol americano y los deportes en general. Si no metiendo la mano directamente, si ayudando de alguna manera a aquellos competidores a los cuales considera especialmente piadosos y devotos.

Así lo reveló una encuesta realizada por el Instituto de Investigaciones Públicas sobre Religión en vísperas del llamado supertazón, el reciente encuentro de futbol americano entre los 49’s de San Francisco y los Cuervos de Baltimore. El 27% de los encuestados dijeron estar seguros de que Dios tiene un papel decisivo en el resultado de las competencias deportivas, incluidos los grandes encuentros de futbol americano, como el mencionado.
El muestreo se realizó entre poco más de mil adultos de diferentes credos religiosos, tanto católicos como bautistas, evangélicos y otros, representativos de las diferentes corrientes cristianas en el país. Se incluyó también a cierto porcentaje de personas que, sin pertenecer a ninguna religión organizada, dijeron ser creyentes. Como detalle curioso, puede señalarse que los católicos superaron —aunque sólo muy ligeramente— a los demás en su creencia de que el Ser Supremo es también una especie de Árbitro Supremo que determina la marcación final de los encuentros (o a quién se le levanta la mano enguantada en las peleas de box).

¿Se preocupa Dios por quién gana el Supertazón?, preguntaba la revista norteamericana Sports Illustrated en la portada de su edición previa al encuentro. La interrogante estaba ilustrada con la imagen, en devota actitud, de Ray Lewis estrella de los Cuervos de Baltimore, quien tiene un tatuaje con la expresión “Gloria a Dios” y lo besa cada vez que triunfa su equipo.

Desde luego, no todos quienes están convencidos de la intervención divina en los deportes consideran que Dios decide directamente qué equipo será el ganador, sino que alrededor de la mitad de ellos opinan que su intervención es indirecta, en el sentido de que recompensa a aquellos atletas que demuestran ser fieles a la religión, otorgándoles buena salud y mayores posibilidades de buen éxito. En concordancia con tal idea, y evidentemente para ganarse el apoyo celestial, no pocos deportistas hacen pública ostentación de religiosidad, ya sea orando de rodillas en pleno campo a la vista del público, ya sea dando gracias a Jesús por las victorias de su equipo en las entrevistas de prensa, ya sea haciendo saber que bajo el uniformes llevan símbolos religiosos o citas bíblicas.

Otro resultado de la encuesta fue que si bien uno de cada cuatro entrevistados dijeron que los domingos preferían ir a su iglesia en vez de arrellanarse en la sala de su casa a ver encuentros deportivos por televisión, y uno de cada cinco dijo hacer ambas cosas —asistir al tem-plo y ver TV—, hubo también un 17% que, no obstante declararse miembros de alguna religión, admitieron que los domingos prefieren ver deportes que escuchar sermones. Y una nada desdeñable tercera parte del total respondieron que los domingos no les interesan ni la religión ni los deportes.

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Hace poco leí en la revista Relatos e Historias en México un artículo sobre la gran epidemia de cólera que azotó a la ciudad de México en 1833. Lo interesante de este trabajo, obra de la historiadora Silvia Villarespe, es que muestra cómo una mezcolanza de religión, ignorancia, superstición y fanatismo puede ser utilizada con fines políticos e incluso ocasionar la caída de un gobierno.

La devastadora epidemia —dice la autora— en realidad se había iniciado desde 1817 en Asia, y por años se mantuvo limitada a ese continente. Pero entre 1829 y 1831 se propagó a través del imperio ruso hasta alcanzar Europa y las costas del Mediterráneo, de donde saltó a América por conducto de los buques mercantes. Así llegó a Canadá y posteriormente a México por tres vías: la frontera norte desde Estados Unidos, y los puertos de Veracruz y Campeche.

Pues bien: en aquel entonces ocupaba la presidencia de la República Valentín Gómez Farías, quien al frente de un gabinete liberal trataba de modernizar el país y acabar con prácticas heredadas del virreinato, como el fuero eclesiástico —que ponía a los miembros del clero al margen de la justicia civil aunque cometieran delitos penados por las leyes civiles— y el pago del diezmo, que obligaba a todos los ciudadanos, quisieran o no, fueran o no católicos, de pagarle el diezmo —o sea la décima parte de sus ingresos— a la Iglesia.

Grabado del siglo XIX que muestra enfermos de cólera durante la gran epidemia de 1833 en una vivienda del entonces pueblo de Tacubaya, ahora parte de la ciudad de México.

Por supuesto, el alto clero se enfrentó al gobierno por esas cuestiones, ya que implicaba —sobre todo— dejar de percibir los cuantiosos ingresos derivados del diezmo que el gobierno cobraba y le entregaba a la Iglesia. Así que aprovechó la epidemia para desatar una ofensiva contra Gómez Farías, acusándolo de ser responsable de ella porque —decían en virulentos sermones los curas— el “gobierno impío”, con sus acciones contra la Santa Iglesia, había provocado la ira de Dios, quien mandó el cólera como advertencia a los mexicanos para que no siguieran apoyando a los liberales.

La epidemia —o más bien pandemia, pues abarcaba ya gran parte del mundo— ocasionó no menos de 14 mil muertos tan sólo en la ciudad de México, pese a los esfuerzos de las autoridades, las cuales —relata la historiadora— echaron mano de todos los recursos usuales en la época: baños de vapor, aspersiones de vinagre y cloruro, cal en los pisos de las viviendas, láudano para los enfermos, sangrías, parches adheridos al cuerpo, calabazas con vinagre detrás de las puertas, fumigaciones, prohibición de venta de alimentos callejeros, etc. Y —desde luego— se multiplicaron los rezos, procesiones, rogativas y demás actos de fe.

Finalmente, el gobierno de Gómez Farías no pudo resistir la ofensiva clerical y fue derrocado mediante un golpe militar por Antonio López de Santa Anna.

En coincidencia con la asonada, cedió la epidemia, debido en parte a las medidas sanitarias tomadas por el gobierno y en parte a que, como es común en tales casos, después de una gran mortandad el resto de la población sobrevive porque posee o desarrolla defensas contra la enfermedad. Pero, naturalmente, la Iglesia atribuyó “la cesación del cólera morbo” a las rogativas que se habían hecho en los templos y a que ya habían dejado el poder los liberales enemigos de la religión. “Fue la ocasión perfecta —concluye el artículo de Silvia Villarespe— para que la ignorancia y la superstición salieran a flote.” Y pregunta: “¿Es acaso algo lejano a nuestros días?”

Así se frenaron las reformas liberales y la modernización de México. Habrían de pasar todavía muchos años antes de que nuevamente se emprendieran esfuerzos en ese sentido, que culminaron exitosamente durante el gobierno de Juárez.

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El periodista y escritor Juan José Morales presenta su cuaderno “Divinos Negocios” en Cancún. La cita es  mañana viernes 16 de marzo a las 19 horas, en el Teatro de la Ciudad (Instituto para la Cultura y las Artes de Cancún), en la Av. Tulum y Labná.

La obra se refiere a los negocios que se hacen en nombre de la religión.

Juan José Morales Barbosa es escritor y periodista especializado en temas científicos. Nació en Progreso, Yucatán, y reside en Cancún desde 1975. Es Premio Nacional a la Divulgación de la Ciencia y Premio Latinoamericano a la Popularización de la Ciencia y la Tecnología. También ha sido galardonado con el Premio Hispanoamericano Netzahualcóyotl por su libro de divulgación científica para niños La Nave del Profesor Itzamná y con el Premio de Literatura Ricardo Mimenza Castillo del Instituto de Cultura de Yucatán por su libro El mar y sus Recursos.

Ha recibido varios premios por sus cuentos de ciencia ficción. Hasta la fecha ha colaborado en numerosas publicaciones de circulación nacional, entre ellas la revista Contenido, e internacional y es autor de una veintena de libros de divulgación, principalmente sobre flora, fauna, medio ambiente y recursos naturales del sureste de México.