De los premios Nobel, todos hablan. Del Premio Abel, casi nadie. Pero en el mundo de la ciencia, es tan importante como aquellos, y de hecho vino a llenar un inexplicable vacío dejado por Alfred Nobel cuando dispuso que —con el dinero de su legado— se otorgaran anual-mente los premios que llevan su nombre de Física, Química, Medicina o Fisiología, Literatura y la Paz (posteriormente se añadió el de Economía). Pero por razones desconocidas no quiso que hubiera uno para las matemáticas, aunque son también fundamentales para el conocimiento de nuestro mundo y del Universo.

Juan José Morales
Esa omisión la subsanó en 2002 el gobierno de Noruega al establecer el Premio Abel, dotado con seis millones de coronas suecas (un millón de dólares), para galardonar cada año a un matemático que se haya distinguido por lo excepcional de sus trabajos. El premio lleva ese nombre para honrar la memoria del matemático noruego Niels Henrik Abel de principios del siglo XIX, quien pese a su corta vida —murió a los 27 años— dejó profunda huella.

Pues bien, este año fue concedido al ruso Yakov Sinai (abajo), de 79 años, considerado uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Nacido en la antigua Unión Soviética, actualmente alterna su tiempo entre el Instituto Landau de Física Teórica de Moscú y la Universidad de Princeton en Estados Unidos. Sus aportaciones a las matemáticas abarcan una diversidad de campos, como física estadística, estudio de sistemas dinámicos, cálculo de probabilidades, ergodicidad y otros, altamente especializados.

Yakov Sinai

Pero lo que se considera más importante de sus trabajos, es que mediante ellos se establecieron modelos matemáticos que permiten determinar las relaciones entre dos tipos fundamentales de procesos que se observan en la naturaleza y que por sus características resultan muy diferentes e incluso totalmente opuestos: los llamados procesos deterministas y los procesos estocásticos.

Y aunque tales definiciones puedan antojarse incomprensibles, no tienen nada de misterioso. Los primeros, los procesos deterministas, son aquellos en los cuales no interviene en absoluto el azar y el resultado final es invariablemente el mismo, a condición sólo de que las condiciones iniciales sean las mismas. Por ejemplo, los movimientos de cuerpos celestes, que están determinados por la fuerza de gravedad. Los procesos estocásticos, en cambio, tienen resultados aleatorios, impredecibles, ya que están sujetos a la influencia de factores muy variables. Un ejemplo de ello es el número de veces que caerá águila o sol al lanzar repetidamente una moneda —resultado totalmente dependiente del azar— o el comportamiento de las bolsas de valores, que a menudo es muy errático y desafía cualquier intento de pronóstico, a tal punto que prever el índice de las cotizaciones podría considerarse un juego de azar.

Si bien los modelos matemáticos desarrollados por Yakov puedan parecer desligados de la vida diaria y útiles sólo para físicos y otros científicos, tienen más aplicaciones de lo que podría pensarse.

No vamos a entrar en detalles, pero en líneas generales puede decirse que las conexiones entre modelos deterministas y estocásticos logradas gracias a los trabajos de este gran matemático, tienen aplicaciones en biología, medicina —incluso en el tratamiento del cáncer— genética, música, finanzas, control de procesos industriales, técnicas de impresión en color, investigaciones sobre inteligencia artificial, embriología, neurología, lingüística, sociología y otras muchas e insospechadas ramas de la actividad humana.

Y es que, contra lo que mucha gente piensa, las matemáticas superiores —al igual que otros campos de la ciencia—, aunque en un principio puedan parecer meros ejercicios intelectuales sin ninguna utilidad práctica, tarde o temprano terminan encontrando, no una, sino múltiples aplicaciones.

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