A diferencia de nuestros parientes próximos, los demás primates —gorila, orangután, chimpancé, etc.— y de la generalidad de los mamíferos terrestres, los seres humanos no tenemos el cuerpo cubierto por una pelambre densa, gruesa y relativamente larga, excepto en la cabeza, parte de la cara, las axilas y el pubis.

Si bien rasurarse el vello púbico puede explicarse por razones higiénicas —para reducir el riesgo de infestación con ladillas, por ejemplo—, en realidad no ofrece mayores ventajas desde ese punto de vista y sí puede ocasionar pequeñas lesiones que abran el camino a infecciones, o que éstas se transmitan al compartir navajas.

Hipótesis sobre por qué a lo largo de la evolución nos convertimos en animales lampiños, sobran. Por ejemplo, que perder el recubrimiento piloso —que ayudaba a nuestros lejanos ancestros a mantenerse abrigados sin necesidad de ropa— proporcionó, junto con un mayor desarrollo de las glándulas sudoríparas, una ventaja evolutiva para perder fácilmente calor corporal al correr en persecución de animales para cazarlos. O bien, que al no tener pelo corporal, evitamos la infestación con piojos y otros parásitos.

Pero todas esas posibles explicaciones están todavía a discusión, y no hay ninguna que intente explicar por qué, si perdimos el pelo en prácticamente todo el cuerpo, aún lo conservamos en esos pequeños sectores que son las axilas y el pubis, partes de nuestra anatomía que por ser las menos expuestas a la intemperie gracias a la ropa, es donde menos se requiere la protección contra el frío.

En el caso del vello púbico, una explicación que a menudo se escucha, es que se trata de una especie de ornamento sexual para atraer a una posible pareja; algo así como las plumas del pavo real.

Lo que sí parece demostrado es que el vello púbico se desarrolló —independientemente de cuál haya sido la causa— hace unos 3.3 millones de años, en la época de los antepasados del hombre conocidos como australopitecinos, después de que se hubo perdido el pelo en el resto del cuerpo, salvo la cabeza.

Pero resulta que ahora, en el siglo XXI, también comenzamos a perder el vello púbico. Mas no por causas naturales ni por un proceso evolutivo, sino por razones culturales y concretamente —aunque pueda parecer paradójico dada la explicación anterior— por motivos de carácter sexual.

En efecto, en los últimos tiempos se ha ido popularizando la costumbre —sobre todo entre las mujeres— de rasurarse total o parcialmente el vello púbico. Y ello es resultado de la influencia de Internet. O más exactamente, de la inmensa cantidad de pornografía que se difunde a través de la red.

En la gran mayoría, si no es que en la casi totalidad de las películas porno que podríamos denominar profesionales —y en no pocas de las realizadas por aficionados—, actores y actrices aparecen con el pubis rasurado. Eso induce en los espectadores ideas tales como que para practicar el contacto sexual, es necesario depilarse previamente, que en alguna forma eso es requisito para tener buen sexo, que se trata de una especie de ritual, que es una medida preventiva como el uso de condón, o simplemente que hacerlo es la moda en boga. Así, esa práctica se va generalizando, especialmente entre los jóvenes, que son más proclives a la imitación y a dejarse influir por lo que consideran tendencias modernas.

Hace algún tiempo, una encuesta realizada entre jóvenes alemanes de 18 a 25 años de edad reveló que el 50% de las chicas y el 25% de los chicos se rasuraban el pubis en alguna forma. Otros estudios confirman que ello es cada vez más usual entre menores de 40 años y en particular entre las mujeres. De seguir así las cosas, quizá no tarde en volverse algo casi obligatorio, como ahora lo es entre las mujeres norteamericanas y latinoamericanas rasurarse las axilas.

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