En su ensayo “El poema como caminata”, Hugo J. Verani cita a Octavio Paz, hablando de Ramón López Velarde: “se ve a sí mismo caminando por una calleja y hablando a solas”. Me temo que Paz y López Velarde no se refieren a lo mismo; Xavier Villaurrutia habla de la poesía en términos más cercanos a lo que se refiere Paz: “eres la compañía con quien a solas, de pronto, hablo”, y Paz tiene muchos versos sobre la pertinencia de la primera persona como objeto de un poema, pero pocas veces en términos autobiográficos (aunque cuando los son, nadie más intenso que él).

López Velarde, en cambio, habla de sí mismo, aunque no relata su vida, pero sí sus pensamientos y sus sensaciones. En uno de sus más conocidos poemas, “Mi prima Águeda”, habla de su prima con unas palabras inequívocas: “a ella la debo la costumbre heroicamente insana de hablar solo”. Águeda le causaba escalofríos ignotos. Claro, era un párvulo que conocía la O por lo redondo, y carecía de Baudelaire, de rima y de olfato; Paz recordaba que Villaurrutia se mostraba molesto, y Paz se solidariza con él, cuando Ortiz de Montellano insinuó que “olfato” correspondía a malicia. Pero no estaba tan errado; López Velarde no sólo es un poeta tocado profundamente por el erotismo; Paz, en su ensayo “El camino de la pasión” (en Cuadrivio) acepta el erotismo y la muerte como los extremos de la poesía de RLV, aunque discrepa del absolutismo de esos conceptos; otros, el mismo Villaurrutia, ven otras características: el pecado, más que el erotismo, y la contención, el sentimiento de culpa, aunque termina siendo derrotado por lo pecaminoso.

Para afirmar esto tengo en la mente muchas imágenes de López Velarde; en “El retorno maléfico” encuentro algunas muy bellas: cuando abre el portón de la casa, “los dos púdicos medallones de yeso” remiten a los pechos femeninos, a los que se refiere con más claridad en un verso que eluden quienes abordan La Suave Patria: “quieren morir tu ánima y tu estilo, / cual muriéndose van las cantadoras / que en las ferias, con el bravío pecho / empitonando la camisa, han hecho, / la lujuria y el ritmo de las horas.” Ni modo de disfrazar que se refiere a los pezones mostrados con la arrogancia de esa lujuria, no con el erotismo sutil que se esconde detrás de la blusa corrida hasta la oreja (no me imagino, en cambio, qué quiere decir “corrida”: ¿cerrada, subida, apretada?); en “Ser una casta pequeñez” es también muy elocuente: “Yo, sintiéndome bien en la aromática / vecindad de tus hombros y en la limpia / fragancia de tus brazos / te diría quererte más allá / de las torres gemelas” y luego se queja de haber crecido y no recibir más besos cándidos que ahora son inaccesibles “a mi experiencia licenciosa y fúnebre”.

Cuando se refieren al amor que sentía por Fuensanta, parienta política mayor que él, y de la que se enamoró de una manera dizque platónica, se olvidan de cuando menos un poema: en “Cuaresmal” le afirma: “Fuensanta: al amor aventurero / de cálidas mujeres, azafatas / súbditas de la carne, te prefiero / por la frescura de tus manos gratas.” No hay metáforas al hablar de las súbditas de la carne, como sí las hay en “Nuestras vidas son péndulos”: “E ignoraba la niña / que al quejarse de tedio / conmigo, se quejaba / con un péndulo.” Metáfora, pero elocuente, como elocuente es la excitación de quien confiesa que no sabe si está presa su devoción en la alta locura del primer teólogo que soñó con la primera infanta “o si, atávicamente, soy un árabe sin cuitas / que siempre está de vuelta de la cruel continencia / del desierto, y que en medio de un júbilo de huríes, / las halla a todas bellas y a todas favoritas.”

(A propósito, Manuel Maples Arce contaba que se reunía los domingos con López Velarde para ir a la iglesia de La Sagrada Familia, para trabar contacto con las humildes azafatas que salían de misa para llevarlas al parque cercano… hasta allí llega la confesión de Maples Arce.)

También es directo cuando se queja de un amor fallido: “Y pensar que pudimos, / en una onda secreta / de embriaguez, deslizarnos, / valsando un vals in fin, por el planeta…” (bella metáfora de un acto sexual), y directo cuando se queja: “Prolóngase tu doncellez / como una vacua intriga de ajedrez. // Torneada como una reina / de cedro, ningún jaque te despeina. // Mis peones tantálicos / al rondarte a deshora, / fracasad en sus ímpetus vandálicos. // La lámpara sonroja tu balcón; / despilfarras el tiempo y la emoción. // […] Las monedas excomulgadas / de nuestro adulto corazón / caen al vacío, con / lúgubre opacidad, cual si cayera / una irreparable sordera…”

Otra escena de autoerotismo está en La Suave Patria de manera directa: “¿Quién, en la noche que asusta a la rana / no miró, antes de saber del vicio / del brazo de su novia / la galana pólvora de los fuegos de artificio?”. (No hablo de la “exquisita partitura del íntimo decoro” porque ya Huberto Batis lo explicitó con su picardía característica. Tampoco insisto en que “el amor amoroso de las parejas pares” no es un juego de palabras.) La queja más directa es la que comparte con Cuauhtémoc, pues al recuento de sus tragedias (“la piragua prisionera, el azoro de tus crías, la Malinche, los ídolos a nado, el sollozar de tus mitologías”) que resumen la caída de Tenochtitlan (en su Antología del Modernismo, las notas de Pacheco a este fragmento son de una belleza y una contundencia insuperables), pone la que a López Velarde le parece la mayor: “y por encima, haberte desatado del pecho de la emperatriz”, de cuyo nombre la historia se ha olvidado, pero que don Ramón cree que era la gran pasión del Águila que Embiste en Picada.

Es de suponer que los escritores tienen mayor información que el resto de la gente por el hecho de que leen, si no más, cuando menos con atención superior; hay ejemplos de que hablamos sin saber: un autor, reputado como uno de los mejores conocedores del erotismo, dice, en boca del protagonista de su más reciente novela: estoy bien del corazón, por lo que puedo tomar dos viagras al día (gloso, no cito), en un intento de advertirle que tendrán muchos actos sexuales en cada sesión.
El autor desconoce que este medicamento y otros similares fueron desarrollados por lo que en ciencia se llama Serendipia, o sea que buscando un objetivo se encuentra otro; así, quienes pretendían encontrar un medicamento vasodilatador que ayudara a quienes sufren de hipertensión, descubrieron que estos pacientes de pronto tenían un inesperado estímulo sexual que, pese a su enfermedad, y muchos a su mayor edad, tenían un vigor como en su juventud. El desarrollo de esta llamada milagrosa pastilla azul renovó la actividad sexual de muchos, quienes sin la orientación médica han acudido a ella para satisfacción propia y de sus parejas, estables o de un instante; no se alarmaron cuando aparecieron noticias de que, como el personaje de una serie televisiva, algunos habían fallecido en plena actividad sexual, lo que calificaron como la más placentera de las muertes.
El personaje de esta novela cree que si no está enfermo del corazón puede consumirla, y desconoce que no sólo se padece de hipertensión (cierto, es lo más común, por aquello del sedentarismo, el tabaquismo, la falta de ejercicio, el consumo de sal más allá de los siete gramos necesarios para no decaer); igual de grave es la hipotensión, o sea la presión baja constante (o repentina, pero ésta se combate en cuanto pasa el susto), lo que antes se remediaba con Coramina (según el cine mexicano; ya no está de moda en México, pero es muy utilizada para combatir la fatiga, o el decaimiento por el mal de altura o los viajes en avión en personas muy sensibles, muy popular en Suramérica), o más actualmente por el AS Cor. Quien está normal del corazón, es decir, sin arterías o venas tapadas, con la presión entre 110/70 o 120/80, sufrirá una baja de presión con las medicinas contra la falta de erección; si se toma dos al día sufrirá una baja muy sensible de la presión, lo que combinada con el ajetreo, las contorsiones, los peligrosos malabares, puede resultar si no fatal, cuando menos peligroso. Si no, es potencial víctima de priapismo, incómodo, además de riesgoso. Sindudamente, el personaje no consultó a una cardióloga rigurosa.

La primera serie de Los Narradores Ante el Público tuvo 20 participantes; conocí o conozco a la mayoría, aunque no con todos he tenido la misma amistad; haré el recuento de mis agradecimientos según el orden en que dictaron su conferencia, el mismo en que están en el volumen publicado en el libro de Joaquín Mortiz; nunca vi, aunque leí todas las semanas, a Rafael Solana; a Juan Rulfo lo saludamos Paco Alvarado y yo, en una exposición en Bellas Artes, el mismo día en que le entregaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes (ese mismo día conocimos a Juan García Ponce). Nos atrevimos a acercarnos y, muy amablemente, nos dio su número telefónico, y charló un poco; nunca nos atrevimos a llamarle. A Juan José Arreola lo conocí en la preparatoria 9, en 1968, en una serie de conferencias; emocionó a quienes lo escuchamos; me firmó la edición conjunta de Confabulario y Varia Invención, y el fragmento correspondiente a su conferencia en Los Narradores; a Ricardo Garibay lo conocí en el Canal 11, un día que irrumpió en el programa de Sergio Romano, diciendo que lo amenazaba de muerte el gobernador de Guerrero por Acapulco, que estaba por aparecer; luego se sumó a la plática; por esas fechas llevaba a En mangas de camisa alguna edición rara; ese día llevaba un cuento infantil de Faulkner, editado por Lumen: “no lea a autores extranjeros”, me dijo, tajante, casi a gritos; el programa estaba por terminar, y Sergio nos conminó a que la siguiente semana debatiéramos sobre literatura colonizada, y lecturas extranjeras; el debate fue amistoso, pese al tono agresivo de Garibay, a sus frases fulminantes; me atreví a decirle que, en su conferencia de Los Narradores, había hablado de la influencia de Proust, Joyce, Faulkner en su obra, y me dio la razón cuando terminé diciendo que era más colonizante leer a Corín Tellado que a Faulkner; me agradeció mi nota sobre su reciente Verde Mayra, aunque no había sido elogiosa, y al terminar el programa me ofreció amistoso su mano, y me dijo que el tono agresivo era sólo una pose ante las cámaras. Pero no tuve oportunidad de tratarlo posteriormente. Rogelio Carvajal me pidió que prologara el volumen de sus crónicas en la edición de las obras completas; allí expresé mi admiración no incondicional por su obra literaria.

El siguiente conferencista fue Luis Spota; amigo de mi tío Ramón Berumen, lo conocí gracias a mi muy recordado amigo Sotero Garciarreyes, en sus oficinas en El Heraldo de México; desde luego, lo había leído, en especial Casi el paraíso, que sigo estimando una de las novelas más legibles y mejor narradas de la literatura mexicana; sus otras obras las había leído con prejuicios y sin atención, pero me puse a leerlo, pude ver dos cintas que había dirigido, y me concedió una entrevista que ocupó varias páginas en la revista Él, que dirigía James R. Fortson, otro amigo entrañable que no me corría cuando iba a sus oficinas en la colonia Cuauhtémoc, a quitarle el tiempo a Alfonso Rodríguez, a Jaime Reyes, a Javier Rábago Palafox y Abel Ramos.

Spota me preguntó si escribía; le llevé dos cuentos, “Croniquita” y “And Then I’ll Go Spoil it All by Say Something Stupid Like I Love You” (José Emilio Pacheco me corrigió: es saying, gerundio; si alguna vez lo reedito lo corregiré); los publicó el 9 y el 23 de enero de 1972 en El Heraldo Cultural, suplemento que dirigía, y donde publicaban Pacheco, José de la Colina, Huberto Batis, Juan Miguel de Mora, José Antonio Alcaraz, y después coincidí en sus páginas con Marco Antonio Campos, quien desde entonces deslumbraba con su cultura, y desde entonces me reprochaba mi afición por la televisión y por el mal cine, gustos que ahora compartimos, y llevamos más de cuarenta años de lecturas críticas, y a quien le debo haber participado en tantas mesas redondas, y haber coordinado una serie de conferencias y mesas redondas sobre literatura policial, y un homenaje a Sergio Galindo.

Pero ése no fue el único privilegio, sino que por varios años Spota me ofreció sus páginas para escribir de libros, cine, acontecimientos culturales; me pidió que mandara dos notas semanales, me inventó varios seudónimos, como Agustín González (en homenaje a un cronista deportivo, me dijo Spota, refiriéndose a González Escopeta), Diego Eguiluz, y otros menos rastreables; aunque no pagaban mucho, esos honorarios me ayudaron cada semana a acabalar los ingresos; también en esas páginas conocí a Óscar Wong, a Rafael Ramírez Heredia, quien me concedió su amistad duradera hasta su partida; conocí a Fernando del Moral, a Lucy Macías; gracias a ese suplemento conocí a Ricardo Anguia, un excelente pintor; Jorge Mejía Prieto, quien me hizo la primera entrevista, y Elda Peralta, con su seudónimo de Ellú Martí, hizo la primera reseña de mi primera novela, Háganme lugar. Por algunas notas publicadas en el suplemento recibí llamadas de Jaime Labastida, Carlos Monsiváis, Juan Bañuelos, Manuel Gutiérrez Oropeza, Lourdes Guerrero, Guillermo Ochoa, y me incluyeron varias editoriales en sus envíos de libros para reseñar.

Por El Heraldo Cultural conocí a Edmundo Gabilondo, primo de Cri-Cri y coleccionista de cine, quien me honró con su amistad varios años, y quien me mostró una cantidad impresionante de cine mexicano mudo, y documental; vi escenas de La Decena Trágica, y la primera película a colores, de 1908, y me obsequió una buena cantidad de libros y revistas de cine, como la colección casi completa de las ediciones de cine de la UNAM, entre ellas el segundo libro de Salvador Elizondo, sobre Luchino Visconti.

Sobre todo, las muchas horas que me dedicó Spota para hablar de libros, de sus novelas, y su amistad, que conservo aunque falleció muy joven hace muchos años. Muchas anécdotas divertidas, y otras no tanto, que muestran la hipocresía e ingratitud que le tuvieron muchos de sus colaboradores. Le tengo un agradecimiento que, como siempre pasa, no le externé de manera personal, sino hasta la última vez que nos vimos, y cuando me dijo que cada semana me seguía leyendo, aunque ya no existía su suplemento. Tengo todos sus libros (menos su obra de teatro y su biografía de Miguel Alemán) dedicados, y me aguantó críticas que le hice, siempre de buena voluntad, aunque no siempre elogiosas. Al releerlo, reconozco que tres de sus novelas deberán ser incluidas entre las mejores que se hayan escrito en México: Casi el paraíso, Lo de antes y Palabras mayores.

Se prepara homenaje al recién fallecido poeta, ensayista y traductor Rubén Bonifaz Nuño, ocurrido este jueves, a la edad de 89 años. El titular del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, anunció a través de Twitter que el consejo y la UNAM rendirán un homenaje al poeta:

“Acordamos la UNAM y Conaculta, un homenaje nacional al poeta Rubén Bonifaz Nuño. Mi pésame a sus deudos por la pérdida de un gran humanista”.

Bonifaz Nuño tradujo la poesía completa de Virgilio, Catulo y Propercio, además de algunas obras de Horacio y Ovidio que, sin duda, son de las interpretaciones más importantes de un poeta de habla hispana en el siglo XX, de acuerdo con declaraciones que alguna vez realizó Carlos Montemayor.

La poesía ha sido el único acto libre de mi vida. Lo demás es trabajo pagado para sobrevivir: Rubén Bonifaz Nuño.

Bonifaz Nuño nació en Córdoba, Veracruz, el 12 de noviembre de 1923. Fue ensayista y poeta. Licenciado en derecho por la Escuela Nacional de Jurisprudencia; obtuvo la maestría y el doctorado en letras clásicas en la UNAM. Ha sido jefe de redacción de la Dirección general de Información; jefe de Servicio Técnico Editorial; profesor y coordinador de los Colegios de Letras en la FFyL; fundador de la cátedra Seminario de Traducción Latina; miembro de la comisión que reformó los planes de estudio del Colegio de Letras Clásicas; director de la Dirección General de Publicaciones; investigador en el Instituto de Historia; coordinador de Humanidades, creador de los centros de Lingüística Hispánica de Traductores de Lenguas Clásicas y de Estudios Mayas; presidente de la comisión editorial; fundador y director del IIFL; director de la colección Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana; director del Seminario de Estudios para la Descolonización de México; miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM.

Fue miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua de 1963 a 1996 cuando renunció a ella; miembro de El Colegio Nacional (1972) y presidente de la Sociedad Alfonsina desde 1986 hasta 2000. Ingresó a la Academia Latinitati Inter Omnes Gentes Fovendae de Roma, en 1984. En 1991, la Coordinación de Humanidades de la UNAM creó en su honor la colección de libros de poesía El Ala del Tigre. Traductor de Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio, Propercio, Lucano, César, Homero, Píndaro y Eurípides. Becario del MCWC, 1951; de la Fundación Guggenheim, 1984. Miembro del SNI como Investigador Emérito hasta 1993, desde ese año miembro del SNCA, como Creador Emérito.

Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Lingüística y Literatura en 1974. Orden del Mérito de la República Italiana, en grado de Comendador, 1977. Maestro honoris causa 1980 por la UAEM. Diploma de Honor 1981 en el XXXII Certamen Capitolino de Roma (el primero otorgado a Escritor de lengua española). Premio Latinoamericano de Letras Rafael Heliodoro Valle 1980. Doctor honoris causa 1984 por la Universidad de Colima y 1985 por la UNAM. Premio Internacional Alfonso Reyes 1984. Premio Jorge Cuesta 1985. Doctor honoris causa 1992 por la UV. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2000. Premio Francisco Javier Clavijero 2004. Medalla Rosario Castellanos 2005. Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval 2007 por su trayectoria.

¿Puede haber competencia en poesía? Si fuera así, ¿cuáles serían los lineamientos, las coordenadas, los criterios que debían tomarse en cuenta? Si Jaime Sabines es, en apariencia, lo opuesto a Octavio Paz, ¿significa que uno es bueno y el otro malo? Es claro que para los fanáticos de uno, el otro es un poeta menor, o sobrevalorado. ¿Eso significaría que los seguidores o discípulos de uno u otro son menos bueno que su modelo? Me parece que el opuesto a Paz es Rubén Bonifaz Nuño: sus temas, sus fuentes, su cercanía al lenguaje popular o, mejor, cotidiano; su desparpajo, la manera en que los personajes de sus poemas se enamoran con tanta intensidad, y rompen con tanto odio para reconciliarse más enamorados aún, es completamente distinta de cómo viven los personajes de Paz el amor (los ve cuando ya están enamorados, un instante que dura toda una eternidad y que cambia el mundo, aunque el lector sólo viva ese instante único e irrepetible); las citas de Paz provienen de la Edad de Oro, y lo acercan a ella; las citas de Bonifaz Nuño vienen de Catulo en su fase más resentida, o de José Alfredo Jiménez (Albur de amor y Una pulsera para Lucía Méndez no desmienten la cercanía de José Alfredo, ni en su vertiente de amor feliz o de amor desdichado; El manto y la corona enuncia versos felices de boleros, de chachachás, y hace mención de las canciones de amor de un cancionero que se sube a un camión a prolongar el amor del protagonista de ese poema): ¿cómo preferir a uno sobre otro? Alfonso Reyes es un caso incómodo en nuestra literatura: tiene hallazgos formales que no pueden ignorarse; el lenguaje es tan flexible cuando cita a los clásicos que cuando se acerca al habla cotidiana; trata los temas más difíciles con una sencillez inteligente, y los hace comprensibles (como cuando explica la teoría de la relatividad, que no entiende pero hace que el lector la entienda); es tan claro que parece simple, y se le perdona esa sencillez por el simple hecho de que sus ensayos, artículos, resúmenes, críticas, reseñas, están escritos en la mejor prosa en nuestro idioma, Borges incluido (y reconocido por él). Por ello, no insistimos en su profundidad, en su gracia, en que la belleza de su prosa es natural, pero trabajada, pulida, pensada, labrada (su generación es privilegiada: él, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, por no hablar de los proscritos, escribían como se les pegaba la gana; Vasconcelos también, pero da la impresión de que no quiere ser exquisito, antes al contrario, quiere imponer la fuerza de su lenguaje, y sus fallas, sus “descuidos”, parecen premeditados). Como poeta no recibe el reconocimiento que merece; escrita su poesía con tanta pulcritud como la que emplea en su prosa, es un aventurado que explora caminos poco conocidos, pero no le damos el título de experimentador, ni en lo formal ni en lo sensorial; sin embargo, su poesía erótica es tan erótica como la de Efrén Rebolledo o la de Renato Leduc; más atrevida que la de poetas actuales que hacen del acto sexual su único tema, pero no recurre a elementos gráficos que no estimulan, más bien empobrecen; describe con tanta elegancia los actos más perversos que los hace refinados, representativos del amor y no del instinto, sin dejar de lado el placer. Lo dije en otro lado (y se me cita sin citarme), tiene tanta habilidad que sus poemas parecen ejercicios, juegos literarios, no poesía (en México la poesía inteligente es relegada; incluso muchos poetas prefieren la poesía intensa que la inteligente, y en efecto, mucha de nuestra buena poesía prefiere ser sincera que inteligente); tiene más lectores de su prosa que de su poesía. Octavio Paz como lector no tiene fronteras, sabe leer de todo, incluido lo opuesto a él; sin embargo, al describir la poesía de Alfonso Reyes llega a decir que una muestra de que es poeta, por la cantidad de poemas que escribió. Y cuando busca su reflejo, su opuesto, su antónimo, menciona a Luis G. Urbina, no a Ramón López Velarde, su verdadero antípoda, como han demostrado José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid. Fuimos otra vez a la llamada feria del libro del Auditorio Nacional; aunque no todas las editoriales cumplen con el límite más alto anunciado, es una oportunidad para encontrar títulos que no llegaron a las librerías, o que se ha quedado embodegados por diversas razones; no podemos dejar de comprar en Anagrama, aunque la mayoría de los ejemplares está sucio o maltratado, o en Tusquets, aunque todos los ejemplares estén nuevecitos, como si nunca los hubieran mandado a librerías. En el stand del Fondo de Cultura Económica compré cinco títulos de Pellicer, en una colección muy bella, pequeños, elegantes, muy bien editados; desde luego, los tenía en las ediciones de Letras Mexicanas, y en la Poesía completa (que no es completa) y muchos en Material poético (busqué el libro que leyó López Obrador, Poemas, pero no existe); incluso, de algunos de ellos tengo esas rarísimas primeras ediciones, no muy bellas, nada elegantes, pero sí raras. Y compré dos epistolarios de Alfonso Reyes, quien cuando no creaba, de cualquier manera escribía su diario ejemplar, y cartas generosas y bellas. Uno de esos epistolarios es con Octavio Paz; si me gustaran las etiquetas tendría que decir que es el encuentro de los dos máximos escritores mexicanos, uno en la poesía, otro en la prosa; uno, recipiendario del premio Nobel de Literatura; el otro no lo recibió, aunque lo merecía; el epistolario dista mucho de ser lo que uno espera; es revelador, eso sí. En él encontramos a un Octavio Paz consciente de que tiene un interlocutor de prestigio internacional, con influencias decisivas, y una generosidad, valga la repetición, decisiva para muchos escritores mexicanos que se vieron beneficiados por ella. Paz había publicado algunos libros de poemas, elogiados por lectores tan importantes como Jorge Cuesta, y ya había llamado la atención internacional con más de un poema, cuando comenzó a intercambiar cartas con Alfonso Reyes; el apoyo que le da éste es muy importante, tanto en la vida cotidiana como en su labor literaria. En la primera lo aconseja, lo ayuda a subsistir en la burocracia diplomática, habla por él para que le aumenten de categoría, lo recomienda para que lo trasladen a ciudades menos hostiles, y cuando ya está en México y no acabala con su sueldo, le consigue una beca en El Colegio de México para que termine de escribir uno de sus libros más importantes, El arco y la lira; la beca, de 600 pesos mensuales, originalmente por un año, se prolonga casi seis años, cuando Daniel Cosío Villegas la suspende, así como muchas otras que recibían varios escritores, todos ellos de renombre actual. Los 7,200 pesos que Paz recibía anualmente significarían aproximadamente 21,500 pesos actuales, sin tomar en cuenta los tres ceros que suprimieron los gobernantes en los años noventa; ciertamente se podía comprar mucho más con siete mil pesos de entonces que con 21,500 de ahora; un departamento en Polanco se rentaba en poco más de 500 pesos mensuales, y en las colonias Estrella o Industrial no pasaban de 300; el boleto del cine Roble, recién inaugurado, costaba cinco pesos, más uno de las palomitas; ahora cuesta 50 pesos, y 15 de las palomitas (además de los tres ceros); hay que añadir que el dólar valía 8.50 y fue hasta 1954 en que pasó a valer 12.50 y ahora está en 13.00 (más los tres ceros, o sea 13,000 pesos de 1951). Reyes lo recomienda, pide que no lo abandonen cuando Elena Garro sufre una enfermedad dolorosa, y viven en un cuarto de hotel en un Tokio que no le agrada a Paz, aunque sí los campos japoneses. La otra ayuda es mayor: Paz le envía a Reyes sus poemas y le cuenta que el libro, breve pero estupendo, estuvo un año en manos de José Bianco para su posible publicación en Sur (donde Villaurrutia había publicado Nostalgia de la muerte); desilusionado, le pide consejo a Reyes, quien luego de algunas indecisiones sobre la editorial más adecuada, da instrucciones para que lo incluyan en Tezontle; Paz sabe que esa pequeña editorial que lo mismo pertenece al Fondo de Cultura Económica que al Colegio de México, necesita de la contribución de los autores; Reyes lo confirma pero lo tranquiliza: no es necesario que desembolse los 1,750 pesos que le corresponderían sino hasta que esté editado el volumen: lo encarga a los expertos Joaquín Díez-Canedo y Francisco Giner de los Ríos, y los apremia; aparece menos de un año después (un año era lo que tardaban los libros en nacer: había que marcarlo, mandarlo al linotipo, corregir galeras, formarlo, corregir páginas, volver a leerlo, y mandarlo a la imprenta, a las rotativas, donde se imprimía pliego por pliego; una etapa mucho antes de los libros por computadora que se tardan apenas unos meses, y que no igualan la belleza –más que en ciertos casos, y con mucha lentitud— de los libros antiguos), y le da la noticia que más tranquilidad le proporciona: no tiene que pagar nada, El Colegio asume todos los gastos. Con la vanidad del editor, Reyes se queda con el primer ejemplar, lo disfruta, le encuentra todas las virtudes de ese libro que Paz considera es su primera obra verdadera, no tanteos, como cree que son Raíz del hombre, Luna silvestre, Bajo tu clara sobra, Entre la piedra y la flor (que Reyes le chulea mucho, y que Paz vuelve a intentarlo muchos años después) y sobre todo A la orilla del mundo, un compendio de lo que Paz considera lo mejor que ha hecho. Esa primera edición de Libertad bajo palabra lo hace sentir orgulloso de su obra, y el verdadero arranque de su trayectoria poética. Reyes le envía ese ejemplar, y a vuelta de correo los doce que le corresponden; Paz ya es conocido en París, tiene amistades que le piden ejemplares, y solicita a Reyes le envíen otros 20, a cargo de posibles regalías. Reyes no sólo es decisivo para la publicación de Libertad bajo palabra; a lo largo de varios meses le envía ensayos sobre poesía; desde el principio, ambos saben que formarán un libro; Paz calcula que tendrá unas 150 páginas; después ya anda arriba de las 300; Reyes, con paciencia, espera a que lo dé por concluido, y sin muchas negociaciones, y con la petición expresa de Paz, lo incluye en el catálogo del Fondo de Cultura Económica; se trata de El arco y la lira, uno de los libros fundamentales de Paz, y de la literatura mexicana; el libro corregido por Jorge Hernández Campos, agradece a Reyes el estímulo doble: los libros del propio Reyes sobre el tema (literatura, poética) más la generosidad de la lectura; también, al Colegio de México el apoyo que le dio mientras lo preparaba (la becada mencionada). Termina con estas palabras: “La ayuda del Colegio de México, finalmente, dio libertad a mis ocios y a mi posibilidad de ocuparlos en redactar estas páginas. Gracias, pues, a don Alfonso y al Colegio”. El libro, de 1956, tardó un poco menos de diez años en agotar sus tres mil ejemplares; la segunda edición elimina ese agradecimiento, no así el reconocimiento al estímulo de Reyes. Tres libros más de poesía de Paz aparecen en esa etapa: ¿Águila o sol? (que comenta mucho, pero sin hablar de gestiones), Semillas para un himno (al que catalogan como “folleto”) y Piedra de sol, poema cumbre no sólo de Paz, sino de toda la poesía en español. Esta última, apenas referida en una invitación a la presentación del libro. Hay, sin embargo, otra gestión de Reyes fundamental: algunos artículos de Paz aparecidos en el periódico Novedades, que van dando forma a un libro totalmente distinto, pero que es tal vez su obra más conocida: El laberinto de la soledad (en las cartas, ambos ponen todas las iniciales en mayúsculas); Reyes lo comenta con entusiasmo, pero apenas participa, como sí lo hace con los otros dos; pero Paz le pide que interceda por él con Jesús Silva Herzog, director de Cuadernos Americanos, del que Reyes forma parte de su consejo; Reyes no titubea, y no tarda mucho en convencer a Silva Herzog, pese a los problemas económicos de la publicación (problemas de los que no está exento Tezontle), más otros de salud. Sin embargo, aparece con puntualidad. Y lo envía a Cuadernos Americanos a petición expresa de Reyes, quien lo recomienda en una sesión de la junta directiva. En él, Paz no agradece la ayuda de Reyes, pero le dedica varias páginas. Paz menciona muchas veces a don Alfonso Reyes a lo largo de toda su obra; la mayoría, de refilón, como referencia; cuando habla directamente de él lo hace con justicia, pero sin pasión; dice que es frío, que no tiene pasión, que a ratos es preferible la prosa atropellada de Vasconcelos, apasionada, a la equilibrada de Reyes; lo acusa de carecer de autocrítica, y de cierto distanciamiento del país, aunque lo defiende cuando los demás lo atacan por acercarse a temas griegos, y celebra su traducción de la Ilíada, aunque lo hace con más entusiasmo en sus cartas. Reyes declaró alguna vez que después del 9 de febrero de 1913 nunca volvió a ser feliz; sus libros son felices, gratos, amables, risueños, y dejan siempre una sonrisa en el lector; Paz, aunque reconoce el humor, prefiere dos poemas en que apenas se ve esa sonrisa: “Yerbas del tarahumara” e Ifigenia cruel; son poemas que menciona con frecuencia, y ni una sola vez “Salambona”, que desmiente cualquier calificativo de frialdad y de poca pasión. Sólo menciona de paso el 9 de febrero. Hay sin embargo dos asuntos incómodos: al hablar de la poesía de Reyes en una antología preparada a disgusto por Paz, a petición de Jaime Torres Bodet, para la UNESCO, Paz dice que “Reyes no rompe con el modernismo; simplemente se aparta y tras una pausa… le da la espalda para siempre”. Con la gentileza que lo caracteriza, Reyes le pregunta: “Pero, ¿fui yo alguna vez ‘modernista’ autentico?”

Paz se turba y se disculpa: dice que se trata un párrafo mal redactado, pero aparece así también en Las peras del olmo, al que trata mal: libro mal cortado, mal pegado, mal corregido. Y vuelve a disculparse: dice que “el primer libro de poemas que publica Alfonso Reyes se llama Pausa”. “Ninguna –errata— me duele más que la que me hace decir que su primer libro es Pausa […] (A favor de la Imprenta Universitaria –una de cal, por las que van de arena— debo decir que acaso se trate de un error mecanográfico)”. Sin embargo, la errata (o error) aparece también en la segunda edición de Las peras del olmo, publicada por Seix-Barral, en 1971, y en el volumen IV de sus Obras Completas, por el Fondo de Cultura Económica (Edición de Autor –sic). La carta en la que se disculpa, agrega un párrafo incómodo para el admirador de Paz: “También debo pedirle perdón, a usted que es nuestro maestro, por varios pecados contra la pureza del lenguaje. Al releer este libraco he advertido con horror más de tres galicismos, anglicismos y otros disparates. Díganos cuál es su secreto para escribir bien.” La edición, preparada por el especialista Anthony Stanton, tiene varios errores: el mayor, decir que Manuel Tello era titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores cuando era subsecretario encargado del despacho. Empezó la temporada de beisbol, de una manera desordenada; en la primera jornada formal hubo tres blanqueadas (dos de ellas por 1-0); al día siguiente, en otra, que iba empatada hasta la octava entrada, cayó la primera carrera por un error del short stop que tenía todo para hacer un doble play; otros juegos, la mayoría, terminaron por diferencia de una carrera. ¿Seguirá reinando el pitcheo? En Internet pusieron un día varios videos en que un equipo, al verse beneficiado por errores arbitrales, tiran mal a propósito un penalty, o dejan que el contrario anote un gol para emparejar el marcador, o anotan autogoles para empatar el juego, sin que ningún jugador proteste. Y uno que siempre ha hablado mal del futbol porque los jugadores son tramposos, fingen que los lesionan, levantan las manitas como diciendo “yo no fui”; un ejemplo valioso ahora que en el futbol americano se valen de golpes ilícitos y mal intencionados, o que los beisbolistas toman “asteroides” (Niurka dixit) para sacar beneficios inicuos.

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