Una idea que repiten machaconamente los autores de libros sobre platillos voladores, visitantes de otros mundos y cuestiones similares, es que las grandes obras de las antiguas civilizaciones —lo mismo las pirámides de Egipto que las líneas de Nazca, la ciudadela de Machu Picchu o las pirámides mayas— fueron obra de seres extraterrestres que, como ha dicho irónicamente algún caricaturista, vinieron a la Tierra y anduvieron de aquí para allá sin más propósito que acomodar enormes montones de piedras pero no dejaron una sola herramienta ni una sola de las máquinas usadas en tal colosal tarea. Vaya, ni siquiera tuvieron la delicadeza de enseñar el uso de la rueda a los incas o los mayas.

Por Juan José Morales

Pero como tal idea ya está muy trillada y bastante desprestigiada, ahora ha comenzado a circular una variante que podríamos llamar contemporánea: que los grandes inventos y descubrimientos científicos y tecnológicos ocurridos a partir de la segunda mitad del siglo XX y hasta la actualidad son producto de conocimientos traídos a la Tierra por unos diligentes cuanto elusivos tripulantes de platívolos.

 

Ahora resulta que, según una nueva versión de la influencia alienígena (como se dice en espanglish), los avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos no fueron producto del intelecto humano sino de los conocimientos que unos anónimos y bondadosos seres llegados del extramundo transmitieron —no sabemos si oralmente, por escrito, telepáticamente o por hipnosis— a ciertas privilegiadas personas, que así pudieron ganar premios Nobel y otros codiciados galardones.

De acuerdo con tal explicación, que escuchamos en cierto canal de televisión de paga, a partir de 1948 ha habido una verdadera explosión científica y tecnológica, que tuvo como productos la fibra óptica, las computadoras, el láser y muchas otras cosas semejantes. Y, coincidentemente, fue en 1948 cuando comenzó la fiebre de los platillos voladores. La explicación “lógica”, entonces, sería que hay una relación de causa a efecto entre ambos sucesos. Es decir, que si después de que empezaron a aparecer por todo el mundo extrañas naves —que sólo se dejaban ver fugazmente—, hubo una catarata de inventos y descubrimientos, puede entonces concluirse inequívocamente que fueron aquellos bondadosos visitantes de lejanos mundos quienes nos trajeron todos esos nuevos conocimientos. Aunque, como son muy discretos, no se ostentaron como sus autores sino que permitieron a ciertos humanos llevarse la gloria.

Quienes sostienen tan disparatados puntos de vista parecen olvidar —o son lo bastante ignorantes para no saberlo— que mucho, pero muchísimo antes de 1948, hubo extraordinarios avances científicos y tecnológicos. La primera bomba atómica, por ejemplo, estalló en 1945, y fue producto de un largo trabajo de años de numerosos técnicos y científicos. El teléfono, el alumbrado y los motores eléctricos datan del siglo XIX, igual que los motores de combustión interna. El hombre ya volaba en máquinas más pesadas que el aire más de medio siglo antes de lo que podríamos llamar la era de los platillos voladores, teníamos telegrafía inalámbrica, radio y televisión desde antes de la Segunda Guerra Mundial, y los conocimientos básicos sobre cohetes que permitieron al hombre conquistar el espacio existían —desarrollados por hombres como Tsiolkovski, Goddard y Von Braun— también mucho antes de que alguien creyera ver el primer platívolo.

Si nos vamos un poco más atrás en el tiempo, encontraremos que la máquina de vapor, con la cual comenzó la Revolución Industrial, también fue muy anterior a la manía de los platillos voladores.

No. A los inventores y descubridores que durante cientos de años sentaron las bases de los grandes avances científicos y tecnológicos no vinieron a enseñarles nada ningunos hombrecillos verdes… o del color que fueran. Faraday, Tesla, Marie Curie, Edison, Bell, Marconi, Watt, Einstein, Fleming, Rutherford, Galileo, Newton o Roentgen —por citar solo unos pocos grandes científicos— no fueron una especie de muñecos de ventrílocuo a través de los cuales los extraterrestres difundieron conocimientos. Sostener tal cosa es negar la capacidad intelectual del ser humano, de igual manera que afirmar que las grandes obras de la antigüedad fueron realizadas por visitantes de otros mundos, es también negar toda capacidad creativa a los egipcios, los incas o los mayas, que así quedarían reducidos a la calidad de simples peones.

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