Hace poco hablábamos de cómo ciertos grupos y movimientos ecologistas se encuentran contaminados por ideas románticas, espiritualistas, esotéricas, místicas, naturistas y otras muchas de parecida naturaleza, que no sólo se apartan del pensamiento científico —indispensable para conocer y comprender la naturaleza— sino incluso entran en franca y abierta contradicción con él. Peor todavía: los hay que tras una fachada de seriedad y respetabilidad se prestan consciente o inconscientemente a engaños y fraudes.

Por Juan José Morales

Un ejemplo es cierta organización denominada EcoPortal Net, que a través de su boletín electrónico Ambiente y Sociedad, difundió en estos días un extenso artículo según el cual el agua de mar “convierte desiertos en vergeles, cura desde una cirrosis a una rinitis, mejora la calidad de tu nutrición, fortalece las dietas infantiles y es avalada por investigaciones e informes médicos a lo largo de décadas”.

Más todavía: asegura el boletín que en cierto experimento en el cual se sustituyó toda la sangre de un perro enfermo por agua de mar, ésta se convirtió en sangre casi de forma inmediata, el animal se curó y se volvió más fuerte que antes.

Las grandilocuentes pero falsas afirmaciones sobre las asombrosas propiedades del agua de mar difundidas como información ecológica, son sólo propaganda encubierta para promover la venta de menjurjes y libros como el de la ilustración.

Por supuesto, todo esto no pasa de ser charlatanería pura, una sarta de disparates sin ningún fundamento científico, y el artículo es en realidad propaganda indirecta de un “producto milagro” que mencionamos recientemente: el llamado plasma marino, que es simplemente agua de mar en ampolletas, la cual se vende —carísima por cierto— haciéndola pasar por medicamento contra todo tipo de enfermedades pero sólo está registrada ante las autoridades sanitarias como complemento alimenticio.

Lo del agua de mar como curalotodo fue inventado hace más de cien años por el francés René Quinton, quien no era médico, ni químico, ni biólogo ni tenía más preparación científica —si así puede llamársele— que haber asistido esporádicamente a conferencias y cursillos para público en general en el Museo de Historia Natural de París. Y desde entonces, tanto él como los timadores que le sucedieron han venido haciendo pingües negocios con la venta de agua marina supuestamente curativa.

En el caso de EcoPortal Net, el artículo sobre el agua de mar que obra todo género de maravillas y cura todas las enfermedades habidas y por haber, es publicidad encubierta de una cierta Fundación Seawater, que —al igual que muchas empresas— comercializa cápsulas de agua marina.

Y en cuanto a que con agua de mar se puede convertir los desiertos en vergeles, es otra tomadura de pelo. En “Eritrea, África —afirma solemnemente el engañoso artículo—, un desierto (fue)… regenerado gracias a las aguas del Mar Rojo. El vergel surge; ahí crece el mangle y la salicornia De las semillas de esta última se extrae incluso aceite para el consumo. Los animales y los hombres vuelven a la vida en lo que antes era un entorno árido, difícil y hostil.”

Suena muy impresionante, pero no tiene absolutamente nada de extraordinario. El mangle y la salicornia —que no es una sola planta sino todo un género con más de 60 especies— son vegetales halófitos, o sea resistentes al exceso de sal ya que tienen mecanismos biológicos para eliminarla, y crecen de manera natural en aguas fuertemente salinas, incluso a orillas del mar.

En fin, EcoPortal Net es una buena muestra de ese tipo de ecologismo tramposo, engañoso, mezclado con charlatanería, ideas anticientíficas y exageraciones, al que no debe tomarse en serio.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

¿Pagaría usted 2,700 pesos por un litro de agua de mar (2.7 millones de pesos el metro cúbico)? Seguramente no sería tan tonto para hacerlo. Pero por lo visto hay muchos que sí lo son. De lo contrario no se mantendría el negocio de cierta empresa que la vende a tal precio.

Por Juan José Morales

Aunque, en honor a la verdad, debemos precisar que, en una hábil operación de mercadotecnia, ofrece el agua envasada en unas ampolletas de vidrio muy monas, de diez mililitros cada una, en cajitas de 24 cápsulas, con el pomposo nombre de Plasma Marino Quinton, en dos presentaciones —una denominada también grandilocuentemente Quinton Hypertonic Bebible de 24 AB y la otra Quinton Isotonic Bebible de 24 AB—, con lo cual simula que se trata de medicamentos que, según afirma su publicidad, permiten “regular nuestras funciones vitales”, aportan “todo lo que nuestras células necesitan para su correcto funcionamiento” y se recomiendan “para múltiples indicaciones: gripes, resfriados, problemas digestivos, trastornos dermatológicos, como desintoxicante del metabolismo (sic), etc. Y para reforzar nuestras defensas ya que activa el sistema inmunológico”.

En su publicidad, los distribuidores del agua de mar en ampolletas que simulan ser medicamentos, manejan términos como biocenosis, tótum, biodisponibilidad, homeostasis o microfiltración, para darle un tono científico, pero todo es palabrería hueca.

Todo esto es charlatanería pura. Si bien el agua de mar —que, por lo demás, puede conseguirse gratuitamente en cualquier cantidad— tiene un leve efecto desinfectante, no sirve en absoluto para curar o evitar enfermedad alguna. Tan es así que, siguiendo el amañado procedimiento usual de los timadores, el llamado plasma marino no está registrado como medicamento sino como “complementos alimenticios bebibles o de aplicación tópica y nasal en spray”.

Todo este cuento de las maravillosas cuanto inexistentes propiedades curativas o preventivas del agua de mar se remonta a fines del siglo XIX y principios del XX, y lo inició un tal René Quinton, francés, quien —según reconocen sus propios biógrafos— no era médico ni nada parecido ni recibió formación científica particular alguna, sino sólo tomó algunos cursos en el Museo de Historia Natural. Con tan amplia y sólida preparación, “comenzó —añade el ditirámbico relato de su vida— su peculiar y genial carrera en el ámbito científico que revolucionó los paradigmas de la época”, carrera basada en la idea de que el agua de mar es igualita al plasma sanguíneo del ser humano —lo cual es falso— y constituye una especie de curalotodo universal, ya que “da fuerza biológica a la célula para oponerse a la mayoría de las enfermedades”. Recomendó beberla o inyectarla, cosa esta última que sus seguidores estuvieron haciendo hasta 1950, cuando las autoridades sanitarias lo prohibieron por los graves y a veces mortales efectos de las inyecciones.

Realizó experimentos tan disparatados como sustituir toda la sangre de un perro enfermo con agua de mar diluida, con lo cual —se dice— le salvó la vida. En realidad el infeliz can debe haber muerto ya que el agua de mar, carente de glóbulos rojos, no puede transportar el oxígeno a las diferentes partes del cuerpo.

En los medios científicos nadie tomó en serio a Quinton, lo cual no obsta para que ahora se afirme —lo cual es otra mentira— que “la academia de ciencias francesa no dudó en decir que después de Darwin, nadie sino Quinton había hecho aportes tan relevantes en el campo de la biología”.

Como es habitual en los casos de charlatanes y seudomedicinas, los promotores del llamado plasma marino presentan a Quinton como una pobre víctima de los intereses de las poderosas cuanto perversas compañías farmacéuticas que se enriquecen vendiéndonos pastillas e impiden que se generalice el uso de ese maravilloso producto que puede salvarnos de cualquier enfermedad: el agua de mar encapsulada, más cara que las sulfas o los antibióticos. Pero para librarnos de las garras de esos malignos mercaderes de la salud, ahí está la compañía comercializadora del plasma sanguíneo. Pedidos al…

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