De nuevo las opiniones se polarizan, aunque prevalecen las que condenan a Alfredo Bryce Echenique (sin dejar de elogiar algunos de sus libros) y al jurado que le otorgó un premio ya de por sí escandaloso desde que Tomás Segovia, a quien se lo otorgaron, hizo una semblanza campechana y amistosa de Juan Rulfo, cuyo nombre prestigiaba a dicho premio, y la familia Rulfo se indignó; como los responsables no se echaron para atrás y se negaron a nombrar a otro ganador, ellos retiraron el nombre del Rulfo mayor. A Bryce Echenique, sin dejar de elogiar sus novelas y algunos de sus cuentos, lo condenan por haber plagiado 16 artículos de 15 autores (32, dice Musacchio); no he visto más que el nombre de uno de ellos, el doctor Cristóbal Pera; no sé en qué consistió el plagio, si en el tema, en la redacción, en las conclusiones, si no le dio el crédito debido, si no entrecomilló; lo grave de este asunto es que no sólo copió un artículo en el que Bryce Echenique no es experto (el doctor Pera es un magnífico escritor que asume, hasta lo que le he leído, asuntos médicos –su profesión— con inteligencia, humor y sabiduría, sin alarmar a los lectores, ni siquiera a los hipocondriacos como yo): faltó además a las reglas de la cortesía porque lo plagió después de haber comido en su casa. No he tenido la curiosidad malsana de buscar los 16 (¿32?) artículos para compararlos con los originales; lo grave es que las acusaciones causan prejuicios y durante mucho tiempo leeremos a Bryce Echenique prevenidos y advertidos; lo leeremos mal.

El tema del plagio es largo y antiguo, tanto que muchos se han plagiado el famoso juicio “bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos”; hace unos años nadie menos que Carlos Fuentes fue acusado de plagiar una novela mediana (la tengo, pero no la presto, ni pienso releerla); se demostró que era una acusación falsa, y que el tema no puede ser propiedad de una sola persona; se citó, por ejemplo, dos grandes novelas sobre la infidelidad femenina, Madame Bovary y Anna Karenina: ¿Tolstoi copiando a Flaubert? Nada más ridículo. Fuentes tuvo a bien titular uno de sus más recientes libros, el muy dramático Todas las familias felices, con la primera frase, y tema de Anna Karenina, que además usó como epígrafe del volumen y es citada en Cumpleaños. Las hemos olvidado, pero ha habido muchas acusaciones (no voy a entrecomillar, porque yo mismo las cité): en su autobiografía, Juan Vicente Melo dice que en un periódico de Veracruz publicaba crónicas, cuentos, relatos, críticas, de varios de los entonces jóvenes y ya magistrales escritores, como José Emilio Pacheco o José de la Colina, y “algún plagio” de Gustavo Sainz; esas afirmaciones llegaron de manera contundente a las páginas sepia de Siempre!, por lectores que decían que Sainz tomaba textos de escritores que no llegaban a México y las firmaba como suyos. También se acusó a Carlos Monsiváis de plagiar una columna titulada “La caja idiota”, en la que analizaba la televisión, pero él respondió que sólo tomaba el título, no el tono ni los temas ni el lenguaje de la columna original de la revista Encounter; no fueron muchos, pero sí algunos, los que notaron el parecido de su “Notas sobre el camp”, recogido en Días de guardar, con las Notas sobre el Camp de Susan Sontag, recogidas en Contra la interpretación; en efecto, poco tenían que ver; Monsiváis desde aquellas épocas tenía una información impresionante, similar a la que puede conseguirse ahora, superficialmente, gracias a las redes sociales. Hubo sin embargo, un plagio que no trascendió: en las páginas de La Cultura en México, el 11 de octubre de 1967, Monsiváis publicó “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con los cintillos “Los Hermanos Marx. Crítica de la razón pop”. Supongo que ese buen artículo no fue recogido para su Días de guardar, que incluye muchas de sus notas escritas por aquellos días, porque iba a guardarlo para su libro prometido y nunca entregado a la imprenta sobre los Marx (“¿Estás escribiendo un nuevo libro?”, preguntó James R. Fortson; “Sí, he terminado una primera versión de un ensayo larguísimo sobre los hermanos Marx, que me interesan sobremanera. Ignoro la calidad de mi texto, pero le puse mucho empeño […] los hermanos Marx me apasionan, como fenómeno de anarquía artística, de anarquía y destrucción del orden cómico inclusive…” (entrevista aparecida en dos números, de junio y julio de 1972, en la revista Él, y recogida en Cara a cara. Confrontaciones humanas, tomo I, Fortson, Grijalbo, 1974); nadie se indignó cuando en las páginas de la revista Él en 1973 (por desgracia no recuerdo el mes) apareció un artículo titulado “He leído un artículo inolvidable, pero no ha sido éste”, con párrafos idénticos a los de Monsiváis; estaba firmado… por Carlos Monsiváis (por desgracia, en su hemerografía del Diccionario de Escritores Mexicanos de la UNAM, y reproducida en El arte de la ironía. Carlos Monsiváis ante la crítica –compilación de Mabel Moraña e Ignacio Sánchez Prado, Ediciones Era-UNAM) no se da cuenta de lo que Monsiváis publicó en muchas revistas, como Él, Eros y otras, o como él mismo decía, hasta en las hojitas parroquiales. Emilio García Riera da cuenta de innumerables plagios cometidos por el cine mexicano a lo largo de su historia: adaptan novelas, obras de teatro, otras cintas, y la mayoría de las veces los responsables no dan cuenta de dónde les llegó la inspiración; mi plagio favorito es la versión mexicana de Los tres mosqueteros, Cuatro contra el imperio, trasladada a la época de la Intervención francesa, con Antonio Aguilar como D’Artagnan, pero los ejemplos sobran. Lo más curioso es que a veces cuando dan crédito o se dicen filmes inspirados en alguna novela o drama, se apartan tanto que uno debe imaginar en dónde está la adaptación. Y no sólo en el cine mexicano: Tres hombres y un bebé, que conmovió hasta a las admiradoras de Magnum, fue antes una cinta francesa, lo mismo que El hombre que amó a las mujeres, primero de Truffaut y luego de Blacke Edwards (bueno, las norteamericanas dieron créditos a los guiones originales, pero escondidos). II ¿A dónde van a parar las bibliotecas de los aficionados a coleccionar libros, cuando sus propietarios abandonan el mundo? Uno pensaría que el Estado, por intermedio de la UNAM o del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, debería resguardarlas; esta última institución tuvo a bien adquirir algunas bibliotecas célebres, como las de José Luis Martínez, Alí Chumacero y la de Carlos Monsiváis. Al revisar la trayectoria de los dos primeros encontramos muchas coincidencias: son coetáneos, contemporáneos y empezaron y trabajaron en las mismas revistas, Tierra Nueva y Letras de México, colaboraron en las mismas publicaciones, ambos trabajaron en Ferrocarriles Mexicanos (el Diccionario de Escritores Mexicanos no da cuenta de esto), y sobre todo en el Fondo de Cultura Económica; fueron grandes amigos y compañeros, y tenían los mismos gustos, las mismas amistades (Alí, más campechano y compartido), las mismas aficiones; ¿cuál será la diferencia entre las bibliotecas de uno y otro? Hay también el rumor de que antes de que el Estado, o algún particular poderoso (durante mucho tiempo los investigadores aspiraban a vender las suyas a Condumex, o a Televisa) adquiera alguna biblioteca, antes ya fue ordeñada por amistades y familiares; no hace mucho tiempo adquirí de manera formal, no clandestina, libros que pertenecieron a Jaime Torres Bodet, fallecido a principios de los años setenta, y 40 años después llegan a librerías especializadas; no digo los títulos ni los autores para no causarle un telele a quienes entregaron ansiosos de reconocimiento sus libros, con dedicatorias llenas de afecto y admiración, y llegaron a mis manos intonsos. Pero en una página de internet dedicada a promover librerías de todo el mundo encuentro que un ejemplar de 6 7 poemas (ediciones Aztlán), de Carlos Pellicer, lo ofrecen en poco más de 200 euros, con el atractivo extra, aparte de ser una primera edición, de estar dedicado a Julio Torri, “poeta, amigo y otras tres cosas”; la librería que la ofrece está en la ciudad de México, pero se supone que la biblioteca de Torri está bajo buen resguardo (menos algunas de sus ediciones pecaminosas, que caminaron desde hace mucho, dicen), pero una librería de San Francisco ofrece en 199 euros un ejemplar de Camino, dedicado a Rafael Muñoz López, cuyos descendientes se desprenden de esa joya, de tan pocos ejemplares. En esa misma página vemos que libros pertenecientes a José Bianco están en oferta; es de suponer que no hay quien cuide que su biblioteca se conserve intacta. ¿Las bibliotecas de escritores o de grandes lectores mexicanos están protegidas? Una librería especializada en estos rubros afirma que no es la edad, ni lo famoso de los autores, lo que hace valioso un libro. ¿Qué es? Lo terrible es habernos desecho de algún ejemplar que de pronto adquiere celebridad. Abundan quienes pretenden vender muy caro un libro de un tiraje de diez mil ejemplares (más otros de reposición –esta frase la plagio de uno de mis autores favoritos, por desgracia poco leído), y quieren mucho por él, más que por uno de 200 ejemplares y nunca reeditado. ¿Es el nombre del autor, lo raro de la edición? Dicen que un famoso escritor, dueño de una biblioteca enorme, porque le llegaban cortesías de todas las editoriales, ante la falta de espacio en su casa ofreció donar sus libros a la Universidad, quienes con poca cortesía declinaron la oferta porque no tienen dónde guardarla; en alguna de las escuelas periféricas, sugirió, sabedor que él tiene más libros que todas las bibliotecas de las prepas y otras escuelas lejanas a CU; tampoco hay espacio, le contestaron; dicen que, corteses, no le dijeron que calculan que, excepto por algunas ediciones de autor, tiene los mismos títulos que la UNAM porque ésta los recibe de la oficina de Derechos de Autor, así que no remediaría ninguna carencia o laguna; o sea que no hay que tener muchos, sólo libros buenos, porque ya no es fácil engañar a (todas) las autoridades; queda el recurso de malvenderla a universidades del extranjero, que se interesan no tanto por títulos raros, inconseguibles, ediciones príncipes, incunables (saqueadas de bibliotecas públicas); se interesan más bien por las dedicatorias, mientras más raras, mejor. III En las redes sociales me enteré, y me dejó azorado, de la muerte sorpresiva de Jesús Muñoz, a quien se le conocía como Muni. Un día me llamaron a casa, no sé cómo se enteraron del teléfono, Víctor Roura y Muni; vivían en un pequeño ático en una vecindad cercana al Monumento a la Revolución; publicaban una revista, Sesión, donde comentaron con sentido crítico alguna nota mía sobre Electric Light Orchestra en El Heraldo Cultural, pero se interesaban en platicar conmigo; con cierto recelo acudí una tarde en la que, por complacerme, pusieron varios discos, entre ellos uno de Harrison que a la fecha no tengo; bebimos vodka y nos hicimos cuates; colaboré en su revista, y en alguna otra que emprendieron; los invité a colaborar en La Onda, pero Muni era rejego y entregó pocas notas; Roura comenzó a trabajar en unomásuno, luego en La Jornada y después en El Financiero; al margen editó Melodía. Diez años después, donde también me invitó a colaborar. Muni contrajo matrimonio, y tenía mejores ingresos cocinando unos pasteles naturistas exquisitos, de los que fui cliente hasta que dejó de hacerlos. Quién sabe dónde conseguía discos extrañísimos que no llegaban a las disquerías; tenía grabaciones extraoficiales de Beatles, sesiones alternas a las oficiales, con diferencias notables: “Dig it”, que en Let it Be dura 51 segundos, en el disco que me vendió él dura siete minutos 51 segundos; hay versiones que no vienen en Antología, que es la oficialización de muchas versiones pirata (que es como si una esposa da permiso a un marido coscolino para que tenga versiones alternas: le quita emoción al asunto); por ejemplo, When Two Legends Collide, en la que Lennon canta “She’s Like a Rainbow” interpretada por Rolling Stones; años después me consiguió la rarísima grabación de Traffic con Jimi Hendriks, un excelente disco homenaje a The Doors con una excepcional versión de “Roadhouse Blues” a cargo de Status Quo, y una de “Light my Fire”, con Led Zeppelin, y otras. Cuando Jorge Pantoja organizó una sesión de intercambio de rarezas a las afueras del Museo del Chopo (entonces dirigido por Ángeles Mastretta), Muni fue de los más entusiastas; ese intercambio tuvo tanto éxito que debieron hacerlo varios sábados, hasta que las autoridades del museo se deslindaron de su organización, que llevaba a centenares, tal vez miles de fanáticos cada sábado a cambiar, pero después a vender, sus mercancías; los vecinos se quejaron, y los tianguistas se cambiaron a la Guerrero, por la esquina que domina (aunque los más excéntricos coleccionistas se ponían más bien en La Lagunilla, donde nunca pude comprar “Back”, con Los Spiders, porque pedían miles de pesos por aquel LP rarísimo. Muni se apersonó, se arraigó, y se hizo uno de los líderes de los tianguistas, y uno de los más respetados. Además de allí, se instaló en las afueras de la Ciudadela, donde vendía posters, revistas raras, camisetas, y discos muy raros; quién sabe cómo conseguía grabaciones de los conciertos que dieron muchos conjuntos en México, y una semana después ya vendía casetes con esos conciertos, la mayoría de las veces muy bien grabados; de lunes a viernes, si sobrevivía a sus desveladas, habría su puesto a media mañana; cuando iba a visitarlo me tenía noticias del gremio musical, o del literario: “¿sabes que el Chamaco ya lee? Como ahora es amigo de famosos, tiene que contestarles cuando le preguntan qué piensa de sus libros”; o quién se divorciaba (a veces, sin estar casado); durante mucho tiempo su saludo era “ya ves cómo es Manuel”, en alusión a Manuel Gutiérrez Oropeza, con quien tenía discusiones muy divertidas, cuando nos visitaba en La Onda. Tenía fama de arisco, pero también de generoso, y conservó sus amistades de hace 30 o 35 años, algo que no todos podemos hacer. Tal vez su episodio más curioso fue durante una gresca en una cantina, donde varios rocanroleros departían con Joaquín Sabina, y se fueron a golpes contra Víctor Roura, quien dejó de defenderse cuando vio, azorado, que Muni estaba entre sus verdugos. Nunca me aclaró el motivo. El deceso de Muni me dejó completamente azorado. IV Para muchos cinéfilos, la belleza de Rachel Welch es artificial, de plástico; aunque parecía perfecta, con un cuerpo equilibrado, en realidad era fría, no pertenecía al cine sino a las revistas eróticas (“Self play, boy”), y sus intervenciones en todas las cintas en donde aparece son inocuas, excepto en dos: Bedazzled, donde Stanley Donen aprovecha la atmósfera de la cinta y la expresión de Dudley Moore para hacerla parecer excitante, y en Los tres mosqueteros, donde se ve simpática, desenvuelta en su papel de ingenua, y en donde su belleza es provocativa, aunque aparece completamente vestida, pero con un escote que deja ver no el tamaño sino la forma de sus pechos; en una escena sólo se ve eso: ella va fuera de una carroza, a gran velocidad; se abre la ventanilla y lo único que se puede observar son sus pechos, con un balanceo muy exacto, muy justo, y que excita tanto a quienes la observan como al espectador. Todas las mujeres que aparecen en las tres películas de los mosqueteros, de Richard Lester, son, más que bellas, misteriosas, enigmáticas, capaces de producir estremecimientos en los protagonistas masculinos; si Welch es ingenua, de cualquier manera D’Artagnan sucumbe más que a sus atributos físicos, a su comportamiento frágil, a la sensación que da de desamparo; la reina infiel Geraldine Chaplin, la villana Faye Dunaway, y las comparsas Nicole Calfan, Sybil Danning, Gitty Djamal y Kim Cattral hacen que se mueva la cinta entre la gandallez de villanos y héroes, y la conmoción que provocan ellas; Lester le dio a sus protagonistas femeninas un papel preponderante, más que en el argumento, en su presencia y lo que ésta causaba; sus heroínas en estas tres cintas de mosqueteros, surgen, no aparecen, como en un poema de De Moraes. Richard Donner eligió a Margot Kidder por sobre más de cien aspirantes a protagonizar a Luisa Lane en Supermán, porque en la prueba (audición) mostró auténtica vergüenza cuando Supermán ve, con su visión de rayos X, que ella usa tarzaneras rosas; y en la cinta se ve en realidad perturbada en esa escena; Donner pone a la espontánea e hiperactiva Luisa agarrada del helicóptero a punto de caer desde la azotea, o helipuerto, de El Planeta, y aunque la toma desde abajo, no muestra las piernas (aunque sí en la parodia de Mad, donde alguien asegura que trae lencería transparente); en las dos secuelas, Lester la hace menos turbada, más empecinada, y sobre todo deseosa de volcar su erotismo en Supermán; Lester la respeta mucho, aunque hay dos escenas en Supermán II en que se nota el erotismo inteligente del director: cuando los supervillanos soplan haciendo caer cornisas, volcar autos y casi volar a la gente, la tensión se distrae cuando por el superviento hace volar la falda de una transeúnte a la que se le ven las tarzaneras blancas; pero quien resulta irresistible es Sarah Douglas como supervillana, con rostro enigmático y expresión misteriosa; además, muestra sus piernas en la escena más atrevida de toda su carrera, superior incluso al no muy estético desnudo que hizo en The Brute. Lester, como veremos después, sabía tratar a las mujeres y hacerlas excitantes, atractivas, memorables. V Busco chamba: quiero hacer los resúmenes de las películas transmitidas por Cablevisión: diría que la trama es que “un muchacho conoce a una muchacha”, y le ahorraría el esfuerzo al televidente; desde el principio diría quién es el asesino; llamaría la atención de las escenas atrevidas y cuántos desnudos contiene cada cinta. VI Dicen que los Tigres de Detroit estaban fuera de ritmo en la Serie Mundial; es falso; quienes estaban fuera de ritmo eran los lanzadores, nada más; y hasta eso, no mucho: tres de los cuatro juegos fueron muy cerrados. Y a propósito, en los juegos de futbol americano llama la atención que Fernando Von Rossum (padre) diga todo en cinco o seis palabras, mientras que sus compañeros usen 40 o 50 para decir nada, o lo mismo que don Fernando, sólo que sin gracia ni inteligencia.

1) Cuando Gabriel García Márquez rompió el silencio literario que se había impuesto mientras Augusto Pinochet detentara (es decir, usurpara) el poder en Chile, se creó una gran expectativa por esa nueva novela que todos deseaban leer luego de Cien años de soledad (El otoño del patriarca fue un paréntesis; aunque es una novela impecable, tiene el defecto de no ser tan legible como Cien años, aunque ambas son iguales de complejas). Cuando apareció la Crónica de una muerte anunciada, breve pero de gran intensidad, tuvo muchísimos lectores encantados por esa anécdota tan estremecedora, la muerte de un hombre a manos de sus cuñados, a causa del honor, de la adolescencia apresurada de la esposa, y del deshonor, nada raros en el ámbito descrito, ni en esa época, ni en otras más recientes.
Las historias aledañas (cuando el propio García Márquez conoce a Mercedes; los bailes, el ambiente de alegría, los nubarrones que opacan la felicidad colectiva) son tan fascinantes como la historia principal, que a ratos pierde importancia hasta volver con la contundencia que conlleva un asesinato; y en medio de esa celebración, que se prolongó por mucho tiempo, el propio García Márquez tuvo a bien callarnos la boca al revelar, en uno de sus artículos semanales, que se trataba de una novela basada en tema (no trama ni anécdota), estructura, desarrollo y final, con muchos de los detalles que nos habían asombrado, en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, una de las novelas más importantes del siglo XX, y que se supone todo mundo conocía. Con maldad, nos demostró lo malo que somos como lectores, que a pesar de que en las páginas de García Márquez estaban los mismos elementos que en las de Wilder, no pudimos verlos, no supimos leerlos, sólo porque la anécdota es otra, y otros los personajes.
2) Malcolm Lowry escribió varias obras maestras; una de ellas, Bajo el volcán, considerada una de las diez mejores novelas del siglo XX, lo hizo dudar, porque Charles R. Jackson había publicado poco antes The Lost Weekend, novela en la que se basó Billy Wilder para hacer una excelente cinta con Ray Milland y Jane Wymann (primera esposa de su tercer esposo, Ronald Reagan, que dicen que tenía problemas parecidos a los del personaje de esta película), acerca de los sufrimientos de un alcohólico (y biografía de Andrés Soler en El Ceniciento, según presume él mismo); aunque es lo mismo, desde luego no es lo mismo. Pero Lowry no dejó de atormentarse, pensándose plagiario, y más cuando estaba escribiendo Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, según deduce Douglas Day.

Hay muchos más ejemplos de parecidos no siempre confesados; el cine mexicano ha sido pródigo en esos casos: Tal para cual, de Rogelio González, se basa en lo básico en La importancia de ser honrado, de Oscar Wilde (título raro, pero que le plagio descaradamente a Tito Monterroso, tan plagiado él, de su ensayo “Sobre la traducción de algunos títulos” [La palabra mágica, Ediciones Era, 1983, p. 92]; El criado malcriado es copia de ¡Qué hombre tan sin embargo! que es copia de Escuela de vagabundos que es copia de My man Godfrey (y mientras más recientes eran las copias, más iban bajando de calidad); en Ustedes los ricos, como recalcó Emilio García Riera, fue famosa la escena de que Chachita se cortaba el pelo para comprar una cadena para el reloj del Atita que vendió su reloj para comprar unas peinetas para la cabellera de Chachita, que está en un cuento de O’Henry, “El presente de Reyes Magos” (O’Henry, Cuentos, traducción de Edith Zilli, Emecé, 1982) (sólo que a Chachita le crecerá el cabello y el Atita no recuperará su reloj); el cuento, “The Gift of the Magi”, fue filmada pocos años después de que Ismael Rodríguez hizo Ustedes los ricos, por Henry King, en uno de los cortos de O’Henry Full House, Lágrimas y risas en español, estrenada el 4 de marzo de 1953 en el cine Olimpia (datos tomados impunemente de Cartelera cinematográfica 1950-1959, María Luisa Amador, Jorge Ayala Blanco, CUEC, 1985; por cierto, en el cuento filmado por Howard Hawks en esa cinta, aparece una mujer cuando los delincuentes preguntan por una dirección, y los parientes la obligan a entrar a la casa; no encuentro en los créditos de la cinta el nombre de la actriz; ¿alguien lo sabe? Y no es para lo que Billy Cristal pregunta el nombre de una antigua maestra).
No siempre hay plagios, puede haber coincidencias (como dice Gabriel Zaid), puede flotar la misma idea por diferentes ámbitos; en la música, por ejemplo Debussy y Ravel (son dos, se toman juntos –comercial de Alka Seltzer de los años setenta; por desgracia desconozco el nombre del copy al que cito; seguro lo saben Raúl Renán y Miguel Capistrán, que saben todo), en la pintura, Klee, Miró, Kandisky, Rivera, tienen tantos parecidos que asombran.
La música se presta a buenos ejemplos: ya lo he dicho, pero no me voy a acusar de autoplagio porque también está en alguno de los muchos libros acerca de Beatles, que “Because” no es la única referencia explícita de Lennon al “Claro de luna” de Beethoven, porque también usa varios acordes del primer movimiento de esa sonata para los cuartetos segundo, cuarto y sexto de “And I love her”, y que copió toda la estructura del primer movimiento del Concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky para uno de sus rocks más ricos (en instrumentación, en desarrollo, y en el duelo de guitarras entre él y Harrison). Pero no sólo Lennon tomó prestados acordes, notas y armonías de Beethoven; Beethoven mismo tiene partes de su Sonata para violín en La mayor, Op. 12 núm 12 que se parece mucho a un aria de El barbero de Sevilla de Rossini que tiene mucho parecido con Las bodas de Fígaro de Mozart.
Lennon no sólo tomó algunos acordes o notas, también dos versos de una canción de Elvis Presley, “Babe, let’s play house” (“I’d rather see you dead, little girl, that you´ll be with another man”) para empezar una de las canciones más dramáticas de Beatles, “Run for you life”, que todos opinan que no es de sus mejores canciones, pero sí de las más sinceras, y muchos de los que han escrito sobre los ingleses no se fijaron en esos versos que son exactamente iguales, pero que desde luego no toman como plagio, sino como homenaje (chin, ya me autoplagié –y también a José Agustín) (¿Cardoso en Gulevandia se parece más a Aída de Verdi o a Norma de Bellini?).
No fueron esos versos los únicos que Lennon usó como cita, o autocita: en “Glass Onion” cita “Lady Maddona”, “A Fool on the Hill” y “I am the Walrus”, y en “I know (I know)” cita todo un verso de “Getting Better”; de esas cuatro citas, dos son de canciones suyas y dos de Paul.
En una película malísima pero muy divertida, El charro y la dama, Pedro Armendáriz (quien canta en ésa dos versos de “Ah que la coneja”), luego de darle unas cuantas nalgadas a Rosita Quintana, le ordena que le sirva café (igual que lo hizo Silvia Pinal a Pedro Infante en El inocente, quemándose al agarrar una cafetera caliente, sólo para demostrar que es una de esas mujeres modernas que no saben nada de quehaceres de su casa), y cita “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, y remata: “yo también tengo mi cultura, no se crea”; cualquiera diría que está citando unas líneas célebres de Miguel de Cervantes Saavedra, del segundo capítulo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, “Don Quijote en la venta”: “Nunca fuera caballero / de damas tan bien servido / como fuera don Quijote / cuando de su aldea vino: / doncellas curaban dél; / princesas, del su rocino”, pero los desocupados lectores de Martín de Riquer saben que Cervantes estaba citando “Nunca fuera caballero / De damas tan bien servido / Como fuera Lanzarote / Cuando de Bretaña vino, / Que dueñas curaban dél, / Doncellas de su rocino” (y siguen otros versos que no citan ni Cervantes ni De Riquer: “esa dueña Quintañona / ésa le escanciaba el vino / la linda reina Ginebra / se lo acostaba consigo…”, pero ya se sabe que Cervantes hacía muchas citas sin entrecomillar ni identificar a los autores, pero daba por hecho que sus desocupados lectores leían tanto como él y tomaban las citas como broma o como homenaje, no como plagio. (Uno de los escritores mexicanos más cultos me recriminó que atribuyera los versos a Armendáriz, pero Armendáriz también los dijo.)
Bueno para citar era Tito Monterroso: uno nunca termina de identificar todas las citas textuales, deformadas, contradichas, que están en Lo demás es silencio, donde casi en cada párrafo hay alguna cita y uno podrá identificar alguna, pero no todas; sólo recientemente, al releer su autobiografía (o una de sus autobiografías) me cayó el veinte que cuando la esposa de Eduardo Torres cuenta que los amigos de su marido le preguntan si fue la semana anterior cuando un escritor la tuvo en sus piernas, es cita del propio Monterroso, pues su familia había tenido amistad con Porfirio Barba-Jacob, quien lo había cargado cuando Tito era niño, y que sus amigos malvados le preguntaban si había sido hacía poco (dada la “orientación sexual” de Barba-Jacob, era un chiste malintencionado).
(En “Sinfonía concluida” hay hartas referencias, algunas identificables, como una de Arquímedes, pero otras no tanto, como una de Bach, Mendelssohn y Joyce; sólo una es directa, además de que una de las citas de Eduardo Torres asegura que la obra más acabada es la Sinfonía inconclusa; uno se pierde entre tanta cita escondida, disfrazada, encubierta, esbozada.)
Y si de referencias o atribuciones se trata, ¿cuánto quedaría de The Naked Lunch si se suprimieran las referencias y parodias?

A veces los lectores le atinan al encontrar el origen de un título; casi todos los libros de Monsiváis están tomados de alguna de sus muchas obras favoritas, literarias o de la cultura popular; hay satisfacción al encontrar las citas de Vallejo, Cernuda, Reyes, entre otros, en los poemas (y en los cuentos) de José Emilio Pacheco; Paz puso en cursivas y entrecomillas un verso de Rubén Darío, y sus lectores sabían a quién citaba aunque no lo mencionara.
En otro ámbito, Germán Valdés en sus mejores cintas menciona a Pedro Infante, a Paul Muni, a Pedro Armendáriz, a Dolores del Río (parodia a María Félix), a Lui Même, en el colmo de la coquetería (parafraseo a García Riera, sin entrecomillarlo –y a Tito Monterroso).
Y ya que se mencionó aunque sea de paso a Burroughs, ¿qué sería, sin él, Allan Ginsberg, y sin ellos, qué serían Bob Dylan, Lou Reed, Joni Mitchell, Patti Smith? Y eso que son diferentes entre sí.

Confieso que he citado: uno de mis relatos sobrevivientes tiene una anécdota plagiada de la realidad, sólo que no lo sabía; lo escribí sin saber siquiera que acababa de vivir lo mismo una amiga, pero no me lo confesó; al leerlo en público, un conocido me increpó: ¿por qué cuentas lo que le pasó a mi hermana? Aunque la anécdota es literariamente original, casi cada frase está tomada de un cuento, un poema, un cómic, una canción, sólo adecuada para que funcione para narrar esa historia; en ningún caso es cita literal, sólo la idea.
Una de mis novelas (olvidables) tiene la misma estructura, el mismo desarrollo y el mismo final que una de las obras (menores) de uno de los escritores más destacados del boom; pero a orgullo tengo decir que mi novela se adelantó casi 20 años a la suya.
La novela que escribí a cuatro dedos con Gustavo Sainz tiene un experimento suyo en estructura, lenguaje, puntuación; aunque parece que mis capítulos son más lineales, cada uno es homenaje o parodia de alguno de los muchísimos escritores a los que admiro; como nadie me ha acusado de plagiario, no revelo cuáles son los homenajeados.
Y el primer cuento que me publicaron mis cuates de Tlamatini le impresionó tanto a una de las escritoras mexicanas más reputadas, que tomó la anécdota para hacer uno similar, mejor que el mío; muchos años después Víctor Roura me pidió un cuento, a mí, que estoy retirado de la narrativa, pero se me ocurrió reescribir ese mi primer cuento; y qué les cuento, que la dama plagiaria se tomó a ofensa, porque pensó que la había plagiado; lo malo fue que ese primer cuento apareció con seudónimo (no es la única mexicana que ha tomado textos míos y publicado con su nombre –otra es muy conocida, pero como es muy conocida, “mejor no les doy su nombre”).

Lo malo no es hacer algo con tema o tratamiento o estilo al de obras anteriores; a veces sucede que uno no las conoce y no sólo por incultura, pues es imposible leer todo lo que aparece; leer 260 libros al año deja a quien pueda hacerlo con un rezago de 99.94 por ciento anual, y sólo de lo publicado en español; bueno o malo, algo de lo publicado debe ser original, y sin saberlo lo estaríamos copiando, por no hablar de todo lo que se ha escrito y publicado en todos los años anteriores, con un porcentaje de obras buenas que han pasado al olvido, injustamente. Lo malo no está en decir lo que otros dijeron antes, sino hacerlo sin copiar, sin calcar, sin aportar puntos de vista diferentes. Salvándose de la mediocridad, pues.
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