Salvo las aves, casi todos los animales silvestres han sido desplazados de las ciudades debido a la transformación del medio ambiente. Pero hay una importante excepción: el och, como se le llama en maya, tlacuache para usar su nombre de origen náhuatl, zarigüeya, como se le conoce en español, o zorro, así llamado en el español peninsular.

Por Juan José Morales

A este animal se le encuentra a menudo rondando por patios, jardines y terrenos baldíos en las ciudades de la región, y por su aspecto mucha gente lo toma por una rata gigantesca. Y no faltan quienes lo acosen y maten por considerarlo peligroso. Pero en realidad es inofensivo, aunque —como cualquier otro animal— puede reaccionar agresivamente si es atacado.

Una hembra de la especie Didelphis virginiana con su prole a cuestas. Las crías nacen imperfectamente formadas, completan su desarrollo en la marsupia —que es una especie de segunda matriz— y después de abandonar ese refugio permanecen todavía algunas semanas con la madre, a la que usan como medio de transporte.

Todo esto viene a cuento a propósito de la nota publicada hace poco en la edición yucateca de POR ESTO! acerca de los esfuerzos de la Asociación por la Defensa de los Animales para proteger al och y esclarecer las ideas erróneas que se tienen acerca de él.

En realidad, en la península no tenemos una sola especie de zarigüeya, sino dos, ambas muy parecidas por su apariencia general y pertenecientes al mismo género: una es la Didelphis virginiana, a la que en maya se conoce como sac och por ser de color claro, y la otra la Didelp-his marsupialis, que por su color más oscuro recibe el nombre maya de box och. La primera se distribuye desde México hasta Estados Unidos y Canadá, y la segunda de México hasta Sudamérica. En tierras del Ma-yab, las áreas de distribución de ambas se traslapan.

Como decíamos, las dos especies son muy semejantes, tanto en el aspecto físico como en sus hábitos, aunque —dice el Dr. Christopher M. Götz, de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán—, hay una diferencia fundamental entre las dos: al verse en peligro, el sac och finge estar muerto, tendido de costado, con el cuerpo flácido, la boca entreabierta y la lengua colgante, en tanto que en igual situación el box och actúa agresivamente mostrando los dientes y arrojando orina y heces contra su enemigo.

Nuestro zorro —hablemos de él como un solo animal dada la similitud entre las dos especies— es un mamífero marsupial. Es decir, pertenece a un tipo de animales, de los que el ejemplo clásico es el canguro, que dan a luz crías todavía imperfectamente formadas, casi en calidad de fetos, las cuales completan su desarrollo en una bolsa llamada marsupia que la madre tiene en el vientre y hace las veces de incubadora o segunda matriz. En el interior de esa bolsa, recubierta de suave pelaje, se encuentran los pezones de los que obtienen leche materna.

Solitario y de hábitos nocturnos, el och mide entre 30 y 43 centímetros de largo, más una longitud similar de la cola. Tiene pelaje áspero y posee largas vibrisas o “bigotes” parecidos a los de un gato que le ayudan a detectar objetos y movimientos durante sus correrías. Se alimenta principalmente con insectos, arácnidos y otros invertebrados, pero también incluye frutas y otros vegetales en su dieta y no desdeña prácticamente ningún material comestible que encuentre.

Las crías nacen tras una gestación de apenas dos semanas, ciegas y tan pequeñas como una abeja, con un peso de entre uno y dos gramos. Instintivamente se dirigen hacia la marsupia —al parecer guiadas por la saliva de la madre, que se lame el vientre para formar un rastro— y dentro de ella permanecen amamantándose más de dos meses. Pero en cada parto pueden nacer hasta 20 tlacuachillos y en la marsupia sólo hay un máximo de 13 pezones y a veces menos. Así, los primeros que logran alcanzar un pezón, se sujetan firmemente a él con la boca y, como además el pezón se hincha, ya no lo sueltan hasta completar su desarrollo. Los desafortunados que no alcanzan teta, simplemente mueren.

Este es, pues, nuestro och o zorro, un animal inofensivo que todavía comparte con el hombre los espacios urbanos y no merece la persecución y el trato cruel de que muchas veces es objeto.

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