De no ser porque en los últimos meses la inesperada y masiva afluencia de niños centroamericanos indocumentados desbordó la capacidad de los centros de detención norteamericanos, la migración infantil habría continuado ignorada, pese a su gran magnitud y los serios problemas sociales que implica.

Y cuando hablamos de niños migrantes, no nos referimos sólo a los que cruzan la frontera de México hacia Estados Unidos, sino también —y muy especialmente— a aquellos que lo hacen en sentido inverso. Esto es, los hijos de mexicanos que retornan a nuestro país, y que no son precisamente un puñado.

Por Juan José Morales

El censo de 2010 registró a más de medio millón de niños hijos nacidos en Estados Unidos, hijos de padres mexicanos, que recientemente habían regresado al país. Reveló igualmente el censo que el 6.5% de los alumnos menores de 19 años de las escuelas de todo el país habían cursado parte de sus estudios en Estados Unidos, entre ellos 2.7 millones de menores de edad.

Se trata, como se ve, de una cantidad más que importante de niños y jóvenes que han sido trasplantados de un sistema educativo a otro muy diferente, de una sociedad a otra, de una cultura a otra, y que por lo tanto requieren de atención especial para adaptarse a su nueva situación. Pero las autoridades educativas simplemente los ignoran. No se toman medidas para ayudarlos en esa transición, que a veces resulta extraordinariamente difícil porque ni siquiera dominan el español ya que su idioma natal es el inglés.

De esta problemática se habla en un estudio publicado en la revista Migraciones Internacionales, de El Colegio de la Frontera Norte, y realizado por Betsabé Román González, del Instituto Tecnológico de Monterrey y Víctor Zúñiga, de la Universidad de Monterrey.

Esa población de niños y jóvenes migrantes de retorno —señalan los autores del estudio— es muy heterogénea. Comprende lo mismo niños nacidos en México que emigraron con sus padres a muy temprana edad y ahora están de regreso, que otros nacidos en el vecino país, que nunca estuvieron en México, y lo mismo algunos que ya habían cursado estudios en Estados Unidos, que otros que aún no llegan a la edad escolar y se incorporan a la escuela en México.

Pero en todos los casos comparten una característica común: para el sistema educativo y para las autoridades mexicanas, son simple y sencillamente seres invisibles, en cuanto a que no se toma en cuenta para nada su peculiar situación. Incluso, la investigación reveló que muchas veces sus maestros ni siquiera sabían que ya habían estado en alguna escuela en el extranjero, hasta que después de mucho tiempo descubrieron que si reprobaban una y otra vez en español, historia y geografía, no era porque no estudiaran, sino simplemente porque sus conocimientos lingüísticos y en las otras materias se referían a Estados Unidos y no a México.

Así, se les trata exactamente igual que a cualquier alumno mexicano, y eso les provoca serias dificultades. Sienten que los maestros los ridiculizan ante sus compañeros, que les exigen demasiado, que no les prestan suficiente atención, y en general que la escuela no satisface sus necesidades. Comienzan entonces a faltar a clases e incluso terminan abandonando los estudios.

Paradójicamente, mientras en México ninguna autoridad educativa mueve un dedo para atender a nuestros pequeños migrantes escolares de retorno, en las escuelas de Estados Unidos sí hay programas especiales para ayudar a adaptarse a las características del sistema escolar de aquel país a los hijos de mexicanos y latinoamericanos en general independientemente de que sean indocumentados o tengan sus papeles migratorios en regla.

Estos son, pues, nuestros niños migrantes de retorno, invisibles, marginados y discriminados.

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