La mayoría de los habitantes de estas tierras conocen a los principales dioses mayas: Itzamná, señor del cielo, la tierra y todas las cosas, Chaac, encargado de las lluvias, Yum Kax, dios del maíz, o Ixchel, a la que se encomendaban las mujeres para tener un buen parto. También quizá sepan de Ah Puch, dios de la muerte, Ek Chuah, patrón de los mercaderes, y hasta de Ixtab, la diosa del suicidio.

Por Juan José Morales

Pero en el panteón maya había muchas otras divinidades de muy diferentes tipos y categorías y de muy diverso talante, en su mayoría poco o nada conocidos, que además no se limitaban a existir pacíficamente y cumplir las funciones que les correspondían sin meterse en asuntos ajenos, sino que a menudo se enzarzaban en violentas conjuras y disputas, muy al estilo de los héroes y dioses del panteón griego.

Portada del nuevo libro de Roldán Pe-niche. Por si su gran calidad literaria no fuera suficiente, está ilustrado por Juan Ramón Chan Alvarado, magnífi-co dibujante con quien el talentoso escritor ha formado una excelente mancuerna.

Portada del nuevo libro de Roldán Pe-niche. Por si su gran calidad literaria no fuera suficiente, está ilustrado por Juan Ramón Chan Alvarado, magnífi-co dibujante con quien el talentoso escritor ha formado una excelente mancuerna.

A esa pléyade de dioses y señores se refiere el más reciente libro de Roldán Peniche Barrera, prolífico escritor, gran conocedor de la cultura de nuestros ancestros prehispánicos. Dioses Mayas se titula la obra, y por subtítulo lleva Historias Mitológicas del Panteón Sagrado. A lo largo de sus 112 páginas, con su prosa a la vez ligera, profunda y amena, Roldán nos presenta la diversidad de singulares personajes que formaban aquel gran elenco divino y de los que tal vez muchos de nuestros lectores no tenían siquiera idea de su existencia.

Poca gente sabe, por ejemplo, quiénes fueron los doce señores del Lugar de los Muertos, entre los que destacan Xquiripat, el Tiende Tullidos, que golpeaba con saña a sus víctimas en brazos y piernas hasta paralizarlas, y luego se las arrojaba a Cuchumaquic, el Provocador del Vómito de Sangre, que las estrujaba de tan salvaje manera que las hacía vomitar toda su sangre.

Por aquellos siniestros rumbos rondaba también Ahalpuh, el Hacedor de Pus, quien —dice Roldán— “solía gastarse largas temporadas sumergido en los ríos de pus del infierno de Xibalbá, donde a veces nadaba y era feliz entre la podredumbre”.

Nos muestra Roldán las contradictorias facetas de Ixchel, querida y venerada por los antiguos mayas como inventora del tejido y protectora de las mujeres preñadas, a quienes garantizaba buen parto, y —en su calidad de diosa de la luna— era la dulce esposa del bondadoso dios Itzamná, Señor del Cielo y Dios del Sol. Pero a la vez podía ser cruel y despiadada, “como se ve en una representación suya en la que en compañía de una serpiente colosal arroja un torrente de agua” para inundar la Tierra y acabar con la humanidad, mientras “en su rostro se dibuja una maligna sonrisa, acaso de felicidad”.

A lo largo de este fascinante recorrido por el panteón maya aparecen no solamente los verdaderos dioses, sino también deidades espurias como Vucub-Caquix o Siete-Guacamayos, el falso dios que “se jactaba se ser la luz del mundo, esto es: la luna, el sol y las estrellas, cuando ni siquiera existían estos astros en la oscuridad del cielo”, y que engendró a dos hijos de mala entraña, gigantes ambos: Zipacná o Espolón de Gallo, a quien se “imputaba el asesinato de siete muchachos inocentes” y “presumía de haber creado la tierra y formar montañas”, y Cabracán o Gigante de la Tierra, quien “se jactaba de sacudir el cielo, de provocar temblores en la tierra y derribar montañas”, actividad esta última que constituía su pasatiempo favorito.

Dioses Mayas es, ciertamente, una obra de obligada lectura para conocer más sobre la cosmovisión de los antiguos mayas.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx