Al hablar del Tío Pepe omití algunos detalles importantes: los tres meseros eran amables, no interrumpían las pláticas, sabían desde la tercera visita de los asistentes cuáles eran sus bebidas favoritas (Marco Antonio Pulido primero un tequila y después Coronas; Juan José Utrilla tequila, Coronas y a veces algún ron; Salvador, Coronas; Miguel Capistrán, sus infaltables Camparis, nunca más de cinco; la única vez que lo cambió por vino lo pagamos caro todos; Víctor Kuri, Coronas; Víctor Díaz Arciniega cambiaba de cerveza dependiendo del clima; yo primero Negra Modelo, hasta que llevaron Pacífico, que tomé siempre en micheladas –¿así que yo soy el responsable?, preguntó Utrilla la primera vez que pidió una michelada–; Diego, Corona –una por sesión).

Pero había otros elementos: el dueño estaba, casi siempre, en el rincón de la cantina, con dominó ruidoso pero divertido; se acercaba a saludar, pero nunca importunaba ni llamaba la atención a los meseros, quienes siempre estaban al pendiente e incluso conocían nuestro ritmo, ni presionaban; uno de los meseros, que ya se sabía nuestro ritmo, nos tenía reservadas dos mesas al centro, para ver quiénes entraban, porque muchos que fueron por primera vez la confundían con El Quijote; cuando entró la nazi ley que impide fumar en público, nos reservaron mesas al fondo; todos los viernes, alrededor de las cinco en punto de la tarde, nos esperaba en la entrada, e iba por la bebida preferida de quienes llegábamos, en el orden que llegábamos. Nunca nos transó con la cuenta, aunque una vez alguno de los de la caja quiso hackearse una tarjeta de crédito, pero el banco lo bloqueó; como no nos constaba que hubiera sido allí, no lo denunciamos, pero comenzamos a pagar en efectivo.

Casi siempre la botana consistía en uno, dos o tres platos de cacahuates; cuando entraba la noche llevaban chicharrones, que tenían bastante grasa; los sábados después de la tertulia eran incómodos porque la cerveza y el aceite no se llevan. No sé qué eran mejores, las tortas o las quesadillas, pero en más de una ocasión guardamos silencio varios minutos por comer para restaurar energías.

Antes de las tertulias me reunía con Marco Antonio Pulido y con Juan José Utrilla en El Grano de Oro, en la Narvarte, a una cuadrota de la Comercial de Pilares; al principio, por comodidad, pedíamos un kilo de carnitas para los tres; después, por más comodidad, una orden (poco más de un cuarto de kilo) para cada uno; allí tomábamos dos cervezas, y nos trasladábamos al Sanborns de División del Norte, por el pasaje del Metro, sin tener que cruzar División; allí seguíamos con cervezas, hasta que el cantante interrumpía, a las siete en punto, destrozando las canciones de Álvaro Carrillo; a veces aguantábamos, y a veces las aguantábamos cambiando la tercera cerveza por una cuba libre (que ya no se llaman así) hasta que descubrí que cuando me daba el aire era como si tomara cuatro o cinco veces más. En un par de ocasiones se nos unió Gerardo de la Torre, para hablar de beisbol y, con Utrilla, de sus experiencias en el Hipódromo, que para ser justos, eran las anécdotas preferidas por todos los asistentes de las diversas tertulias, y lamentamos que Juan José las guarde celosamente.
Por motivos de trabajo y con el pretexto de ajustar cuentas, mis comidas de trabajo con Ramón Córdoba eran en El Grano de Oro; allí le conté la anécdota de la secretaria que le hizo una pregunta no capciosa, inocente, a Arturo Serrano acerca de Robinson Crusoe, y que Ramón utilizó en su novela; en El Grano de Oro se la revertí; hace unos meses quedamos de vernos allí, para hablar de los libros de Carlos Fuentes, y encontramos que estaba cerrado, sin letrero que hablara de remodelación, cambio de sede, ni nada. En el otro Grano de Oro pregunté por el destino de la original y sólo me enteré de que el dueño, casi sin advertir, decidió cerrar, sin dar oportunidad a los empleados a que la compraran y la continuaran. Ese local es famoso entre los fanáticos del cine mexicano, que lo usó como una de las taquerías de Tacos al carbón, una de las más divertidas cintas de la tercera época de Alejandro Galindo, en donde Vicente Fernández tiene una amante en cada taquería; en ella Victorino es uno de los meseros. Al cerrar de esa manera se perdió uno de los lugares donde podían comerse carnitas sin necesidad de aplicarse la vacuna triple. Y al parecer, El Tío Pepe cerró también de manera imprevista.

Un amigo enfermó de resfriado, y sus diligentes trabajadoras le aplicaron cuanta medicina tuvieron en mente; cuando lo supe insinué que dejaran de ver Dr. House, que va de uno a otro remedio, hasta los caseros, para salvar a los pacientes; pero no se toma en cuenta que en la trama pasan varios días y pueden ensayarse muchos tratamientos, incluidas las oraciones religiosas; pero en un solo día intoxican al más resistente de los enfermos. La desaparición de una niña en su propio hogar indignó a los cotidianos de las redes sociales, que exclamaban que los buenos detectives solucionaban casos más complicados en una hora. La televisión deforma hábitos, ritmo de vida, costumbres, a tal grado que las familias latinoamericanas consideran un lujo tener seis libros no escolares en sus casas; no sabemos leer, y nos asombramos de algunos giros; lo más extraño es que los mismos estadounidenses, que cuando menos cuidan el lenguaje y las formas, acaban de estrenar dos series televisivas: The Killing y The Following. ¿Cómo lo traducen? Son gerundios, y los gerundios, al menos en español, deben ir acompañados de verbo: “está lloviendo”; el verbo puede estar implícito; algunos escritores, quien sabe por qué en especial los colonialistas, gustaban de empezar frases con gerundios: “En comenzando el día”; o los lúdicos: “Desnudando a la doncella”. Pero al agregar el artículo, ¿qué hacemos?: ¿Los asesinandos?, ¿Los siguiendos?

A mediados de 1962 Adolfo Bioy Casares decía que el futbol había desvirtuado uno de los principales objetivos del deporte, que es el de enseñar a la gente a saber perder; en el beisbol el equipo que más juegos ha ganado en una temporada, los Indios de Cleveland (111 en 154 partidos) tuvieron un porcentaje de .721 en triunfos y derrotas, es decir, 28 por ciento de derrotas. Cuando no se sabe perder no se sabe ganar; pero ya no es privativo del futbol soccer, que por algo se llama soccer; para ganar, los ciclistas toman esteroides; para ganar, los integrantes del futbol (americano) toman esteroides; para ganar (dinero), los beisbolistas toman esteroides. Algunos cínicos los justifican: lo hacen para estar en mejor forma; no consideran que lo hacen sacando ventaja a sus competidores; es como ligarse a una mujer haciendo chismes del pretendiente que desconoce que se ven a escondidas. Tiene razón Jack Clark: qué asco McGwire, qué asco Sosa, qué asco Palmeiro, qué asco Clemens, qué asco Álex Rodríguez; afirma que Alberto Pujols tiene números similares a los de Stan Musial con ayuda de esteroides; sólo que por decirlo ya lo corrieron de la chamba.

*No es necesario acudir a todos los antecedentes, porque ellos lo contaron con prodigalidad: Chuck Berry, Gene Vincent, Elvis Presley, Bill Halley, Fats Domino, Little Richard, Carl Perkins y hasta Peggy Lee. Tal vez, Buddy Holly el principal, porque de él tomaron nombre, actitud y deseos de experimentar.
Aunque cuando aparecieron los tres discos dobles de Anthology escuchamos las versiones que no llegaron a los acetatos, y hay muestras de lo que hicieron cuando adolescentes-niños, el primer trabajo discográfico de Beatles fue su colaboración con Tony Sheridan en Hamburgo, dirigidos y producidos por un músico muy profesional, Bert Kaempfer, aquel que sonó mucho en los años sesenta con “Ritmo africano”, “Rosas rojas para una dama triste”, “Ojos españoles”. Sheridan, británico, tenía mucho éxito en los clubes hamburgueses, que fue cuna de gran parte de la música de esos años. Kaempfer quiso aprovechar ese éxito, y pensó que los Beatles eran el conjunto de Sheridan, porque así se acostumbraba: un cantante con un conjunto de respaldo (Gerry & the Peacemaker, Freddy & the Dreamers, Gene Vincent & the Blue Caps, Buddy Holly & the Crikets). Ésa fue una de las audacias de Beatles: eran un conjunto que se alternaban cantando, y en que todos tocaban para todos.
Esa colaboración resultó brillante y decisiva: Kaempfer firmó al conjunto por tres años, y grabaron Tony Sheridan with the Beatles, aunque cuando ellos fueron muy populares cambiaron el nombre por The Early Tapes of The Beatles, The Beatles with Tony Sheridan, Tony Sheridan and the Beat Brothers (no se sabe quiénes eran los integrantes de este conjunto). Circuló como LP desde que se hicieron populares en Estados Unidos, aunque hasta 1984 apareció el compacto, que no mejora la calidad del sonido del acetato; también circuló en México un EP con “My Bonnie”, “Why”, “Cry for a Shadow” y “The Saint”, aunque hubo otra versión que en vez de “Why” incluía “Sweet Georgia Brown”, y otra en que incluía “Ain’t she’s sweet?”, que fue la primera canción comercial en que canta John Lennon.
El disco muestra algunas de sus cualidades, pero no todas: por lo regular el acompañamiento que le hacen a Sheridan es más que correcto, a ratos excelente: una magnífica guitarra rítmica de Lennon, aunque a veces pierde el paso, y a veces entabla un diálogo muy entusiasta con Harrison; por su parte, éste comienza por establecer su estilo: su guitarra solista se destaca por las notas agudas, con las cuerdas más altas, muy limpia y bien fraseada, excepto en “My Bonnie”, donde toca con las cuerdas bajas. Sobre todo, se muestra muy disciplinado: sólo en algunas partes de algunas piezas se desata y como que improvisa; “Cry for a Shadow” , que es instrumental, le permite lucirse; por lo general toca en los puentes algunas partes no muy sobresalientes en cuanto a improvisación, pues siguen el estilo de Elvis Presley, de quien Sheridan sigue el ejemplo: cambios de tono de bajo a barítono (“Nobody’s Child”); en algunas piezas Harrison puntea el final de cada verso (“Let´s Dance”, “Why”); en algún puente (“Sweet Georgia Brown”) toca alternando frases con Lennon, quien suele rematar las piezas con un rasgueo, como si fuera su firma.
Quien se ve más aventajado es Paul McCartney, que se sale de la función tradicional del bajo en el rock por esa época, y retoma el que juega en el jazz: improvisa, más que marcar el ritmo (la base rítmica: en el rock, se le llama “guitar bass”) traza una melodía alterna con dos o tres notas por verso, y da el paso a la guitarra solista. Por su parte, Pete Best cumple de manera más que adecuada con la batería, y se limita a establecer el ritmo de la pieza; a ratos, como en “Cry for a Shadow” toca algún redoble, pero de inmediato se disciplina.
Lo más sobresaliente del conjunto en este disco es su labor en los coros; en muchas de las piezas de todos sus discos posteriores cantan segunda o tercera voz, a veces las voces secundarias contestan un verso del solista, a veces lo contradicen (ya lo iremos oyendo), pero la mayoría de las veces los coros lo forman sin palabras, como en casi todo este disco, en que sólo cantan con palabras en “My Bonnie”, completando los versos de Sheridan.
Como dato curioso, “Sweet Georgia Brown” fue grabada meses después que las otras piezas; casi todo el disco se grabó entre el 21 y el 23 de junio de 1961, excepto ésta, en diciembre, cuando los Beatles estaban por recuperar el contrato que los obligaba a tocar a la sombra de Tony Sheridan (éste nunca quedó resentido; hay testimonios de que se parrandeó varas veces con ellos y tuvo amistad cercana con los cuatro, pero la historia lo opacó). Curiosamente, con las mismas pistas, Sheridan regrabó la pieza, por su cuenta, y modificó uno de los cuartetos para sustituirlo por uno que hace alusión al cabello largo del cuarteto, y al club que ya habían formado sus admiradoras en Liverpool. Esta regrabación es la que se encuentra en los discos que circulan, incluida la versión de lujo aparecida hace poco más de un año. La versión original sin la mención a las greñas sólo se incluyó en los EP alemanes; cuando llegó a México ya estaba la pieza sustituta.
Regreso a los coros: pocos conjuntos han cantado mejor las segunda y tercera voces que los Beatles, sobre todo en el rock; si hubiera un equivalente mexicano, podría mencionarse a Pedro Vargas, quien le hizo segunda hasta a Agustín Lara, que no tenía voz; y en el rock, lo más próximo es Paul Simon, quien no tenía mejor voz que Art Garfunkel, pero sí lo suficiente como para acometer la primera en alguna de las mejores canciones del dueto.
Los coros que le hacen los Beatles a Sheridan son excelentes, vigorosos, suenan irónicos, y los acompañan con aplausos, que después usaron sobre todo en sus primeros discos, y que le dieron gran dinamismo a sus canciones más vitales. En “Cry for a Shadow” gritan de entusiasmo, pero se oyen muy lejanos. Esos gritos los usaron también en otras piezas posteriores, como “Yellow Submarine”.

Dieron un paso atrás con la sesión para Decca; en los años ochenta la disquera dejó que aparecieran discos pirata con esa sesión, que no es mala, pero, como se sabe, Decca prefirió contratar a otro conjunto, Brian Poole & The Tremeloes, en vez de a los Beatles; entonces no había tantos lugares para los rocanroleros. Esos discos pirata los controlaba la disquera, si no, cómo se explica uno que no incluyeran en esos acetatos (y después en los muchos discos compactos) tres canciones de la autoría de McCartney-Lennon, como firmaban al principio: “Loved of the Love”, “Like Dreamers” Do” y “Hello Litlle Girl”. Del disco y de esas tres piezas hablaremos en la siguiente. Sólo hay que agregar que dos de las piezas fueron retomadas por alguno de ellos después: “Nobody’s Child” lo grabó Harrison con los Travellin’ Willbury en un disco con ese nombre, y “Ya Ya” lo grabó Lennon, con el seudónimo de Dad, en Walls and Bridges.

(Respuesta de Salvador Mendiola):
** En uno de estos constantes eventos públicos que se realizan en esta ciudad, donde igual se idolatra como religión que se estudia con rigor académico la obra y vida de los Beatles, Enrique Rojas, el creador e impulsor del programa de radio La Hora de los Beatles en Radio Éxitos AM, primero, y luego en Radio Universal FM, me informó, para mi sorpresa, que, fuera de Inglaterra y los EUA, México es el país donde más información se produce a diario sobre los cuatro Fabs de Liverpool y el único donde diario se transmiten programas de radio sobre ellos y sus discos. Eso me agrada lo mismo que me llama la atención, porque cuando empecé a seguirlos y admirarlos, hace medio siglo, hubo un momento donde imaginé y deseé que fueran inmortales y que su fama no dejara de crecer año con año, hasta que los volviéramos muy nuestros y muy mexicanos. Y así ya fue. Hoy entiendo que los Beatles envuelven mi vida por completo y forman una parte fundamental de la historia de la segunda mitad del siglo XX, con todo y que creo haberme alejado del fanatismo y la devoción con que se les recuerda, por eso me da un gran gusto beatlemaniaco ingresar de esta forma en tu información sobre sus discos, Eduardo Mejía.
De ese LP, titulado My Bonnie, que en realidad son muchos sencillos que grabaron con Tony Sheridan y con la producción de Bert Kaempfer, lo primero que escucho como algo notable es la ausencia de George Martin, el artista que les encontró el tono y sentido mágico, el técnico que fue capaz de darles el sonido y la forma con que ahora más les recordamos. Se nota, entonces, la intención de producir varios sencillos con su lado A, no hay ninguna intención clara de construir un LP. Escucho esas doce canciones base como grabadas al alto vacío, sin el cuerpo real de los Beatles, algo que resultó más vacío en el fallido intento de grabar para Decca. También siento que Kaempfer y ellos quisieron trabajar como si fueran The Shadows de Cliff Richards, de allí la presencia de la rola instrumental y guitarrera: “Cry for a shadow”, donde el mismo título revela esa intención. Otra cosa que me llama la atención es la forma como no tocan igual que el grupo que acompañó al primer Elvis Presley, aunque Tony Sheridan lo quiera imitar mucho, ellos intentan marcar su diferencia, la diferencia de Hamburgo, algo que Kaempfer sí les sabe aprovechar y por eso resultan perdurables la mayoría de esas grabaciones, lograron hacer que no fueran copias ni covers simples, trataron de hacer presente su propio estilo. Aunque entonces es evidente que les falta el grado de rebeldes sin causa que lograban en sus presentaciones en vivo. Imposible agregar más que no sea copia de lo que tú ya sabiamente escribiste.

En las primeras influencias creo que hay que considerar las de Gene Vincent y Eddie Cochran; ambos estuvieron un rato en Inglaterra durante los cincuentas y afectaron mucho a lo que vendría a ser en los sesentas el rock inglés, sobre todo porque llevaron la idea de las improvisaciones y de la seria recuperación del blues, algo que afectó en diagonal a los Beatles, por lo de su estancia en Hamburgo. Pero cuando regresaron a Liverpool ésa era la tendencia de sus camaradas y competidores.

El Tío Pepe y más de artistas perdidas.  
Todo empezó un viernes de 2000 o 2001; quedamos de vernos Miguel Capistrán y yo con Víctor Díaz Arciniega en La Bodeguita de en medio, pero estaba lleno, y muy ruidoso; ya había llegado Víctor y me propuso que nos fuéramos a la cantina de la esquina, El Tío Pepe; entramos y encontramos un local amplio, muy iluminado, y con el único ruido de las fichas de dominó golpeadas con fuerza, como es lo debido, en una sola mesa, aunque había cuatro o cinco mesas ocupadas. Sólo esperamos a Capistrán, quien pocas veces era puntual, para despreocuparnos.

Cuando a Víctor le aconsejaron que jugara dominó como terapia a sus muchas ocupaciones e investigaciones de Azuela y de los Contemporáneos, y Rafael Vargas también ansiaba jugar, tomamos como sede El Tío Pepe, en la esquina de Cozumel y Sinaloa, a la vuelta de donde estuvo la segunda sede de la casa de La Bandida. Al poco tiempo Rafael dejó de asistir, pero seguíamos jugando a veces dominadas, a veces rondas completas, pero se sumaron a la tertulia Juan José Utrilla y Marco Antonio Pulido, y los asistentes éramos más de los cuatro necesarios para una ronda, y la tertulia renunció al dominó y nos quedábamos de ver sólo para platicar, además de que ni Marco es aficionado al dominó y a Capistrán no le interesaba, lo que hacía los juegos desesperadamente divertidos, menos para sus compañeros de mano.
Un día cometí una de mis erratas habituales al afirmar que “Luces en el puerto” la cantaba un trío distinto de Los Diamantes, y Salvador González me mandó una rectificación a El Financiero, que reproduje en mi siguiente colaboración; volvió a escribirme: durante años mandaba cartas a las redacciones comentando errores u omisiones, y nadie, ni siquiera Víctor Roura, enmendaba sus errores; yo era el primero; además, mencionaba mis libros y otras colaboraciones desde principios de los años setenta y hasta de las hojitas parroquiales que me invitaban a colaborar. Después de un breve intercambio de escritos decidí invitarlo al Tío Pepe, para conocernos; al poco se incorporó a las tertulias, en las que alguna vez llegamos a ser cerca de 20; un día cambiamos de sede, a un cantina irlandesa donde vendían una cerveza sabrosísima, pero en donde a partir de las seis de la tarde empezaba la música que hacía imposible platicar; también a veces nos veíamos en La Caminera, aunque tenían orquesta escandalosa o, si no había clientela, ponían el tocadiscos de tal manera que ni podíamos charlar ni menos jugar dominó; las meseras, en hot pants, llegaban a interrumpir las pláticas; así, Jorge Córdova dejó de platicarme varios planes distraído por esas meseras.
Alguna vez fuimos al Seps de Tamaulipas, pero ese día el tránsito femenino fue mínimo: un par de promotoras de refrescos.
Así que lo habitual era El Tío Pepe, donde cada viernes nos veíamos y platicábamos hasta que avisaban que iban a cerrar; caminábamos al Metro Sevilla, o a Chapultepec, donde salían los peseros para la Anzures; no faltaba quien llevara auto y me daba un aventón, y no faltó quien fue atrapado por el alcoholímetro, o chocó a dos calles de la cantina; alguna vez tuvimos la mala suerte de que la tertulia cayera en 14 de febrero, y estaba atiborrada de parejas que abandonaron el lugar a las seis, y ellos regresaron a las 7, pero ya con la esposa; en otra única ocasión unas mujeres alquilaron a un trío y se pasaron tres horas cantando, según ellas, y más bien ofendiendo a Bach.
Cuando me jubilé pensé que nos veríamos más veces, pero la tertulia fue decayendo, y con Marco Antonio Pulido comenzamos a vernos en mi casa, a razón de que mis teleles cardiacos me impiden beber más de dos cervezas, y la dictadura de la próstata me hace acudir al baño cada media hora; Salvador González, el otro contertulio más frecuente, ha vivido dolorosos tropiezos que lo hicieron ausentarse, por lo que dejamos de asistir al Tío Pepe; fue Diego el que siguió asistiendo, pero no con la frecuencia de antes. Me avisaba: “ayer cené en El Tío Pepe”; “el sábado comí en el Tío Pepe”, porque además de cantina, se comían unas quesadillas y unas tortas realmente apetecibles; Toño Sandoval llegaba a comer, casi abstemio como es.
En El Tío Pepe adquirí una amistad para toda la vida, la de Salvador González (allí nació, indirectamente, gracias a él, México y el beisbol, de Diego y mío, que los cretinos leen al revés, La historia del beisbol en México, que es precisamente de lo que no se trata). En El Tío Pepe nos enterábamos de fallecimientos dolorosos, como el de mi muy querida amiga Alba Rojo, y el de Emilio García Riera. En sus mesas vi por última vez a Miguel Capistrán, suspendida nuestra amistad por culpa de la editorial Océano; allí vi por última vez a mi amigo desde 1965, Paco Alvarado, antes de que cayera en la ruina y fuera rescatado por Marco Jiménez. Allí continué mi amistad con Marco Antonio Pulido, que lleva 28 años de soportarme.

Hace unos días me atreví a escribirle a Salvador Mendiola; luego de 40 años de amistad y de casi 20 de no vernos, vencí mi temor: su rigor, su despiadada crítica, su iconoclasia me aterraban; luego de ver sus juicios demoledores contra Monsiváis, contra Jaime Sabines, contra los muchos a los que se les lee sin crítica, me daban, me dan pavor, pero retó a sus muchos lectores a que dijeran cuándo dijo Juárez su famosa frase; aunque sé que no es cierto, le escribí que fue una arenga antes de la invasión de los franceses, casi en vísperas de la Batalla de Puebla; es falso, pero tiene el aval del cine, de la única cinta dirigida por Álvaro Gálvez y Fuentes quien llevó como asistente a Ismael Rodríguez, éste en su primer encuentro con Pedro Infante (a instancias de Ota); Salvador dio por buena mi respuesta y surgió la pregunta: cuándo nos vemos: lo cité en El Tío Pepe (mi casa, antes de ser visitada, debe ser escombrada para hacer huequitos entre los libros y los discos que atiborran y estorban por todos lados; sólo Víctor Díaz Arciniega vence esos obstáculos porque encuentra tesoros que a mí se me esconden, y Marco Antonio Pulido).
Pero llegué y vi cerrada Don Quijote, cantina siempre ruidosa, siempre atiborrada (enfrente de donde vivía Alexandro –Jodorowsky– con Dennisse, a quienes Paco Alvarado y yo visitábamos más por verla a ella que por hablar con él) estaba cerrada, pintarrajeada, que quiere decir en manos de los anónimos que se apoderan de los espacios abandonados; allí me dejó el taxi, caminé una calle, bajo la amenaza de la lluvia que pasaba a ser oscura luego de ser rubia, y llegué a verificar mis temores: también está cerrado El Tío Pepe, con basura acumulada en ambas puertas, la de Cozumel y la de Sinaloa; Salvador llegó, acompañado de Adela, y vimos que tampoco La Bodeguita estaba accesible, y que La Casa de la Paz, sede de varios de los éxitos de Alexandro, está cerrada. ¿Podría alguien explicarme la muerte del Quijote y de El Tío Pepe por la nazi ley contra el tabaco? ¿Ha crecido la delincuencia por la zona?
Nos fuimos a otro lugar, y sostuvimos una charla en la que recuperamos años de pláticas perdidas, hablamos de los amigos a los que ya no veremos, como Luis Guillermo Piazza, Ota, la muy querida Alba, don Aurelio Garzón del Camino (el mejor traductor que ha vivido en México); de otros amigos a los que no hemos visto, como Agustín, Sainz, reafirmamos nuestras admiraciones contundentes (Castellanos, Pacheco, Álvaro Carrillo, Zaid), nuestro rechazo a muchos escritores admirados porque quienes los admiran no los leen, y se quedaron pendientes otros temas; intentaré en la siguiente recrear esa plática; seguramente Salvador lo hará con mayor eficacia y buena degustación. Ahora quería sólo hablar de El Tío Pepe con añoranza y melancolía. En esas tertulias llegaron a ir Mario Magallón, Ramón Córdoba, Víctor Kuri (quien nos aburrió un día hablando de cómics gore), Julieta y Toño, Celina Yamashiro, Pepe Nava. El día que nos fuimos al Seps habíamos 15, que la memoria borra. Muchos, fueron sólo una vez, la mayoría dos veces. Los constantes: Marco, Juan José, Salvador, Víctor y yo.

¿Qué le vas a pedir a los Reyes?, preguntaban a los hombres mayores en los años cincuenta y sesenta, no a los niños: “Teresita”, era la respuesta. Los Hermanos Reyes formaban una miniorquesta en la que tocaban guitarras y violines, tal vez un bajo. Uno de ellos, quien se alineaba a la derecha, solía decirle a su hermana Teresa algo así como “hay que lucirse ante tantos cuñados”, en los teatros en donde se presentaban. Eran famosas sus intervenciones en la televisión, sobre todo en Max Factor Hollywood, o Max Factor, las estrellas y usted.
Se le recuerda por usar un vestido entallado, similar al de María Victoria, que resaltaba sus caderas, sus piernas largas, y su andar despacio y cadencioso; no siempre aparecía, y los hermanos cantaban y actuaban, se hacían los graciosos; no tocaban mal, y por el contrario, lo hacían con cierta gracia, sobre todo algunas canciones cómicas como “Pobre Tom” (pobre Tom, pobre Tom, pobre tonto pobre tonto pobre Tom) con estilo ranchero, y “Pancho López” (nació en Chihuahua en 906, en un petate, bajo un ciprés), que cantaba las glorias de un acelerado al que su papá lo dejaba fumar y se emborrachaba con puro mezcal; no sólo esas fantasías musicales cómicas, también cantaban otras de tipo sentimental, o le entraban a los ritmos de moda; hay un video que circula en youtube donde se les ve cantando y actuando un chachachá famoso, “Maletero”, vestidos de rancheros; Teresita es la voz principal, los hermanos hacen coros; dos detalles resaltan: uno de los violinistas, en el puente más largo, deja de tocar la melodía para tocar varios compases del Bolero de Maurice Ravel, de manera sorprendente; no tiene la maestría de Frank Zappa en su versión de la pieza más célebre o más conocida de Ravel, pero no desentona, y encaja a la perfección, lo cual hace que reafirme mi creencia de que la música popular más influida por la música sinfónica es la tropical, que hace recordar muchas de características y variantes sobre todo de los músicos impresionistas (y de otros: hay que escuchar los danzones que hizo Acerina basados en óperas –dos de Rigoleto, nada menos, y de La flauta mágica– más otro que desciende del Cascanueces). El otro es Teresita, con pantalón vaquero poco usual en las mujeres de esa época, camisa vaquera, y moviéndose con ritmo, pese a que su especialidad eran los boleros, y que su gesto era serio, adusto, gracias a sus facciones no muy finas y su gesto duro; era muy atractiva, más guapa que bella. Cantaba con estilo, su dicción era perfecta y su tesitura le daba facilidad para entonar con elegancia cualquier canción; perdía algo de encanto cuando sonreía, y su gesto era enigmático.
Sus éxitos fueron en el teatro (Lírico, Iris) y en la televisión; con sus hermanos apareció en unas cuantas cintas a partir de 1950 hasta 1960: La hija de la otra, Mujeres de teatro, Amor de locura, Música de siempre (donde tocan “Maletero”), Piernas de oro, Pistolas de oro, Flor de canela y Revólver en guardia; como se ve, puras intervenciones musicales en medio de dramas, como espectáculos de cabaret con canciones de moda. Aunque la gente suele recordarlos, no han permanecido mucho porque hacían versiones de éxitos de otros, con arreglos muy parecidos a los originales; no recuerdo que tuvieran piezas propias, aunque lo que los distinguía era su sentido del humor, y la sensualidad de Teresita, quien aparece muy atractiva en las portadas de los discos. En una de sus intervenciones fílmicas cantan “Dos horas de balazos” y por una vez usa falda corta, que no deja ver más que un poco más arriba de las rodillas, que para la época era mucho; a juzgar por esas escenas, no había motivo para que siempre usara vestidos tan largos.
No tuvo más papeles que algún diálogo incidental. En los programas dejaba que los hermanos cantaran una o dos canciones, y aparecía al final. En su programa más duradero, Max Factor, las estrellas y usted aparecían con frecuencia. El conductor era uno de aquellos pioneros de la televisión que abarcaba varios programas, Carlos Amador: Hitazo Royal (para recordar la popularidad del beisbol, tan perdida ahora) y uno terrible, Reina por un día, donde se exhibía la pobreza de la gente que iba a pedir trabajo, máquinas de coser, y otras necesidades por el estilo.
Amador es responsable de algunas de las películas más cursis de la historia del cine mexicano: Cri Cri el grillito cantor, La edad de la inocencia; se dice que era dueño del cine Arcadia, en el que duró más de un año El último cuplé; más difícil de rastrear es su carrera como productor de teatro, pero en aquellos años cincuenta y sesenta estuvo muy activo, y no sólo en el plano público: casó dos veces con Marga López, y una con Teresita Reyes. Es lástima que no la haya puesto a actuar, pues pese a su gesto adusto, podría haber tenido intervenciones simpáticas.

En Max Factor, las estrellas y usted intervenían otros cantantes de calidad, pero de popularidad menor a la merecida, como Verónica Loyo, de quien hablaré después; ahora trato de acordarme de Rebeca, Rebeca López, la modelo que era la cara de los productos para maquillaje; la imagen que retengo es de una rubia de mediana edad, siempre sonriente, pero no me explico por qué era tan popular entre los amos de casa, que llegaban temprano los viernes para ver el programa, por ella y por Teresita. Tuvo dos intervenciones menores en el cine de los sesenta, Semáforo en rojo, y Cucurrucucú Paloma; ninguna, memorable. Ahora es imposible recordar el ,porqué de su popularidad.

Yasiel Puig, dicen los scouts de los propios Dodgers, debutó y se vio como un fenómeno del beisbol; hizo recordar a peloteros como José Canseco y como Reggie Jackson, de los que se decía que eran los más valiosos porque cuando no ayudaban a su equipo, ayudaban al contrincante; ahora, dicen los scouts, se ve como lo que es, un novato con ciertas cualidades pero con varios defectos; nos hicieron favor de transmitir un juego donde se estrelló contra la barda al perseguir, de la peor manera, una línea hacia el jardín derecho; no la atrapó, se vio torpe y lento, y matateneó la pelota cuando la alcanzó; los anotadores lo salvaron de cargarle un error porque los Rockies no anotaron en esa entrada; de cualquier manera lleva tres errores en 46 juegos, más otros tres, cuando menos, que no le han contado; los villamelones, algunos de ellos cobran por escribir de lo que no saben, querían que lo mandaran al Juego de Estrellas; los expertos, más sensatos, se abstuvieron; dicen que ante los números impresionantes de Puig (que bateaba arriba de .400 en más de 30 juegos –ya cayó a .360– y los de Hainley Ramírez, también cerca de .400),se ha perdido de vista la labor de Adrián González, el verdadero sostén del equipo, que se mantiene sano y constante, y encabeza a los Dodgers en hits, dobles, cuadrangulares y carreras producidas. Ramírez ha cometido cinco errores en 36 juegos. Puig hace recordar cuando los equipos mandaban al jardín derecho a los peores fildeadores, perto también allí hace daño.

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Los recuerdos se acumulan en estos días, que no han sido fáciles; y ante la soledad que se siente, es preferible acudir a los recuerdos gratos ante las personas que se van. A Javier Ibarrola se le tenía miedo, antes de conocerlo; su físico imponente, una corpulencia de acuerdo con su estatura y a su gesto de rigor, más su conocimiento de la disciplina militar que estaba dispuesto a imponer en las tareas periodísticas, hacían que uno pensara que era de difícil trato, pero se desvanecía apenas se cruzaban palabras con él; de lo primero que recuerdo de nuestro trato fue la explicación de “cajas destempladas”, con lo que pude apreciar la escena de la expulsión del serrano Cava en La ciudad y los perros, por la atmósfera lúgubre de su sonido, con el que se despide con deshonra a alguien en el ejército, y que encaja muy bien como metáfora cuando alguien se va de un sitio donde no es bien recibido.

No es que no fuera riguroso: en alguna ocasión, para que los secretarios de redacción de El Financiero usaran todos los elementos que brindaban (con deficiencias, es cierto) los programas para la formación de las páginas, hubo quien firmó “bajo protesta”; eso bastó para que lo despidiera del diario; Javier era el jefe de redacción, y bajo su mando la mesa era alegre, dicharachera, alburera; él no perdía ocasión para alburear a quien se dejara, pero era más blando de lo que parecía, y con frecuencia era víctima de la mesa en general (las mesas de redacción, los talleres de los periódicos –y en general de las imprentas– son escuelas inmejorables para el difícil arte del albur), que lo hacía caer en trampas no siempre visibles; respondía con bravura, no siempre triunfante. En alguna ocasión, vencido por dos o tres de los que más congeniaban con él, se levantó y desenfundó el bíper, entonces tan de moda, y su víctima palideció, porque Javier había presumido esa tarde de algunas armas antiguas que había adquirido.

Era pródigo en anécdotas, y como en el buen periodismo, contaba sin pena algunas erratas que se le habían escapado; y como buen periodista, no se avergonzaba de narrarlas sin tratar de disminuir su impacto; no eran muy graves, pero refería con frecuencia cuando se le escapó, en una primera página, “la azúcar”, y a 30 años de distancia seguía lamentando esa errata que, como todas las erratas, tiene alguna explicación (que no justificación): la premura con la que se redactan las notas, la escasa oportunidad de revisar las páginas cuando está cerrando el periódico; no pocas veces, la distracción (una errata esconde otra, es una de las máximas del oficio), una llamada telefónica inoportuna que obliga a una revisión no siempre detenida, las dudas que no pueden resolverse porque ya están los del taller exigiendo las últimas páginas; no pocas veces, la presencia de alguna mujer que llama la atención, y a Javier le llamaban la atención muchas compañeras de la redacción; no era infrecuente que cuando Alejandro Ramos, el director, preguntara por él, alguien respondiera que la última vez que lo habían visto era platicando con alguna reportera guapa.

Tenía muchas anécdotas, casi todas muy graciosas; pero sobre todo era un buen recopilador de dichos y refranes que aplicaba con oportunidad a los compañeros, a los reporteros, a sus jefes y a sus subordinados; algunos de ellos: “solitas van al agua sin que nadie las arree”, cuando veía que alguna reportera coqueteaba con los jefes; “con estos bueyes hay que arar”, cuando uno de sus subordinados cometía el mismo error dos o tres veces en una misma tarde (lo que también es muy frecuente); “cuando una vaca dice no pasa, no pasa, y cuando una hija dice me caso, se casa”, cuando se encontraba con algún necio. “Quédense con su miadero”, decía al recordar una manifestación en que todos proclamaban “me adhiero”, y lo decía cuando no estaba de acuerdo con alguna nota, o con la jerarquización de las noticias en una página; y cuando había frecuentes contraórdenes, decía, con su voz de militar, “baja el piano, sube el piano”, que no necesita explicación.

Como los periodistas que lo son en verdad, era muy bueno contando chistes, y al revés de los que saben platicarlos, también sabía oírlos, y los celebraba; por eso, bajo su tutela, la mesa de redacción de El Financiero era una fiesta. Personalmente le debí mi cambio de la sección de Deportes a la jefatura de la mesa; el trabajo nunca es fácil, y se repiten las rispideces, los momentos difíciles, a veces los enojos y los malestares; Javier, como ninguno de los buenos periodistas, trataba de evitarlos; pero como pocos, no guardaba rencores por esos momentos, y al día siguiente de haberlos padecido su trato era tan gentil y caballeroso como si nada hubiera sucedido, y no pocas veces se disculpaba por algún exabrupto, lo que sí es difícil en el medio, tan lleno de rencores.

No fueron muchos esos momentos difíciles, y en cambio hubo muchísimos agradables, porque el periodismo en un oficio noble que, además, ofrece la satisfacción de cumplir a diario un deber, y compartir el mérito con los demás; pero su bondad no era incondicional, y pedía el mismo rigor que él trataba de aplicar; no toleraba la indisciplina (que no confundía con la desobediencia) y admiraba el buen desempeño.

Trabajar juntos, en un ambiente tan tenso como es una mesa de redacción no propicia las amistades, sino hasta que alguna de las personas involucradas se cambia de trabajo; la amistad es no un reflejo sino una reflexión, y por eso hay tan pocos amigos; pero Javier Ibarrola ofrecía su amistad sin condiciones, incluso a quienes veían con reparos su afecto y admiración al ejército; hijo y hermano de militares (uno de ellos se ganó la gloria con una de las mejores canciones de nuestra música sentimental, “Página blanca”, y era sobrino de José Alfredo Jiménez, de quien contaba deliciosas anécdotas y explicaba algunas de sus canciones compuestas en clave; no deshonró a quienes vivieron esa aventura: el famoso caballo blanco que salió un domingo de Guadalajara, y que llegó con todo el hocico sangrando, era un automóvil de lujo, blanco, en el que José Alfredo, Chavela Vargas –a quien Uncut le dedica un obituario en su número más reciente) y alguna otra persona continuaron una parranda, con una trayectoria que se narra en la canción, y que dejaron inservible en Baja California, luego de varios días de juerga ilimitada, sin lugar para la cruda [sin albur]), en realidad admiraba a los militares y le dolía saber que alguno de ellos rompía el código de honor y de honradez que debe regir en el medio; le costaba trabajo admitir que alguno se corrompía, y muchas veces justificaba los medios que usaban para mantener el orden.

Los momentos más difíciles para Javier fueron los días cercanos a la rebelión zapatista en Chiapas, y fue muy duro para él tratar con una mesa donde todos estaban de acuerdo con los indígenas que declararon la guerra al gobierno mexicano. Decía que a él le debí mi promoción en el diario, pero nunca dejé de considerarlo mi jefe, incluso cuando emigró hacia otros diarios; tuve el honor de promover su libro sobre el ejército, pero también fui testigo de la frialdad con que lo recibieron en el medio, lo que le dolió, tanto como haberse ido a un diario que fracasó der manera lamentable; no fue el final que él quería para coronar una larga carrera llena de virtudes en el periodismo mexicano.

Una tarde, llena de chamba, descubrimos que habíamos vivido en la misma calle, al mismo tiempo, Escuela Industrial; no nos tratábamos, ocho años de diferencia en la infancia son muchos, pero fue amigo de mis tíos, o de dos de ellos, y conocimos a las mismas personas: la señora Perrusquía, Candelaria, el doctor, los de la vecindad, Toy… Las redes sociales sirven para algo más noble que el intercambio de insultos sin argumentos, o de la presunción de la inutilidad y de la, como decía Carlos Fuentes, sacralización de lo baladí; gracias a ellas, uno mantiene contacto, aunque sea momentáneo, con amigos que el trabajo, la distancia, la edad, van alejando.

En ellas nos carteamos algunas veces, compartimos algunas bromas, y le dimos continuidad a la camaradería que tuvimos en El Financiero. Varias veces discutimos, y no compartimos muchas opiniones, puntos de vista o afinidades políticas o sociales (sin que éstas fueran motivo de peleas); le hice bromas, pero en privado, aunque no niego que me haya reído cuando le hacían bromas a él o lo albureaban; como todos, me referí a él como “El General”, que era su sobrenombre más conocido; ya retirado de El Financiero, nos visitó una tarde, y como todos lo bromeaban, me pidió que los pusiera en orden; no pude evitar contestarle que era porque él le daba por su lado a los secretarios de redacción; sus carcajadas fueron las más sonoras.

No era dado a las confesiones íntimas, sin embargo, siempre me confesó su única debilidad: el amor a sus hijos. Y sus momentos más difíciles, cuando una de sus hijas estuvo muy enferma; no compartió sus preocupaciones, y el que lo haya hecho conmigo me confirmó que pese a nuestros desencuentros y polémicas, me consideraba su amigo. Nunca dejé de extrañarlo.

Más inesperada fue la muerte de Miguel Capistrán. Y duele porque no pude reconciliarme con él. En mis primeros meses en El Financiero publiqué, en la sección cultural, una nota sobre la canción “Antonieta”, que se interpreta en Danzón, la cinta de María Novaro, mientras María Rojo camina por el malecón de Veracruz; la letra es la adaptación de un poema de Xavier Villaurrutia, pero sólo Vicente Quirarte y yo lo notamos, o mejor dicho, lo publicamos, cada quien por su lado; me pregunté en la nota si era el danzón que Villaurrutia compuso para un cumpleaños de Antonieta Rivas Mercado (una famosa fiesta en que varios literatos, en complicidad con amigos músicos, compusieron danzones para la amiga y contemporánea de los Contemporáneos); al día siguiente de publicada, me llamó a la redacción de Deportes, para comentarme la nota; reanudamos una amistad que había nacido cuando Miguel coordinaba el programa Encuentro, y gracias a él conocí a varios escritores visitantes; entre ellos, a Norman Mailer, con quien platicamos Lourdes y yo varios minutos en el Museo de las Intervenciones, en Coyoacán; lo había perdido de vista, aunque seguía leyendo sus entrevistas, ensayos, y sus antologías de Villaurrutia, Jorge Cuesta, y su libro sobre los Contemporáneos.

Pronto volvimos a vernos, y formamos una agradable tertulia en una cantina, El Tío Pepe, en Sinaloa y Cozumel, a la vuelta de donde estuvo la casa de La Bandida (bueno, la segunda casa de La Bandida), que integramos con Marco Antonio Pulido, Juan José Utrilla, Salvador González, a veces Rafael Vargas, en muchas ocasiones Víctor Díaz Arciniega, a veces Mario Magallón y esporádicamente Arturo Basáñez; en alguna ocasión llegó Ramón Córdoba, y cuando tenía tiempo, Diego.

En más de una ocasión (y a veces en otra cantina, como La Caminera) Miguel nos dejaba mudos con su libro sobre Jorge Cuesta; un día no pronunciamos palabras, asombrados, por el poder narrativo de Miguel al reconstruir la vida azarosa de Cuesta, y cómo iba escribiendo un libro que, si terminó, será deslumbrante; de pronto nos sorprendía con sus conocimientos de los otros Contemporáneos, los no famosos, como Celestino Gorostiza, sobre quien escribió el documento más completo, en que abarca su vida y sus obras.

Si alguien tenía anécdotas era él: la de la coordinadora de un programa televisivo que en una ocasión invitó a un panadero, homónimo de un escritor alemán, a un encuentro entre dramaturgos; las borracheras de algunos escritores que terminaron en las delegaciones. ¿Cómo le hacía Miguel para enterarse de los problemas económicos, domésticos, conyugales, de los escritores y pintores mexicanos? Cada semana, cada viernes, nos asombraba al relatarnos la última infidelidad de alguna escritora, los pleitos sucedidos en esos ocho días; o, si no, los que vivieron los escritores de otras épocas; nos explicó quiénes le pusieron trampas a una política para desprestigiarla y evitar que llegara al poder porque pensaba expropiar, de nuevo, la banca mexicana; cómo investigaron su vida, sus gustos, los hombres por los que tenía debilidad, e hicieron que tuviera intimidad con un hombre prefabricado, encontrado después de buscar uno con las características adecuadas para enloquecerla; se sabía los chistes que se contaban en Los Pinos, en cada secretaría y en los corrillos de Conaculta; sabía el motivo de las remociones, de las promociones, y estaba al tanto de las novedades literarias, las que leía con objetividad asombrosa; riguroso, se burlaba de muchos investigadores que descubrían cosas que él había descubierto mucho antes, y establecían categorías que él inventó; modesto, nunca trató de imponer sus méritos, aunque se los fusilaban y, peor, no lo consideraban aunque se apropiaran de sus puntos de vista y sus muchos hallazgos; a él se debe la diversidad de las Obras de Villaurrutia, cuando menos en la misma medida que Alí Chumacero y Luis Mario Schneider; lo único que le molestó fue le piratearan sus Obras de Jorge Cuesta, con todo y un par de errores que él ya había enmendado.

Fanático del cine, la música, su verdadera pasión era la pintura, aunque es uno de los aspectos más desconocidos de su labor de investigación. Tuvimos un desencuentro, porque cometimos un error: tratar de hacer un libro juntos, y ya se sabe que los trabajos en conjunto entre amigos terminan mal; la ilustración de un libro, a cargo suyo, fue rechazada en términos groseros por una editorial, y no fui capaz de explicárselo a Miguel sin lastimarlo, pues lo acusaban de aprovecharse de otros trabajos; una vez más, la amistad se interrumpió, aunque no el afecto; me divertí muchísimo cuando supe que ingresaría a la Academia de la Lengua, de la que tanto se burló, del poco aprecio que sentía por muchos de sus miembros, y de lo poco que respetaba a otros; de igual manera, descalificaba a muchos, que después serían sus colaboradores o compañeros.

No pocos elementos que me hacen parecer riguroso se los debo a señalamientos suyos que, generoso, hacía notar. No pocos de los aciertos de mi baúl de recuerdos se debe a su información o a sus correcciones. Él, con Carlos Pascual, hicieron una fiesta muy divertida cuando se presentó el libro. No fui consciente de su enfermedad; en las reuniones sólo bebía campari, la única que le permitían sus médicos, pero no objetó un vino de la casa, en un restaurante especializado en paellas, que a los dos nos afectó, más a él que a mí y que a Marco Pulido lo dejó intacto.

Me acompañó en una ocasión a mi Taller de Lectura, después a una comida, y después a otra tertulia en casa de la hermana de Carlos Fuentes. En el Taller dejó a todos con la piel china cuando contó el día que Xavier Villaurrutia se le apareció, y le reveló en dónde encontraría unos inéditos suyos; supongo que no fue el único día que se le apareció Villaurrutia (o Cuesta, o su exjefe Salvador Novo) y eran quienes lo mantenían informado de los chismes más sabrosos de la política y de la intelectualidad mexicana, y que le comunicarán lo que siento por no haberme despedido de él.