Cuando Alvin termina con Annie Hall sale con una reportera de Rolling Stone; juntos van a un concierto y ella, antes y después de copular, sólo habla con citas de canciones célebres; es obvio que se identifica con la protagonista de “Just Like a Woman”; Bob Dylan se inspiró en Edie Sedgwick para escribir esa y otras canciones; algunos afirman que incluso “Like a Rollin’ Stone” hace referencias a Edie (otros cantantes y compositores escribieron canciones acerca de ella, o que la mencionan, o que están dedicados a esa mujer, en cuya vida se basa una cinta, Factory Girl, y hay un libro espléndido, Edie, del que hice una reseña hace casi 20 años que hasta el mismo Batis me celebró).

No sé qué tanto pensó Allen en Edie para escoger a Shelley Duval, extremadamente delgada pero muy sensual, para hacer ese pequeño papel, que comienza a la salida del concierto y termina cuando Annie Hall telefonea a Alvin para que vaya a rescatarla de una araña enorme, pretexto para reanudar sus relaciones. Pese a lo snob, petulante, de la reportera que dice que es como una mujer, tan falsa como una mujer y que llora como una mujer; pese al escaso tiempo que dura en la pantalla, ese personaje perdura en la mente del espectador, incluso más que las dos mujeres, bellas pero dominantes, con las que Alvin se matrimonia antes de vivir su intenso amor con Annie Hall.

Algo de esa pedantería perdura en el personaje de Diane Keaton en Manhattan, snob que se burla de los arribistas culturales; más cruel es la relación que retrata en Take the Money and Run, cuando la esposa (Janet Margolin) le reclama el olvido en que la tiene, cuando está encadenado a otros presos con los que acaba de fugarse de la prisión (la parodia de Fuga en cadenas), o cuando ella tiene una actitud displicente cuando él no puede desabotonarle la bata para fajar.

En medio de sus problemas judiciales, o líos de comisaría cuando Mia Farrow acusó de abuso de sus hijos a Allen, Diane Keaton no quiso dejarlo solo y lo acompañó en una de sus cintas más directas, Manhattan Murder Mistery; desde el título recuerda uno de los grandes filmes en que trabajaron juntos, Manhattan; hay una escena que remeda la de La dama de Shangai, con el laberinto desesperante del que no se sabe cómo saldrán; Orson Welles sale con aquella frase inmortal, tal vez la más célebre de una historia de amor: “Maybe I’ll live so long that I’ll forget her. Maybe I’ll die trying”; en una escena que pasa casi inadvertida, el personaje de Allen declara que es el más famoso claustrófobo, por la acusación de que acosaba a sus hijos en un ático (por aquellos días Xavier Velasco aseguraba que la siguiente película de Allen sería “Querida, me cogí a los chicos”); Keaton canta, como en Annie Hall, y hay referencias a Domicilio conyugal, de Truffaut y el vecino sospechoso, y muchas escenas suceden en espacios tan pequeños como un elevador, como algunas escenas de Billy Wilder.

*En el frustrado viaje a Los Ángeles encontré una librería, Larry Edmunds Bookshop, muy cerca de los barrios más excéntricos de ese conjunto de conglomerados quesque simulan una ciudad; es pequeña como cuento de Arreola (¿pongo comillas o no?), larga y estrecha como Libros Escogidos y tan desordenada como aquel añorado recinto de tantas amistades y tantas peleas en los años setenta, y que el propio Polo Duarte definía como antro de cultura; pero ésta de Larry Edmunds está dedicada al cine y un poco al teatro; hay pocas novedades y muchos libros agotados, a buenos precios; por mi mal carácter no pude estar más que una hora revolviendo, esculcando, hojeando, cachondeando libros y manuales (¿pongo comillas?; ¿alguien identificará las citas? ¿y los homenajes?); me endrogué (¿pongo comillas?) comprando libros para recortar, con poses y dibujos y vestuario de artistas célebres (antes, aquí podían conseguirse algunos en Arvil; lo mismo homenaje a Busby Beckerly que a Onán), y un par de libros que alguna vez vi en Arvil, pero que no pude comprar y que no resurtieron, ambos dedicados a Richard Lester.

Lester no sólo es venerado por haber hecho dos cintas excelentes (no me gana la pasión) con The Beatles: A Hard Day’s Night –que los españoles traducen como “¡Qué noche la que aquel día!”– y Help! –que los españoles traducen como “Socorro”–; aparte de llevarse a John Lennon a España para filmar How I Won the War, y su fugaz encuentro clandestino con Brian Epstein; hizo dos maravillosas cintas que fueron icónicas de los años sesenta, Petulia y The Knack (and How to Get it) –que los españoles traducen como “El Knack y cómo conseguirlo“–, una obra de teatro que, sin el aura trágica de Hair, representa el espíritu de la época, de lo que se llamó amor libre, y que fue un intento de vivir con una libertad que afrontaba todos los riesgos. The Knack, segunda pieza teatral de Ann Jellicoe, escrita y representada en Inglaterra en 1962, fue filmada por Richard Lester después de A Hard Day’s Night y antes de Help!; en la obra aparecen cuatro personajes: Tom, Colin, Tolen y Náncy; a ésta la describen como “de unos 17 años. Con el tiempo será guapa, pero su personalidad, su aspecto son aún borrosos e inmaduros. Lleva un traje tan arrugado como un acordeón”.

En la cinta de Lester aparecen nueve veces más, contando a las muy espectaculares extras Jane Birkin, Jacqueline Bisset, Pattie Boyd, Samantha Juste y Charlotte Rampling; excepto Boyd de Harrison –aunque Lester le andaba pedaleando la bicicleta–, todas eran debutantes; a una (no la identifico por más que trato) le hacen lo que se llama “butt grabb” (práctica en la que son expertas Jennifer Anniston y Sandra Bullock) en una escalera, mientras espera antes de entrar a una sesión uno supone que erótica con Michael Crawford (el coestrella de Lennon en How I Won the War –que los españoles traducen…). La vestimenta arrugada que Jellicoe exige para Náncy, Lester la transforma en algo excéntrico (no fuera del círculo exclusivo y mafioso, sino como algo fuera de lo normal) para Rita Tushingham, la muy expresiva actriz de ojos verdes descomunales (una cinta anterior se llama así, La chica de los ojos verdes); su belleza no era ortodoxa, y se prestaba para el elogio de la disidencia, lo hermoso del “outsider”; si Náncy tiene 17 años en The Knack, Tushingham tenía 21 cuando lo representó en teatro, y 24 cuando la filmó para Lester; su vestimenta desaliñada la copia Peter Bogdanovich para vestir así a la extravagante y deliciosa Barbra Streisand en What’s Up, Doc –que se tradujo como La chica terremoto en México, y en España “¿Qué me pasa, doctor?”; no es de extrañar: The Seven Years Itch la tradujeron como “La tentación vive arriba”, y Some Likes it Hot la titularon “Con faldas y a lo loco”.

De presentarla ahora en Cablevisión podrían ponerle “Verbo mata carita”; Colin, conquistador, terror de las vírgenes que acuden a él para que les cure su defecto, acostumbrado a que todas lo acosen y se le entreguen, se topa con la inteligente, deliciosa, insegura y rebelde Náncy, quien finalmente vence la prepotencia masculina e impone su presencia; una obra más cercana al absurdo que al teatro psicológico de moda en esos años, la cinta se convirtió en una suerte de desenfreno que desecha la sexualidad tradicional. Tushingham, traviesa, divertida, es el eje de la película aunque aparecen las bellezas ya enumeradas; por esta cinta Tushingham se convirtió en un icono de los años sesenta, cuando tenía 25 de edad, lo que representó un grave problema, porque muy pocas cintas posteriores tuvieron la calidad de sus primeros filmes: Dr. Zhivago (Shiv a go go, curiosa reseña de aquellos años, pero no logro recordar quién la escribió, a finales de 1966), La trampa, y no muchas más; en los años ochenta fue Alice Tocklas en La vida legendaria de Ernest Hemingway (Annie Girardot fue Gertude Stein y Joe Pesci, John Dos Passos).

Difícil haber sido leyenda y luego actriz secundaria de cintas de medio pelo, o insulsas series de televisión. Difícil representar un papel social en el cine, y en la televisión tener papeles de villana, o de tía solterona. Pero en The Knack es sutil, sorprendente, audaz y temeraria; y de una belleza no sólo extraña, basada en la inteligencia más que en el físico. (Hace unos pocos años en Uncut interrogaron a Margot Kidder –nacida el 17 de octubre de 1948– acerca de sus romances con Richard Donner, Richard Pryor, Christopher Reeves, y sobre todo con Richard Lester, contestó con una frase contundente: “La inteligencia es mi afrodisiaco”.)

*En A Hard Day’s Night no hay más estrellas que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Richard Starkey, pero también destacan Wilfred Brabbell (el abuelo de Paul), Norman Rossingtong (en el papel de Brian Epstein, Peter Brown, Mal Evans y Neil Aspinal) y Victor Spinetti, favorito de Lester y quien también aparece en Magical Mistery Tours, como el director del estudio de televisión (up, up, up), o sea el alter de Lester, quien también aparece en el film, como extra.

Pero también figuran un montón de mujeres bellas: Pattie Boyd (en los sets conoció a Paul y se le aventó; fue el primero en besarla, pero luego se la ligó Harrison: la historia es muy larga), Andrea Brett, Prudence Bury, Anne Clune, Rosamarie Frankland, Linda Lewis, Maggie London, Edina Roney, Sally Sheridan, Geraldine Sherman, Susan Whitman y Tina Williams; todas hacen papeles de fans (fanes, dice la Academia) (Boyd trata de tocarlos a través de las rejas del carro de ferrocarril, pero en otras escenas aparece con el grupo cuando cantan “I should have know better”); otras dos tienen un papel más destacado: en un casino del hotel donde los hospedan, el abuelo de Paul mira los pechos de Margaret Nolan y le dice que seguramente ella no tiene ningún problema para nadar; Marianne Stone, como reportera, le pregunta a Lennon cuál es su hobbie; aunque Lennon responde por escrito y no se oye la respuesta, se sabe que, por la expresión de Stone, y el movimiento de la mano de Lennon, fue “tits”. Son muchas extras, pero Lester dedicó a todas unos segundos más de lo acostumbrado.

*Hace unas semanas reseñé una antología de textos literarios o periodísticos, Historias del ring, recopilada por Alejandro Toledo y Mary Carmen Ambriz; aparte de sus cualidades, el libro me hizo recordar tiempos en que uno era feliz, indocumentado y atormentado por las estadísticas; durante mi niñez se dio uno de los mayores periodos de la prosperidad del boxeo; en todas las categorías pequeñas dominaban los mexicanos, y aunque sólo había campeón mundial en el peso gallo, había mayoría en las listas que publicaba cada mes la revista The Ring; en peso pluma el campeón era Pascual Pérez, invencible en esa categoría, pero andaban Memo Díez, Efrén Torres; en gallo escuché la derrota de Raúl Macías frente a Halimi, pero luego la revancha nacional cuando Joe Becerra derrotó a Halimi y se convirtió en nuestro primer campeón mundial (poco antes, Lauro Salas lo fue, pero solo de una de las asociaciones, como lo había sido Macías), pero andaban José López, Joe Medel (se pusieron José luego de ser famosos), Fili Nava, Eloy Sánchez, Lalo Guerrero, Antonio Chiquis Rosales, Ignacio el Zurdo Piña, Mario de León, y al final del periodo, Rubén Olivares, Chucho Castillo, Rafael Herrera; en pluma Ernesto Parra, Ernesto Figueroa, José Moreno, Nacho Escalante; en ligero estaban Babe y Mauro Vázquez, Alfredo Urbina; en welter, Raymundo Torres (luego asesinado en una cantina, como años más tarde lo fue Eloy Gutiérrez, catcher de los Tigres;) incluso en peso medio todos los meses, durante años, apareció entre los primeros lugares Gregorio el Indio Ortega, quien nunca tuvo oportunidad de pelear por el campeonato mundial: andaban Eder Jofre, Harada, Joe Brown, Archie Moore, Carmen Basilio, Sugar Ray Robinson.

Fui a la Arena Coliseo y vi al Chiquis Rosales ganar por nocaut en el tercer round; fui a la Arena México para ver a Joe Medel ganar por decisión al Toluco López, y luego, en la revancha, cómo lo noqueó (ese día pesqué una pulmonía que me tuvo fuera de circulación dos semanas); algunos miércoles, y todos los sábados, veía las funciones por televisión, y admiré peleas extraordinarias; me permitían verlas, porque la mayoría de las funciones estelares las arbitraba mi tío y mi retetío Ramón Berumen (pocas veces, Tomás Escalera); un domingo, él, en las puertas de la Arena Coliseo, nos presentó a Blue Demon, y por la impresión me dio fiebre toda una noche; por el boxeo me aficioné a la lectura de La Afición; era una afición heredada; mis tíos paternos iban a la casa algunos sábados para ver la pelea, sobre todo si era de campeonato (nacional); mi padre intentó boxear, y aunque se retiró invicto, fue después de una única pelea.

Mi abuelo paterno no se perdía una función en una arena Libertad, por la Lagunilla, con peleas amateur. Aunque seguí viendo peleas, me inculcaron la afición por el futbol cuando conocí a Humberto Huerta, Alfonso Rodríguez, y con ellos, y Jorge Sánchez López, por el futbol americano que entonces se restringía a los juegos de Poli-Uni; admiré a muchos; en éste, a Mario Yáñez Correa, sobre todo, y creo que fue el último en México que jugaba a la ofensiva como quarter back, como pateador de despeje y de campo, y como safety a la defensiva. El deporte permite admirar a los favoritos pero también a los contrincantes, y excluye el maniqueísmo. Como Baseball Digest decidió de manera unilateral cambiarme la suscripción por una de cruceros, perdí toda mi información de beisbol; ahora me conformo con ver, sin apasionarme, algunos juegos semanales, y con jornadas completas de futbol americano, y recuerdo con placer cuando, en la infancia, veía boxeo, lucha (no la recuerdo, mi tío Pepe me cuenta que me llevaba a una casa donde tenían televisión, y por 20 centavos nos dejaban ver las peleas), futbol, futbol americano; el beisbol, sólo hasta mi consolidación de la amistad con Cuauhtémoc Valdés y todos sus hermanos. Es una de mis maneras para envejecer más lentamente.