Casi todo mundo ha oído decir que los dinosaurios se extinguieron —junto con una gran cantidad de otras especies de plantas y animales— por el impacto de un gran asteroide, que hace 65 millones de años cayó sobre lo que ahora es el puertecillo de Chicxulub al norte de Mérida y en ese entonces era parte de un cálido y somero mar tropical.

Pero poca gente sabe que al parecer hace apenas 12 900 años ocurrió un fenómeno similar, el cual provocó lo que se conoce como La Gran Extinción del Holoceno, durante la cual desaparecieron los grandes animales que entonces merodeaban por tierras del continente americano, como el mamut, el gliptodonte, el perezoso gigante, el tigre dientes de sable, el oso gigante y otros. Así lo sugieren ciertos estudios que revelaron indicios de la caída en territorio de Norteamérica de un cuerpo celeste cuyo impacto ocasionó incendios forestales y alteraciones del clima en una vasta región, en particular una edad de hielo que duró poco más de mil años.

Aunque el fenómeno fue de mucho menor escala que el del asteroide de Chicxulub, sus efectos fueron sin embargo lo bastante acentuados para provocar una extinción generalizada de fauna y la desaparición de grupos de cazadores y recolectores.

Esos materiales, originalmente fundidos y ahora solidificados tras haberse enfriado, han sido hallados en distintos puntos de Estados Unidos así como en Siria y Venezuela y en sedimentos del lago Cuitzeo en los límites de Guanajuato y Michoacán.

La amplia dispersión de los materiales permite suponer que hubo un gran objeto que se fragmentó al entrar en las capas altas de la atmósfera, de modo que sus distintas partes cayeron en regiones muy apartadas en una especie de granizada cósmica o descarga de perdigones. La mayor parte de los fragmentos, empero, debe haber caído sobre lo que ahora es el territorio de Estados Unidos y México y provocó grandes y generalizados incendios forestales que destruyeron la vegetación y privaron de alimento a los animales.

También, los impactos aparentemente provocaron que se rompiera una gran coraza de hielo que cubría la región. Eso permitió que fluyeran hacia el norte las frías aguas de un enorme lago de más de mil kilómetros de ancho entonces existente en la zona fronteriza entre Estados Unidos y Canadá. Las aguas corrieron hacia el Atlántico por el cauce del actual río San Lorenzo, y alteraron drásticamente las corrientes marinas, lo cual ocasionó descenso generalizado de la temperatura ambiente en una vasta región. Esa miniedad de hielo duró más de mil años y contribuyó, junto con la escasez de vegetación, a que se extinguiera la fauna y desaparecieran los grupos humanos.

La gran extinción, la desaparición de aquellos grupos de cazadores recolectores y la pequeña edad de hielo son todos hechos plenamente comprobados. Lo que es objeto de discusión entre los científicos es su causa. Pero ahora parece que, como sostienen algunos investigadores, fue consecuencia de una catástrofe cósmica.

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Quienes tienen cerca de su hogar una lámpara del alumbrado público, están más expuestos a ciertos problemas de salud. Concretamente a sufrir el mal de Chagas o tripanosomiasis, una enfermedad transmitida por insectos. A esa conclusión llegó un estudio realizado por un grupo de científicos yucatecos y extranjeros en poblaciones cercanas a la ciudad de Mérida.
Lo que ocurre es que las lámparas del alumbrado público atraen numerosos insectos, y entre éstos puede haber transmisores de enfermedades que luego penetran a las viviendas próximas y atacan a sus moradores.

Bella pero mortífera. La chinche hocicona Triatoma dimidiata transmite el mal de Chagas porque al chupar sangre a un ser humano, defeca sobre la piel y en sus excrementos se encuentra el parásito causante del mal, que puede entrar al organismo al rascarse por la comezón que produce la picadura. Foto cortesía del Instituto de Biología de la UNAM.

La investigación fue realizada por Freddy Santiago Pacheco Tucuch, María Jesús Ramírez Sierra, Sébastien Gourbière y Eric Dumonteil1. Los dos primeros del Laboratorio de Parasitología del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi”, de la Universidad Autónoma de Yucatán, el tercero de la universidad francesa de Perpignan y la británica de Sussex, y el último de la universidad norteamericana de Tulane.

La investigación se refiere al comportamiento de ciertos insectos del tipo llamado popularmente chinche hocicona, picuda o besucona, que al picar al ser humano para chupar sangre, le transmiten el parásito Tripanosoma cruzi, causante del mal de Chagas, una típica enfermedad de pobreza que cada año contraen alrededor de 15 millones de personas en todo el mundo, de las cuales mueren unas 50 mil, especialmente en la zona tropical comprendida entre el sur y sureste de México y el norte de Sudamérica, aunque también se dan casos en Estados Unidos y Europa.

Produce una variedad de trastornos que afectan al corazón, el sistema digestivo, los ojos y otras partes del cuerpo, y aunque no sea mortal, por su carácter crónico debilita considerablemente y puede incapacitar al enfermo.

El estudio a que nos referimos, publicado recientemente en la revista internacional Public Library of Science-Biology, se realizó en las pequeñas poblaciones rurales de Bokobá, Sudzal y Teya, de entre 1 500 y 2 000 habitantes cada una, cercanas a la ciudad de Mérida. Su objetivo fue determinar algo que ya se sospechaba y resulta lógico pero hasta entonces no había sido plenamente comprobado ni cuantificado: que como la luz atrae a los insectos, las viviendas más próximas a las lámparas del alumbrado público están más expuestas a ser invadidas por chinches de la especie Triatoma dimidiata, que es uno de los principales vectores de la enfermedad.

La suposición resultó acertada. Los investigadores encontraron que en las tres poblaciones las casas infestadas con esas chinches se hallaban claramente más cerca de las luces de alumbrado público que las viviendas no infestadas. Además, se comprobó que los insectos eran atraídos por las lámparas callejeras y no por las del alumbrado doméstico del interior de las viviendas. Ello se debe a las diferencias en las características de la luz que emiten. En términos generales, una casa cercana a una lámpara del alumbrado público tiene 1.64 veces más probabilidades de sufrir una infestación con chinches hociconas que una situada más lejos.

Esta es la primera prueba concluyente, obtenida mediante un trabajo de campo, de que las lámparas de las calles pueden influir sobre la infestación de las viviendas próximas por chinches hociconas. Los resultados, por lo demás, fueron ratificados mediante pruebas de laboratorio en las cuales se sometía a los insectos a la atracción de la luz de lámparas domésticas y de alumbrado público.

Este hallazgo puede, dicen sus autores, servir para determinar los riesgos de diseminación del mal de Chagas y para planear mejor el combate a los insectos que lo transmiten.

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La imagen, tomada de la página web del Grupo de Investigación del Cráter de Chicxulub del Instituto de Geofísica de la UNAM, da una idea de las enormes dimensiones del asteroide.

El Gran Museo de la Cultura Maya que se construye en la ciudad de Mérida, será inaugurado con una magna exposición sobre el llamado Cráter de Chicxulub, la huella de 200 kilómetros de diámetro dejada hace 65 millones de años por el impacto de un asteroide que ocasionó la extinción de los dinosaurios.

Desde luego, no faltarán quienes se pregunten qué tiene qué ver la cultura maya con aquella catástrofe de origen cósmico ocurrida mucho antes de la aparición del hombre. Pero la relación es más estrecha de lo que pudiera pensarse. Aquel descomunal impacto creó condiciones naturales propicias para que miles de milenios después, floreciera la civilización maya en el norte de la península de Yucatán. Es más: como resultado de la s extinciones provocadas por esa hecatombe, la evolución cambió de rumbo y tomó una dirección que permitiría el predominio de los mamíferos y el surgimiento del Homo sapiens. Así, en cierto sentido, podría decirse grandilocuentemente que Yucatán es la cuna de la humanidad.

Pero hablemos del cráter

Como decíamos, lo formó hace 65 millones de años el impacto de un cuerpo celeste —presumiblemente un asteroide— de unos diez kilómetros de diámetro, pero aquella inmensa oquedad de 200 kilómetros de diámetro y 12 de profundidad, ya ha sido cubierta por la incesante acumulación de sedimentos marinos y ahora se encuentra kilómetro y medio bajo la blanca arena y las residencias veraniegas de la costa norte de Yucatán, a la cual acuden los habitantes de la ciudad de Mérida para escapar de los calores de julio y agosto.

Fue descubierto en 1975 por el ingeniero petrolero mexicano Antonio Camargo, recientemente fallecido, y el norteamericano Glenn Penfield al realizar mediciones gravimétricas y magnéticas en busca de yacimientos de hidrocarburos y desde entonces ha sido ampliamente estudiado por investigadores de la UNAM, la NASA y otras instituciones, pues se considera que la caída de aquel asteroide causó la desaparición de los dinosaurios y del 70% de todas las demás especies de plantas y animales existentes en ese entonces.

Representación artística del momento de la colisión. Se estima que la explosión causada por el impacto fue equivalente a la detonación simultánea y en un mismo sitio de un millón de bombas termonucleares de cien megatones, suficiente para matar a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y lanzar a miles de kilómetros una mortífera lluvia de rocas candentes, que provocaron inmensos incendios forestales.

Apocalipsis cósmico

El primer efecto del descomunal impacto fue una explosión que hizo formarse una nube de gases ardientes que achicharraron a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y levantó inmensas cantidades de fino polvo que se extendió por toda la atmósfera y, al bloquear la luz solar durante meses, ocasionó una especie de invierno cósmico que hizo desplomarse la temperatura a decenas de grados bajo cero matando de frío a plantas y animales.

Representación artística del momento de la colisión. Se estima que la explosión causada por el impacto fue equivalente a la detonación simultánea y en un mismo sitio de un millón de bombas termonucleares de cien megatones, suficiente para matar a todo ser viviente en cientos de kilómetros a la redonda y lanzar a miles de kilómetros una mortífera lluvia de rocas candentes, que provocaron inmensos incendios forestales.

También, las rocas de la corteza terrestre y los fragmentos del propio asteroide lanzados a miles de kilómetros en todas direcciones y calentados hasta arder por la fricción con la atmósfera mientras caían, desataron incontables incendios que al unirse se convirtieron en conflagraciones de magnitud continental que devastaron bosques, selvas y pastizales y contribuyeron con su humo a oscurecer la Tierra.

A lo anterior hay que sumar los terremotos —más violentos que cualquiera que pueda concebirse— y los colosales tsunamis, con olas de cientos de metros o quizá hasta un kilómetro de altura, que provocó el choque del asteroide, pues en aquel entonces la zona del impacto estaba cubierta por un cálido mar tropical de aguas someras.

Tras el gélido invierno cósmico, que debe haber durado varios años, sobrevino un ardiente y corrosivo verano que tal vez se prolongó por siglos: al vaporizarse miles de kilómetros cúbicos de rocas por efecto del impacto, se liberaron a la atmósfera grandes volúmenes de dióxido de carbono y dióxido de azufre. El primero —el típico y bien conocido gas de invernadero causante del actual calentamiento global— retuvo el calor solar e hizo elevarse las temperaturas en todo el mundo. El dióxido de azufre por su parte, además de ser venenoso, al combinarse con el agua de las lluvias formaba ácido sulfúrico. El resultado era una lluvia corrosiva, devastadora para plantas y animales. En pocas palabras: el apocalipsis.

El centro del cráter queda exactamente bajo el puertecillo costero de Chicxulub, al norte de la ciudad de Mérida. En la época del impacto, sin embargo, no existía la península de Yucatán y la zona estaba cubierta por un mar tropical de unos 100 metros de profundidad.

Dos insospechadas consecuencias

Pero aquella hecatombe tuvo dos consecuencias positivas e insospechadas de las cuales muy poco se habla y a menudo pasan inadvertidas: el surgimiento del género humano y el florecimiento de la civilización en la porción septentrional del área maya.

Ambos efectos, empero, no se dieron de inmediato, sino millones de años después, como resultado de fenómenos geológicos y de un largo y lento proceso evolutivo.

Cuando el bólido se estrelló contra lo que ahora es Chicxulub, en el mundo reinaban los reptiles: dinosaurios en tierra firme, ictiosaurios en los mares, pterodáctilos de alas membranosas en los aires, y cocodrilos en ríos, lagunas y pantanos. A la larga, todos —salvo los cocodrilos— se extinguieron.

Pero había otras criaturas que compartían la Tierra con los reptiles: ciertos pequeños mamíferos como el Morganucodon, un diminuto insectívoro parecido a una zarigüeya o tlacuache que, según los registros fósiles, apareció hace unos 200 millones de años.

Aquellos primitivos mamíferos llevaban una vida difícil y azarosa en la que el solo hecho de sobrevivir sin ser devorado por alguno de tantos depredadores ya era en sí una hazaña. Por eso casi todos eran pequeños —lo cual les permitía escurrirse y ocultarse más fácilmente— y de hábitos nocturnos, para poder merodear cuando —por ser de sangre fría— los reptiles dormían o reducían su actividad. Dicho sea de paso, como vestigio evolutivo de aquella situación, todavía en la actualidad el 60% de los mamíferos son nocturnos.

Este sería, más o menos, el aspecto que ofrecería el cráter si aún estuviera sobre la superficie y no cubierto por sedimentos acumulados durante millones de años.

Más de 150 millones de años habían pasado los mamíferos como habitantes marginales del reino de los reptiles, hasta que la gran catástrofe de Chicxulub creó las condiciones para que se volvieran los amos del planeta. Mientras ictiosaurios, dinosaurios y pterodáctilos perecían masivamente congelados por el invierno cósmico y luego bajo el calor abrasador y la lluvia corrosiva, los pequeños mamíferos pudieron resistir porque, siendo de sangre caliente —homeotermos, diría un biólogo— podían regular su propia temperatura y soportar mejor el frío. Además, debido a su pequeño tamaño no requerían tanto alimento y podían encontrar madrigueras casi en cualquier sitio. Eran también más ágiles y con un cerebro proporcionalmente mucho mayor en relación a su tamaño, que el de los reptiles.

Los hominoides

Por eso, tras la extinción de los dinosaurios los mamíferos llenaron rápidamente el vacío biológico que dejaron. De sólo diez familias zoológicas de mamíferos que había en ese entonces, se pasó a casi 80 en sólo diez millones de años.

Las aves también se beneficiaron con la extinción de los dinosaurios. Incluso, por algunos millones de años las formas de vida predominantes en la Tierra fueron enormes aves que no volaban, herbívoras unas y carnívoras otras, con picos descomunales y poderosas patas. Pero de aquello gigantes emplumados ya sólo quedan restos fósiles. La carrera evolutiva finalmente la ganaron los mamíferos.

Mapa altimétrico de radar elaborado por un satélite de la NASA. Las zonas más bajas aparecen en color verde oscuro y las más elevadas con colores claros. El contorno del cráter es la tenue línea semicircular en la zona norte, a partir de la costa. Corresponde a una depresión del terreno tan suave que no se advierte al transitar por los caminos que la cruzan, pues mide sólo entre tres y cinco metros de profundidad y cinco kilómetros de ancho. A la derecha, cerca de la costa del Caribe, se advierten las líneas oscuras de la zona de fracturas de Holbox, también relacionada con el impacto.

A su buen éxito contribuyó también el hecho de que —al parecer por un efecto a largo plazo del impacto del asteroide— la concentración de oxígeno en la atmósfera terrestre aumentó considerablemente. En la actualidad contiene 21%. El resto es principalmente nitrógeno, un gas inerte que no interviene en los procesos biológicos. Pero en tiempos de los dinosaurios, el contenido de oxígeno era de sólo 10%. Quince millones de años después de la colisión, ya se había elevado a 17%, y otros diez millones de años después, a 23%. Un ambiente rico en oxígeno es muy favorable para los grandes mamíferos, ya que su consumo de ese gas es de tres a seis veces mayor que el de los reptiles.

En un principio, los mamíferos, aunque más abundantes y omnipresentes, seguían siendo pequeños, o si acaso medianos. Pero hace unos 40 ó 50 millones de años, precisamente en la época en que la atmósfera fue más rica en oxígeno, comenzaron a aparecer numerosas especies de gran tamaño.

De ahí en adelante, los mamíferos fueron evolucionando sin cesar hasta que hace unos cinco millones de años aparecieron ciertos animales de aspecto simiesco que los antropólogos llaman hominoides y pronto evolucionarían para dar origen al hombre, al Homo sapiens.

Aunque el cráter se encuentra a gran profundidad cubierto por rocas sedimentarias, los científicos han podido visualizarlo, como muestra esta imagen, a partir de la medición de anomalías magnéticas y gravitacionales.

Nada de ello hubiera ocurrido de no haber sido por el impacto de aquel asteroide. Por ello, como señalábamos, un tanto grandilocuentemente y con orgullo yucateco —o peninsular si se prefiere— podríamos decir que Yucatán es la cuna de la humanidad.

Una paradoja geofísica

Mientras la vida seguía su curso en la Tierra, el cráter de Chicxulub fue borrándose. Primero, con rapidez, por la acumulación de una caótica mezcla de rocas y otros materiales, incluso restos de árboles y animales, arrastrados por los portentosos movimientos de flujo y reflujo de los tsunamis que barrieron repetidamente la zona. Después, restablecida la calma, la inmensa cavidad iba cubriéndose lentamente, milímetro a milímetro, con la incesante lluvia de sedimentos marinos —principalmente restos calcáreos de diminutos organismos— que formaron esa gran acumulación de rocas calizas de kilómetros de espesor que es la península de Yucatán. O, para ser precisos, lo que los geofísicos llaman Bloque o Cratón de Yucatán.

(Paréntesis cultural: cratón se denomina a un sector de la corteza terrestre en el cual no hay actividad tectónica. Es decir, erupciones volcánicas, terremotos, colisiones de placas o plegamientos que levanten cadenas montañosas. Se da así la paradoja de que en este rincón del planeta que ha tenido una existencia tan tranquila y monótona durante no menos de 200 millones de años, ocurrió una de las mayores catástrofes habidas en la historia de la Tierra.)

Finalmente, el cráter desapareció bajo la gruesa capa de rocas sedimentarias. Sobre la superficie, sin embargo, hay indicios de su existencia: en tierra firme su borde exterior coincide con una gran concentración de cenotes, esos pozos naturales característicos de la península de Yucatán en los cuales queda al descubierto el agua de los mantos subterráneos. Tal abundancia de cenotes se debe a que al acomodarse las capas geológicas en la zona del cráter y sus inmediaciones ocurren grietas y fracturas.

Y es aquí donde se establece la relación entre la extinción de los dinosaurios y el auge de la civilización maya en el norte de la península.

Este mapa, tomado de un estudio del geólogo Kevin O. Pope, muestra el anillo de cenotes que marca el contorno del cráter en la superficie, y la enorme concentración de ellos al oriente del anillo. La civilización maya pudo florecer en la zona gracias a esas fuentes de agua, aunque llueve poco.

Esta es una de las pocas regiones del mundo carentes por entero de ríos. No hay uno solo. Ni siquiera —como en el desierto— cauces secos por los cuales corren efímeros torrentes cuando cae alguna lluvia ocasional. En la casi totalidad de la península no hay corrientes superficiales —ni tampoco lagos— porque el terreno es demasiado llano para que corra el agua de las lluvias, y las rocas calizas son tan porosas que el líquido se infiltra de inmediato. Pero a unos metros o decenas de metros bajo la superficie, sobre capas geológicas impermeables, esa agua forma caudalosos ríos subterráneos que corren en tres grandes vertientes hacia las costas del Caribe y el Golfo de México.

En esa tierra sin ríos, donde no llueve la mitad del año y el agua está oculta bajo rocas tan duras que no se puede perforar pozos sin explosivos o utensilios de hierro —de los que carecían los mayas— habría sido imposible o extremadamente difícil el desarrollo de la civilización.

Pero los mayas pudieron encontrar un abastecimiento seguro de líquido en los cientos y cientos de cenotes que se formaron a lo largo del tiempo como secuela del impacto. Incluso en el extremo noroeste de la península, donde caen sólo 500 milímetros de lluvia al año —la cuarta parte que en la zona de Chetumal—, pudo haber numerosos asentamientos humanos y se desarrollaron grandes, medianas y pequeñas ciudades como Chichén Itzá, Dzibilchaltún, Aké, Izamal, Ek Balam, Yaxuná y otras muchas, todas ellas junto a cenotes.

Y cuando —allá por el año 900 de nuestra era— ocurrió el llamado colapso de la civilización maya, que en realidad fue sólo la declinación de las grandes ciudades-estado del sur del área, en el norte la civilización continuó floreciendo durante siglos, gracias a aquella catástrofe cósmica ocurrida 200 millones de años atrás.

Por eso una exposición sobre el Cráter de Chicxulub es muy apropiada como acto inaugural del Gran Museo de la Cultura Maya.

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El profundo cenote Xlacáh en Dzibilchaltún es una importante fuente de agua para la vegetación de los alrededores, ya que en esa zona la precipitación total, incluido el rocío nocturno, es de 990 milímetros al año pero la pérdida por evaporación debido al intenso calor es de 900. Por eso la vegetación parece de zonas áridas más que de selva e incluso hay cactos, como el que se observa a la izquierda .

La zona arqueológica de Dzibilchaltún, al norte de Mérida, dista mucho de tener la magnificencia de Uxmal o Chichén Itzá, pero es bastante conocida y hasta cierto punto famosa por su cercanía a la ciudad de Mérida, y por el fenómeno arqueoastronómico que cada otoño y primavera ocurre en el Templo De las Siete Muñecas. Pero prácticamente nadie sabe que ese sitio fue objeto de una investigación botánica cuyos resultados se dieron a conocer hace poco.

A Dzibilchaltún se le eligió para este estudio, porque la vegetación en que está enclavada es representativa de la selva baja caducifolia, que es la predominante en el noroeste de Yucatán y se caracteriza porque se desarrolla en condiciones de gran escasez de lluvia. En esa zona, los aportes de agua por la precipitación pluvial son sólo ligeramente mayores que las pérdidas por evaporación. Es, además, una selva que durante dos mil años ha sido afectada de una u otra manera por el hombre. Resulta, por tanto, ideal para estudiar cómo —por así decir— “vive” una selva de ese tipo en tan duras condiciones.

La investigación fue realizada por Mirna Valdez Hernández, Elizabeth M. Osorio Gil, José Luis Andrade y Paula C. Jackson. Los tres primeros del Centro de Investigación Científica de Yucatán y la última de la Universidad Estatal de Kennesaw, en Georgia, Estados Unidos.

Durante dos años, se observaron los ciclos de producción de hojas, flores, frutos y semillas de cinco especies de árboles característicos de la zona y, con una técnica muy avanzada a base de isótopos, se pudo determinar si el agua la obtienen esencialmente de la superficie, del subsuelo o de cenotes.

Pues bien, como decíamos, los resultados de la investigación se dieron a conocer hace poco, y entre otras cosas se encontró que, más que la cantidad total de lluvia que cae en el año, lo que influye sobre el desarrollo de las plantas es la época en que llueve y por cuánto tiempo llueve. Además, se observó que en aquellos lugares donde hay agua disponible cerca de la superficie, como en los alrededores de los cenotes, la vegetación puede desarrollarse mejor, especialmente si el suelo contiene abundante fósforo.

La importancia de esta investigación estriba en que sus resultados pueden servir —entre otras cosas, y fundamentalmente— para prever cómo reaccionará ese tipo de vegetación ante las sequías debidas al cambio climático. Pueden asimismo servir para planear mejor programas de reforestación, al saber qué especies aprovechan mejor el agua y en qué condiciones lo hacen.

Y aquí cabe destacar que las investigaciones de este tipo se han realizado casi exclusivamente en bosques de zonas frías y templadas y en selvas altas y medianas, con abundante precipitación pluvial. Muy poco se ha estudiado sobre el particular en las selvas secas, a pesar de que representan más del 40% de la superficie total de selvas en México y en el mundo. Esto le confiere un valor adicional al trabajo de los cuatro científicos mencionados.

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