Uno de los principales argumentos que utilizan los partidarios de las llamadas medicinas alternativas o terapias no convencionales, es que son métodos curativos muy antiguos, que se han utilizado desde hace siglos o milenios, y que por tanto son superiores a los medicamentos y procedimientos médicos modernos.

Me pregunto, entonces, si alguien estaría dispuesto a utilizar, en vez de medicinas de patente, preparados a los que en aquel entonces se atribuían extraordinarias propiedades curativas, a base de sangre menstrual, leche materna, saliva y heces humanas o de animales.

La saliva, por ejemplo, se recomendaba para el tratamiento de la lepra ulcerosa, los dolores de cuello, las enfermedades de los ojos y la epilepsia, entre otras dolencias. Asimismo, a la sangre liberada durante la menstruación se le atribuían efectos curativos sobre la gota, los tumores, los furúnculos, la erisipela, la supuración de los ojos y las fiebres tercianas y cuartanas, o sea el paludismo.

Imágenes de prácticas usuales en la medicina medieval. No sé si los partidarios de las llamadas medicinas alternativas consideren que por el hecho de tener mil años de antigüedad son superiores a los medicamentos y procedimientos médicos modernos

Por cuanto a la orina, se consideraba que tenía un gran poder terapéutico para tratar afecciones de los ojos, quemaduras, la amenorrea y la gota. Y la leche de la mujer que había dado a luz, preferentemente a un varón, se recomendaba como un infalible remedio contra las fiebres prolongadas o persistentes, la irritación o inflamación de los ojos, el dolor de oídos, los padecimientos del pulmón, la amenorrea y la gota, entre otros males.

Y el famoso médico medieval Bernardo de Gordonio o Bernhard von Gordon, en su obra Lilio de la medicina, relativo a “las tablas de los ingenios de curar las enfermedades”, daba especial importancia a los tratamientos a base de excrementos humanos y animales. Para curar lo que entonces se conocía como esquinancia —la inflamación de las amígdalas— recomendaba estiércol de golondrina, de niño mozo, del perro que roe los huesos y el del lobo. El excremento se ponía a secar al sol, se pulverizaba y se cocía en hidromiel. Una vez preparada la mezcla, había que hacer gárgaras con ella. Igualmente recomendaba beber heces de lobo, bien mezcladas con miel o con vino, para curar los cólicos.

Pero no se crea que todo esto es cosa de hace mil años. En un escrito reciente, cierto médico promotor de tratamientos a base de medicamentos isopáticos —que están emparentados con los homeopáticos— fundamenta la eficacia de esos métodos en que —dice— “el uso de los isopáticos ha estado presente en gran parte de la historia del hombre ya que los chinos los empleaban 3,000 años antes de Cristo… Los escritos de Plinio que llegan a nuestros días nos encontramos que aplicaba esperma y testículos para contrarrestar la impotencia masculina, mientras Galeno utilizaba vulva para la esterilidad femenina y específicamente la vulva de zorra la empleó en el tratamiento para el asma. En Europa en la Edad media se elaboraban remedios a base de cráneos humanos para combatir enfermedades como la epilepsia y apoplejía, también se utilizaban testículos de toro para procrear mayor descendencia.”

Y a partir de tales antecedentes, sostiene que pueden prepararse medicamentos de modo similar. Por ejemplo, de la manera siguiente: “Un isopático puede prepararse con sangre de un enfermo, con su saliva, con su orina, sus menstruos, sus líquidos sépticos, tumores, etc. En éste caso se trata de procurar al organismo una inmunidad que no puede adquirir por si mismo y por tanto se usarían de preferencia al final de las enfermedades para evitar residivas(sic) ó complicaciones lejanas aun cuando también tienen acción curativa y hasta abortiva en pleno periodo de estado ó de principio de algunas enfermedades”.

En fin, no sé si por allá habrá algún médico que para tratar a un enfermo de tuberculosis lo haga tomar esputos de tísico apropiadamente preparados como se menciona en el escrito en cuestión, o si todavía habrá quien quiera aplicar la receta del siglo XVI según la cual “para detener el desbordamiento menstrual(?) de las mujeres hay que recoger tres o cuatro gotas de la sangre expulsada, escogiendo de la más clara y hacerla beber a dicha paciente sin que se dé cuenta y sin duda esto solo la curará”.

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