Hace unos meses me reuní con Marisol Schulz (@Marisolschulz), en uno de sus raros viajes al DF; somos amigos desde hace muchos años, y es una de esas amistades que se conservan a pesar de los trabajos; la conocí cuando me comisionaron en el Fondo de Cultura Económica para la Colección Puebla, en coedición con el CIESAS; aunque acudió mucha gente, la chamba nos la repartimos ella y yo, los únicos que no teníamos interés político en el proyecto; publicamos varios títulos, y fue un placer colaborar con ella; no desecho a los autores, que me ayudaron a deshacerme del prejuicio de que los antropólogos tienen una redacción ingrata y sólo un enfoque, para su profesión pero también para la vida; hablar con un sabio humilde pese a su sabiduría, como Luis Reyes García, es uno de los privilegios mayores que he tenido en la más dura de mis profesiones, la de editar libros; también era un reto tratar con Keiko Yoneda, por su timidez injustificada tomando en cuenta su erudición y su inteligencia, además de que todos los otros editores, sobre todo Marco Pulido y Víctor Kuri, se morían –casi— de envidia.

Tratar con Marisol era como tratar con Gloria Carmona; Gloria y yo, al parejo, nos hicimos bromas suicidas cuando editamos el epistolario de Carlos Chávez, mal leído porque no han aprovechado todas las claves reveladas de la política mexicana en los años cincuenta, además de la buena prosa, y muchas infidencias de personajes ilustres; en esas páginas (con un formato singular en la industria editorial, para evitarnos problemas pero también con ánimo renovador) se encuentran algunas de las poco conocidas maledicencias de Carlos Pellicer; o la pugna entre caballeros sostenida por José Gorostiza y Chávez; retradujimos cartas de eminencias del mundo de la música, para que quedaran en español, pero respetamos un par de cartas de Salvador Novo en inglés (imposible tratar de imitar su español monumental) y que completan el episodio de su viaje a Italia e Inglaterra en el tomo correspondiente al sexenio de Miguel Alemán; con toda intención incluimos una carta llena de erratas, justificadas, y que todos quienes intervinieron en el proceso quisieron corregir y luego enmendar sus correcciones; cuando trabajábamos en el tomo nos tardábamos mucho porque nos poníamos a jugar trivia con los nombres de funcionarios menores en los gobiernos de los años treinta a cincuenta, o con el nombre de quien se recibió de médico y de abogado el mismo día, cuando estaba cumpliendo 19 años, y que fue paseado en hombros por la mañana y por la tarde por sus compañeros de ambas carreras.

Gloria, aunque tímida, es una deliciosa compañera de tertulias, además de que sabe de música tanto como los músicos; a ella se debe el rescate memorable de Pedro y el lobo dirigida por Chávez y relatada por Pellicer. Con Marisol, hablar de erratas, correcciones, cajas y callejones era interrumpir una deliciosa y apasionada charla sobre literatura. La perdí de vista una temporada, cuando de pronto me llamó; ya no estaba en el CIESAS ni yo en el Fondo; me invitó a colaborar en su nueva chamba, como editora en Alfaguara; no mencionaré qué libros enmendamos (en los colofones están los créditos), a quiénes pusimos en español, a qué autores descubrí por ella; sólo diré dos chambas específicas: puse en mexicano decenas de refranes de un libro lleno de refranes españoles que poco decían al lector mexicano; la otra fue que me dio el privilegio de leer antes que la mayoría de los lectores a Carlos Fuentes en varios de sus libros más recientes, privilegio triple por muchas razones. Aunque intentábamos comer juntos una vez al año, no siempre pudimos hacerlo, pero estuvimos cercanos en muchos de los acontecimientos personales que nos importaban; fue la primera jefa de Diego, y fue la presentadora –junto a Marco Pulido y Marco Antonio Campos— del libro que escribimos Diego y yo sobre beisbol, y del que ya he hablado en estas páginas; su texto es una maravilla, y más si se toma en cuenta que nunca ha ido a un juego de beisbol (ni a la lucha libre; es la única de sus amigas a las que Diego no ha convencido de esas aficiones tan extrañas). En una ocasión accedió a acompañarnos en el Taller de Lectura e impresionó a los asistentes por su soltura, su humor, su profesionalismo, sus anécdotas, la sencillez con la que explicó los secretos más recónditos e inexplicables del oficio de editor; y cuando la visitaba en Alfaguara nuestras carcajadas intrigaban a sus compañeros de trabajo, carcajadas compartidas con Ramón Córdoba. Un día me llegó el rumor: luego de muchos años, Marisol sale de Alfaguara, y se me hizo inconcebible pensar en esa editorial y no asociarla con ella, con su rigor, su sensibilidad para publicar textos herméticos y que los convirtiera en hermosos. Luego se acomodó el mundo: se fue a dirigir la Feria del Libro en Español, en Los Ángeles; como muchas de las grandes figuras del mundo editorial mexicano, cambió de un aspecto a otro en este complicado mundo del libro. Ya habían pasado los primeros días de la primera edición de esa feria, con el éxito previsto, y en uno de sus raros viajes nos fuimos a tomar unas cervezas a la cantina donde había jurado no ir porque allí, decía, se juntaban editores, pero sólo del género masculino (ella tenía su propia tertulia, con puras editoras); para evitarle incomodidades no le avisé a nadie, a cambio de presumirlo después (cuando visitó mi Taller la presenté diciendo que una semana antes había comido con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y José Saramago, ella sola). Y entre las muchas cosas que contamos aparecieron temas que le parecieron dignos de que se convirtieran en ponencias; una de ellas sería un diálogo entre ella y yo donde revelaríamos los avatares sufridos al editar algunos de los libros más importantes, sin mencionar nombres, sólo las anécdotas; fue imposible; otro era poner al alcance de los asistentes muchos de los aspectos invisibles que hacen de Las batallas en el desierto uno de los libros más importantes de la literatura contemporánea: sus fuentes, sus influencias, las citas que han pasado inadvertidas para los lectores. Éste fue el motivo para invitarme a la segunda edición de la Feria; con la irresponsabilidad de no recordar la “Ley Puga” (nunca hay que aceptar nada después de la segunda cerveza) acordamos que estaría en Los Ángeles tres días de mayo. Pese a los esfuerzos de Marisol, sufrió la Feria lo que en el beisbol se llama sophomore: tras un brillante debut, un segundo año difícil porque ya no se es novato pero aún no se tiene la suficiente experiencia, y los pitchers tiran lanzamientos rebuscados, ya conocen las carencias o problemas con ciertas pitcheadas, y los rivales ya conocen saben sus habilidades, por lo que son más fáciles de dominar. Aunque Marisol había dado instrucciones para que me giraran la invitación, las cartas, la agenda, sus asistentes hicieron lo posible para que me llegara todo con retraso: había un vuelo prácticamente reservado para los invitados, pero ante la carencia de información, opté por irme por mi cuenta, porque además irían conmigo cuatro personas (para asegurar que hubiera cuando menos seis en el salón donde hablaría); reservamos habitaciones en un hotel inadecuado (el Clown Plaza más cercano al aeropuerto) y decidí ir aun sin invitación; Marisol insistió: no me debía dar por desinvitado, contaban con mi ponencia y con mi presencia. Por mi amistad con ella acepté (la amistad es uno de los valores en los que creo y seguiré creyendo, aunque también creo en lo que dice José Emilio Pacheco: en la infancia y en la adolescencia se crean amistades que en adelante se dedica uno a ir perdiendo); fue un error; la invitación formal, la agenda, las instrucciones, me llegaron menos de una semana antes del viaje; yo pagué avión y estancia (como dije, iban cuatro personas conmigo, que irían a mi ponencia y luego nos dedicaríamos a visitar librerías y tiendas de discos, y los lugares que deben conocerse sin caer en los lugares comunes del turismo), y sólo hubo una invitación, a un coctel vespertino después de la inauguración. En esa inauguración vi a amigos con los que había perdido el contacto hacía tiempo, particularmente Myriam Moscona, Xavier Velasco, Alberto Ruy Sánchez, Enrique Krauze, Jorge F. Hernández, Joaquín Díez-Canedo, Cristóbal Pera, quien me ofreció su estand como si fuera mi casa; todos fueron cálidos y amistosos. Mi ponencia fue un éxito pese a mi mala dicción y a la descortesía de la Feria; no tuvo muchos asistentes, y en realidad se salió más de la mitad de los que habían entrado, pero se quedaron los inteligentes; me pidieron que estuviera media hora antes de mi presentación, pero sólo para que me indicaran la ubicación del salón; supongo que temían que no lo encontrara pese al letrero que lo presidía; nadie me presentó, nadie probó que el micrófono funcionara, nadie invitó a los visitantes a que entraran; en cambio dos veces interrumpieron la plática cuando con micrófono abierto invitaron a que fueran a otra sala a ver a alguien más popular, un best-seller; la única presencia de alguien de la feria fue la de quien puso un letrerito en la mesa para decirme que me quedaban cinco minutos de tiempo. Nadie se disculpó de las interrupciones ni de las desatenciones, ni de quienes estaban obligados a asistir, lo habían prometido, y se perdieron esa plática. Estuve a punto de interrumpir la charla porque nada me obligaba: pagué mi transporte, mi estancia y mis comidas. No lo hice en atención a los pocos que se quedaron, escucharon y preguntaron (por cierto, por la muina no les regalé un ejemplar de mi Promesa matrimonial; si me escriben y me dan sus señas, se los envío). Luego del fracaso (por los escasos asistentes) y del triunfo, ya sólo me quedé a comprarle un libro a Nahúm y nos salimos para no regresar (es impresionante verlo entrar a una librería; a sus ocho años es todo un connaissieur). Pedí que me apartaran dos boletos para un concierto (nunca que me los obsequiaran) y pese a las instrucciones de Marisol, no lo hicieron, aunque sabían dónde me hospedaba, y tenían nuestros números telefónicos. Lo único que nos proporcionaron fue transporte por día y medio, una persona amabilísima como casi todos los latinos, y que sólo nos permitió que le invitáramos un desayuno a un lugar donde no es tan mala la comida como en el Clown Plaza, pero que explica la obesidad estadounidense; a todos los platillos, muy bien servidos, le agregaban un par de hot-cakes. No dejo de quejarme de la ciudad de México: es inhóspita, caótica, inicua (y muchas veces inocua), amenazante, snob, de tránsito difícil (y ahora más, y tengo razones para sospechar que las obras que hacen que un trayecto que consumía siete minutos hoy desperdicie media hora, por lo que ya no puedo ir a comprar tamales si no es en fin de semana, van a concluirse hasta mucho después de las elecciones, y además no servirán para remediar el tránsito, sí para hacerlo más arduo e inhumano), corrupta, ruidosa, a ratos violenta, por lo regular agresiva; hay grandes tramos en donde reina la suciedad, y es rehén de cuidacoches, de estacionadores, peligrosa para cruzar avenidas y hay algunas calles en las que resulta más adecuado cruzar a la mitad que en las esquinas (Mariano Escobedo, por ejemplo; y en muchos puentes, donde además de presencia de asaltantes, se notan frágiles, llenos de cuarteaduras, se estremecen al paso de tractocamiones como en seísmos de más de 4.3 grados Richter –tractocamiones cuyo paso por esas calles está prohibido por un reglamento de tránsito que pocos respetan; entre ellos, no las autoridades), con ciclistas que hacen valer sus derechos transitando por banquetas, en sentido contrario e invadiendo zonas peatonales; con motociclistas que creen que un carril tiene dos carriles, y que no tienen por qué respetar los altos ni mucho menos las preventivas, y que agreden a los peatones; con basura en muchas esquinas, sobre todo en zonas supuestamente residenciales (excepto donde ponen imágenes religiosas); está llena de malos olores, no sólo de fritangas sino de abandono, no a tierra mojada sino a lodo encharcado; hay agua estancada por muchos lados, tanto que ya anda por acá el mosco causante del dengue; mal iluminada, desorganizada; pocos caminan confiados, casi todos miran con recelo sobre todo a las autoridades, a los choferes de los funcionarios que se siguen estacionando en doble o triple fila; y sobre todo a los funcionarios y aspirantes a los funcionarios; y para acabarla, como se ve en facebook, ya es una ciudad intolerante, no se respetan las ideas ajenas y sólo se aceptan las sumisas; cualquier crítica, cualquier juicio, es atacado con violencia, y la disidencia es causa de rupturas amistosas y familiares; una ciudad que amenaza con estallar en unos cuantas semanas (por no hablar de quienes manejan camionetas, porque piensan que eso les da inmunidad para infringir reglamentos y volar leyes). Y pese a todo, es una ciudad más habitable que Los Ángeles; siempre se dijo que Cuba desperdiciaría todo lo ganado en la Revolución el día que los ciudadanos aceptaran propinas por hacer su trabajo; en Los Ángeles exigen propinas del 20 por ciento aunque cobren 240 dólares por unos cuantos kilómetros y poco más de una hora de servicios; los restaurantes, malo y caros, cobran doble propina, una incluida en la cuenta y otra insinuada como el mensajero que le lleva recados a Cruz Treviño Martínez de la Garza; el transporte es un desastre, lento y agresivo, y su única ventaja es que excepto los turistas mexicanos, sí respetan las señales de un tránsito más organizado, porque aunque hay vuelta a la izquierda, la hacen por carriles específicos y no en los de alta velocidad, como en el DF desde que lo gobierna el PRD (bueno, no con Cárdenas); las zonas turísticas están llenas de limosneros con garrote y disfrazados, y los comercios, de empleados arrogantes; como no es un lugar que dependa en un gran porcentaje del turismo, no le importan los turistas, que deben arreglarse trayectos y travesías por su cuenta; es una ciudad hecha para el automóvil, e ir a cualquier lugar consume más de media hora (es la consecuencia de los dobles y triples pisos, y para allá vamos); excepto esas zonas turísticas es una ciudad sin vida, con calles solitarias, y a la que no le importan los demás; no hay equipos de beisbol que no sean Dodgers o Angelinos; nada interesan Gigantes de San Francisco, Atléticos de Oakland o Padres de San Diego, aunque sean californianos, mucho menos Medias Blancas de Chicago o, peor aún, Vikingos de Minnesota. Alguna vez Reyes dijo que a California se iba a californicar; lo único es que andan las mujeres en shorts que más bien parecen tarzaneras de mezclilla y en minifaldas como las de los años setenta en México; lo demás se ve asexuado, muy poco sensual.

Soy injusto: son apreciaciones de alguien a quien le afectó el clima y anduvo con resfriado la mitad del viaje, y con sólo cinco días para observarla, y además agraviado por una Feria del Libro sólo atenta con las celebridades. El único consuelo fueron dos librerías, organizadas de tal manera que se puede ver lo que interesa sin ensuciarse, sin perder el tiempo, y con una buena oferta en todos los rubros, una, y la otra especializada en libros de cine, en la que había pocas novedades, pero muchos títulos harto interesantes, y las tiendas de discos, en donde si uno no encuentra algo, es porque ya no existe. Claro, me enteré de que ya salió Soberbia en DVD cuando venía de regreso de uno de mis viajes menos placenteros; si no hubiera sido por la compañía…

En mi último día en California me enteré del fallecimiento de Carlos Fuentes, inexplicable por su vigor, su fortaleza, su vitalidad, su entereza; inexplicable porque teniendo médico de cabecera no se enteraron de su hemorragia, agravada por el tratamiento de cardiópata; inexplicable por su juventud; no me he repuesto ni me repongo de la actitud de las autoridades ni de las palabras irresponsables vertidas por los ansiosos de protagonismo. Ni menos aún de lo mal que se le ha leído, lo cual se deduce por las tonterías y declaraciones de quienes lo han leído tan mal (o no lo han leído, mejor dicho; y peor, que me citan sin saberlo).

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