El malecón Tajamar frente a la laguna Nichupté de Cancún —que puede considerarse la única ventana al mar de esta ciudad— se había convertido en un lugar de paseo de los habitantes de la ciudad, especialmente los fines de semana.

Pero el sábado 17 de enero los habituales paseantes ya no pudieron ir a patinar, andar en bicicleta, pasear a sus perros y disfrutar de la brisa marina. Encontraron los accesos al malecón bloqueados por un gran número de policías apostados en apretadas hileras tras vallas de acero que se extendían a lo largo de la avenida Bonampak. Las fuerzas policiacas habían sido desplegadas desde la madrugada, en una aparatosa operación al amparo de la oscuridad, pues previamente se apagaron las lámparas del alumbrado público.

Juan José Morales

Una parte de las nutridas hileras de gendarmes con que se impidió el acceso al ma-lecón Tajamar de Cancún a los paseantes habituales. El comentario generalizado fue que hubiera sido mejor destinar esa enorme cantidad de policías y patrullas a vigilar la ciudad para reducir el número de asaltos, robos y otros delitos que ago-bian a la población.

Una parte de las nutridas hileras de gendarmes con que se impidió el acceso al malecón Tajamar de Cancún a los paseantes habituales. El comentario generalizado fue que hubiera sido mejor destinar esa enorme cantidad de policías y patrullas a vigilar la ciudad para reducir el número de asaltos, robos y otros delitos que agobian a la población.

Y como complemento de aquel alarde de fuerza, una cubierta de plástico negro impedía mirar lo que ocurría más allá, donde podía escucharse el estruendo de la maquinaria pesada que había sido introducida bajo la protección de los gendarmes y —según pudieron comprobar quienes habitan los altos edificios situados al otro lado de la avenida— estaba arrasando totalmente lo que aún quedaba de la vegetación en el sitio.

Se dijo que esta acción fue ordenada porque un juez falló en contra del amparo solicitado por el Centro Mexicano de Derecho Ambiental para que se mantenga esa zona verde, aunque no se dio a conocer el documento. Hubo también versiones de que el amparo todavía está en estudio y la irrupción de la maquinaria buscaba crear una situación de hechos consumados y forzar un fallo en favor de los constructores.

Sea como sea, Cancún pierde así un trecho más de sus humedales. Se destruyó otro manglar que —al igual que los de Puerto Cancún y los fraccionamientos Donceles 28 y Lombardo Toledano— nunca debieron ser devastados, ya que constituían la primera línea de defensa contra los poderosos huracanes que de tiempo en tiempo azotan la zona. Constituían igualmente valiosos sistemas naturales de purificación de las aguas subterráneas contaminadas con desechos humanos que escurren hacia el mar. La ciudad se ha ido así quedando sin escudo contra fenómenos meteorológicos y sin riñones naturales que eliminen contaminantes nocivos para la vida marina.

Todo esto es consecuencia de que Fonatur perdió su carácter original de institución impulsora del desarrollo turístico y se convirtió en una vulgar empresa inmobiliaria dedicada a vender cuanto terreno tenga en sus manos, aunque sea inadecuado para la urbanización. No se ha preocupado por conservar aquellas zonas que los expertos recomiendan no alterar debido a que por su ubicación y características son cruciales para la protección del medio ambiente urbano, como es el caso de los humedales en general y de los manglares en especial.

Por cierto, como detalle curioso, cabe recordar que en 2007, al ver la devastación de manglar en el malecón Tajamar realizada por Fonatur, el entonces presidente Calderón ordenó la fulminante destitución, de manera humillante —en un concurrido acto público y sin que el cesado tuviera oportunidad de aclarar las cosas o tan siquiera se hallara presente—, de Rafael Muñoz Berzunza, entonces delegado de la Semarnat en Quintana Roo y ahora secretario de Ecología del gobierno de ese estado, a quien consideró culpable de aquel hecho.

Pero en realidad Fonatur taló ese manglar con autorización de la Semarnat mediante oficio del 28 de julio de 2005. Como eso se hizo antes de entrar en vigor las actuales disposiciones legales de protección al mangle, ahora se aduce que la ley no puede aplicarse retroactivamente y por tanto debe permitirse que el proyecto de urbanización en ese sitio siga adelante. Pero, según replican quienes se oponen a él, para obtener el permiso de desmonte Fonatur suministró información falsa a la Semarnat. En consecuencia, la autorización podría ser invalidada y no procedería la urbanización de los terrenos.

Ciertamente, es indispensable dejar muy en claro este punto. Si Fonatur falseó la información para obtener fraudulentamente permisos de tala y cambios de uso de suelo, resultaría que defraudó a los empresarios a quienes vendió tales lotes. Éstos podrían demandar a Fonatur por haberlos metido en un laberinto legal y habría que proceder penalmente contra los funcionarios responsables de tales hechos. Pero la gran duda es si las autoridades están dispuestas a desenmarañar este asunto.

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El pasado miércoles, alguien subió a la Internet un video sobre la forma en que, con maquinaria pesada, se estaba arrasando lo que queda de manglar y otra vegetación en el malecón Tajamar de Cancún. Seis horas después lo habían visto más de dos millones de personas, para quienes ahora la imagen de Cancún no es la de un paraíso tropical o un atractivo centro turístico de sol y playa, sino un lugar donde se destruye la naturaleza.

Juan José Morales

TajamarDestruido

Vista de las obras de desmonte total y relleno en el malecón Tajamar. Irónicamente, el único árbol que las máquinas dejaron en pie es una casuarina o pino de mar, indeseable especie invasora que los biólogos tratan de erradicar por los graves daños que causa a la fauna y a la vegetación nativa. Las obras, por lo demás, se realizaron sin el previo rescate de flora y fauna que establece la ley.

Que las cosas se estén haciendo dentro del marco legal o no, que los ecologistas exageren, que haya políticos que quieran aprovecharse del caso —como los lidercillos del llamado Partido Verde, que jamás han movido un dedo para defender el medio ambiente en Cancún y ahora prometen que lo harán—, son cosas que a estas alturas ya no importan. Lo importante es que Tajamar se ha convertido en un motivo de irritación social para un amplio sector de la sociedad, encolerizada ante la persistente destrucción de valiosos ecosistemas. Y se ha convertido también en un embrollo legal que, como demuestra la nueva suspensión de los trabajos ordenada por un juez, puede prolongarse y provocar mayor encono por parte de la población.

Por eso valdría la pena tratar de encontrarle una salida razonable al problema. Y ello no es difícil. De hecho hay dos precedentes que pueden servir de ejemplo.

El primero fue el caso de las playas de Xcacel-Xcacelito, en la Riviera Maya. Ahí, el consorcio español Meliá pretendía construir un hotel en un terreno que —dicho sea de paso— le fue vendido a precio de ganga por el gobierno de Quintana Roo. Había obtenido ya, como ahora los inversionistas de Tajamar, todos los permisos legales para las obras. Pero se levantó una oleada de protestas por parte de diversos grupos sociales ya que ese lugar es un importante sitio de anidación de las tortugas marinas. Hubo un largo y en momentos bastante violento estira y afloja entre los defensores del medio ambiente y los científicos por un lado, y las autoridades que —al igual que ahora— se pusieron del lado de los inversionistas, hablaron de apego a la ley, esgrimieron el argumento del desarrollo económico y la creación de empleos y aseguraron que se tomarían medidas para que las tortugas pudieran seguir anidando. Finalmente, sin embargo, tras una batalla legal y bajo la presión social, el gobierno aceptó cancelar el proyecto hotelero, entregó otros terrenos al consorcio español a cambio de los de Xcacel-Xcacelito, y estableció en estos últimos el Santuario de la Tortuga Marina, muy exitoso por el gran número de animales que ahí desovan. El año pasado, por ejemplo, se registraron ahí más de 4 700 nidos.

El segundo caso, más reciente, fue el del llamado Ombligo Verde, una gran área arbolada en el corazón de Cancún, que un presidente municipal de infausta memoria, Gregorio Sánchez, pretendió convertir en una faraónica y encementada plaza cívico-religiosa con un nuevo palacio municipal de un lado y del otro una nueva catedral (la original, situada a corta distancia en el propio Ombligo Verde y a medio construir, se destinaría al negocio clerical de las criptas funerarias).

También una gran parte del Ombligo Verde fue arrasada totalmente. Las máquinas no dejaron un solo árbol en pie y eliminaron hasta la cubierta de suelo fértil, dejando sólo la roca desnuda. Todo ello con autorizaciones legales, pero contra la opinión popular, que pedía conservar la vegetación y destinar el lugar a un gran parque urbano. Aunque Greg, como se hace llamar el alcalde de marras, continuó tozudamente con su proyecto, finalmente la ciudadanía ganó la batalla, el faraónico proyecto fue cancelado y el Ombligo Verde, aunque severamente dañado, es ahora un sitio de esparcimiento y recreación para los cancunenses.

Uno se pregunta ¿por qué no tomar en cuenta a los habitantes de Cancún y cancelar el proyecto del malecón Tajamar? Fonatur podría muy bien compensar a los inversionistas y destinar el área a un gran parque urbano, que mucha falta hace a Cancún, una ciudad que surgió de la selva pero, paradójicamente, tiene apenas la cuarta parte de la superficie de áreas verdes por habitante que recomienda la Organización Mundial de la Salud.

Esa sería una solución inteligente y satisfactoria, que contribuiría a elevar el prestigio de Cancún en lugar de socavarlo como ahora ocurre.

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