Rodolfo Guzmán Huerta es el nombre de un luchador que llegó a los cuadriláteros mexicanos en 1934 y que peleó bajo diversos nombres al inicio de su carrera, como Hombre Rojo, Enmascarado, Murciélago II y Demonio Negro. Este dato no diría nada si no fuera por la leyenda que comenzó a escribirse el 26 de julio de 1942 en la Arena México.

Una máscara plateada daba la bienvenida a un nuevo participante de la lucha libre mexicana que vendría a cambiar los paradigmas de lo hasta entonces escrito en este ámbito. Hizo su llegada Santo, el Enmascarado de Plata. Desde entonces, su imagen sería imborrable no solo del deporte luchístico, sino que traspasaría esas fronteras y alcanzaría a convertirse en un ídolo del cine mexicano y de cierta literatura, escrita en aquellos años, con lo cual sentó las bases de un personaje emblemático de la cultura popular mexicana.

La influencia de este personaje ha sido importante para la literatura mexicana. Ríos de tinta han corrido en incontables páginas para dar cuenta de este suceso. Por ello, una mirada literaria caerá sobre este representativo luchador. Se trata de Santo, el Enmascarado de Plata, ciclo organizado por la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en colaboración con El Hijo del Santo.

A 31 años del fallecimiento del emblemático luchador y a 73 de su debut, se efectuarán cuatro sesiones entre marzo y abril, con motivo de revisitar a esta importante figura.

La primera contará con la participación de los escritores Carlos Antonio de la Sierra, Roberto López Moreno y Javier Perucho, bajo la moderación de Daniel Téllez. Se llevará a cabo el martes 10 de marzo a las 19:00 horas en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, ubicado en Avenida Nuevo León 91, colonia Hipódromo Condesa, Ciudad de México. La entrada será gratuita.

En la segunda sesión, que se realizará el 17 de marzo en el mismo lugar y el mismo horario, participarán Armando Oviedo, Enzia Verduchi y Felipe Vázquez, y en la tercera, León Plascencia Ñol, Jorge Luis Herrera y Sergio Valero. Ambas serán moderadas por Héctor Orestes Aguilar. El ciclo terminará el 14 de abril con la presencia de El Hijo del Santo y los escritores J.M. Servín y Daniel Téllez.

Si en los coliseos, donde concurrían centenares de personas para verlo pelear cada noche, se enfrentaba a temibles rivales de la lucha libre mexicana, con lo que se ganó el respeto y la admiración del público, en las aventuras cinematográficas venció a extraños seres que venían de ultratumba o de lejanas galaxias.

Zombis, momias y extraterrestres fueron sus principales adversarios. Y hasta Capulinas, no arañas mutantes, sino el mismísimo Gaspar Henaine, Capulina, como señala en un texto el escritor Bernardo Esquinca.

La literatura, notablemente, no tardó en adoptar a este héroe enmascarado. El dibujante José Guadalupe Cruz le dio forma bajo un personaje fantástico del cómic que se convirtió inmediatamente en un emblema de la literatura popular mexicana. Su incursión en el séptimo arte lo colocó en terrenos nunca pensados para un luchador, lo cual lo llevó a ser toda una referencia obligada que no escaparía de las plumas que quisieron consignar las aventuras del entonces nuevo héroe nacional.

Obviamente —como se desprende de su lectura— De Médico a Sicario no es una novela autobiográfica, aunque sí a todas luces se inspiró en hechos reales, que tal vez el autor vivió muy de cerca, o de los cuales tuvo conocimiento directo. Porque, a medida que se avanza en las páginas de la obra, van surgiendo en la mente recuerdos de noticias de prensa que en los últimos años han sido cada vez más comunes y frecuentes en México: balaceras en el corazón de las ciudades, secuestros, desapariciones y asesinatos de médicos, extorsiones a clínicas y hospitales privados, colusión entre autoridades y criminales, médicos obligados a atender a delincuentes heridos, incursiones tipo comando a hospitales para rematar heridos, y hasta asaltos a funerarias para llevarse el cadáver de algún prominente narcotraficante y darle cristiana sepultura al gusto de su banda.

Por Juan José Morales

Todo eso —y mucho más— es, como decíamos, cosa de todos los días en el México de hoy. Y Edgardo Arredondo, yucateco, médico, ortopedista como el protagonista de la obra, y buen literato, ha sabido utilizarlo para armar la trama de esta novela —segunda salida de su pluma—, en la que con claro, preciso y atractivo manejo del lenguaje y las situaciones, logra mantener al lector interesado por lo que vendrá a continuación. Con una estructura lineal, directa, y un lenguaje sobrio —mas no banal, simplón o mediocre— Arredondo nos relata la historia de algo que, si no ocurrió, pudo muy bien haberle sucedido a cualquier médico en cualquiera de muchas regiones de México.

Paso a paso, nos lleva por las situaciones casi forzadas e inevitables, que —como el título del libro indica— convierten gradualmente, por el devenir de circunstancias fuera de su control, a un médico eficiente, honrado y responsable, en real, supuesto o ficticio sicario (eso lo sabrá el lector al llegar al final).

No es una novela de blanco y negro, de malos y buenos, en que los personajes queden encasillados en categorías bien definidas. Arredondo sabe pintarlos muy bien como seres humanos sin juzgarlos ni mucho menos condenarlos. Simplemente los describe tal cual son.

No soy ni pretendo ser crítico literario, pero cuando encuentro calidad en un libro de cuentos, un ensayo, una novela o cualquier otra obra literaria, no vacilo en recomendar su lectura, y tal es el caso de esta coedición de Conaculta y la Secretaría de Cultura de Yucatán.

Y es de desearse que Arredondo siga alternando su difícil profesión de médico con el a menudo duro e ingrato oficio de escritor.

Para terminar, sólo una pequeña crítica, nacida de mi casi obsesivo rechazo a la ovnimanía y los anglicismos innecesarios: el autor utiliza la palabra abducción en el sentido usual de la charlatanería sobre seres extraterrestres y platillos voladores. Es decir, como señala el diccionario de la Real Academia Española, un “supuesto secuestro de seres humanos, llevado a cabo por criaturas extraterrestres, con objeto de someterlos a experimentos diversos en el interior de sus naves espaciales”. Pero el término —que proviene del latín abductio o abductionis, que significa separación— se refiere, como señala el propio diccionario, al “movimiento por el cual un miembro u otro órgano se aleja del plano medio que divide imaginariamente el cuerpo en dos partes simétricas”. Por ejemplo, cuando se tiene el brazo pegado al cuerpo y se levanta despegándolo de él.

Pero esta es una minucia lingüística que si bien he querido precisar, de ningún modo resta valor a “De Médico a Sicario”, una novela que vale la pena leer.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Cuatro muertes en una semana estremecen, de una u otra forma, a la opinión pública, en diferentes ámbitos: Silvio Zavala, uno de los grandes historiadores del periodo colonial mexicano (y centroamericano) con énfasis en la explotación laboral, pero también en la majestuosidad artística;

Luis Herrera de la Fuetne

Luis Herrera de la Fuente, director de la Orquesta Sinfónica Nacional en varias ocasiones, director del Departamento de Música del Instituto Nacional de Bellas Artes otras tantas, y autor de uno de los discos más célebres de la música mexicana, en donde reunió varias de las piezas más populares (Huapango de Moncayo, los Sones de mariachi de Blas Galindo, el Homenaje a García Lorca de Revueltas, y el Concertino de Bernal Jiménez); fue mejor como maestro y funcionario; como director, lo superaron cuando menos Carlos Chávez y Eduardo Mata.

Silvio Zavala

Más notorios, para el espectador medio, Vicente Leñero y Roberto Gómez Bolaños; este último actuó primordialmente en programas cómicos; al principio, con expresión inmóvil, quería imitar a Chaplin, a Buster Keaton pero más al genial Stan Laurel; tuvo la oportunidad de crear varios personajes, sobre todo a los que él protagonizó; como quería inmortalizar el sonido del díptico ch, así comenzaban los nombre de casi todos sus personajes: Chavo, Chapulín, Chapatín (algún bromista, por su proliferación con guiones, le dijo que era Shakespeare en miniatura);

RobertoGomez Bolaños

Hizo populares frases que se volvieron lugares comunes, aunque no tenían nada de ingeniosas y menos de originales; una, en voz de su compañera Florinda Meza, fue copiada de una pareja de cómicos populares en Siempre en domingo, pero Gómez Bolaños se negó a reconocerlo. Se negó a tratar con más dignidad a sus compañeros, mejores actores que él (Ramón Valdés, con los genes de Tin Tan y El Loco, sus hermanos; Carlos Villagrán, multifacético; Édgar Vivar, de extracción universitaria, y María Antonieta de las Nieves, infaltable en cualquier doblaje en los años sesenta y setenta), y cuando los fue corriendo, sus programas se desplomaron; pero si como actor era malo, era ingenioso como guionista; quieren hacer creer que escribía poemas y componía canciones, pero la versificación no es poesía; sus obras en nada pueden compararse a la poesía mexicana contemporánea de lo que él intentó; sin embargo, insisto, como guionista era mejor.

Cuando Emilio García Riera publicó su primera versión de la Historia documental del cine mexicano (Ediciones Era), omitió comentar las películas de Viruta y Capulina; para él, todo eran pastelazos y bromas tontas, pueriles; cuando comenté el noveno y final tomo de esa colección, se me ocurrió decir que si era un esfuerzo enciclopédico, debería de incluir todas las cintas, no sólo las que le gustaban o que le parecían interesantes; sé que le molestó, me lo dijo nuestra amiga mutua Alba Rojo; cuando apareció la segunda edición (Universidad de Guadalajara) aceptó el golpe: en la primera versión de esta historia, alguien (nunca mencionó mi nombre, ni en este ni en otros casos en que llamé su atención) me reclamó que no comentara estas cosas (gloso, no cito); al principio, todos los comentarios eran del mismo tono: ñoños, desgraciados (es decir, sin gracia), repetitivos, limitados, sin originalidad; de pronto fue más benévolo, algunas de esas cintas le parecieron graciosas, o menos ñoñas; algún chiste le causó risa, encontró que las historias eran cuando menos coherentes y los pastelazos, justificados; él mismo encontró la razón: eran cintas con guiones de Roberto Gómez Bolaños.

VicenteLeñero

El otro fallecido fue Vicente Leñero; cuando Antonio Sandoval me notificó la gravedad de su mal quise llamarle, pero me pareció que sabría el motivo de mi llamada; pocas veces le telefoneé: para que contestara una encuesta, para agradecerle el envío de algún libro, para invitarlo a que asistiera a la última cátedra del curso que dicté sobre sus novelas (apareció e impresionó a los asistentes), para comentarle que en el Taller de Lectura en El Financiero habían leído con placer Los albañiles, y le pareció conmovedor que muchos de los comentarios se refirieran a escenas conmovedoras de la novela; le emocionó que a 40 años de publicada le siguiera gustando a la gente, y le impresionó que los asistentes hayan leído 40 libros en el año que duró el Taller: “como profesionales”, exclamó; la última vez, para invitarlo a una mesa redonda que se titularía “Cuando los clásicos eran jóvenes”, en la Feria del Libro de Xalapa, donde participaría con Emilio Carballido, José de la Colina, Eraclio Zepeda y no me acuerdo quién más; por desgracia, coincidiría con un viaje suyo a España. Ah, y cuando se presentó Rito de iniciación, la novela de Rosario Castellanos que me tocó en suerte descubrir y editar (su esposa es una de las mejores lectoras de Castellanos). Ah, y en una feria de clavos en el Auditorio Nacional, porque al saludarme descubrió que me había topado con un libro desconocido de Dashiell Hamett; no me atreví a decirle que yo había tomado el único ejemplar.

Tuve con él muchas comunicaciones; cuando Arturo Trejo me pidió un artículo sobre los 25 años de Cien años de soledad, y me mostró la lista de los participantes, le dije que faltaba un artículo-cuento excelente de Leñero, del hombre que no había podido leer la novela de García Márquez; le proporcioné una copia, que había aparecido en un libro poco mencionado, Cajón de sastre; le llamó para pedirle autorización, y le dijo que yo lo había puesto en la pista; Leñero comentó: Mejía conoce muy bien mi obra (gloso, no cito).

Escribí bastante sobre él; me siguen gustando mucho La voz adolorida más que la segunda versión, A fuerza de palabras; me gusta mucho también Los albañiles (que alguien dice que retrata la vida de los desposeídos), aunque me salta el detalle que me hizo ver el mejor lector que conozco: ¿a poco la policía se va a detener tanto tiempo en investigar el asesinato de un velador? Estudio Q me sigue pareciendo una de las mejores novelas mexicanas de todos los tiempos, aunque en la cuarta relectura me atoré (¿efectos de la edad? Mía, no del libro), El garabato, luego de la sorpresa inicial me habla más de aspectos técnicos que de literatura, y sólo la releo si veo en ella un retrato cruel de Emmanuel Carballo; Redil de ovejas es, creo, su mejor novela, y también una de las mejores de los tres últimos siglos; poco leída, muy enredada, con toda la lección y la influencia no sólo de la Nueva Novela Francesa, sino también con la visión de Greene (Graham y Julien).

Menos me gustaron sus novelas posteriores; releída, Los periodistas, tiene una escena excelente: Regino a punto de confesar sus pecados; en cambio, la última escena, la farsa de los “Inos”, de lo más fallido de su obra; La gota de agua me aburrió, excepto el capítulo autobiográfico de sus torpes intentos de ser ingeniero; la primera vez que lo leí estaba en un restaurante ahora famoso, China Girl cuando se situaba en un sótano; en otra mesa, Héctor Aguilar Camín y Ángeles Mastretta veían, atestiguaban, curiosos e intrigados, mis carcajadas. La vida que va me hizo concebir esperanzas de su retorno a la experimentación, pero quedó trunco el intento. Reacio al teatro, y ante su proliferación, me quedé con las primeras obras y nunca me entusiasmó su dramaturgia; y lo que surgió, las confesiones de su relación con la gente del teatro, y las secuelas, donde habla mal de amigos y conocidos, me parecieron, el primer tomo, muy divertido, pero los otros no, y supongo que a los que balconeó, de broma o de mala leche, muy desafortunados.

Como periodista fue muy bueno, pero cayó en un error muy común en el actual periodismo: la sentencia contundente, frases cortas, punto y aparte, sin lugar a la interpretación y menos a la duda y a la respuesta o a la crítica; un reportaje suyo en Proceso, cuando se molesta porque a la mitad de una gira electoral el candidato priista Carlos Salinas de Gortari le retiró la invitación para la segunda etapa de la gira, me dañó mucho en mi estimación sobre su oficio; en La mafia, en una plática, Luis Guillermo Piazza y Carlos Monsiváis colocaban a Leñero en la categoría de “Los inatacables”, junto a Ramón Xirau y Vicente Rojo, entre otros. Con ese artículo, me pareció que ya no era inatacable, como él mismo lo confirmó al ser atacado con virulencia por Jorge Ibargüengoitia, por aquel pasaje en que debe aguantarse las ganas de ir a orinar, porque no se atreve a decirle a Scherer que ese viaje es urgente. Y en alguna parte se queja de que en Uno más le den, de vez en cuando, un coscorrón.

Sigo admirando, repito, algunas de sus novelas, y le agradezco profundamente las atenciones que tuvo conmigo, nuestras discusiones amigables sobre su obra, y sobre todo, le envidio que haya bateado en el Parque del Seguro Social: fue un fanático del beisbol, aunque otras ocupaciones le hicieron olvidarse de ese deporte y de cómo se juega.

Fui a la FIL de Guadalajara; el motivo: la presentación de Lenguaje en libertad, compilado por María José y por mí, y editado con generosidad por El Colegio Nacional; los presentadores, de lujo, y generosísimos: Juan Villoro, Enrique Krauze y Eduardo Matos Moctezuma; el acto, muy lucido y los asistentes, realmente interesados; aunque Krauze había dicho que no nos retirarían sino por la fuerza de las bayonetas, debimos dejar el auditorio a Elena Poniatowska; de nuevo, la saludé muy de lejecitos: no quiero incomodarla.

La Feria, aturdidora, con demasiada gente haciendo relaciones casi a las carreras, porque cuando entra el público y comienzan las conferencias y mesas redondas, se acaba el tiempo; algunas personas (Sandra Licona, Azucena Rodríguez, Grisel Marroquín, Roberto Rébora, Tomás Granados, Lluïsa Matarrodona, Martín Solares, afables aunque le quitaba el tiempo); Juan José Rodríguez me cuenta un rumor, que me convierte en autor de algunas de las novelas más inteligentes de los últimos tiempos; y se ha multiplicado tanto el rumor, que estoy por creérmelo; algunos encuentros, aterradores: el pasado llega como si no hubiera quedado atrás; alguna estúpida ignora la importancia de El Universal y no me ha leído una sola vez en estos últimos 40 años; los hoteles de lujo, ineficientes, ineficaces, con restaurantes caros, lentos, y aunque no son malos, sí banales; busqué birria, y en todos lados parece hecha para turistas; no se compara con la de La Polar ni menos con la de Birrias Jalisco, con lo único malo de que ésta desapareció hace años; las tortas ahogadas, también para turistas, aunque por fin entendí a Agustín Isunza cuando dice que viaja a México si le preparan unos lonches y le compran unos tíquetes; nada que ver con las loncherías, que ahora son más bien cafeses de chinos. La vida en Jalisco, lenta y aturdidora; un detalle curioso: la cantidad de mujeres que usa minifalda, dentro y fuera de la FIL.

El libro Lenguaje en libertad, uno de los mejores en que he trabajado, y por el que nos han llovido felicitaciones, algunas inesperadas, todas generosas; si no tuviera temor del dolor, algunos me los haría tatuar. Ya platicaré cómo nació, cómo lo trabajamos, cómo lo terminamos. Acoto uno: Enrique Krauze me califica como uno de los mejores editores mexicanos, y pidió una ovación para María José.

“Vino el remolino y nos alevantó”, decía la canción y es el título de una desgarradora película de Juan Bustillo Oro con argumento de Mauricio Magdaleno, en la que una familia se separa, y cada quien pelea por una facción revolucionaria distinta; la hermana se vuelve hija de la mala vida pero no por voluntad, sino por las circunstancias.

A ratos, leyendo las cada vez más contaminadas redes sociales, tengo la impresión de que es imposible hablar con algunos de mis mejores amigos; incapaces de sostener diálogos, sostienen frases, acusaciones, no permiten juicios ni menos si son adversos; han retomado una frase dramática de las madres, hijas, esposas, hermanas de las víctimas de las dictaduras y los golpes militares de Argentina y Chile, principalmente; aquéllos fueron desaparecidos por defender los gobiernos legales, por oponerse a la represión, exponiendo su vida por la vida y la libertad de los ciudadanos; no eran víctimas de luchas entre narcotraficantes ni cayeron enredados en enfrentamientos de bandas rivales, algunas de ellas propiciadas y protegidas por quienes se dicen militantes de un partido de izquierda que nunca fue de izquierda, que eran de centro derecha cuando sus gobiernos prohibieron que llegaran los Beatles, que había conciertos en provincia pero no en el DF, cuando andar con el cabello largo era delito, cuando entrar a las cafeterías era peligroso porque agentes policiales llevaban a los comensales a las delegaciones por el hecho de tomar café (léase De perfil, de José Agustín, y véase, si se soporta, Los juniors, de Fernando Cortés [el Papy de Mapy], cuando los supuestos jóvenes rebeldes Andrés García, Pedro Armendáriz y El Puma son apresados sólo por cafetear [y eso que para entonces ya no era regente Uruchurtu]); cuando un hombre y una mujer no podían tomarse de las manos en público, y en el Metro remitían a las delegaciones si sorprendían a una pareja besándose, aunque fueran hombre y mujer; muchos de ellos o sus herederos ahora están en la supuesta oposición pero gritan, cuando aprehenden a los que dañan edificios y asaltan comercios, que es represión. ¿Alguien entiende algo?

¿Qué político mexicano perdió en dos ocasiones las elecciones presidenciales y, ante su fracaso, intentó una revolución para hacerse de la presidencia?

No voté por ningún candidato; mucho menos por el más ignorante, que no sabe pensar, que sólo repite clichés que fueron reales cuando en Europa los gobiernos perseguían con crueldad a los guerrilleros, y se convirtió la fórmula de que quien delinquía por hambre debía de ser considerado preso político; fórmula rebasada casi desde entonces; ahora ese politiquillo plantea que si fuera gobierno crearía empleos y con eso se acabaría la iniquidad social y económica, pero no dice cómo los crearía: ¿con puestos burocráticos, aumentando la circulación de dinero, o sea con inflación? ¿Y cuántos aceptarían puestos en los que cobrarían tres o cuatro salarios mínimos si ahora, en el ambulantaje, en la informalidad, en el Metro vendiendo piratería, supuestamente prohibida, ganan en unas horas lo que ganarían en una quincena en uno de esos puestos? Curioso caso de un populista que desprecia a las masas.

Se burlaron de un candidato que no tiene costumbre de leer, y un reportero se puso a las órdenes del politiquillo: ¿y a usted, qué libros le cambiaron la vida? La Constitución, dijo, aunque no es libro y es obvio que si la leyó, no la entendió; la Historia Moderna de México, de Cosío Villegas, y Poemas, de Carlos Pellicer. Nadie refutó que ningún libro de Pellicer se llama Poemas, aunque cuando dirigía la campaña del poeta para senador por Tabasco, publicó, si eso fue publicar, un folletito con poemas de Pellicer; tampoco aclaró que leyó a Cosío Villegas como parte de su trabajo para terminar sus estudios. Allí debo aceptar que lo leyó, porque sigue los pasos de Porfirio Díaz, quien dos veces fue derrotado en elecciones presidenciales, pero llegó a la presidencia, y se sostuvo más de 30 años, por la fuerza de las bayonetas.
En lo demás, no le entendió: Cosío lo hubiera corrido de su cátedra, o de sus oficinas, si hubiera dicho delante suyo: “él empezó primero”.

Sí, he perdido si no familiares, a muchos amigos entrañables, pero no voy a tratar de convencerlos ni voy a dejar que traten de convencerme; prefiero que se calmen los ánimos; y si no, podré lamentarme: vino el remolino y nos alevantó.

PD. ¿Estarán saladas las ferias de libros? Hace un par de años, cuando estábamos en Los Ángeles, llegó la noticia del fallecimiento de Fuentes; ahora, en lo más emocionante de la FIL, se van Leñero, Zavala y Herrera de la Fuente.

Un caso envuelto en fraude, mentira y sacrificio.

Existe una maldición en la Sierra Norte que habla de un ser mítico que amenaza a todo aquel que se atreve a mancillar o deshonrar la cultura indígena y sus tradiciones. A pesar de esto hay personas, como el gran empresario Arsenio Martínez de la Barrera, para quienes la tradición y sus leyendas no significan nada: lo único en lo que piensan es en el poder social y económico que pueden obtener a través del fraude, la mentira y el sacrilegio. El afamado investigador RR ha sido asignado para resolver este singular y brutal caso, mucho antes de enfrentarse con el Príncipe Maldito.

Ramón Obón El prestigiado abogado y cinematografista, con una nueva novela para Ediciones B, en la cual expone su larga experiencia narrativa volcada en su memorable y exitosa trilogía de El Príncipe Maldito, y en su anterior entrega Ángel de las Tinieblas. Ahora, con La Maldición del Nahual, Obón nos sitúa en lugares umbríos, colmados de niebla y llenos de secretos y maldiciones, para enfrentar a su ya conocido investigador RR (dentro de una trama apasionante y vertiginosa, donde el crimen y el misterio están a la vuelta de cada página).

La maldición del nahual

Ramón Obón

Ediciones B

Invitan a charla sobre las posibilidades de la escritura en el México de hoy. Participan Emiliano Monge (@MongeEmiliano), J. M. Servín y Daniela Tarazona (@dtarazonav), moderados por Andrés Ramírez.
La cita es en la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, en Tamaulipas 202, esquina Benjamín Hill, en la colonia Hipódromo Condesa.

Daniela Tarazona

Emiliano Monge

JM Servín

El genio y humor del escritor Jorge Ibargüengoitia será recordado en No olvide usted su equipaje, recorrido por las calles de Coyoacán coordinado por Libia Brenda Castro. Participe, invita el Instituto Nacional de Bellas Artes este domingo 23 de febrero, a las 10:00 horas, como parte del ciclo “Visitas literarias”.

El punto de reunión para esta actividad, a la que convoca la Coordinación Nacional de Literatura, es Francisco Sosa y avenida Universidad (frente a la capilla de San Antonio de Padua). Las lecturas recomendadas para este paseo son Autopsias rápidas, Instrucciones para vivir en México, Viajes por la América ignota, La ley de Herodes, Las muertas, Dos crímenes y Los relámpagos de agosto, pues serán recordados algunos fragmentos de estas obras.

El barrio de Coyoacán, uno de los lugares en los que Jorge Ibargüengoitia vivió, le sirvió como refugio para escribir. Ahí llegó a morar, a  fines de los años cincuenta, el autor de Estas ruinas que ves, cerca del zócalo de este entonces pueblo, junto a su madre y su tía. Tiempo después compartiría con su esposa, Joy Laville, caminatas interminables y experiencias únicas en este mismo lugar, como, por ejemplo, cocinar paella todos los fines de semana mientras ella disfrutaba de pintarlo cuando él escribía o platicaba, según ha recordado en algunas entrevistas su ahora viuda.

Este recorrido pasará por Francisco Sosa, una de las calles con más historia de este barrio. Aquí se podrán ver edificaciones del siglo XVI, la Capilla del Altillo, considerada especial dentro de la arquitectura de nuestro país por contar con una fachada elíptica; la residencia que fuera de Octavio Paz, ahora convertida en la Fonoteca Nacional, así como la Iglesia de Santa Catarina, construcción del siglo XVII.

Los momentos por Coyoacán no solo quedaron plasmados en el recuerdo de quienes más lo conocieron, sino también en algunos de sus libros, como Tres viñetas sobre Coyoacán, en el que resalta sobre todo el mercado de la zona, lugar al que acudía constantemente y que incluye este paseo.

A la plaza de Coyoacán llegará este paseo, la cual cuenta con dos espacios muy particulares: la Plaza Hidalgo y el Jardín Centenario, agradables a la vista no solo por ser especialmente coloridos, sino por conservar un ambiente entre pintoresco y campirano.

Libia Brenda Castro señala que aunque los asistentes no hayan leído a Ibargüengoitia, se pueden inscribir, pues es buen momento para comenzar a conocer el humor dentro de su obra, el cual a ella le interesa rescatar, sobre todo en un contexto en que la literatura mexicana ha sido siempre muy seria, “como si para decir cosas importantes los escritores tuvieran que ‘ponerse la corbata’ (parafraseando a otro escritor)”, dijo en entrevista.

Libia Brenda Castro (Puebla, México, 1974) estudió lengua y literatura hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado en varias revistas, suplementos, y antologías de México, España e Italia; como articulista ha colaborado con la Revista Digital Universitaria (www.revista.unam.mx) y en otros medios impresos y digitales. Trabaja en el ramo editorial desde 1996. Ha impartido clases y talleres alrededor de la literatura.

Se sugiere asistir con equipaje ligero, ropa y zapatos cómodos. Costo: $20 pesos por paseo.

Informes y reservaciones: Susana Hernández sshernandez@inba.gob.mx

José Emilio Pacheco Foto: La Jornada

El escritor José Emilio Pacheco falleció este domingo 26 de enero de 2014, en la Ciudad de México, a los 74 años de edad.

Narrador, poeta, ensayista, traductor y periodista, José Emilio Pacheco fue uno de los escritores más importantes de la literatura mexicana del siglo XX; integrante de la Generación de los 50, se consagró además como docente y editor de diversas publicaciones y suplementos culturales, entre los que destacan La cultura en México, México en la cultura, I, Estaciones, entre otros.

Para el autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo, sus lectores eran parte importante de sus andanzas literarias, y en la entrega de la Medalla Bellas Artes, en 2009, dejó prueba de ello: “Son ustedes los que con su bondad han inventado mis libros a partir de esas mitades que están en la página a la espera de ser concluidos por la inteligencia y la imaginación de quien los lee”.

El principio del Placer, Las batallas en el desierto y El viento distante son muestra de su obra narrativa, que destaca en la innovación de estructura y técnica literaria.

Pacheco abordó temas como el paso del tiempo, la vida, la muerte y el compromiso social. Él mismo veía a la poesía como un elemento con el que “uno descubre cosas a las que no llegaría de otra manera”.

Durante la entrega de la Medalla Bellas Artes al maestro Pacheco, Margo Glantz consideró que “no hay nadie en la literatura mexicana que le dispute a José Emilio su don innato para el lamento o su capacidad para verbalizar con espléndidas imágenes la catástrofe. No cabe duda, José Emilio ha creado con el lamento, un nuevo género literario”.

Cobertura especial en Canal 22 en memoria de José Emilio Pacheco
a través de Noticias 22

Transmisión, 27 de enero, 7 pm y medianoche

Con motivo del sensible fallecimiento del escritor José Emilio Pacheco, ganador del Premio Cervantes (2009), el Canal Cultural de México presenta una transmisión especial a través de Noticias 22.

En ambas ediciones del noticiario (7pm y 12 am), sus titulares Laura Barrera y Alejandra Flores, respectivamente, darán seguimiento a una
cobertura especial que Canal 22 ha preparado para homenajear al gran poeta.■

Carlos Monsiváis calificó a su amigo José Emilio Pacheco como “un escritor sin protagonismos, que sostuvo por más de medio siglo su compromiso con la literatura mexicana” en la celebración por sus 70 años de vida, organizada por el INBA.

José Emilio Pacheco nació en la Ciudad de México el 30 de junio de 1939. Ensayista, narrador y poeta. Estudió derecho y filosofía en la UNAM. Miembro de El Colegio Nacional (1986). Traductor de Un tranvía llamado deseo (de Tennesse Williams), Cuatro cuartetos (de T. S. Eliot) y haikús japoneses. Colaborador de Diario del Sureste, Diario de Yucatán, Diorama, El Dictamen, El Nacional, Estaciones, Excélsior, La Cultura en México, La Palabra y El Hombre, Letras Nuevas, México en la Cultura, Nivel, Proceso, Revista Universidad de México, y Situaciones.

Becario del CME, 1970. Miembro del SNCA, como creador emérito, desde 1994. Compartió con Arturo Ripstein los Arieles a la mejor historia original y a la mejor adaptación cinematográfica por El Castillo de la pureza, 1973. Premio Magda Donato 1967 por Morirás lejos. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1969 por No me preguntes cómo pasa el tiempo. Premio Xavier Villaurrutia 1973 por El principio del placer. Premio Nacional de Periodismo 1980 a divulgación cultural. Premio de la Sociedad de Críticos Teatrales 1983 a la mejor traducción por Un tranvía llamado deseo.

Premio Nacional Malcolm Lowry 1991 a su trayectoria ensayística. Premio Nacional de Literatura y Lingüística 1991. Cuarto Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez 1995. Primer Premio Internacional de Poesía José Asunción Silva 1996, Colombia. Premio Mazatlán de Literatura 1999. Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2001, que otorga la Universidad de Talca en Chile. Doctor honoris causa por la Universidad Veracruzana y la UNAM, 2002. Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2003. Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2003. Premio San Luis al Mérito Literario 2008. Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2009 por el conjunto de su obra. Medalla de Oro de Bellas Artes en reconocimiento a su trayectoria, 2009. Medalla 1808, otorgada por el GDF, 2009. Premio Cervantes de Literatura 2009. Premio al Mérito Cultural “Carlos Monsiváis” 2012, otorgado por el GDF. Premio Internacional Corona de Oro 2013, otorgado por el Festival de Poesía de Struga, República de Macedonia. Su poemario No me preguntes cómo pasa el tiempo se incluye en la compilación Premio de Poesía Aguascalientes 30 años, 1968-1977, Joaquín Mortiz/Gob. del Edo. de Aguascalientes/INBA, 1997.

El escritor René Avilés Fabila publica en su blog algo más de Juan Rulfo. El escritor mexicano nos habla de cómo veían a Juan Rulfo Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Benedetti y otros escritores.

Aquí, el texto encontrado en http://recordanzas.blogspot.mx

René Avilés Fabila

Para Joaquín Jiménez, amigo entrañable y colega universitario.
Juan Rulfo fue un escritor que desde su arranque deslumbró a críticos y público en general. Joseph Sommers, crítico norteamericano, dijo que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el notable crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca han estudiado a Rulfo, insiste: “…los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le concede universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos.

Álvaro Mutis, por su parte, platicó con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer la única novela de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad”.

Es, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que aparezca el tema Rulfo. En Buenos Aires, en Coimbra o en París fui interrogado una y otra vez acerca del silencio de Rulfo. Les parecía angustioso, desesperante. En La Sorbonne, el crítico Rubén Bareiro Saguier, de origen paraguayo, me invitó a dar una conferencia sobre el espíritu de Pedro Páramo. Al final, jóvenes literatos franceses me bombardearon con la misma pregunta: ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué podía responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de “Comala”, proponía. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura necia. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Rulfo parecía ajeno por completo a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes buscaron como clave de éxito y poder. Sobre este punto, Emmanuel Carballo, autor de una obra crítica de relevancia en México, ha señalado que la humildad de Juan Rulfo, fingida o verdadera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Tanto en Europa como en su continente, disfrutó de hazañas soberbias: homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. El amor y el respeto de los mexicanos. Tengo la impresión de que alguien que intenta poner distancia real entre su fama creciente y su sencillez y modestia, no permitiría ser fotografiado tan abrumadoramente como él lo toleró, quizás pensando en la posteridad.

Las ventas constantes de Pedro Páramo y de El llano en llamas prueban la veneración de los lectores por su autor. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa —y esto es algo fascinante?— que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, José Hernández. En México elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos. Pero sin duda ya hemos hecho nuestra selección.

Posdata: Argentina, estoy convencido, modificó su criterio: ahora el representativo es Borges.

La historia de la literatura mexicana cuenta, alrededor de ella, las tertulias que se armaban a diario en las librerías; es de suponer que en todo el país, pero especialmente en la ciudad de México; es fama que Victoriano Salado Álvareziba a diario a alguna de las librerías alrededor del Zócalo, y se encontraba con otros escritores, lectores, libreros, editores, y se pasaba las tardes en charlas animadas.

Victoriano Salado Álvarez

En los años sesenta, cuentan Leñero, Sainz, Monsiváis, Pitol, Prieto Reyes, que se encontraban en alguna de las librerías Zaplana donde empezaban en una plática que terminaba en los cafés Sorrento, Kikos, o en Sanborns, según relatan Novo o Carlos Fuentes, en crónicas y en las páginas de La región más transparente.
En 1969 Gustavo Sainz me recomendó que fuera a Libros Escogidos, y me presentara con su dueño, Polo Duarte, al que había leído alguna página de mi primera novela; desde esa tarde, hasta algunos años después, iba casi a diario y allí conocí a Gerardo de la Torre, Juan Manuel Torres, Juan Bañuelos, Jaime Labastida; o a los pintores Adrián Brun, Armando Villagrán, Rodolfo Nieto, y a Beto Bojórquez; allí conocí a Delfina Careaga, a Otaola, Raúl Renán, Juan Jiménez Patiño, y me acompañaron muchas veces Paco Alvarado y Arturo Federico Valdés Olmedo.
Pero no era Libros Escogidos la única librería donde iba a platicar; enfrente, cruzando la Alameda, estaba la Librería del Prado, donde don Félix, Carlos, Humberto y Álvaro tenían siempre una plática, no pocas veces alguna discusión agria por política; pese a que era pequeña, me topé varias veces con Gabriel Careaga, Miguel Ángel Flores, Miguel Flores Ramírez. Menos asiduo, pero no menos cálido, era el grupo que de pronto se formaba en la Librería Universitaria alrededor del inolvidable Raúl Guzmán, o en la Librería del Sótano (no la insípida El Sótano), donde nos juntábamos Rubén Maní, Alejandro Rosales, Arturo Luciano, Patricia Proal, y charlábamos, a veces hasta que cerraban, con Gerardo López Gallo. No pocas veces discutíamos con desconocidos, que también iban en busca de libros, y de discusiones, que se trasladaban a cafés o a cantinas. La actitud de los dueños era importantísima, pues permitían la tertulia, y la mayoría de las veces participaban en ella, olvidando a los clientes ocasionales que pedían algún libro, sobre todo si era best-seller.

 

Busco un ejemplar de La mafia.

Busco un ejemplar de La mafia, la divertida, iconoclasta, experimental, desacralizadora novela de Luis Guillermo Piazza; fue publicada en 1966, antes de que se dispersaran los grupos intelectuales; debo hablar mucho de este libro, al que le debo tardes, días enteros de relecturas frenéticas, algunos descubrimientos; a veces encuentros clave, quién es el verdadero protagonista de retratos que aparentemente presentan a personajes históricos, quiénes cometieron crímenes literarios y de los otros; quiénes hablan por teléfono, y cuáles cartas son reales y cuáles inventadas.

Entro a todas las librerías alrededor de Donceles, desde Brasil hasta Allende; muchachos atentos se acercan a preguntar qué buscamos, en esas islas amontonadas, cerros de ejemplares maltratados, con la portada sucia y el canto desigual y el lomo quebrado, en un equilibrio precario; ya no busco ejemplares de mis libros porque fui expulsado de sus plúteos cuando critiqué una publicación que les servía de órgano informativo, aunque no se habían dado cuenta de lo que publicaban; a veces encuentro algún título olvidado de Steinbeck, o de Waugh, o de Durrell; por lo regular, no los pido, los busco, aunque no siempre están en orden, y revuelven mexicanos con extranjeros, y novelas con biografías. Últimamente han contratado a jóvenes que trabajan medio tiempo, y descansan dos días a la semana, nunca en sábado o domingo, dicen las ofertas de empleo que colocan en sus anaqueles. Desconozco las condiciones de trabajo, pero sí que los contratados no son estudiantes de letras, o que los profesores de las carreras de letras son indolentes y descuidados. En todas las librerías pedí, cuando muy atentos se acercaban ofreciendo sus servicios, La mafia, de Luis Guillermo Piazza, e invariablemente iban a la sección de best-sellers, pensando que se trata de una novela de gangsters (bueno, no están muy equivocados), sicilianos que disputan mercados negros. No sólo desconocen la novela, también al autor, y lo peor, la colección Del Volador, emblema de Joaquín Mortiz. Probablemente Piazza se divertiría muchísimo, como yo, aunque luego de la tercera librería comencé a mortificarme.

La característica principal de un cronista es “saber contar sus historias para que el lector las haga suyas”: Humberto Musacchio, autor de libros de crónicas y diccionarios enciclopédicos.

El Instituto Nacional de Bellas Artes anuncia una sesión más del ciclo “Cronistas contemporáneos”, en la que se contará con la presencia del escritor Humberto Musacchio.

En esta actividad gratuita, organizada por la Coordinación Nacional de Literatura, el público tendrá la posibilidad de interactuar con Humberto Musacchio, periodista, cronista y ensayista nacido en Ciudad Obregón, Sonora.

La cita es el jueves 24 de octubre a las 19:00 horas, en la Capilla Alfonsina, ubicada en Benjamín Hill 122, colonia Hipódromo Condesa, Ciudad de México.

“La crónica cuenta en México con excelentes cultivadores, como Juan Villoro, quien define el género como ornitorrinco, pues toma lo necesario de los demás géneros”, declaró en entrevista Humberto Musacchio.

Además, para el autor de Ciudad quebrada (1985) “es el género más libre, pues en él encontramos elementos del reportaje, la entrevista y otros géneros periodísticos, lo mismo que rasgos del cuento y otras especialidades de la literatura de ficción, todo lo cual es válido si los recursos empleados permiten dar más fuerza al texto sin sacrificar en lo sustancial la veracidad”.

De acuerdo con Humberto Musacchio, sus trabajos de crónica se componen básicamente de “Ciudad quebrada, que es una narración del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México y lo que ocurrió en los días posteriores al sismo hasta el 11 de octubre, cuando se expropiaron miles de predios en los que el gobierno federal construyó vivienda”; otros dos libros que son Hojas del tiempo (1993) y Urbe fugitiva (2002), “en ambos rescato historias y momentos de importancia para los capitalinos” y el libro 68: gesta, fiesta y protesta (2012), donde el autor incluyó, “entre otros trabajos sobre el tema, mi testimonio de la matanza del 2 de octubre de ese año en Tlatelolco, de la cual soy sobreviviente”.

Respecto a las temáticas de la próxima sesión de “Cronistas contemporáneos”, además de hablar acerca de los recursos empleados para la creación de las crónicas, el escritor adelantó, “tomaré algunos temas de mis libros, especialmente aquellos referentes con la experiencia directa de los capitalinos de hoy o de sus padres, pues a fin de cuentas lo más importante es confrontar al público con el retrato que le trazamos los escritores”:

Humberto Musacchio nació en Ciudad Obregón, Sonora, el 26 de octubre de 1943. Ensayista y periodista, Musacchio estudió economía en la UNAM y desde 1969 se ha dedicado profesionalmente al periodismo.

Ha sido jefe de las secciones culturales de El Universal y Unomásuno y jefe de redacción de este diario; subdirector fundador de La Jornada; director de las revistas Kiosco y Mira; es autor de los diccionarios enciclopédicos correspondientes al Distrito Federal, Guanajuato y Nayarit.

Entre su obra publicada figuran las crónicas Ciudad quebrada (1985), Hojas del tiempo (1993), Urbe fugitiva (2002), 68: gesta, fiesta y protesta (2012), así como de los diccionarios Enciclopédico de México (1989) con el título Milenios de México (1999) y Enciclopédico del Distrito Federal (2000). En ensayo ha publicado Fotografía de prensa en México. 40 reporteros gráficos (coautor, 1991), ¿Quién es quién en la política mexicana? (2002), Historia gráfica del periodismo mexicano (2003), El taller de gráfica popular (2007), Historia del periodismo cultural en México (2007), así como de la antología: Alfonso Reyes y el periodismo (2006).