Entre los felinos silvestres de la península de Yucatán, sin duda el menos conocido es el que en la clasificación científica se denomina Puma yagouaroundi y popularmente se conoce como onza, yaguarundi, margay, leoncillo y, en maya, e’much. Incluso los biólogos saben poco acerca de su biología y hábitos, y la generalidad de la gente a menudo ni siquiera sabe de su existencia, y quienes lo han oído mencionar, a veces no han visto imágenes de él.

Por Juan José Morales

Un ejemplar de yaguarundi. Algunos estudios genéticos indican que desciende de una especie ancestral de puma que migró al continente americano desde Asia a través del estrecho de Behring. Se sabe tan poco sobre él que hasta clasificarlo resulta difícil para los biólogos, que lo han ubicado sucesivamente en tres distintos géneros: Felis, Herpailurus y Puma.

La razón de que sea un animal casi desconocido, estriba en varios factores. Por principio de cuentas, es muy escaso y evasivo. Habita lugares remotos y aislados, es de hábitos solitarios, se desliza silenciosamente y los colores apagados de su pelaje le permiten confundirse fácilmente con el entorno. Por ello, muy rara vez se logra observarlo en su ambiente natural, y en los estudios científicos es común que no haya registros de su presencia en lugares donde presumiblemente existe, dado que las condiciones naturales son propicias para ello.

De todos los felinos de la península —jaguar, puma, tigrillo y ocelote— es el más pequeño y el menos llamativo. Usualmente mide entre 50 y 75 centímetros de longitud, a los cuales hay que añadir una larga cola de 25 a 50 centímetros, y pesa de cuatro a ocho kilos. A diferencia de sus parientes, que tienen un bellísimo pelaje moteado o rayado, el e’much es uniformemente oscuro, sin mayor atractivo. Esto, sin embargo, tiene la doble ventaja de que es más difícil ser visto por sus víctimas o sus depredadores y —sobre todo— que los cazadores no tengan interés por dispararle para vender su piel.

Y no sólo es poco llamativo, sino que incluso se podría decir que es un tanto feúcho, debido a su cabeza desproporcionadamente pequeña con relación al resto del cuerpo, y sus patas tan cortas que el lomo queda a muy corta distancia del suelo. A primera vista, incluso podría confundirse con una comadreja o una nutria. De hecho, a esa apariencia se debe su nombre en inglés, cat otter, que significa precisamente gato nutria.

Es un gran depredador, aunque no agresivo. Se alimenta con aves, grandes insectos, ranas, peces, reptiles, roedores y otros pequeños mamíferos. Magnífico nadador, obtiene alimento incluso en ríos, charcas y lagunas, donde atrapa peces hábilmente a zarpazos. Aunque es un ágil trepador y a menudo se instala para descansar en el ramaje de los árboles, su actividad la realiza principalmente en el suelo. Y a diferencia de la mayoría de los felinos, que cazan por la noche, prefiere hacerlo durante el día.

No deja de resultar paradójico que el yaguarundi sea tan poco conocido, pues su área de distribución es amplísima. Abarca millones de kilómetros cuadrados desde el suroeste de Estados Unidos hasta Paraguay, Uruguay y Argentina, y ocupa los más diversos ambientes, desde zonas semiáridas y de matorrales, hasta selvas tropicales. Pero, como decíamos, es muy escaso. Se estima que en toda esa vasta extensión no hay más de diez mil ejemplares en total, y su número se reduce cada vez más porque la expansión humana lo ha ido desplazando de sus antiguos territorios.

Este es, en fin, el e’much o yaguarundi, ese desconocido habitante del Mayab. Queda servido el amigo lector que, tras haberlo visto en el zoológico de Belice, me pidió escribir sobre él.

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