No me extrañaría que en los próximos días, en revistas amarillistas y programas de radio y televisión sobre seres de otros mundos y platillos voladores, comience a hablarse del mensaje que seres extraterrestres nos han enviado por intermedio de la sonda espacial Rosetta, de la Agencia Espacial Europea, cuyo módulo de descenso se posó hace unos días en el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, o 67P para abreviar.

Por Juan José Morales

Representación artística del módulo de descenso Filé sobre la superficie del cometa. Una vez posado en ella, tuvo que anclarse con tornillos para hielo y un par de arpones, porque la fuerza de gravedad es tan débil que no podría mantenerse en su sitio y la fuerza centrífuga de la rotación del cometa lo lanzaría hacia el espacio.

Si empiezan las especulaciones sobre ese tema, no les haga el menor caso. El supuesto mensaje, al que también se ha dado en llamar la canción del cometa, no es más que una serie de oscilaciones del campo magnético del cometa en el plasma que lo rodea, que amplificadas diez mil veces y reproducidas con una bocina, pueden escucharse como un sonido peculiar.

Pero, supercherías aparte, el asunto merece mención especial, pues se trata de una extraordinaria hazaña científica. Como decíamos en esta columna el pasado 22 de agosto, la sonda llegó al cometa después de un complicado viaje de 6,500 millones de kilómetros que demoró diez años y durante el cual, después de lanzada, retornó tres veces a las cercanías de la Tierra y una vez a la de Marte, para ganar impulso con la fuerza de gravedad de estos planetas.

Luego, tras mantenerse unos meses alrededor del cometa, de Rosetta se desprendió un módulo de aterrizaje cuadrangular, denominado Philae en inglés —traducido, Filé—, aproximadamente del tamaño de una lavadora de ropa, que descendió a la superficie para estudiarla en detalle con sus numerosos instrumentos.

Los nombres Rosetta y Filé no son casuales. Fueron escogidos por muy buenas razones. El desciframiento de los jeroglíficos egipcios se logró gracias sobre todo a la ahora famosa piedra de Rosetta, hallada en la población egipcia de Rashid, llamada Rosette por las tropas de Napoleón, que contenía un mismo texto en jeroglíficos, escritura demótica —un tipo de escritura egipcia no jeroglífica— y griego. Y en el gran conjunto de templos de la isla de Filé, situada en el Nilo cerca de la ciudad de Aswán, se halló también un obelisco con inscripciones jeroglíficas y su traducción al griego, que ayudó a los lingüistas a descifrar la antigua escritura egipcia.

Así, la sonda Rosetta y su módulo auxiliar Filé, ya han comenzado a desentrañar los enigmas de los cometas, de los cuales es posible obtener valiosísima información acerca de la historia del sistema solar.

Los cometas —no hay que olvidarlo— son una especie de residuos de la formación del sistema solar hace unos 4 500 millones de años. Mientras una parte del material que rodeaba a esa entonces joven estrella que es el Sol se condensaba para formar los planetas del sistema solar, una parte se quedó en los distantes confines del espacio y formó los cometas. Ese material ha permanecido casi totalmente inalterado desde entonces, y su estudio equivale a remontarnos 4 500 millones de años atrás en el tiempo, examinar la materia prima con que se estaban formando los planetas y sus satélites y compararla con la del presente.

De este modo se podrá, por ejemplo, cotejar la composición química del hielo de 67P con la del agua terrestre y de este modo tener pistas sobre el origen de nuestros ríos, lagos y mares.

En fin, la misión Rosetta es sin duda uno de los grandes sucesos científicos de nuestros tiempos. Con ella se abre un nuevo capítulo en el conocimiento de nuestros orígenes y nuestro lugar en el Universo.

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