Un lector nos pregunta acerca del decubrimiento , a 450 años luz de la Tierra, de un planeta, denominado Kepler 10-c, al que algunos llaman Supertierra, Megatierra o Godzitierra, ya que tiene un diámetro 2.3 veces mayor que el nuestro —29 mil kilómetros— y es 17 veces más masivo, de constitución rocosa, con una superficie sólida y quizá con agua, y al parecer envuelto por una atmósfera nubosa que amortigua el intenso calor que recibe de su estrella, por lo cual no se descarta la posibilidad de que en él haya vida.

Por Juan José Morales

Representación artística de Kepler 10-c. Gira cada 45 días en torno a una estrella similar al Sol y está acompañado de otro planeta mucho más pequeño. Fue observado por primera vez en 2011 con el telescopio orbital Kepler y desde entonces se le ha estado estudiando con el telescopio italiano Galileo desde el observatorio español de La Palma en las islas Canarias. Ilustración, David Aguilar. Centro Harvard Smithsoniano de Astrofísica.

Y nos pregunta cómo los astrónomos pueden averiguar tantas cuestiones sobre un objeto relativamente pequeño y tan lejano que ningún telescopio permite observarlo con la misma claridad y detalle que los planetas de nuestro sistema solar.

Pues bien, en respuesta a su pregunta, diremos que el método usado para estudiar esos lejanos planetas —o exoplanetas como se les denomina— consiste en observarlos mientras pasan frente a su estrella. Midiendo con gran exactitud la disminución en la luminosidad de la estrella al ser parcialmente bloqueada por el planeta, se puede establecer el diámetro de este último y en consecuencia su tamaño.

Pero eso no dice mucho. Para determinar su composición, hay que conocer su masa, que comparada con el tamaño, permite calcular su densidad y así saber si es gaseoso como Júpiter y Saturno, o rocoso como Marte y la Tierra.

Estimar la masa resulta extraordinariamente difícil por observación directa tratándose de un cuerpo pequeño y tan distante. Pero los astrónomos idearon un ingenioso método deductivo: mediante el análisis de la luz de la estrella, miden la proporción de hidrógeno, helio y elementos pesados que contiene. Como las estrellas y sus cortejos de planetas se forman de la misma nube de material cósmico, el contenido de elementos pesados de los planetas puede deducirse a partir de la composición de la estrella. Y, conforme a su masa y distancia a la estrella, puede calcularse la temperatura en su superficie y saber si han conservado una gran cantidad de hidrógeno y helio y son por tanto gaseosos como Júpiter y demás planetas gigantes de nuestro sistema solar, o si los han perdido y son rocosos como la Tierra.

Después de estudiar cientos de exoplanetas con el telescopio orbital Kepler —que por estar fuera de la atmósfera permite obtener imágenes muy nítidas—, los astrónomos han llegado a la conclusión de que esos cuerpos pueden agruparse en tres grandes categorías: aquellos con una masa de hasta 1.7 veces la de la Tierra, los de 1.7 a 3.9 veces, y los de mayor tamaño. Los primeros, serían rocosos. Los más grandes gaseosos, y los de tamaño intermedio se catalogan como enanos gaseosos o minineptunos, ya que, si bien son rocosos, a la vez conservan una envoltura de gases más o menos densa, aunque no tanto como la de los planetas gigantes.

De más de 600 exoplanetas así estudiados, las tres cuartas partes resultaron ser de este tipo. Es decir, enanos gaseosos. Y a los astrobiólogos les interesa saber más de ellos porque, dadas sus características, las condiciones ambientales serían favorables para la existencia de vida. No necesariamente seres superiores con los cuales pudiéramos establecer contacto inmediato, desde luego, sino cualquier forma de vida, desde las más elementales hasta las más avanzadas, incluso —¿por qué no?— civilizaciones altamente desarrolladas.

Pero eso ya es harina de otro costal. Esperamos que esta breve lección de astronomía no haya resultado aburrida.

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