CartasAClaraClara Aparicio, la viuda de Juan Rulfo decidió hacer públicas 81 cartas que el escritor le enviara. “Durante más de 50 años Clara Aparicio, la viuda de Juan Rulfo, guardó en una pequeña caja 81 cartas que su esposo le envió entre los años 1944 y 1950. Unas cartas que nadie sabía de su existencia y que ahora su viuda ha decidido publicar en un libro titulado Aire de las colinas(Debate. Editorial Sudamericana y Plaza & Janés)”, dice Ana Anabitarte en Babab.com

Se trata de “una obra inédita de Juan Rulfo, en la que a través de las cartas que escribió a su novia Clara Aparicio, más adelante su mujer, conocemos los sueños, sentimientos, preocupaciones, ilusiones, el carácter y la personalidad de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo”.

También León Magno Montiel, en Aporrea.org,  toca el tema del epistolario de Juan Rulfo a Clara, el amor de su vida. Magno da crédito al al investigador y catedrático Alberto Vital (Ciudad de México, 1958) por “el rescate y la compilación de 81 epístolas reveladoras del mundo interior de Rulfo, de su romance juvenil con Clara que duró toda una vida. Vital lo plasmó en el libro titulado El aire de las colinas.  En el prólogo el filólogo nos advierte:

Estas 81 cartas atestiguarán la importancia del amor y, más adelante de la familia en la construcción de un mundo propio para quien hará de Comala o de Luvina lugares simbólicos que, cerrados y opresivos para los personajes, se abren para los lectores sin dejar de deslumbrarnos.

El aire de las colinas. Cartas a Clara
344 págs.
Encuadernación: Tapa dura
Editorial: DEBATE
No está disponible en Gandhi. EN Caasa del Libro aparece como “Descatalogado por distribuidor”, cartas en Sotanopero aparentemente aún hay en Sótano: 191 pesos mexicanos.

 

 

 

 

 


Juan RulfoEntrevista con Juan Rulfo realizada por el periodista español Joaquín Soler Serrano en 1977 en el programa A fondo de la RadioTelevisión Española.

“Entrevistas con las primeras figuras de las artes y las letras”.

 

Se cumplieron ya 59 años de la publicación de “Pedro Páramo“, de Juan Rulfo. Esta obra cumbre de la literatura en español fue el segundo libro escrito por Rulfo, después de El llano en llamas, una colección de 17 cuentos. Dos obras bastaron para hacer de Juan Rulfo (16 de mayo de 1917 – 7 de enero de 1986) uno de los mejores escritores en idioma español.

Fue un 19 de marzo de 1955 cuando se publicó Pedro Páramo, considerada una de las cumbres de la literatura de la lengua castellana y, según Jorge Luis Borges, de toda la literatura.

Si quieres saber más de Juan Rulfo, uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX y uno de los precursores del llamado Boom latinoamericano, sigue esta liga.

El escritor René Avilés Fabila publica en su blog algo más de Juan Rulfo. El escritor mexicano nos habla de cómo veían a Juan Rulfo Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Benedetti y otros escritores.

Aquí, el texto encontrado en http://recordanzas.blogspot.mx

René Avilés Fabila

Para Joaquín Jiménez, amigo entrañable y colega universitario.
Juan Rulfo fue un escritor que desde su arranque deslumbró a críticos y público en general. Joseph Sommers, crítico norteamericano, dijo que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el notable crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca han estudiado a Rulfo, insiste: “…los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera”. Y esto es justamente lo que a Rulfo le concede universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos.

Álvaro Mutis, por su parte, platicó con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer la única novela de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad”.

Es, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que aparezca el tema Rulfo. En Buenos Aires, en Coimbra o en París fui interrogado una y otra vez acerca del silencio de Rulfo. Les parecía angustioso, desesperante. En La Sorbonne, el crítico Rubén Bareiro Saguier, de origen paraguayo, me invitó a dar una conferencia sobre el espíritu de Pedro Páramo. Al final, jóvenes literatos franceses me bombardearon con la misma pregunta: ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué podía responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de “Comala”, proponía. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura necia. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Rulfo parecía ajeno por completo a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes buscaron como clave de éxito y poder. Sobre este punto, Emmanuel Carballo, autor de una obra crítica de relevancia en México, ha señalado que la humildad de Juan Rulfo, fingida o verdadera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Tanto en Europa como en su continente, disfrutó de hazañas soberbias: homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. El amor y el respeto de los mexicanos. Tengo la impresión de que alguien que intenta poner distancia real entre su fama creciente y su sencillez y modestia, no permitiría ser fotografiado tan abrumadoramente como él lo toleró, quizás pensando en la posteridad.

Las ventas constantes de Pedro Páramo y de El llano en llamas prueban la veneración de los lectores por su autor. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa —y esto es algo fascinante?— que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, José Hernández. En México elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos. Pero sin duda ya hemos hecho nuestra selección.

Posdata: Argentina, estoy convencido, modificó su criterio: ahora el representativo es Borges.

El Cine Club del Museo Nacional de Arte (Munal) inicia sus actividades de 2014 durante el mes de enero con un ciclo de películas de factura nacional que abarcan más de ochenta años de cine, principalmente de la llamada Época de Oro.

Se trata de una serie de filmes que acompañan la exposición Capítulos de la plástica en México y que se proyecta los sábados y domingos de enero en el Auditorio Adolfo Best Maugart del Munal con funciones dobles a las 12:00 y 16:00 horas, con entrada libre al público en general.

La amplia muestra de producción plástica que se alberga actualmente –y hasta el 2 de marzo– en las diferentes salas del Munal, está compuesta por las exposiciones La enseñanza del dibujo en México, Escuelas de pintura al aire libre: Episodios dramáticos del arte en México y Félix Parra (1845-1919). Visionario entre siglos.

La selección de películas que ofrece el Cine Club del Munal está compuesta por nueve películas clásicas del cine mexicano y un documental acerca de uno de los exponentes de la plástica mexicana: Diego Rivera. El objetivo de este ciclo es ofrecer al público una mirada distinta, otra forma de ver, desde la cinematografía, la amplia riqueza de escenarios y paisajes de nuestro país que han servido de inspiración, también, para la creación plástica en México en diferentes momentos del siglo XX.

El ciclo inició el domingo 12 de enero con las cintas Esperanza, de Sergio Olhovich, y
¡Qué viva México!, de Grigori Aleksandrov y Sergei M. Eisenstein.

Para el sábado 18, a las 12:00 horas, se exhibirá El violetero (1960), de Gilberto Martínez Solares, en la que Germán Valdés Tin Tan da vida a Lorenzo Miguel, un hombre que se dedica a cultivar y vender flores en los canales de Xochimilco y que pronto se ve envuelto en amores con una clienta.

Ese mismo día, a las 16:00 horas, se proyectará El rebozo de Soledad (1952), de Roberto Gavaldón, historia de Alberto Robles, un joven médico que se encuentra en la disyuntiva de seguir una vida de comodidades y lujos o defender a los habitantes del pueblo de Santa Cruz, oprimido por la crueldad del cacique local. Destacan las actuaciones de Arturo de Córdova, Pedro Armendáriz, Stella Inda, Domingo Soler, Carlos López Moctezuma y Rosaura Revueltas.

El domingo 19, a las 12:00 horas, tocará turno a la cinta María Candelaria (1944), de Emilio El Indio Fernández, con las memorables actuaciones de Dolores del Río y Pedro Armendáriz, quienes dan vida a María Candelaria y Lorenzo Rafael, pareja nativa de Xochimilco que desea casarse a pesar de que las circunstancias les son totalmente adversas, y termina en tragedia.

Poco más tarde, a las 16:00 horas, se proyectará de manera especial la Biografía de Diego Rivera, una producción de History Channel realizada en 2010 y que en 50 minutos da cuenta de la vida y obra del muralista mexicano y su trascendencia a nivel internacional.

El sábado 25, a las 12:00 horas, se proyectará uno de los íconos del cine mexicano: ¡Vámonos con Pancho Villa!, (1936), filme épico dirigido por Fernando de Fuentes que retrata las vicisitudes de la Revolución Mexicana cuando un grupo de valientes campesinos se une al ejército de Pancho Villa, pero poco a poco es diezmado por la guerra y las enfermedades.

Destacan aquí las actuaciones de Antonio R. Frausto y Domingo Soler, pero también uno de esos momentos inusitados del cine mexicano, cuando el compositor Silvestre Revueltas tiene una breve participación como pianista en un bar.

Ese mismo día pero a las 16:00 horas tendrá lugar la película Enamorada (1946), de El Indio Fernández. La inolvidable pareja formada por María Félix y Pedro Armendáriz dan vida al general zapatista José Juan Reyes, quien confisca los bienes de la gente rica y conservadora de la ciudad de Cholula, pero también se enamora de la férrea Beatriz Peñafiel, hija del hombre más notable del pueblo.

El domingo 26, las 12:00 horas, continuará el Cine Club del Munal con la versión fílmica de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo (1967), dirigida por Carlos Velo, con un argumento en el que participó Carlos Fuentes, con música de Joaquín Gutiérrez Heras, fotografía de Gabriel Figueroa y las actuaciones de John Gavin, Ignacio López Tarso, Pilar Pellicer, Julissa, Augusto Benedico y Beatriz Sheridan.

Aquí, la historia de Juan Preciado, hijo de Pedro Páramo y de Dolores Preciado, quien al morir su madre decide cumplir la promesa de ir en busca de su padre al pueblo de Comala y exigirle lo suyo; al llegar, se encuentra con un pueblo abandonado y misterioso donde se escuchan voces y extraños murmullos. La cinta obtuvo numerosos premios.

El ciclo concluirá el mismo domingo 26, a las 16:00 horas, con la proyección de Prisionero 13 (1933), de Fernando de Fuentes, historia en la que una mujer, cansada de los malos tratos que le da su marido, un arbitrario coronel alcohólico, lo abandona y se lleva a su hijo. Años después, por azares del destino, el militar está a punto de fusilar a su propio vástago, al que no conoce.

El Cine Club del Munal, Capítulos de la plástica en México, tiene lugar los sábados y domingos de enero en el Auditorio Adolfo Best Maugart del recinto ubicado en Tacuba 8, Centro Histórico, con entrada libre al público en general. El cupo está limitado a 80 personas por sesión. Organiza el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

La Medalla Bellas Artes será entregada a Elena Poniatowska el próximo martes 28 de enero, a las 19:00 horas, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. La escritora estará acompañada por Juan Ramón de la Fuente, Antonio Lazcano y Juan Villoro. Jacaranda Correa será la moderadora.

Por Guillermo Velasco Tapia

La Medalla Bellas Artes se otorga desde 1993 a creadores, intérpretes y destacados personajes de la cultura de México, como distinción por el desarrollo de un trabajo artístico con un claro impacto en beneficio de la promoción y la difusión de las artes en el país.

Hija de padre francés de origen polaco, Jean E. Poniatowski, y madre mexicana, Paula Amor, Elena nació en París, Francia, el 19 de mayo de 1932. Vive en México desde 1942. En 1953 empezó a trabajar en el periódico Excélsior, en el que se dio a conocer por sus entrevistas diarias firmadas como Hélene. Entrevistó a Diego Rivera, a Octavio Paz, William Golding, Barry Goldwater, Juan Rulfo, Linus Pauling, entre otros. Se ganó un público que la seguía gracias a sus textos impredecibles.

Durante 35 años impartió un taller de literatura que produjo a escritoras que obtuvieron premios como el Villaurrutia y el Jorge Luis Borges de cuento en Argentina.
Becaria del Centro Mexicano de Escritores en 1957, en 1993 recibió la beca Guggenheim, y desde 1993 es Creadora Emérita del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Es doctora Honoris Causa por la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad de Sinaloa, la Universidad Autónoma del Estado de México, la New School of Social Research (Nueva York), la de Columbia (Nueva York), por el Manhattanville College (Nueva York), la Atlantic University, Florida, la Universidad Paris VIII, la Universidad de Pau, la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad de Puerto Rico. Actualmente colabora en el periódico La Jornada.

Entre los premios que le han otorgado se encuentran: Xavier Villaurrutia (1971, rechazado); Mazatlán (única escritora en haberlo recibido dos veces, 1972 y 1992); Nacional de Periodismo (primera mujer en recibirlo, 1979); Manuel Buendía (compartido con Miguel Ángel Granados Chapa en 1987); Medalla Gabriela Mistral (Chile, 1997); Premio Alfaguara (mejor novela La piel del cielo, 2001); Premio Nacional de Ciencias y Artes (la mayor distinción que otorga el gobierno de México, 2002); Legión de Honor del gobierno de Francia, a título de “Oficial” (Officier de la Legion d’Honneur, 2003); Premio de Periodismo “Mary Moor’s Cabot” (el premio más antiguo en el periodismo internacional, 2004); Premio de Periodismo “Lifetime Achievement Award” (de la International Women’s Media Foundation, IWMF, 2004); Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” (por El tren pasa primero, 2007); Premio Escritora Gallega Universal que otorga la Asociación de Escritores en Lingua Galega (2009); Premio Seix Barral de Literatura (por Leonora, 2011); Medalla Emilio Krieger otorgada por la Asociación Nacional de Abogados Democráticos (ANAD) (2013) y Premio Cervantes de Literatura 2013.

Es autora de libros como Lilus Kikus (1954, ilustrado por Leonora Carrington); Melés y Teleo (1956); Palabras cruzadas (1961); Todo empezó el domingo (1963, ilustrado por Alberto Beltrán); Hasta no verte Jesús mío (1969); La noche de Tlatelolco: testimonios de historia oral (1971); Querido Diego, te abraza Quiela (1978); De noche vienes (1979); Gaby Brimmer (1979); Fuerte es el silencio (1980); Domingo siete (1982); El último guajolote (1982); ¡Ay vida, no me mereces! (1985); La Flor de Lis (1988); Nada, nadie, las voces del temblor (1988); Todo México (tomo I, 1991); Tinísima (1992); Todo México (tomo II,1994); Luz y luna las lunitas (1994); Todo México (tomo III,1996); Paseo de la Reforma (1996); Todo México (tomo IV,1998); Las palabras del árbol (1998); Cartas de Álvaro Mutis a Elena Poniatowska (1998); Juan Soriano, niño de mil años (1998); Todo México (tomo V, 1999); Las soldaderas (1999); Todo México (tomo VI, 2000); Las mil y una. La herida de Paulina (2000); Las siete cabritas (2000); La piel del cielo (2001); Todo México (tomo VII, 2002); Todo México (tomo VIII, 2003); Tlapalería (2003); El tren pasa primero (2005); Amanecer en el zócalo (2007); Obras reunidas (2007); Boda en Chimalistac (2008); Rondas de la niña mala (2008); Jardín de Francia (2008); El burro que metió la pata (2007); La vendedora de nubes (2009); Hugo Brehme y la Revolución Mexicana. Historia y fotografía (2009); Leonora (2011), La Noche de Tlatelolco (2012), Todo empezó el domingo (2012); Sansimonsi (con ilustraciones de Rafael Barajas, “El Fisgón”, 2013) y El universo o nada. Biografía del estrellero Guillermo Haro (2013).

“Había vuelto la paz al Llano Grande”, “Venía de muy lejos, por el rumbo del Llano”, “Daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande…”, “Era la época en que el maíz ya estaba por pizcarse y las milpas se veían secas y dobladas por los ventarrones que soplan por este tiempo sobre el Llano”, “Era bonito ver aquello. Salir de pronto de la maraña de los tepemezquistes cuando ya los soldados se iban con sus ganas de pelear, y verlos atravesar el Llano vacío, sin enemigo al frente, como si se zambulleran en el agua honda y sin fondo que era aquella gran herradura del Llano encerrada entre montañas“, “Algunos ganamos para el Cerro Grande, y arrastrándonos como víboras pasábamos el tiempo mirando hacia el Llano…”

Éstos son algunos párrafos de uno de los más conocidos cuentos de Juan Rulfo, “El Llano en Llamas”, que da título al primer libro del jalisciense. Aunque es uno de los libros más vendidos en la historia de la industria editorial mexicana, publicado en ediciones críticas, en varios países de habla hispana, en diversas colecciones en varias editoriales, y con más de 500 mil ejemplares vendidos en la Colección Popular, en un reciente homenaje por los 60 años de su publicación, el Instituto Nacional de Bellas Artes, en el cartel que anunciaba los actos conmemorativos, puso El llano en llamas; es curioso que en muchos boletines informativos a lo largo de la historia, en los folletos donde anunciaban paquetes de libros en oferta en ocasiones de aniversarios, ventas especiales, o en ocasiones de Navidad, ponen El llano en llamas.
Tres de los lectores más cultos confesaron que no habían reparado en el error; ya lo raro es que se escriba de manera correcta; lo malo es que cuando se me ocurre llamar la atención recibo regaños y reconvenciones, y me recuerdan que “los títulos se escriben en bajas”. Me parece inútil remitirlos al texto para que vean que Llano es un nombre propio, no se trata de un llano cualquiera.

Tampoco puedo reclamar mucho: el Pequeño Larousse Ilustrado, el Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado, el Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, y sobre todo, el Diccionario de Escritores Mexicanos, tanto en la primera edición (1967) como en la segunda, en doce tomos, incluyen El llano en llamas, más preocupados por incluir que por leer los libros.

Desde hace algunos años la Real Academia de la Lengua convino en que lo mejor, y lo más elegante, era suprimir las mayúsculas inútiles, tanto en títulos como en accidentes geográficos; no pudieron hacerlo en el lenguaje burocrático, donde ponen en altas los títulos profesionales (Licenciado, Doctor, Ingeniero), los cargos (Ministro, Secretario, Presidente –éste, decía Bernardo Giner de los Ríos, sólo va en mayúsculas cuando es el nombre del brandy).

La RAE no autorizó poner en minúsculas los nombres propios, pero dio pie a que la gente creyera nombres comunes cuando no lo son; ponen “río” en bajas aun cuando sea parte del nombre, como el Río Bravo y otros seis, de los que da cuenta el Diccionario de Historia, Geografía y Política de Porrúa (y algunas otras enciclopedias); tampoco están autorizadas esas personas a creer que los nombres son títulos: El Universal es nombre, La ciudad más transparente es título; lo tedioso es corregir a los correctores que no entienden esa diferencia. Hace unas semanas Gabriel Zaid apuntó la escasa costumbre de la gente para consultar diccionarios y verificar si lo que escribe o lee tiene fallas o está correcto.

No se sabe, entonces, si el valle de México es un valle cualquiera o se llama Valle de México; la Academia no es autoridad, por su desconocimiento de lo que sucede fuera de su ámbito, en lo que siguen considerando sus colonias.

Pero en sus propias obras son descuidados; las solapas y la contraportada de los libros de Mario Vargas Llosa, sobre todo el más reciente, El héroe discreto, ponen el nombre de sus novelas, y a la segunda le dicen La casa verde, aunque en el texto uno de sus personajes principales, el sargento Lituma, habla de lo que vivió en su juventud en La Casa Verde, como se llamaba el prostíbulo donde se emborrachaban Los Inconquistables. Si quienes hicieron los textos de contraportada y cuartas hubieran leído el libro, hubieran escrito bien ese título.

Hay otros casos, que también hacen dudar de que quienes los reseñan o los incluyen en bibliografías, sepan de qué se tratan; por ejemplo, a dos de las principales novelas de Martín Luis Guzmán las nombran en bajas, El águila y la serpiente, La sombra del caudillo, aunque en la primera son símbolos, no animales comunes y corrientes ni mucho menos objetos; como símbolos, debe titularse El Águila y la Serpiente; el caudillo de la otra novela no es uno más de los muchos caudillos militares y políticos que pululaban en el México de los años veinte; es el Caudillo que unificó al ejército, que maniobró para unificar todos los partidos en uno solo, el que consiguió que todos los caudillos aprobaran a un solo candidato; el que manipula entre los precandidatos para elegir al “bueno”, y suprime por las buenas o las malas a los rejegos; en la novela es “el Caudillo”, por no decir el Jefe Máximo; su sombra pesa sobre los demás protagonistas, civiles y militares; el título es La sombra del Caudillo; de hecho, así se llaman en la edición del Fondo de Cultura Económica de 1984, y en las ediciones de la Colección de Escritores Mexicanos de Porrúa, y en las ediciones de Compañía General de Ediciones, pero no en el Diccionario de Escritores Mexicanos, ni en etcétera etcétera.
La Silla del Águila es el símbolo de la silla presidencial, y así lo maneja Carlos Fuentes en una de sus novelas menos apreciadas, y muy mal leída, por lo que sus críticos y comentaristas la titulan en bajas.

Menos graves son otros casos, pero que en lo personal no dejan de inquietarme; en la Guía Roji de 1927, la más antigua que he conseguido, una de las colonias alejadas entonces de la ciudad de México, en pleno sur poco habitado, se llamaba la Colonia del Valle; así, hasta los años setenta; ahora la llaman colonia del Valle; en las Guías no ponen colonia Polanco o colonia Anzures, sólo Polanco o Anzures; no es colonia Narvarte, sólo Narvarte (y antes, Nalvarte); ponen colonia del Valle en la creencia de que colonia no es parte del nombre; en todo caso, si colonia fuera genérico, sería colonia Del Valle; y así con otros nombres propios que la costumbre ha hecho que se nombren al aventón.

Entre los participantes del primer tomo de Los narradores ante el público, y que conocí o que sigo conociendo, sigue Juan García Ponce; hablamos Paco Alvarado y yo en una exposición en Bellas Artes; ya había leído todos todos sus libros de narrativa publicados hasta entonces: Imagen primera, La noche, Figura de paja, La casa en la playa; su autobiografía, y sus reuniones de ensayos Cruce de caminos y Entrada en materia; Paco nunca me acompañó a su casa, entonces a media cuadra de Río Magdalena, y cuadra y media de Avenida Revolución; lo visitaba primero con frecuencia, después cada que aparecía algunos de sus libros; me incitaba a leer: Lezama Lima, Nabokov, Borges; desentrañaba sus historias, alguna vez le reclamé que no utilizara mujeres mexicanas en sus ediciones recientes; “las mujeres de mis libros no existen”, me dijo; por teléfono me preguntaba, antes de citarme: “¿ya lo leíste?, ¿qué te pareció? ¿Cuánto te tardaste en leerlo? ¿Te molestó tal personaje?” Platicamos de “La gaviota” en tres sesiones, y en su casa conocí a Juan José Gurrola, a Manuel Felguérez; me enteré de alguna intimidad; le llevé algún libro suyo que no le había llegado más que un ejemplar (La presencia lejana, publicado por Arca, y que había traído Gerardo López Gallo desde Argentina antes que el embarque de la editorial; se lo llevé para que me lo firmara, y un par de amistades lo vieron con inquietud: al día siguiente le llevé los otros pocos que estaban en la Librería del Sótano); así, con todos sus libros hasta Unión, le caí hasta que sucedió lo que narro en El juego de las sensaciones elementales. Gustavo Sainz me objetaba mi placer por leer a García Ponce, y me hacía análisis para tratar de demostrarme por qué a él no le gustaba; mi gusto lo compartía con Anamari Gomis; a su casa llevé a Rubén Maní, a Patricia Proal; fui con Lourdes antes de casarnos, pero no me acompañó cuando fui a llevarle Trazos. Allí viene una reseña que ya había leído antes, contra un número monográfico de Artes de México, dedicado a la plástica mexicana, de Alfonso de Neuvillate, al que despedazaba con argumentos contundentes, que se me ocurrió utilizar, sin su agresividad pero con la misma estructura, para comentar De Anima, lo cual le molestó; enmendó el principal error que señalé en mi reseña, pero cometió, otro, que ya no quise recalcar, cuando apareció la reimpresión de esa novela. Después, renegó de mí con algunas amistades, como Salvador Mendiola y con Héctor de Mauleón, pero cuando alguna comentarista quiso defenderlo de mis reseñas, él se molestó con ella. Lo peor que le hice le causó mucha gracia: le llevé mi ejemplar de El canto de los grillos; amenazó con decomisarlo para quemarlo. Finalmente, muerto de la risa, me lo dedicó.

Tuvo que darme, sin embargo, la razón, cuando una protegida suya quiso escribir que Lennon, con Double Fantasy, había traicionado sus posturas iniciales, que debía mejor aprender de Dylan Thomas, ése sí un jazzista incorruptible; la corregí y le llamé la atención, y esa tarde, en casa de Juan, tratando de que no la oyera, confesó su error y mi reprimenda; Juan alcanzó a oír, y al pedirle explicaciones ella sólo acertó a decir que le habían soplado mal. Juan sólo tuvo que darme la razón… “Pobre Eduardo”, exclamó. Cuando lo visitaba, me preguntaba si había visto a Salvador Elizondo y yo, sin saber aún de sus diferencias tan enormes, le contaba de mis pláticas con Elizondo, cosa que recordé cuando éste ingresó en la Academia Mexicana de la Lengua, y fueron violentamente criticados, ambos, por García Ponce, en declaraciones a Proceso. Una entrevista a él, con un grave error, tuvo la consecuencia de que detuvieran en seco una campaña contra mí que ya habían emprendido, je.

A Juan Vicente Melo me lo presentaron en la redacción de La Cultura en México (nombre del suplemento, no título); en su casa, ya no en La Condesa sino en Mariano Escobedo, me habló extensamente de literatura francesa, de sus gustos musicales, se confesó cursi según él porque le gustaba Chopin sobre cualquier otro compositor, y su pieza favorita en música popular era “You’ve got up my head”, con Judy Garland. En su casa, donde me daba a beber como si mi capacidad fuera similar a la suya, conocí a Isabel Fraire, quien me confesó que había leído tres veces Figura de paja de García Ponce, sin entenderle, y sin que fuera reprendida por Melo. Cada vez que salía de su casa me invitaba a que regresara la siguiente semana; un día no llegué solo, sino acompañado de Jaime Gallegos y Arturo Magallón; le llevábamos el primer número de Creación, la revista que comencé pero no pude emprender, y de la que Jaime publicó diez números, uno de ellos doble. Melo se molestó por la compañía y no volví a verlo, sino hasta que, en 1987, Alberto Paredes lo llevó al Fondo de Cultura Económica: extremadamente delgado, demacrado, desprotegido, tambaleante. Me saludó con afecto; Sergio Galindo me contaba que habían encontrado a Melo en Xalapa casi inconsciente, que se desprendía de quienes lo vigilaban, y emprendía parrandas que duraban días, alguna vez casi una semana; Isabel Fraire desmintió a Sergio, y afirmó que estaba sano. Yo no bebí nunca tanto como en su casa, cuando aún no me dañaba beber, ni me afectaba el aire, cuando salía al atardecer y abordaba el trolebús que me llevaba, sin marearme, hasta la colonia Industrial. Aunque tuve todos sus libros, sólo me puso una dedicatoria en su conferencia de Los narradores ante el público: “me dices gracias, y no sé qué responder; lo bueno, para mí, es que un día nos conocimos en Siempre! Y nos dijimos gracias…”

 

Me dicen intolerante porque ya no quiero ver tenis masculino; no sólo me molesta que ganen puntos a base de saques violentos y no de dominio y de buenas jugadas; me molesta que se turnen las victorias, una para uno, la siguiente para el otro; me divierten, mucho más que los juegos, las imitaciones que hace Djokovich, quien ridiculiza a todos sus rivales al remedar cada gesto, cada tic, cada movimiento; son mejores sus imitaciones de Anna Ivánovic y de Maria Sharapova (no se ha atrevido con Tsvetana Pironkova, la 99 mejor del mundo); con Sharapova se lleva tan bien, se ríen juntos tanto y de manera tan desenfrenada, que el novio de ella debería estar tan celoso como seguramente lo está la novia de él. Hay una gran cantidad de videos con las imitaciones y con las bromas que se hacen mutuamente.

Me gustan más los juegos femeniles; la mayoría de las tenistas son muy guapas, más cuando están vestidas, y casi todas muy simpáticas, muy desenvueltas, muy alegres. Los cronistas se quejan de que ninguna tiene buen saque, y que si fallan con el primero, seguramente les irá mal con el segundo, por imprecisas; eso les pasa por no leer a James Thurber, quien se fijó antes que nadie que una de las razones por las que la mujer será, en ese aspecto, inferior a los hombres, es que lanzan cualquier objeto, y más aún una pelota de cualquier deporte, adelantando la pierna equivocada; mientras no lo corrijan, su saque será malo.

Lo dije yo primero, como se decía a finales de los años sesenta: Yasiel Puig será buen bateador, con sus asegunes, porque se cayó estrepitosamente el último mes y medio de la temporada (la postemporada es extra, y no siempre buena, aunque ahora, en algunos juegos, ha habido buen pitcheo, aunque para cuidar a los brazos de los pitchers delicaditos, son capaces de sacarlos del juego aunque estén tirando sin hit ni carrera). Puig no ha dejado de ser amateur, piensa en su lucimiento y no en el bien de su equipo; cuando acierta a cortar un hit trata de poner out a los corredores en home, y descuida a los otros corredores que siempre le sacan una base extra; pero no siempre acierta a fildear, y pone en peligro a los Dodgers; cuando lo ponchan, aunque sea evidente que dejó pasar una buena pitcheada, se queda viendo a los umpires, con gesto de María Félix molesta por el desprecio de los galanes en turno, y cuando se poncha tirándole (y se poncha mucho: casi cien veces en 107 juegos, algunos de ellos incompletos), hace berrinche, y hasta el tolerante Don Mattingly debe regañarlo, y a veces hasta sacarlo del juego.

Cuando se filmaba Rojo amanecer, muchos actores, muchísimos, se acercaron a Héctor Bonilla, a Roberto Sosa y a Marcela Mejía para ofrecerles su ayuda: algunos llegaron con las escrituras de sus casas para que la hipotecaran, la vendieran, lo que fuera necesario para obtener fondos y terminar una cinta que hicieron con sus propios medios, sin financiamiento estatal; María Rojo quiso actuar sin cobrar, y tuvo que aceptar salario por presiones de la ANDA, pero exigió que fuera el más bajo, el mínimo autorizado, y no fue la única. Por esos días me acerqué mucho a ellos, y llegué a la conclusión, con esos y otros ejemplos, que aunque se critiquen de forma brutal, que hagan excelentes imitaciones burlonas, con cierta crueldad, incluso de los más notorios, el de los actores es un medio mucho más generoso y desprendido que el de los escritores, muchos de ellos envidiosos, vanidosos, egoístas, ególatras. Me dolió reconocerlo cuando presionaron al jefe de gobierno del Distrito Federal para que cerrara o cuando menos disminuyera el centro de acopio para la ayuda a los damnificados por un ciclón y un huracán, simultáneos, que golpearon gran parte del país, en especial, como sucede siempre, en las zonas más pobres. Y sí, lograron que lo cerraran o disminuyeran, con tal de tener una feria del libro que pudieron haber celebrado en cualquier lugar. Y todo para cederla a quienes se creen dueños del Zócalo. ¡Qué vergüenza!

Más textos de Lalo Mejía en http://errataspuntocom.blogspot.mx

Presentan la exposición México a través de la fotografía, proyecto que muestra una historia del país materializada en imágenes y establece un riguroso itinerario que recorre el tiempo de la imagen como una construcción recíproca de los individuos y la colectividad. Con ello se plantea elaborar un recorrido visual por los sucesos más relevantes en la historia social y cultural de nuestro país, considerando las transformaciones de la retórica de la imagen elaborada por diversos artistas.

Manuel Alvarez Bravo

Manuel Álvarez Bravo

La exposición, por parte del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Bellas  Artes, estará abierta al público del 23 de agosto al 17 de noviembre de 2013, y se compone de una selección de alrededor de 330 imágenes, en su mayoría fotográficas. Se exhibirán más de 185 piezas originales procedentes de 45 colecciones nacionales e internacionales, el resto se podrá apreciar en reproducciones contemporáneas y diferentes soportes visuales. Participarán un poco más de 11 colecciones extranjeras, entre las que se encuentran la George Eastman House, el International Museum of American Art de Forth Worth, Texas, por citar algunas.

Pedro Valtierra Foto: Guillermo Aguilera

Pedro Valtierra Foto: Guillermo Aguilera

La muestra está conformada por cuatro núcleos que contemplan los casi 170 años de práctica fotográfica en México; realiza una revisión de la fotografía desde su llegada a nuestro país en 1840 hasta nuestros días. Esto se logra a través de la exhibición de obras de diversas técnicas como el daguerrotipo, el ambrotipo, la albúmina, la plata sobre gelatina y la impresión digital. El objetivo primordial es establecer un ejercicio de interconexión entre temas, autores y obras de diferentes épocas, revelando las líneas de continuidad y cortes en la historia de la fotografía mexicana, vinculando los procesos culturales, sociales, políticos, geográficos y técnicos que permitieron su desarrollo en nuestro país.

Más de 200 fotógrafos se integran en este recorrido cronológico a través de la técnica: Nacho López, Patricia Aridjis, Juan de Dios Machain, Graciela Iturbide, Carlos Jurado, Gabriel Orozco, Francisco Mata Rosas, Mariana Yampolsky, Franz Mayer, Pedro Meyer, Juan Rulfo, Claude Désiré Charnay, Carl Lumholtz, Guillermo Kahlo, Gerardo Suter, Annie Leibovitz, Maya Goded, los hermanos Mayo, Pedro Valtierra, Ángeles Torrejón, Hugo Brehme, Daniela Rossell, Dulce Pinzón, Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo, Tina Modotti, Arno Brehme, entre muchos otros.

El Museo Nacional de Arte ha programado varias actividades que complementan la muestra, entre las que destaca el ciclo de cine, en el marco del Cineclub Munal, llamado México y la cinematografía. Este ciclo propone un recorrido por algunas de las grandes miradas fílmicas que hicieron de lo mexicano el objeto de su narración y que va desde los primeros 50 años del cine mexicano, hasta las más recientes producciones de la cinematografía nacional.

Se contará con un programa de visitas guiadas en torno a la muestra, denominado “Más allá de una imagen, una historia”; un recorrido en el que se podrá apreciar y descubrir grandes historias capturadas en una imagen.

Las “Noches de museos” correspondientes a los meses de agosto, septiembre y octubre serán veladas dedicadas a la exposición y su temática. Materiales como audioguía, una app para iPad que puede ser descargada en la página del museo www.munal.gob.mx y en Apple Store, han sido diseñados expresamente para dar realce a la exposición y complementar el recorrido.

La muestra que ahora nos ocupa ha sido posible también por el apoyo de Fundación MAPFRE y Fundación Televisa. Parte fundamental del proyecto es el valioso catálogo México a través de la fotografía, que presenta un ensayo introductorio del etnólogo Sergio Raúl Arroyo, el cual describe el proceso de la fotografía a lo largo de más de siglo y medio. Asimismo, un amplio repertorio de imágenes ilustra el volumen con “microhistorias” de cada imagen, escritas por las especialistas Gina Rodríguez e Isaura Oseguera.

La primera edición de El llano en llamas fue publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1953. Se trata de 17 cuentos escritos por Juan Rulfo, uno de los narradores más importantes del siglo XX.

Ya se prepara una exposición temática en la que se exhibirá el texto original, que conserva la familia Rulfo, algunas traducciones de los 20 idiomas diferentes que se han hecho y fotografías.

Rulfo tardó ocho años en escribir los 15 cuentos que integran el El llano en llamas.  Escribió el primero en en 1945 Nos han dado la tierra, y el último lo tuvo listo a finales de 1952 o incluso a principios de 1953.  Ocho de estos relatos se publicaron por separado en revistas como Pan, de Guadalajara, y América, de la Ciudad de México. Una beca del Centro Mexicano de Escritores permitió a Rulfo escribir los siete restantes que, con los anteriores, se incluyeron en el libro. Y en 1970, fecha de la segunda edición, revisada por el autor, se incluyeron dos más: El día del derrumbe y La herencia de Matilde Arcángel.

En México es más vendido Pedro Páramo, contrario a lo que sucede en el extranjero, donde el libro de Rulfo más comprado es El llano en llamas.

El libro incluye los relatos: Nos han dado la tierra, La Cuesta de las Comadres, Es que somos muy pobres, El hombre, En la madrugada, Talpa, Macario, El llano en llamas, ¡Diles que no me maten!, Luvina, La noche que lo dejaron solo, Paso del Norte, Acuérdate, No oyes ladrar los perros, El día del derrumbe, La herencia de Matilde Arcángel y Anacleto Morones.

 

Mañana sábado será subastada la primera edición de la obra “El llano en llamas”, de Juan Rulfo, como parte de la puja “Fotografía, grabados, documentos, libros antiguos y contemporáneos” que organiza la casa de subastas Morton en la Ciudad de México.

La primera edición de El llano en llamas, conjunto de cuentos ambientados en el campo mexicano durante la época de la Revolución, reune 15 relatos y fue impreso en septiembre del año 1953. El tiraje fue de 2,000 ejemplares.