Una lectora recientemente avecindada en Playa del Carmen, me escribe que mi reciente artículo sobre el Liladownsia fraile, la nueva especie de saltamontes descubierta en Oaxaca, le recordó al famoso cara de niño, un insecto más o menos parecido, y pregunta si existe en Quintana Roo, pues cuando vivía en una ciudad del estado de México le decían que es extremadamente venenoso y debía cuidar a sus hijos de él.

Por Juan José Morales

No tiene por qué preocuparse. Ni el animalillo en cuestión es lo temible que se dice —aunque sí muy temido— ni existe en Quintana Roo o en la península de Yucatán en general. Sólo se le encuentra en las tierras altas desde el suroeste de Estados Unidos hasta Centroamérica.

Pero vamos por partes. Ese insecto, conocido popularmente como cara de niño, niño de la tierra o grillo de Jerusalén y denominado Stenopelmatus talpa en la clasificación científica, carece por completo de veneno. Es tan inofensivo como un grillo o un chapulín, insectos con los cuales está directamente emparentado ya que pertenece al orden zoológico de los ortópteros, que también incluye a las langostas y que se caracterizan por sus grandes y robustas patas, con las cuales algunos de ellos pueden dar grandes saltos.

caradeniño

Este es el malafamado cara de niño o niño de la tierra. Es de hábitos nocturnos y las horas del día las pasa bajo tierra. A esa forma de vida, y a la vaga semejanza que tiene con una caricaturesca cabeza de niño, se deben sus nombres comunes. Puede vivir más de dos años y es totalmente inofensivo.

El cara de niño, sin embargo, no es saltarín como sus primos, ni tampoco emite los fuertes y característicos chirridos de los grillos sino sólo unos ruidos poco notorios frotándose las patas. En la época de apareamiento, el macho produce también una especie de tamborileo golpeando el vientre contra el suelo, como señal sexual para atraer a la hembra.

Una de las razones por las que mucha gente le teme a este insecto, es por su aspecto y su tamaño relativamente grande: entre tres y cinco centímetros de largo, con la cabeza y el tórax bastante grandes. Quizá también, en el temor que provoca influye su coloración negra con franjas anaranjadas, cabeza roja y patas rojizas o anaranjadas. El nombre de cara de niño deriva del hecho de que su gran cabeza redondeada, con dos ojos negros muy conspicuos y bastante separados entre sí, recuerda a la de un bebé. De hecho, es el insecto con más semejanza a un rostro humano. El nombre de niño de la tierra obedece a que vive enterrado en el suelo —preferentemente en lugares húmedos—, en el cual se sepulta excavando con sus fuertes mandíbulas. Y nadie ha podido dar una explicación satisfactoria sobre el apelativo de grillo de Jerusalén, el cual resulta bastante extraño ya que ninguno de los insectos del género al que pertenece existe en la región de Palestina ni en ningún otro sitio del Viejo Mundo sino exclusivamente en el continente americano.

Es de hábitos nocturnos. El día lo pasa en su madriguera subterránea y es por la noche cuando sale a merodear en busca de alimento y de pareja sexual para reproducirse. Es omnívoro. Come lo mismo raíces de plantas que insectos, lombrices, gusanos, pasto, materia vegetal muerta y prácticamente todo lo que se pone a su alcance. Su abundancia en la época de lluvias se debe a que, al inundarse sus escondites, escapa para no morir ahogado. Aunque usualmente vive en el campo, puede penetrar a los hogares. Pero no hay razón alguna para temerle. Lo único que puede ocurrir si alguien lo agarra, es que lo muerda con sus fuertes mandíbulas, que podrían tener tierra y bacterias, pero basta lavarse bien y aplicarse un antiséptico para evitar una posible infección.

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El diodo emisor de luz, o LED, como se le conoce por su sigla en inglés (light emitting diode) es asunto de actualidad, pues sus perfeccionadores, Isamu Akasaki, Hiroshi Amano y Shuji Nakamura —de la universidad japonesa de Nagoya los dos primeros y la de California el último— acaban de obtener el Premio Nobel de Física por su trabajo.

Cuando el joven radiotécnico soviético Oleg Losev inventó el LED hace 87 años, aquello fue de interés únicamente para sus colegas y sólo se mencionó en publicaciones científicas especializadas, pues no tenía aplicaciones prácticas. Actualmente, ese dispositivo, en sus numerosas variantes, tiene multitud de usos en instrumentos científicos, lámparas de alumbrado público, faros y luces de freno de automóviles, semáforos, sistemas de detección remota, iluminación y guía para pistas de aterrizaje, sensores de movimiento y muchos otros aparatos.

Si decimos perfeccionadores y no inventores, es porque en realidad el LED no fue inventado por ellos, sino por el soviético Oleg Losev en 1927. Se trató, sin embargo, de uno de tantos avances científicos que en su momento carecían de aplicación práctica.

Por Juan José Morales

Fue 35 años después, en 1962, cuando el norteamericano Nick Holonyak Jr., de la Universidad de Illinois, ideó un LED que podía emplearse con fines de iluminación. Holonyak, dicho sea de paso, aún vive. Tiene 85 años y, salvo sus colegas universitarios, no se le ha reconocido el mérito por su invención.

El LED que él inventó, era, sin embargo, de muy baja potencia y sólo emitía luz roja (luego se ideó otro de luz verde). Por eso no podía servir con propósitos de iluminación y su uso quedó limitado a ciertos dispositivos, como indicadores de instrumentos y carátulas de relojes digitales, con el ahora bien conocido sistema en que con siete segmentos o barritas luminosas puede formarse cualquier número, de 0 a 9.

Lo que Akasaki, Amano y Nakamura hicieron, y les valió la codiciada presea, fue producir un LED que emite luz azul, la cual se torna blanca al pasar a través de una capa de fósforo que emite luz amarilla. Además, es una luz más intensa que puede servir para iluminación doméstica y pública. Al igual que los anteriores, este LED es de larga duración —diez veces más horas que las lámparas fluorescentes— y muy bajo consumo de energía.

Y es sobre este aspecto —la iluminación pública— que versa nuestro comentario de hoy. Resulta que, según investigaciones realizadas en Nueva Zelanda, la luz de las lámparas LED atrae a los insectos voladores —en particular moscas y polillas— en mucho mayor proporción que las lámparas de vapor de sodio ahora usadas en las calles. En un informe publicado en la revista Ecological Applications, los investigadores señalan haber encontrado que en las trampas colocadas cerca de lámparas LED caen hasta 48% más animalillos que en las ubicadas junto a las de vapor de sodio. Evidentemente, dicen, el espectro luminoso de las primeras ejerce mayor atracción sobre los insectos.

Ya desde hace tiempo los biólogos venían señalando que el gran incremento en la iluminación nocturna puede ocasionar alteraciones ecológicas importantes, y en este caso habrá que ver cuáles podrían ser, no sólo por la mayor intensidad luminosa sino también —y muy especialmente— por el nuevo tipo de luz. Una posibilidad, dicen los autores del estudio, es que en los puertos las lámparas LED atraigan hacia tierra insectos transportados accidentalmente a bordo de los buques. Eso podría multiplicar el riesgo de que se introduzcan a un país plagas agrícolas, forestales y de otro tipo llegadas desde lugares distantes. A este respecto, no debe olvidarse que muchos animales dañinos que atacan a los cultivos o la vegetación silvestre y popularmente se conocen como gusanos —por ejemplo, el gusano barrenador del maíz, o el gusano barrenador de las meliáceas, que ataca árboles maderables— en realidad son orugas de polillas o mariposas nocturnas. Justamente el tipo de insectos que se ve revolotear en torno a las luces del alumbrado público.

Tenemos así un insospechado efecto ecológico de un avance tecnológico.

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