Este 1° de junio comenzó la temporada de huracanes en el Atlántico. Los expertos pronostican que es de esperarse una temporada normal, con una cantidad de tormentas y huracanes dentro del rango habitual. No parece que —como temen algunos— el calentamiento global se traduzca en mayor número de tales fenómenos.
Huracanes2016
Ciertamente, el calentamiento ha hecho que se acumule más calor en las aguas del océano, y por lo tanto haya una mayor reserva de energía térmica que, al transmitirse a la atmósfera, ocasiona o fortalece los huracanes. Pero las cosas no son tan simples, pues —como apuntan los geofísicos— ha habido también cambios en la circulación atmosférica, lo cual influye en la acumulación de calor en los sectores ciclogenéticos, o sea aquellos en los que se originan los ciclones tropicales.

Según se comentó en la reunión sobre cambio climático celebrada hace unos meses en la Universidad del Caribe, en Cancún, más bien puede suponerse que —independientemente de lo que ocurra en la próxima temporada— en el futuro inmediato habrá más huracanes intensos, no tanto mayor cantidad de ellos.

En pocas palabras: tenemos que estar preparados para soportar fenómenos más violentos, quizá comparables al Gilberto, el Wilma, el Dean y el Isidore, que dejaron profunda huella en la península de Yucatán. Y no sería remoto que se repita una situación como la de septiembre de 2013, cuando ambos litorales del país, el del Atlántico y el del Pacífico, se vieron azotados simultáneamente por dos huracanes: el Ingrid en el Golfo de México y el Manuel en la zona de Guerrero por el lado del Pacífico. Y aunque ambos fueron poco intensos —apenas de categoría 1 ambos— causaron estragos en más de dos terceras partes del territorio mexicano con sus fuertes vientos, lluvias torrenciales y violentas marejadas.

Por otro lado —y esto hay que subrayarlo— los daños causados por los huracanes en México han estado aumentando a lo largo de las últimas décadas, no porque sean más frecuentes o intensos, sino porque hay cada vez mayor número de construcciones en las costas. El litoral oriental de la península, es buen ejemplo de ello. En 1967, cuando el huracán Beulah de categoría 5 batió la costa norte de Quintana Roo, las pérdidas materiales fueron mínimas porque en aquel entonces no existía Cancún, Isla Mujeres tenía apenas un millar de habitantes, Cozumel tres mil y fuera de esas dos poblaciones no había en la zona más que ranchos copreros habitados por una o dos familias. Pero 21 años después, en 1988, Gilberto, otro huracán de la misma categoría que entró a tierra por esa parte del litoral, pasó a la historia como uno de los más destructores porque para entonces ya existía Cancún y había un considerable número de habitantes y de grandes hoteles, condominios, tiendas y otros edificios en la zona.

Con esto no tratamos de ser alarmistas, sino simplemente de recalcar que la península de Yucatán está ubicada en una zona de generación y paso de tormentas tropicales y huracanes, que muchos de ellos penetran por la costa caribeña, y que a menudo cuando lo hacen llegan ya muy fortalecidos por una larga trayectoria sobre cálidas aguas tropicales desde las lejanas islas del archipiélago de Cabo Verde, en las proximidades de África.

Si vivimos en una zona de huracanes, lo menos que debemos hacer es estar muy bien preparados para resistirlos. Pero, si bien el Gilberto, el Wilma y el Dean hicieron que mucha gente comenzara a tomar en serio esos fenómenos, las autoridades parecen seguir siendo indiferentes. Como señalamos no hace mucho, y por increíble que parezca, ninguna ciudad de Quintana Roo tiene un atlas actualizado de riesgos ni se han hecho las modificaciones necesarias a los reglamentos de construcción y los planes de desarrollo urbano para adecuarlos a la nueva realidad del cambio climático.

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Terminó la temporada de huracanes 2014 en el Atlántico, y quienes vivimos en la península de Yucatán gozamos de una excepcional tranquilidad meteorológica durante estos seis meses. De hecho, a lo largo de casi un mes, desde finales de octubre, no hemos tenido el menor motivo de preocupación por ese motivo, pues en ese lapso no se registró ni siquiera una depresión tropical en la zona. La última perturbación que afectó a la península fue la tormenta tropical Hanna, formada en la Sonda de Campeche y que tuvo un desplazamiento inusual hacia el este y no hacia el oeste o el noroeste como es lo normal, y después de cruzar sobre tierra entre el 23 y el 24 de octubre, debilitándose considerablemente en el trayecto, terminó disipándose sin pena ni gloria en el Caribe.

Por Juan José Morales

Esta fue la inusual trayectoria de la tormenta tropical Hanna, el último evento ciclónico que hemos tenido en la península durante la actual temporada de huracanes. En vez de desplazarse de este a oeste como es lo normal en tales fenómenos, lo hizo en sentido opuesto, del Golfo de México —donde se gestó— hacia el Caribe, donde se disolvió.

En total, hasta ahora hemos tenido en el Atlántico —incluidos el Golfo de México y el Caribe— únicamente una depresión tropical, dos tormentas y seis huracanes. En total, nueve eventos ciclónicos. Y puede decirse que con estas cifras terminará cerrada la contabilidad de la temporada, pues las condiciones que reinan en toda la zona del Atlántico tropical son muy poco propicias para la gestación de ciclones en los próximos días. Sobre todo ahora que han comenzado los nortes, cuyas masas de aire frío procedente de las altas latitudes hacen bajar la temperatura del océano y la atmósfera y por tanto entorpecen la formación de zonas de baja presión precursoras de huracanes.

Se han cumplido, pues, los pronósticos de la mayoría de los especialistas en estas cuestiones que comentábamos hace mes y medio en esta misma columna, en el sentido de que en la temporada ciclónica que está por fenecer habría en el Atlántico entre nueve y 12 tormentas tropicales. Ello, como decíamos entonces, parece ser un efecto del fenómeno de El Niño, que si bien ocurre en el Pacífico frente a las costas de Sudamérica, deja sentir su influencia sobre una vasta región del mundo y entre otras cosas parece atenuar la formación de huracanes en el Atlántico.

En cambio, en el Pacífico oriental, frente a las costas mexicanas, las cosas han sido muy diferentes. La matriz generadora de huracanes del Golfo de Tehuantepec —donde en términos generales se forma cada año mayor cantidad de esos fenómenos que en las cuatro zonas ciclogenéticas del Atlántico— estuvo excepcionalmente activa. Ahí han ocurrido hasta la fecha una depresión tropical, seis tormentas tropicales y 15 huracanes. O sea, un total de 22 fenómenos ciclónicos, cifra muy superior a los pronósticos del Servicio Meteorológico Nacional, que eran en el sentido de 15 tormentas, de las cuales siete alcanzarían la categoría de huracán.

De esa quincena de huracanes, el peor fue Odile, que devastó la zona de Los Cabos en el extremo sur de la península de Baja California. Pero otras tormentas y huracanes también causaron graves daños en Guatemala y en los estados mexicanos a lo largo de la costa del Pacífico, desde Chiapas hasta Sonora. Puede decirse que no hubo entidad que no resultara afectada en mayor o menor grado por lluvias torrenciales, deslizamientos de tierra, inundaciones y otros problemas, que dejaron como saldo buen número de muertos. Odile, incluso, afectó los estados norteamericanos de California, Arizona, Nuevo México y Texas.

Este es pues, en líneas generales, el balance de la temporada de huracanes 2014 en nuestro país.

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Este domingo, 30 de noviembre, termina oficialmente la temporada de huracanes en el Atlántico. Y ya comenzó la de nortes —las “bocanadas de aire frío”, como las calificó el famoso naturalista Alejandro de Humboldt—, que no tiene fechas oficiales de inicio y final. Algunos lectores me han preguntado por qué nortes y huracanes se alternan a lo largo del año y por qué, aunque los nortes ocurren en el Golfo de México, afectan también —a veces con gran violencia— la zona del Golfo de Tehuantepec, en el Pacífico, al otro lado del país.

Por Juan José Morales

Así, se representan los frentes fríos en los mapas meteorológicos. En su libro “Descripción Física de la Nueva España”, el naturalista Alejandro de Humboldt escribía a principios del siglo XIX que “en las costas orientales de la Nueva España los grandes calores ceden por algún tiempo cuando los vientos del norte envían algunas bocanadas de aire frío de la bahía de Hudson hacia el paralelo de La Habana y Veracruz. Estos vientos impetuosos soplan desde el mes de octubre hasta marzo”.

La alternancia huracanes-nortes-huracanes se debe a cambios en la circulación general de la atmósfera, que durante
los meses cálidos es del océano hacia el continente y en los meses fríos se invierte. Desde la primavera hasta el otoño, los rayos solares inciden más directamente en las zonas situadas al norte del ecuador. Eso provoca un intenso calentamiento del continente y el océano. Pero la temperatura del terreno se eleva más rápidamente que la del agua, que tiene una gran capacidad para absorber calor sin que su temperatura aumente mucho. Ese aire continental caliente se eleva formando una zona de baja presión, y para reemplazarlo fluye aire marítimo, cargado de humedad que provoca lluvias. Además, la gran cantidad de calor almacenado en las aguas marinas es la fuente de energía que alimenta las tormentas tropicales y los huracanes.

Pero después del solsticio de verano, cuando el Sol comienza su retroceso aparente hacia el sur, los rayos solares ya no inciden tan directamente sobre las zonas situadas al norte del ecuador. Por lo tanto, tierra y océano empiezan a perder el calor acumulado durante los meses cálidos. El enfriamiento, empero, es desigual. El terreno, con poco calor almacenado, se enfría mucho más rápidamente que el mar, que como decíamos tiene una gran capacidad para acumular calor. Así, el aire marítimo se eleva y se forma sobre el océano una zona de baja presión hacia la cual fluye el aire continental de las altas latitudes, desde el norte de Estados Unidos y Canadá, el cual es frío.

De esta manera se forman los llamados frentes fríos, que reciben ese nombre porque la masa de aire frío avanza en forma de un gran frente. Cuando la línea frontal interactúa con el aire cálido, se produce gran turbulencia —esos son los vientos de los nortes, que pueden ser tan intensos como los de una tormenta tropical— y se forman lluvias que también pueden ser relativamente abundantes. De hecho, buena parte de la precipitación pluvial que cae en la zona noroeste de la península de Yucatán —la menos lluviosa— es producto del vapor de agua levantado por las masas de aire de los nortes a su paso sobre las aguas del Golfo de México. De no ser por estos fenómenos, esa zona de la península sería mucho más árida.

Y en cuanto a por qué cuando los nortes del Golfo de México repercuten en el de Tehuantepec al otro lado del continente, la explicación estriba en la orografía de la región. El istmo de Tehuantepec no sólo es la porción más estrecha del territorio nacional, sino también donde las montañas alcanzan su menor altitud, de sólo unos cientos de metros y no miles como en las grandes cordilleras. Se forma así una especie de embudo por el cual pasan los frentes fríos de un golfo al otro, y el aire encajonado incrementa su velocidad. De hecho, la zona de La Ventosa, en Chiapas, recibe su nombre por esa circunstancia, y la carretera que la atraviesa tiene fama entre los camioneros por los fuertes ventarrones, que, al golpear de costado a los vehículos, llegan a volcar incluso unidades de gran tonelaje.

Espero que estas explicaciones sean de utilidad a los amigos lectores.

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Faltan ya sólo dos meses para que, el 30 de noviembre, se dé por terminada la temporada de huracanes en el Atlántico, incluidos el Caribe y el Golfo de México. Y, tal como van las cosas, tal parece que se cumplirán los pronósticos en el sentido de que esta sería una temporada bastante tranquila, con una actividad ciclónica por debajo de lo normal.

En efecto, las predicciones a largo plazo elaboradas con base en diferentes modelos matemáticos por distintas universidades y centros de investigación geofísica, coincidían en que en 2014 tendríamos entre nueve y 12 tormentas tropicales, de las cuales entre tres y seis alcanzarían la categoría de huracán, y solamente uno o dos de éstos serían de gran intensidad. Tales números son, como decíamos, inferiores al promedio. Entre 1995 y 2013, por ejemplo, cada año se registraron por término medio 15 tormentas, de las que ocho crecieron hasta convertirse en huracán y cuatro de ellos fueron intensos.

Por Juan José Morales

Si bien en el Atlántico hemos tenido una temporada ciclónica bastante tranquila, con sólo cinco tormentas y huracanes registrados hasta la fecha y prácticamente sin daños dignos de mención, las cosas no han sido iguales en el Pacífico, donde el número de tormentas y huracanes ya supera los pronósticos y se acerca a la veintena. En la imagen, el poderoso huracán Odile sobre el extremo sur de Baja California.

En opinión de los especialistas, el menor número de ciclones en esta temporada es resultado del fenómeno de El Niño, el cual al parecer tiene como efecto atenuar la formación de tormentas y huracanes en el Atlántico. Igualmente, otro de los efectos de este fenómeno —que si bien se da en aguas del Pacífico frente a Sudamérica, influye sobre el clima a escala mundial— es hacer que las tormentas y huracanes del Atlántico recurven hacia el norte en lugar de continuar avanzando hacia el oeste-noroeste rumbo al continente americano.

Sean cuales sean las causas, el hecho es que hasta finalizar septiembre, el mes pico de la temporada— no había en todo el Atlántico una sola tormenta ni una sola depresión que amenazara fortalecerse, y todo indicaba que la situación seguiría igual.

Y en cuanto a los huracanes y tormentas registrados durante los primeros cuatro meses de la temporada, del 1° de junio al 30 de septiembre, en total han sido únicamente cinco, de los que sólo dos tocaron tierra y causaron afectaciones reducidas.

El primero de ellos, Arthur, se formó a principios de julio, más de un mes después de iniciada la temporada, frente a la costa oriental de Estados Unidos, tocó tierra brevemente en Carolina del Norte con vientos de categoría uno, y rápidamente se disolvió en las frías aguas de la región.

La otra perturbación que entró a tierra, fue la tormenta tropical Dolly, formada sobre la Sonda de Campeche a partir de una onda tropical que cruzó la península de Yucatán desde el Caribe. El 3 de septiembre tocó tierra cerca de Tampico, provocando lluvias torrenciales e inundaciones en Tamaulipas y Veracruz. Las cosas, empero, no pasaron a mayores y pronto la perturbación se disolvió.

Los otros tres huracanes contabilizados en el Atlántico durante la actual temporada, Bertha, Cristóbal y Edouard, no ameritan mayores comentarios, pues todos ellos se desplazaron sobre aguas marinas y terminaron su vida en las altas latitudes sin ocasionar daño.

Por contraste, en el Pacífico la actividad ciclónica ha sido muy intensa, por encima incluso de lo pronosticado. El Servicio Meteorológico Nacional, por ejemplo, había previsto que en la actual temporada tendríamos en esa región 14 tormentas, de las cuales siete serían huracanes y cinco alcanzarían o superarían la categoría tres. A la fecha llevamos 18, tormentas, de las cuales 13 cobraron intensidad de huracán. Uno de ellos, Odile, como se sabe, alcanzó categoría cuatro y cruzó el extremo sur de la península de Baja California dejando una estela de devastación en la zona de Los Cabos y considerables daños en La Paz.

Este es, pues, el contrastante panorama ciclónico al cumplirse dos tercios de la temporada de huracanes 2014, que oficialmente concluye el 30 de noviembre. Nos quedan aún dos meses por delante, pero si las cosas siguen como hasta ahora, tal vez no recibamos en la península de Yucatán el impacto de ninguno de esos fenómenos.

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Juan José Morales

Amigos y lectores residentes en Mérida y alrededores: Juan José Morales dictará un par de conferencias este martes 29 de octubre como parte del Festival Internacional de la Cultura Maya. Serán en el Gran Museo del Mundo Maya. Una a las 11 horas, titulada La península que surgió del mar, y otra a las 18 horas, con el título Selvas, Mares y Huracanes.

El pasado 19 de octubre, en el marco del Festival Internacional de la Cultura Maya que se celebra en Mérida, se firmó el decreto de creación de la Reserva Geohidrológica de Yucatán, la primera de su tipo en México.

La reserva, que abarca casi 2,200 kilómetros cuadrados al sur de la capital del estado, tiene como objetivo garantizar que se mantengan en buen estado las aguas del gran manto acuífero subterráneo de las que se abastecen la población de Mérida y su zona metropolitana, y la de 14 municipios circundantes para el consumo doméstico, industrial y agrícola. Salvaguardarlo es de máxima importancia ya que por su proximidad a la superficie, el acuífero resulta muy vulnerable a la contaminación con aguas negras, pesticidas y otros contaminantes y se requiere también una adecuada cobertura vegetal del terreno para propiciar la recarga del manto con el agua de las lluvias, evitando que se pierda por evaporación bajo el intenso calor solar antes de infiltrarse hacia las profundidades.

Para calibrar mejor la importancia de esta área natural protegida, puede señalarse que la ciudad de Mérida y su zona metropolitana —que congrega al grueso de la población del estado— consume anualmente 40 millones de metros cúbicos de agua. En la reserva, la disponibilidad de agua es del orden de 180 millones. Esto significa que con ella queda garantizado no sólo el suministro presente, sino uno cuatro y media veces mayor.

Estudios como los realizados por el Centro de Investigación Científica de Yucatán y la asociación Amigos de Sian Ka’an han demostrado que los flujos del agua subterránea en dirección a las costas son mucho más complejos de lo que se creía y están determinados por ciertas características del subsuelo, como asentamientos y fracturas.

Los estudios para la creación de la reserva estuvieron a cargo del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY). Se iniciaron en 2008, y durante cinco años se logró acumular una copiosa y valiosa —valga la rima— cantidad de información sobre los volúmenes de agua existentes en las profundidades, la manera como fluyen en dirección al mar y las fuentes de contaminación, tales como fosas sépticas y granjas porcícolas. Con base en los datos así acopiados, pudo establecerse qué área debía comprender la reserva y qué acciones debían tomarse para proteger el acuífero y mejorar la calidad del agua. Así fue como se delimitó esa superficie de casi 2,200 kilómetros cuadrados, que abarca parte del llamado anillo de cenotes, una franja semicircular donde abundan tales cuerpos de agua debido a fracturas del terreno causadas por el acomodamiento de las capas geológicas sobre el famoso cráter de Chicxulub. Dicho sea de paso, con esos 2,200 kilómetros cuadrados se incrementa de 12 a 17% la superficie total del estado de Yucatán bajo la categoría legal de área natural protegida.

Ahora bien: un detalle que vale la pena resaltar es que para la creación de esta primera reserva geohidrológica de México se utilizó la experiencia acumulada durante los estudios realizados en Quintana Roo con miras a establecer la reserva hidrológica de la Riviera Maya. Los métodos y técnicas de prospección probados durante esos estudios, así como los modelos matemáticos y las simulaciones por computadora desarrollados para manejar la información de campo, fueron aplicados exitosamente en Yucatán.

Pero, aunque ya se tiene la información necesaria para crearla, la reserva hidrológica de la Riviera Maya no existe. No ha sido decretada, ni hay la menor intención de hacerlo. Tanto el anterior gobierno de Quintana Roo, el de Félix González Canto, como el actual, de Roberto Borge le han estado dando largas al asunto, pese a la urgente necesidad de asegurar que los hoteles y demás establecimientos turísticos de esa zona tengan garantizada agua de buena calidad en cantidad suficiente durante los años venideros.

La excusa que se ha dado para no crear la reserva, es que se requieren estudios adicionales. Pero la realidad —dicen funcionarios y científicos conocedores del asunto— es que hay de por medio fuertes intereses económicos: la zona de captación de agua que se deberá proteger es la misma donde se proyecta construir el aeropuerto de la Riviera Maya, y la cual ha sido objeto de una intensa especulación inmobiliaria. Salvaguardar las reservas de agua le arruinaría el negocito a quienes esperan enriquecerse con la reventa de esos terrenos. Por eso, a pesar de su urgente necesidad, no se ha decretado la creación de la reserva hidrológica de la Riviera Maya. Tenemos así una reserva real que —paradójicamente— nació de una reserva fantasma.

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Este ha sido un año de huracanes tardíos en el Atlántico, pues —cosa que no había ocurrido en mucho tiempo— el primero se formó ya bien entrada la temporada, el 11 de septiembre. Y el par de ellos que ha habido desde entonces han sido muy débiles. Por otro lado, 2013 ha resultado un año de nortes tempraneros. Aunque normalmente estos fenómenos comienzan a presentarse en octubre, ya tuvimos el primero el 21 de septiembre. Pero antes de seguir adelante, conviene precisar la diferencia entre huracanes y nortes.

Por Juan José Morales

Los primeros son fenómenos típicamente veraniegos y tropicales —aunque excepcionalmente pueden ocurrir en invierno y fuera de la franja tropical—, se forman por la energía del calor acumulado en el océano y provienen del este, desde donde soplan los vientos alisios. Los nortes, en cambio, son resultado de la llegada de masas de aire frío que vienen desde el norte de Estados Unidos, Canadá y el Círculo Ártico.

Así se forman las nubes que provocan lluvias al paso del frente de una masa de aire frío, que por ser más denso y pesado que el aire cálido y húmedo, levanta a este último y lo hace condensarse al enfriarse durante el ascenso. El proceso, conocido como “norte”, va acompañado de turbulencia y vientos.

Como el aire frío es denso y pesado, en su avance hacia el sur forma una especie de cuña que se introduce bajo el aire cálido y húmedo, y al levantarlo violentamente, hace que el vapor de agua que contiene se condense y forme densas nubes del tipo que los meteorólogos llaman cúmulonimbos y que son las típicas nubes de tormenta. Por eso a la llegada de un frente frío comúnmente caen aguaceros, especialmente en los primeros meses de la temporada, cuando todavía hay en la atmósfera un alto contenido de la humedad aportada durante el verano por la circulación proveniente del océano. De hecho, se esperaba que este primer frente frío provocara copiosas lluvias y tormentas eléctricas en el norte y noreste del país al interactuar con los remanentes de una perturbación tropical.

El encuentro del frente frío con el aire cálido y húmedo ocasiona también turbulencia y vientos que pueden llegar a ser bastante fuertes, a veces incluso con intensidad de tormenta tropical. Eso es lo que se conoce como norte y ocasiona perjuicios ya que las marejadas erosionan las playas, afectan las actividades turísticas y recreativas, impiden o entorpecen las faenas pesqueras y la navegación de embarcaciones menores, y los vientos pueden causar daños en viviendas y otras estructuras endebles.

Pero los nortes también tienen su lado positivo para quienes habi-tamos la península de Yucatán. Por principio de cuentas, en el noroeste de la región aportan lluvias que atenúan la falta de agua durante los meses de sequía. En la zona comprendida entre Progreso y Celestún, por ejemplo, que es la más seca de la península, casi la cuarta parte de la lluvia que cae en el curso del año se registra durante la temporada de nortes. Es decir, después de la época normal de lluvias. Más al este de la zona costera, en el área de El Cuyo y Holbox, el porcentaje de lluvia asociada a los nortes es de casi un tercio del total anual.

Igualmente, para los pescadores de pulpo —la temporada de pes-ca del cual termina el 15 de diciembre— la agitación de las aguas mari-nas durante los nortes remueve el fondo y hace salir de sus madrigueras a ese molusco, con lo cual se facilita su captura. Y los pescadores del norte de Quintana Roo, ya saben que en la época de nortes ocurre la llamada “corrida” de la langosta, un singular fenómeno biológico en el cual grandes cantidades de esos crustáceos se organizan en hileras que avanzan a manera de trenes con cada individuo sujeto al que le precede. Los pescadores aprovechan ese hecho para instalar redes en los sitios por donde saben que pasarán las langostas, para así atraparlas.

En fin, como todo en la naturaleza, los nortes tienen su lado bueno y su lado malo.

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