Aunque los héroes de John Ford son hombres recios, que enfrentan las adversidades con toda calma, las mujeres de sus cintas no son bravías, no desatan bajas pasiones, no parecen ser objetos del deseo, pero representan la recompensa luego de una batalla, una guerra, o toda una vida de sacrificios y retos.

Claro que hay excepciones: Dallas (Claire Trevor), la heroína de La diligencia, pese a su pasado (o por ello) (magnificado por Maupassant) causa grandes alborotos, despierta los deseos de varios, y finalmente es el premio que se lleva el también proscrito Ringo (John Wayne); ambos están si no fuera de la ley, sí de las buenas costumbres, son unos parias en comparación con los demás pasajeros, y hacen una de las parejas más memorables de cualquier western (¿Howard Hawks le puso Dallas a Elsa Martinelli en Hatari en honor a Ford y a Trevor?)

Dorothy Lamour, más vestida que de costumbre, es una metáfora de las pasiones contenidas, o al revés, el huracán de Huracán es una metáfora de lo que siente John Hall, y Mary Astor, la paz que encontrará cuando se calmen los vientos huracanados.

Maureen O’Hara es la promesa que se alcanzará cuando se descubra que la esperanza es el presente, no el futuro, de ¡Qué verde era mi valle!; en El camino del tabaco una subtrama parece encaminarse hacia la sexualidad, y tiene una de las pocas escenas donde una heroína de Ford muestra las piernas sin que sea en una carrerita: Ellie May Lester alborota al por lo regular ecuánime Walter Bond; en Mi adorada Clementina, o La pasión de los fuertes, el héroe Henry Fonda (Wyatt Earp) tiene en casa su recompensa natural en los brazos de Clementina (Cathy Downs), pero el antihéroe Victor Mature (Doc Hollyday) hace honor a su condición de paria y se refugia entre las piernas torneadas (aunque escamoteadas al espectador) de Linda Darnell (actriz que tuvo un final trágico), Chihuahua para sus compañeros de la lucha contra los Clanton.

En El fugitivo, la menos buena de las obras de Ford según una legión de admiradores, está basada en una de las novelas mayores de Graham Greene, El poder y la gloria; aunque la cinta carezca del áurea de fatalidad de la novela, los personajes son otra vez unos parias, unos perseguidos: el sacerdote alcohólico Henry Fonda, quien vive un romance a todas luces prohibido con Dolores del Río; ambos, perseguidos en un Tabasco dominado por el anticlerical gobierno (de Tomás Garrido Canabal), y finalmente redimidos por su fe.

En Fuerte Apache el drama es otro: Wayne se niega a victimizar a los apaches, pero su jefe Henry Fonda, más cuadrado, ordena una matanza que se convierte en masacre contra los soldados; hay sin embargo presencias femeninas: una adolescente Shirley Temple, quien en una escena muy divertida explica por qué se llama Filadelfia; en otra, los presos Victor McLaglen y Pedro Armendáriz son excarcelados para que lleven serenata a las señoras esposas de los comandantes del fuerte donde viven; fueron encarcelados por cumplir al pie de la letra la orden de Wayne cuando decomisan un contrabando de bebidas alcoholicas: “acaben con el whisky” (no está por demás estar de acuerdo con lo que dice Carlos Fuentes de Armendáriz en su reciente Personas: que es el mejor actor mexicano, aunque no por las cintas que prefiere Fuentes, sino por ésta y por From Rusia with Love; en ambas tiene escenas donde opaca a los protagonistas; en la segunda, en unos cuantos minutos borra a Sean Connery por completo; en la de Ford escenifica, y dice la leyenda que sin extras, cómo domar caballos salvajes). Armendáriz también aparece en Los tres padrinos, donde no hay mujeres importantes, excepto la moribunda y bella madre abandonada y recién parida a quien le hacen la promesa de que salvarán a su hijo, cosa que hacen a costa del sacrificio de la vida de Armendáriz y Harry Carey Jr. En Río Grande, otra cinta del ejército estadounidense, y en La legión invencible, las mujeres maduras o, mejor dicho, respetables, Maureen O’Hara y Joanne Dru, son obstáculo para que cumplan con sus deberes los héroes John Wayne y John Wayne, una porque se opone a que su hijo Claude Jarman Jr. sufra los rigores del ejército y clama por que lo haga Wayne orgullo de su nepotismo; la otra porque quiere apresurar la jubilación del mayor Wayne, y cobre una pensión a la que tiene derecho sin que le quiten impuestos. El hombre quieto presenta un Wayne asesino involuntario (lo que se describe en una escena muy breve), enamora a la arisca Maureen O´Hara, sólo que el cuñado Victor McLaglen se opone a que se casen mientras él permanezca soltero, por aquello de hermano saltado… y los malvados del pueblo le hacen creer que tiene chance con la viuda Sara (Mildred Natdwick), de lo que se desengaña el mismo día del matrimonio de Wayne con O’Hara, y aunque no puede deshacer la boda, se niega a entregarle al cuñado la dote respectiva, y O’Hara no quiere cumplir con sus deberes conyugales mientras no sea una mujer completa, es decir, con su dote; la cinta tiene una de las escenas más picaras del cine; Wayne, enfurecido con O’Hara, la arroja sobre la cama, que se rompe; al día siguiente los vecinos le llevan el mobiliario que McLaglen accede a entregar (no así el dinero), y cuando entran a la recámara y ven la cama rota imaginan lo que imaginan; toda una hazaña al no insinuar siquiera una vulgaridad. No hay hazaña al mostrar las bajas pasiones de Clark Gable por Grace Kelly, porque él nunca logró una escena en donde no tuviera mirada turbia y expresión de profesor que quiere negociar las calificaciones de una alumna apetecible; el clima cálido de la locaciones ayuda a esas bajas pasiones que Ford evita hacer explícitas y vulgares. Los buscadores, Centauros del desierto o Más corazón que odio no muestra el amor de Wayne por su cuñada Vera Miles, sólo cuando se deja llevar por la ira del deseo incumplido. No recalco más en otras cintas de Ford no por falta de deseo, sino porque haría repetitivo el recuento; tampoco deseo que se cuele ningún adjetivo que haga más evidente que John Ford es mi director favorito, que entiendo y comparto lo que dice Cabrera Infante acerca del wester filmado por Ford (o por Hawks): que si Homero hubiera escrito cine, hubiera hecho westerns; que admiro las cintas que no son westerns, que con las cintas de Ford uno se emociona, sufre, ríe y se reconforta; pocas cintas son tan admirables como la bélica The Wings of the Eagles, tan ágil y tan inteligente pese a que el protagonista pasa media película en cama, inválido; que pocas veces he sido tan crédulo (lo que es una exigencia básica en un aficionado al cine) como en Bill, qué grande eres (When Willis Comes Marchin Home), en la que un joven logra ser héroe aunque nadie se lo crea. Dice la leyenda que cuando los macarthistas querían linchar a varios directores sospechosos de izquierdistas (al revés de ahora, que quieren linchar a los que no proclaman que son izquierdistas aunque son más represores que los macarthistas), Ford los hizo callar con unas cuantas declaraciones, y con el apoyo que le dio a los perseguidos. También dice la leyenda que Ingmar Bergman se sintió halagado cuando lo compararon con Ford. Uno de sus admiradores es Woody Allen, y en más de una ocasión ha plagiado alguna de sus escenas; y aunque es un director que tiene exceso de bajas pasiones, ha tenido la delicadeza de no mostrarlas desnudas, más que ocasionalmente, y en escenas que poco tienen de sexuales. Pero que Allen las admira es algo que pocos podrían dudar. En Bananas tiene una de las pocas escenas procaces, pero elimina cualquier vulgaridad con el humor, cuando en pleno campo guerrillero, Princess Fatosh corre desnuda, sin blusa, pero tapándose los pechos, y grita que la ha mordido una víbora; poco antes les instruyeron que en un caso similar hay que chupar el sitio mordido para evitar que el veneno corra por el cuerpo; la reacción de todos los guerrilleros es correr para succionar el pecho mordido por la víbora, Allen incluido, con mirada torva; al final de la cinta se narra el primer encuentro nupcial con Luisa Lasser, por tres cronistas deportivos (uno de ellos el célebre Howard Cosell); todo sucede bajo las sábanas, escamoteado para el espectador. En Take the Money and run quiere seducir a su esposa Janet Margolin, pero, torpe, es incapaz de desabotonarle la blusa, ante el aburrimiento (¿o desazón? de ella); en otro momento, parodia de Fuga en cadenas, ella le reclama lo frío de su relación, ante el choteo de sus compañeros que se han escapado con él. En Sleeper una máquina sustituye la cópula entre humanos, pero Allen convence a la muy hermosa Diane Keaton (más hermosa en las cintas de Allen que en cualquiera otras) de que es mejor a la antigua; pero también, al declarar que lleva 200 años sin copular (el tiempo que ha estado dormido) agrega otros cuatro, “contando mi matrimonio”. Tal vez la escena más estremecedora sea la que abre Hanna and her Sisters, con el rostro de Barbara Herhey en un acercamiento total, entonces de 38 años y diez centímetros más alta que Allen, acompañada de una voz en off: “¡Dios mío, qué hermosa es!”. En Manhatan (¿su obra maestra?) abandona a la adolescente Mariel Hemingway para irse con Diane Keaton (“trouble is my second name!”), y al final, cuando Hemingway avisa que se va de viaje y que deberá esperarla, le asesta una frase terrible: “no seas tan madura”); antes, Hemingway le ofrece que hagan el amor “cómo siempre ha deseado”; Allen se levanta de la cama y ante la pregunta de ella de qué va a hacer, contesta con un desarmante “voy por mi traje de buzo”, lo que hace que el espectador imagine demasiadas cosas. La única escena con desnudos es la ofrecida en Radio Day’s, cuando el niño que encarna su papel (en este caso la Academia permite que se utilice “rol”, pero me niego a obedecer a la Academia en sus tonterías) observa a una mujer bañándose, mostrando toda su belleza en desnudez; lo inquietante no es el desnudo, sino la escena siguiente cuando el niño descubre que esa mujer espléndida (bien aplicado el adjetivo) será su maestra en el año escolar que comienza ese día. En esa cinta hay un faje en un auto que no culmina en cópula por culpa de la transmisión del célebre programa radiofónico de Welles sobre la invasión de los marcianos, en una de las mejores bromas de Allen en todo su cine. En La última noche de Boris Grushenko (o Amor y muerte) hace que la gentil y delicada expresión de Diane Keaton se muestre pícara cuando comparte la complicidad de sus infidelidades con todos quienes la rodean, lo mismo cuando hace la lista de sus amantes, y cuando el alarmado Allen pregunta azorado que si en realidad son tantos, ella con ingenuidad dice que apenas va en la letra A; pero cuando la condesa Olga elogia la manera de Allen de copular, éste presume que todo se debe a que practica mucho cuando está solo. Pero Allen tiene muchas escenas más al respecto de su pasión por las mujeres. Me deleitaré en la siguiente enumerándolas. *En el escándalo provocado por el párrafo que Poniatowska añadió a una entrevista que le hizo a Borges en 1973 se ven varias cosas: en primera, que leer a Borges es tan engañoso que se le pueden achacar poemas chabacanos con tan sólo imitar el ritmo de sus versos largos; que los lectores fueron tan apáticos que no advirtieron que en tres ocasiones cometió esa falta, y sólo hasta la tercera vez fue advertido el engaño, y sólo por María Kodama, quien se indignó porque alguien creyera a Borges capaz de escribir una cursilería, y además por mentir; en las redes sociales algunos se atrevieron a defender a Poniatowska; o no a defenderla, pues lo que hizo es indefendible, sino a disminuir sus acciones, y para ello la compararon con Peña Nieto, quien no fue capaz de recordar que no es lector; trataron de culpar a Miguel Capistrán, quien también cayó en la trampa de Poniatowska. Y en efecto, Miguel, siempre acucioso, pudo haber tomado la entrevista publicada, y utilizarla sin los añadidos tramposos; Capistrán tiene una memoria que registra matices, hasta los detalles más insignificantes, y resulta asombroso que no haya advertido el añadido de los poemas que no pudo recitarle Poniatowska a Borges a) porque no era suyo uno, y b) porque el otro no lo había escrito aún. ¿Capistrán pecó de inocente? En esas mismas redes sociales culparon a los editores, pero quienes lo hicieron ignoran que en los contratos los autores afirman ser los autores de los textos y se comprometen a responsabilizarse de cualquier acción que resulte si esto no es verdad; asombra cómo Capistrán rehúye su responsabilidad, y cómo Poniatowska disminuye sus culpas; asombra que en La Jornada hayan retorcido el asunto aunque sabían que los demás diarios lo iban a destacar. No debería de asombrarme: cuando el asunto de Peña Nieto y su mala memoria, el diario se puso a modo para que se luciera Andrés Manuel López Obrador con tres libros “que lo marcaron”: no objetaron que incluyera la Constitución Mexicana, documento que ni es libro y que además todo mexicano debería conocer, aunque no explicó AMLO si la conoce hasta en las últimas y muy extensas modificaciones; incluyó también la Historia Moderna de México, pero no confesó que leyó los diez tomos originales, si es que los leyó (es sabido que, excepto el coordinador y los demás autores de la obra magna, el único que la ha leído completa es José Emilio Pacheco), fue porque su tesis es sobre la República Restaurada, lo que hacía obligatorio que tuviera el libro y lo consultara (se ignora si también leyó la parte correspondiente al Porfiriato, el 70 por ciento de la obra), y Poemas, de Carlos Pellicer; en La Jornada, casi más que en cualquier otro periódico, son cultos e informados, y no ignoran que ningún libro de Pellicer se llama Poemas; ¿se estaría refiriendo AMLO al libro que se distribuyó en Tabasco cuando Pellicer hizo su campaña para senador por ese estado? López Obrador fue de los que dirigieron esa campaña, lo que haría obligatoria, para él, esa lectura. Como sea, Poniatowska cargará ese episodio para siempre, y a Capistrán le manchará su reputación como investigador minucioso y La Jornada no podrá acusar a los demás diarios de parciales y tendenciosos. *¿De dónde habrá sacado Televisa a Georgina González? Sabe narrar, conoce los deportes que narra, es simpática, dicharachera, ocurrente y, hasta donde la he oído, imparcial; esas características no son características de la gente de televisión; los cronistas televisivos suelen ser más del tipo de Aurora Bretón, quien en lugar de explicar al televidente los secretos de la arquería demostraba parcialidad hacia los competidores mexicanos, animaba a los arqueros aunque ellos desde luego no la oían, y su crónica se limitaba a unos cuantos “vamos Marianita, vamos”. *Aclaración pertinente: mi legendaria torpeza me impide poner puntos y aparte, por lo que se le pide a los lectores imaginen dónde deben ir. Gracias

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Aunque dirigió varios melodramas, y algunas cintas francamente dramáticas, Howard Hawks hace que sus héroes, rudos y valientes, o sabios y aparentemente interesados sólo en sus actividades específicas, caigan rendidos ante mujeres cuya mayor cualidad aparente es la vitalidad, aunque en realidad son inteligentes que si bien no se avergüenzan de serlo, no gustan de presumirlo.

En Bola de fuego, la aparentemente frívola Barbara Stanwyck, novia de un gánster harto simpático, conquista a ocho sabios (de diferentes materias) y los inmiscuye en sus problemas; por ella su intelectualidad se vuelve heroísmo y audacia, e incluso están dispuestos a cualquier sacrificio por ella; el por lo regular frío e insensible Gary Cooper se vuelve intrépido y se enfrenta a oponentes más diestros en el boxeo; gracias a ello, Stanwyck ya no duda en quedarse con él en vez de con Dana Andrews (García Riera en su libro sobre Howard Hawks insinúa que vence a Cooper como actor, y tiene razón); a su vez, los otros siete sabios (en geografía, en filología, en otras ciencias) vencen a los gánsters con inteligencia en vez de usar una fuerza de la que carecen.

En The Big Sleep Lauren Bacall hace una villana extraordinaria que en muchas escenas hace tambalear al rudo Humphrey Bogart, en la versión cinematográfica de una de las mejores novelas de Raymond Chandler; Bogart, aunque es el mejor Philip Marlowe del cine, Bacall es el mejor personaje femenino de Chandler en el cine; la sensualidad que derrocha, impropia para la edad que tenía en la vida real, es de lo mejor de la cinta (nada qué ver, pero se cuenta que Hawks y William Faulkner, quienes trabajaron en el guión, se atoraron en una de las escenas: no entendían cómo la había resuelto Chandler, y decidieron escribirle preguntándole cómo debían escribirla; Chandler respondió que no había releído su libro y pidió unos días; cuando al fin contestó, confesó que no le había entendido, y los dejaba en libertad de escribirla como les pareciera; en otro lado, Faulkner contó una muy divertida historia de cómo lo habían contratado y despedido sin haber escrito una sola línea de una cinta que iba a ser dirigida por Hawks).

En una de las comedias más divertidas de Hawks, His Girl Friday, Rosalind Russell reta a su arisco jefe Cary Grant, quien no acepta su renuncia al diario que él dirige, ni que se divorcien; entre ambos se burlan de Ralph Bellamy (aspirante a nuevo marido de Russell), y finalmente viven una aventura vertiginosa en la que tiene que ver un erotismo escondido, pero que se hace presente en varias ocasiones; Hawks se toma muy en serio el acto sexual, y sabe que es mejor mientras más divertido resulte; así, hace que el espectador se imagine escenas que no ve, pero que son tan reales que al final Russell decide no divorciarse de Grant y regresar con él, aunque tampoco renuncia a su independencia ni a su libertad. Y aunque The Outlaw no es estrictamente de Hawks (la firma, no se sabe si fraudulentamente, el productor y millonario Howard Hughes), en ella aparece una de las figuras más espectaculares de la historia del cine, el escote (sin nada debajo) de Jane Russell.

García Riera supone que Hawks era más fino, pero cuando se descuidaba, dejaba ver, aunque fuera por instantes, la sensualidad de sus estrellas, como lo hace en The Ransom of the Red Chief, en una escena que ya he narrado y que no llamó la atención de los críticos: Fred Allen y Oscar Levant buscan una dirección en un pueblo semicivilizado; se detienen ante una casa y salen a orientarlos todos los habitantes, mayores y menores, y súbitamente surge una mujer joven, con la misma animalidad que Russell; nada dice, sólo se detiene en el quicio de la puerta, y llama la atención de todos; los familiares, con voz seca, le ordenan que vuelva a entrar a la casa; por desgracia no he encontrado el nombre de la actriz que se robaría el corto (20 minutos), si no fuera por la anécdota casi inverosímil, y por la presencia de Lee Arker y de Kathleen Freeman (la maestra de dicción de Lina Lamont en Singin’ in the Rain).

Una de sus obras más significativas es El deporte favorito del hombre; aunque no está a la altura de sus grandes comedias, utiliza muchos de los elementos de algunas de sus mejores películas: Paula Prentiss habla sin parar como Katherine Hepburn cuando está aturdida, con lo cual aturde a Rock Hudson (quien hace una copia pálida y sobreactuada de Cary Grant); a Maria Perschy se le baja el cierre del vestido y deja ver las pantaletas (aunque por arriba) blanquísimas, y la espalda desnuda y bien formada (estaba de moda en esos principios de los años sesenta, tal vez por la espalda de Kim Novak, de Doris Day y en México de Silvia Pinal); Hudson la tapa de la misma manera, y caminan igual, que Grant y Hepburn en Domando al bebé, sólo que tienen un final diferente, porque se atora la corbata de Hudson en el cierre del vestido de Perschy, y lo descubre su prometida Charlene Holt; pero la escena es tan vertiginosa que no da lugar al erotismo, aunque sí a la contemplación, así sea momentánea, de la espalda y las tarzaneras de Perschy.

Aunque en esa época Prentiss se ganó por esa cinta la fama de poseer las piernas más hermosas de Hollywood, y las exhibe de manera generosa (en shorts y en una falda cortísima con la que está a punto de mostrar las pantaletas) en varias ocasiones, la escena más audaz está a cargo de Holt, quien aparece de pie, con negligé que deja traslucir un brasier insinuante, y unas pantaletas nada breves, pero sí sus piernas largas y esbeltas, como le gustaban a Hawks, en una pose que imitaba la de Angie Dickinson en Río Bravo y que repitió Holt en El Dorado.

Pero el tema que más repite es el del beso; Lauren Bacall le dice a Bogart, en Tener y no tener, que “es mejor cuando lo hacen los dos (besarse)”, en respuesta a un beso insípido de él; Dickinson le reprocha a John Wayne “es mucho mejor cuando no lo hace una sola” (antes él no había respondido); en El Dorado, Holt dice una variante de la frase de Dickinson (observaciones, en las dos primeras, de G. Caín); Prentiss primero besa a Hudson, pero él, inconsciente, no lo siente; luego él le da un beso rápido, y aunque a ella la conmociona, él lo hace sin ganas, por salir del paso; el tercer beso (como en El Mil Amores) es definitivo; ella queda trastornada y niega haber sentido placer, aunque al final ruega que vuelva a besarla. Resulta que sí hay un par de desnudos en una película de Hitchcock: en Frenesí se ven los pezones de Barbara Leight-Hunt, y pechos y nalgas de Anna Massey, pero dicen los expertos que, además de fugaces, los desnudos son de dos dobles (también muy apreciables, pero anónimas).

Hitchcock le cuenta a François Truffaut en las largas y exhaustivas entrevistas que sostuvieron, que un amigo suyo puso en su buró o mesa de noche una libreta y un lápiz para apuntar un posible argumento que hubiera soñado, luego de tantos que no lograba recordar al despertar, y que sentía que eran mejores que los que se le ocurrían despierto y lúcido; una noche soñó una buena historia, se despertó, y apuntó su sueño; volvió a dormir, tranquilo y satisfecho, sólo que al despertar, ávido de leer lo que había escrito, se encontró con estas palabras: “boy meet a girl”. Ese amigo, del que delicadamente Hitchcock oculta el nombre, fue Billy Wilder, otro director subyugado por la belleza femenina: en primer lugar, es autor de una de las escenas más memorables de Marilyn Monroe, en La comezón del séptimo año (La tentación vive arriba, dicen los Camacho y Menchaca españoles) cuando sale del cine con Tom Ewell, y parada sobre las rejillas del Metro, el viento sube su vestido; en Los Ángeles, dos Marilyn postizas usan un vestido blanco y pantaletas “grannies” del mismo modelo de las de Marilyn, aunque en la cinta nunca las muestra, pero hay decenas de fotografías donde sí se le ven (en la contraportada de la autobiografía de Wilder –Grijalbo, 1993—, Wilder admira las piernas de Monroe, pero ella detiene el vuelo del vestido, con lo que no se le ven las pantaletas, pero sí el principio de los glúteos); aprovechó la sensualidad de Monroe para varias escenas de gran picardía en Una Eva y dos Adanes (Algunos prefieren quemarse, mala traducción de G. Caín a Someone Like it Hot; aunque, peor, en España le dicen Con faldas y a lo loco), cuando suponiendo mujeres a Tony Curtis y a Jack Lemon, comparte cama con ellos, y se mueve de una manera no provocativa, porque no intenta provocarlos, pero deja ansiosos a los espectadores. En ambas Monroe se muestra simpática y desenvuelta y con una sensualidad natural y desarmante; Ewell, de quien la esposa se burla porque considera que no atrae a ninguna mujer, la conquista, sin seducirla, sin tener que fingir hazañas o cualidades que no tiene, sólo con amabilidad y plática amena; aunque sueña con tenerla, se conforma con pasearla, mantenerla contenta, y sólo debe resistir lo tentadora que es; en la segunda Curtis intenta conquistarla imitando a Cary Grant, pero ella prefiere también lo natural y no lo extravagante como podría pensarse dada la sensualidad que derrama en cada movimiento, en su tono de voz, en su versión de “I Wanna Be Loved by You” (con lo que disimula su carencia de entonación); esa sensualidad está contrastada con la comicidad de Joe Brown y de Lemon, quienes al final se llevan la película con las frases “I’m a man” y “Nobody’s perfect”. Con todo, no son las cintas donde hay más sensualidad; sin ocuparnos de todas sus cintas, y sin seguir un hilo cronológico, hay que destacar El apartamento y Kiss me, Stupid; en la primera Jack Lemon es explotado sobre todo por su jefe Fred McMurray, a quien debe prestar su departamento, en vista de su soltería y falta de conquistas y de compromisos, para que el patrón lleve a sus jóvenes amantes a refocilarse con ellas; una, interpretada por una muy joven y fresca Sherley MacLein, al sentirse utilizada por McMurray, intenta suicidarse; él ni siquiera se da cuenta, pero Lemon la salva y la rescata; pese a que por la época no se permitían situaciones que se daban en la vida real, Wilder no castiga a MacLein, aunque no es virgen y aunque ha sido amante de un conocido de Lemon, él la acoge, no le reprocha su pasado muy presente, ni la atosiga con reproches ni tiene intenciones de atormentarla con preguntas impertinentes (“¿y cómo era él, y en qué lugar se enamoró de ti?”, ni mucho menos “¿era mejor que yo?”); aparentemente el tema es la insubordinación de un apocado que se doblega ante sus superiores, pero queda más de manifiesto la libertad sexual, el amor desinteresado, y la ética y la moralidad; una frase de MacLein es memorable: “no hay que maquillarse si se sale –coge— con un casado”. El final sugiere un giro: ante las dudas de Lemon, MacLein toma la iniciativa y recupera su sexualidad rendida y apagada por la dominación bajo Murray: “Cállate y sube” (al departamento, y ya se sabe a qué). Kiss me, Stupid es un alegato contra la dominación masculina y contra los prejuicios sexuales; si en The Apartament la heroína no es virgen y aun así es aceptada, en Kiss me, Stupid no sólo se acepta, sino que se justifica el adulterio; el provinciano Ray Walton, fanático de Beethoven, quiere aprovechar la visita del famoso cantante Dean Martin para dar a conocer sus canciones; la peinadora-piruja Kim Novak anhela juntar una cantidad ridícula pero fuera de su alcance por sus bajos salarios, para irse del pueblo y montar un negocio honesto; Martin desea acostarse con la esposa de Walton, Felicia Farr de belleza discreta pero indudable; pudiera parecer que el tema es la moral flexible de Walton, quien no se detiene en ofrecer la esposa a Martin con tal de que éste escuche su música, y Novak, que aunque piruja tiene un sentido de la moral más noble y recto que el ofrecido Walton y el conquistador oportunista Martin; al final Martin, casi por casualidad, da a conocer la música de Walton, éste se hace famoso y ayuda a que Novak deje su vida de perdición y se vaya del pueblo a retomar su vida, y Farr, que en una escena muestra de manera casual las pantaletas, se acuesta con Martin, ni como venganza por la infidelidad de Walton, ni rendida ante el acoso de Martin, sino por puro placer; la cinta es de 1964, y asombra que no haya en ella moraleja, que la infidelidad de Farr no incida en su matrimonio ni sea juzgada por Martin (cuyos acostones no son ni siquiera por placer) o por Walton ni por el el guión ni por el director ni que éste deje espacio para que espectador juzgue a Farr ni a Wilder ni a Novak, cuando mucho a Martin y a Walton (quien tiene una actuación excelente, como casi todas las suyas, aunque por desgracia sea más recordado por Mi marciano favorito que por sus muchas cintas de calidad). Pero falta hablar mucho de varias cintas de Wilder, quien no tiene la merecida fama de erotómano que tienen otros directores de menor calidad y que más que eso, son obsesivos y obscenos. Como por ejemplo A Foreign Affair, que tiene uno de los mejores y más sugerentes finales de todo el cine que trate de guerras. *Luego de otro juego perfecto y de otro sin hit, ha habido tres juegos de un hit; en la semana hubo un día con cinco blanqueadas y cinco juegos que terminaron 2-1; según Diego, las Ligas Mayores no necesitaron elevar el montículo ni usan pelotas más pesadas y menos vivas (de hecho, hace poco un bateador conectó un jonrón aunque al batear soltó el bat); sólo ha habido mayor control en la vigilancia de atletas que ingieren esteroides o estimulantes. Y aquello de que el que la hace la paga parecer ser cierto sólo en ciertos programas televisivos, porque Roger Clemens fue exonerado (no ”inocente“, más bien “no culpable”) de las acusaciones de haber mentido al Senado cuando juró que no sabía que le inyectaban (a él y a su mujer) sustancias prohibidas que le ayudaron a sanar de lesiones y al mismo tiempo le dieron ventajas sobre otros competidores. El gobierno careció de argumentos para demostrar que sabía lo que le ponían y que aun así lo negó. Quedó libre de esos cargos. Lo que sin embargo quedó demostrado es que le inyectaron los estimulantes. Por el momento queda anulada la posibilidad de que ingrese al Salón de la Fama, aunque dijo, en momentos más apremiantes, que dicho Salón le importaba un carajo (traducción libre). *Por fin terminó Esposas audaces que nada tenían de desesperadas; termina con ello el mal ejemplo que daban sus personajes acerca de la hipocresía, el oportunismo, la sexualidad como arma y, peor, como chantaje; sobre todo, la tiranía de la fodonguez o de la chorcha y la curiosidad malsana; también, el mal ejemplo de que no importa qué tan malas sean las actuaciones: basta con enseñar y con insinuar que para triunfar (en la serie y en la vida) basta combinar la ropa interior. *Persiste el mal ejemplo: no hay que portarse bien, sólo convencer a los inocentes de que se es inocente. *Nada tiene que ver, pero qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede; yo sabía que en la revancha los tenía que hacer perder.

 

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Dicen los cinéfilos que es mucho más excitante una mujer vestida que una desnuda, o que el erotismo está bajo las faldas, no sin ellas; los cineastas, muchos de los mejores, se pasaron la vida demostrando que esas aseveraciones son ciertas. Varios cinéfilos rindieron culto a actrices (de los actores sensuales que hablen otros) a las que los espectadores no les encontraban atractivo; ante la afirmación de que Audrey Hepburn era demasiado delgada, Juan José Utrilla hacía ver que tenía unos muslos nada delgados y sí rotundos y bellos; a su casi tocaya Katherine Hepburn la tachaban de fea, pero Howard Hawks destacó su belleza al combinarla con su simpatía y su vigor incansables, y George Stevens, George Cuckor, Sidney Lumet, Stanley Kramer y otros resaltaron su elegancia y su inteligencia, elementos más eróticos que la voluptuosidad.

Muchos directores evidenciaron la sensualidad de algunas actrices hasta hacer que el espectador la advirtiera, sin necesidad de que expusieran su cuerpo, y si lo hacían, era con pudor pero también con picardía. Se sabe que Alfred Hitchcock era fanático de las mujeres, y por la frecuencia con que aparecían en sus cintas, que le gustaban las rubias delgadas, elegantes y distantes. Afirman que se enamoraba de sus protagonistas (aunque no sostenía romances con ellas) y que las protegía en tomas audaces; en su larga filmografía no se atrevió a mostrarlas en ropa íntima más que en dos de sus películas, entre las más célebres, por cierto.

En La ventana indiscreta observa a Georgine Darcy hacer gimnasia en sostén y pantaletas, en una escena muy breve pero no desprovista de humor, y en The Lady Vanishes, cuando la muy joven y pícara Margaret Lockwood se baja de una litera en el tren donde sucede toda la acción, se alcanza a ver su pantaleta blanca (está vestida con un camisón corto); es tan breve la escena que sólo se confirma con las nuevas tecnologías, cuando se puede congelar la acción. Trabajó con infinidad de actrices muy bellas, y a todas las hizo ver muy sensuales; existe la anécdota de que cuando filmaban Náufragos, técnicos y visitantes se asomaban a ver el trabajo de Tallulah Bankhead, entonces de esplendorosos 42 años, que mucho antes de Marilyn Monroe gustaba de no usar ropa interior; aunque las escenas se prestaban a mostrar las piernas tanto de ella como de Mary Anderson, Hitchcock las cuidó muchísimo, pero el espectador advierte la atmósfera de erotismo insinuada por el naufragio y la convivencia de los personajes.

Una de las actrices más bellas de la época, y de muchas épocas, Kim Novak, interpreta su papel más atrevido, pero no en términos de atracción sexual, sino de perversión y de maldad, en Vértigo (De entre los muertos, dice García Riera); en realidad, los personajes masculinos se meten en problemas, son acusados de crímenes que no cometieron, y son atrapados (o se escapan apenas) a causa de las mujeres; pero no son víctimas, van gustosos hacia ellas; en el caso de Vértigo, James Stewart, quien sufre de acrofobia, se ve en una situación mortal a causa de la mirada de Novak. Ella, quien hizo varias cintas notables (El hombre del brazo de oro, Me enamoré de una bruja, Servidumbre humana, Kiss me, Stupid), nunca se vio tan sensual como en Vértigo (y casi, en Kiss me, Stupid, bajo el mando de otro erotómano, Billy Wilder, y en Molly Flanders); es enigmática, misteriosa, y presagia peligros insalvables.

Otra rubia, Grace Kelly, es la protagonista de To Catch a Thief, y Cary Grant, pudiendo salvarse, casi cae en las garras de la justicia nomás por ir a verla; y aunque se besan, la escena parece más la promesa que el hecho mismo. Ya en Vértigo Novak y Stewart se dieron un beso apasionado, y eso que no permitía la censura en esos gloriosos e ingeniosos años cincuenta, que los besos duraran mucho, ni que se dieran con los labios abiertos. Aunque para besos, el que se dan en Notorious Cary Grant e Ingrid Bergman, que para muchos fue el más largo de la historia del cine, hasta esos momentos. Pese a que un teléfono timbra, ellos caminan hacia el teléfono sin dejar de besarse. La descripción de cómo se filmó la escena está en el libro de Guillermo del Toro, Alfred Hitchcock, de donde he tomado los nombres de los actores, pero no el espíritu de la obra: me gusta más el cine de Hitchcock que a Del Toro. En Los pájaros, Hitchcock fue muy cuidadoso en varias escenas; en una, Suzanne Pleshette, atacada por las aves, está tirada en la calle, muerta; Rod Taylor, con todo y su pachorrudez y su pazguatez, va hacia ella y le tapa las piernas descubiertas cuando se le levantó la falda en la caída; su rival de amores, Tippi Hedred, pide que le cierren los ojos; tamaña delicadeza no está divorciada del erotismo que ronda en toda la película; y al final, cuando Hedren está ida, perturbada, cuidan que no muestre las piernas, muy bellas, y que atisba Sean Connery, sin lograr verla del todo, en la siguiente cinta de Hitchock, Marnie (es una ladrona, como la titularon en México Menchaca y Camacho). Aún más: en Psicosis tiene lugar una de las escenas más célebres de la historia del cine: el asesinato de Janet Leight en la regadera, a cuchilladas; se sabe que, aunque el espectador no la ve, la actriz estaba desnuda; de haber disfrazado ese desnudo no sería tan impactante ni se sentiría la impotencia para defenderse del ataque. Fue ése el único desnudo en la muy amplia filmografía de Alfred Hitchcock, y no se ve nada; muchos años después hubo una copia, un remake, una rehechura, con Anne Heche en el papel que hizo Leight en los años sesenta; Heche ha hecho desnudos en cuando menos diez películas, Leigth sólo hizo aquél; además de que el remake es malo, ningún espectador tiene escalofríos ante esa escena, ni la siente verosímil; a lo mejor si no se le viera nada…

A Howard Hawks le gustaban las mujeres; tanto, que en sus películas ponen a prueba la amistad recia y viril de los protagonistas, no importa si son western o no. En Monkey Bussiness Ginger Rogers está cocinando pero por un descuido trae levantada la falda; por adelante la tapa el delantal, pero por atrás son visibles (apenas unos segundos, y de manera confusa, las pantaletas blancas –de otro color, en el cine, eran pecaminosas, además de que la cinta es en glorioso blanco y negro); en la cocina está Harvey Entlewist (protagonizado por Hugh Marlowe), antiguo novio de ella; el marido Cary Grant apenas puede taparla para que no la vea Harvey; ella se asombra y luego se asusta; la verdadera picardía está en Marilyn Monroe, torpe secretaria que apenas puede mecanografiar unas cuantas letras en una hora, pero es protegida por Charles Coburn; cuando Grant prueba el elíxir que rejuvenece a quien lo toma, vive con Monroe una serie de aventuras desenfrenadas que no pasan a más por la edad que adquieren ambos; es más erótica la adolescente en que se convierte Rogers; al final, Coburn, rejuvenecido, empapa a todos con un sifón, aunque es más certero con Monroe, a quien le dirige el chorro de agua hacia las nalgas, con la seria intención de que el espectador se fije en ellas, si es que no se había fijado ya (en México la cinta se llamó Vitaminas para el amor; en España, Me siento rejuvenecer). A Monroe vuelve a aprovecharla Hawks en una comedia deliciosa: Los caballeros las prefieren rubias, basada en una novela harto difícil de leer, de Anita Loos; la pone a rivalizar con la exuberante (adjetivo que sólo puede emplearse con ciertas plantas y ciertas mujeres; más raro, con ciertos libros) Jane Russell; Monroe es menos pechugona, tiene pantorrillas delgadas, muslos gruesos y caderas muy anchas; el rostro es asimétrico, canta mal y tiene que gemir para que no se noten sus defectos, pero pocas actrices han llenado la pantalla como ella, y su interpretación, con todo y sus defectos, de “Diamonds Are A girl’s best friend” es emblemática (así y todo, hay un disco, con el título de la canción, donde se recopilan sus menos peores interpretaciones, excluida “Happy Birthday dear president”, que sólo puede conseguirse en discos pirata: CEDAR, GFS261); en esta cinta hace el papel de una interesada que por ambiciosa por poco queda atrás en sus conquistas, pero finalmente triunfa; Jean Negulesco fue quien mejor la aprovechó en el cine, aunque es inolvidable la escena, dirigida por John Huston Misfits), donde juega con una raquetita en la que rebota una pequeña pelota; no importa cuántos golpes da, sino con qué ritmo lo hace, y cómo mueve los glúteos, para deleite de quienes la observan, y del espectador. Manuel Michel, en su libro sobre ella, dice que desmintió el mito de que las actrices no deben dar la espalda al espectador, ni en teatro ni menos en el cine –en High Society, Bing Crosby, cuando Grace se aleja de él dándole la espalda, le pregunta si ha adelgazado; con ello, uno se fija si de veras adelgazó; ella se detiene porque sabe que está (estamos) viéndole los glúteos. Hawks le sacó provecho a la inteligencia de Katherine Hepburn, quien decide conquistar al sabio distraído Cary Grant en Domando al bebé (La fiera de mi niña, como la llama G. Caín; La adorable revoltosa, la llama Emilio García Riera), y luego de que rompe el saco de Grant, a ella se le rompe por atrás el vestido; apenas se atisban las pantaletas, pero como están en una fiesta, el caballeroso Grant le tapa el trasero con su sombrero de copa, como pudo haberlo hecho con la mano; así, llaman más la atención de los invitados a la elegante fiesta donde sucede la escena; posteriormente, en la casa de la tía, Hepburn aparece brevemente con una bata abierta que permite observar sus piernas y, de nuevo, muy brevemente, las pantaletas; la escena, otra vez, es más divertida que erótica, pero perturba a Grant quien al final cae en sus garras (con gusto, eso sí). ¡Hatari! sucede en África; no hay villanos, y los héroes cazan animales, pero vivos, para un zoológico (lo cual produjo alivio en Nahúm, quien ha visto casi diez veces la cinta y temía que los cazaran para matarlos; está convencido de que los que están en Chapultepec los cazó John Wayne); aparece una fotógrafa, Elsa Martinelli (una de las actrices italianas más bellas), quien es torpe, causa problemas, no puede cumplir con su trabajo, pero es aceptada, y al final conquista al inconquistable Wayne; pero más que él, es Reed Buttons quien primero descubre sus cualidades: están por partir a una cacería, y ella va retrasada; se sube al vehículo de Pockets, en pantaletas negras, y es en el jeep donde se pone los pantalones; de manera previsible, Pockets la ve a ella, no el camino, y choca; pero la escena más perturbadora sucede cuando Michèle Girardon le pide a Chips que le suba el cierre del vestido; él no dice nada ni acusa ninguna reacción, pero cuando ella pide que alguien la acompañe al río a bañarse, Kurt está dispuesto a hacerlo y Chips hace trampa y se adelanta; luego le aclara a Wayne que el francés Kurt está interesado en ella; Wayne no entiende, hasta que Chips le dice que la vea; Wayne levanta la vista, la observa por primera vez en muchos años (ella es hija de un antiguo cazador, compañero de Wayne y muerto por un rinoceronte; ella se cría con el grupo, que la ve como hija), y exclama un “¡oh!” muy convincente; a lo largo de la cinta Chips y Kurt rivalizan por ella, pero es Pocket, muy mayor (iba a poner más mayor, como escriben ahora los españoles, Juan Marsé inclusive) quien la conquista. Antes de ¡Hatari! hay una cinta harto curiosa: Tierra de faraones, donde la muy sensual Joan Collins (quien fue sensual hasta más allá de sus 58 años, edad fuera del límite para el cine para esos menesteres) es castigada por ambiciosa, y aunque se queda con la fortuna del faraón asesinado, disfrutará de la riqueza encerrada en una pirámide. Así castiga el cine a las demasiado bellas. En Río Bravo y El Dorado una mujer es causa de problemas para los protagonistas; Angie Dickinson pone en peligro a John Wayne, quien casi es asesinado por ella; castigados los villanos, Wayne le pide que deje el pueblo pues la buscan en varios lados, acusada de delitos cometidos por su exmarido; la contratan en la cantina para cantar, pero lo hace tan mal que debe salir en mallas, mostrando las piernas; Wayne amenaza con arrestarla si se atreve a salir así en el escenario; al final, de la ventana de ella salen despedidas las mallas, que caen a los pies de Dean Martin y Walter Brenan, quienes se imaginan otra cosa (no dicen qué) y estallan en carcajadas; antes, Martin le recuerda a Wayne que él cayó en el vicio de la borrachera por culpa de una mujer, que llegó y se fue en una carreta, como Angie Dickinson. En El Dorado hay rivalidad entre Robert Mitchum (borracho a causa de una mujer) y Wayne, por Charlene Holt, quien también aparece con las piernas desnudas; muy a la irlandesa, Hawks resuelve el dilema no poniendo a los amigos a pelear por ella, más bien ella se va del pueblo (es lectura obligada el ensayo de José de la Colina sobre esta película, en Miradas al cine). Pero no son las únicas mujeres en las cintas de Hawks. De ellas hay bastante de qué hablar. *El miércoles tuvo lugar el quinto juego sin hit de la temporada, y segundo perfecto; todavía faltan cien juegos; sólo es de esperar que no cedan las autoridades de las Mayores y revivan la pelota viva para atraer de nuevo a los villamelones. El viernes hubo cinco blanqueadas. ¿Será que los managers conservan a los pitchers en la loma sólo si tienen chance de lanzar sin hit? No sólo en el beisbol, en casi todos los deportes, los atletas son más altos, más fuertes, más rápidos, consumen más esteroides y son más “nenas” (término que, contra lo políticamente correcto, ha puesto de moda “el doctor”). *¡Fui a Los Ángeles (de donde tienen el descaro de agradecerme la ayuda para que la feria resultara un éxito) y no busqué discos de Don Williams! *Me tomé una botella de vino con Marco Pulido, y no brindamos por el 16 de junio, que ahora se apropian los que no han leído a Joyce. Y por cierto, ¿alguien se interesa por la primera edición de Pomes Penyeach? Los ofrecen en sólo 1,200 euros. *Recuerdo vagamente el ámbito caldeado en las elecciones de 1952, donde vitorear a Adolfo Ruiz Cortines era exponerse a burlas; en 1970 en que votar por el PRI era traicionar el Movimiento de 1968; en 1976, cuando sólo había un candidato; en 1988, en que se tenía la certeza de que se acabaría con un PRI que era lo contrario de lo que había sido; en 2000, cuando para ser de izquierda había que votar por la derecha, y en ninguno de esos años recuerdo tanto odio, tanta intolerancia como ahora, ni tanta ingenuidad, ni tanto peligro como consecuencia de todo. Ni en una época en que expresar dudas motivara tantas amenazas.

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