Si se examina el mapa de las áreas naturales protegidas de México, se verá que en la península de Yucatán hay un buen número de ellas. Las hay también en regiones vecinas, como Chiapas, Tabasco, Belice y Guatemala. Pero si se mira con detalle el mapa, se verá que a esas áreas les falta algo: conectividad. Es decir, se encuentran fragmentadas, separadas unas de otras. Eso conlleva el riesgo de que se conviertan en una especie de islas o enclaves en las cuales pequeñas poblaciones de plantas y animales vivan separadas. Y el resultado sería un empobrecimiento biológico por falta de intercambio genético entre las distintas poblaciones.

Los biólogos y ecólogos pronto cayeron en cuenta de ello, y de que si han de cumplir adecuadamente su función, se requiere establecer, por así decir, puentes o caminos que enlacen tales zonas de protección y permitan el fácil desplazamiento de los animales y la propagación de las plantas.

Para lograr tal cosa, se estableció un programa llamado Corredor Biológico Mesoamericano o CBM para abreviar, que abarca el sureste de México y Centroamérica, hasta Panamá, destinado a interconectar las reservas de la biósfera y demás áreas naturales protegidas de la región.

El Corredor Biológico Mesoamericano en la parte correspondiente a México y países vecinos. En verde oscuro las áreas naturales protegidas, y en verde claro los corredores o enlaces esta-blecidos entre ellas para facilitar el desplazamiento de la fauna y la pro-pagación de las especies vegetales.

En realidad no es un solo corredor, sino varios, que forman una especie de red. En los tres estados peninsulares tenemos dos de esos corredores. Uno enlaza reserva de Sian Ka’an en la costa caribeña con la de Calakmul en el sur de Campeche y Quintana Roo, la cual colinda con la Reserva Maya de Guatemala. El otro corredor se extiende a lo largo de la costa norte peninsular y conecta las reservas y zonas de protección de flora y fauna existentes en ella, desde el norte de Campeche hasta el norte de Quintana Roo. Se proyecta también crear otro desde el norte quintanarroense hasta Sian Ka’an.

El CBM acaba de cumplir diez años. En un principio fue apoyado esencialmente por el Fondo Mundial para la Vida Silvestre, pero a partir de 2009 lo tomó a su cargo la Comisión Nacional para el Conocimiento de la Biodiversidad, la Conabio. Y el balance de esa primera década es muy satisfactorio, según señala el investigador Pedro Álvarez Icaza en un análisis publicado en la revista Biodiversitas, de la propia Conabio.

Durante esos años, dice, el énfasis se ha puesto en proteger y conservar la vegetación existente a lo largo de los corredores, y tratar de incrementar la extensión y densidad de la cubierta forestal. Para ello se han seguido dos caminos: por un lado, impulsar la reforestación, y por el otro promover actividades económicas alternativas y complementarias que permitan a los habitantes de esas zonas aprovechar los recursos naturales sin tener que destruir o afectar negativamente la selva.

Esto último es particularmente importante, pues los factores socioeconómicos han sido la causa principal del deterioro de los ecosistemas. La gente no destruye o daña un recurso natural por malicia o capricho, sino por necesidad. Si se le ofrece una alternativa económica que le permita resolver sus necesidades básicas a través del aprovechamiento sustentable, la aprovechará.

En cuanto a la importancia del CBM, en primer lugar hay que se-ñalar que permite proteger y conservar nada menos que la décima parte de las especies de plantas y animales existentes en el mundo. En segundo término, la conservación de esas masas forestales resulta crucial ante la problemática creada por el calentamiento global y el cambio climático. No hay que olvidar que la vegetación absorbe dióxido de carbono, y que el exceso de ese gas en la atmósfera es la causa principal del calentamiento y el cambio climático.

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