Un amigo lector me escribe preguntando acerca de los llamados niños índigo, porque —explica— la maestra de su hijo le ha hablado de ellos y, aunque sin decirlo explícitamente, sugiere que él puede ser uno de ellos y que debería darle atención especial.

Hace cuatro años escribimos sobre este asunto, que no merece más calificativo que el de patraña. Lo puso en circulación allá por 1980 cierta sedicente síquica y pitonisa norteamericana de nombre Nancy Anne Tappe, quien afirmaba ser capaz de ver el aura de las personas, la cual —se dice— es de diferentes colores. Doña Nancy aseguraba haber notado que desde fines de los 70 cada vez nacían más niños con aura de color índigo, o añil, y como según ella ese color es señal de mayor inteligencia, sensibilidad y resistencia a las enfermedades, ello significa que está surgiendo una nueva raza de seres excepcionales, dotados de capacidades físicas e intelectuales superiores a las del resto de los mortales y destinados a transformar el mundo.

De los llamados niños índigo no se habla en revistas científicas, sino en publicaciones y programas de radio y televisión sobre eso-terismo, astrología, espiritismo, ovnis, ciencias ocultas, parasico-logía, brujería y demás zarandajas por el estilo.

Después apareció un libro titulado precisamente Los Niños Índigo, de un tal Lee Carroll y su esposa Jan Tober, quienes abundaban en la cuestión y describían —aunque tan vagamente que podían aplicarse casi a cualquier niño— las características de los dichosos chiquillos y cual sería su misión en la vida. Todo ello —afirmaban muy seriamente— les había sido revelado por Kryon, un ser llegado de un distante planeta y tan amigo de ellos que se llevaban de piquete de ombligo.

Creo que con lo del extraterrestre basta y sobra para no tomar en serio esta tontería, pero hay quienes sí la creen. Entre ellos —como decíamos en nuestro artículo de 2008— el entonces gobernador de Veracruz, Fidel Herrera Beltrán, quien llegó al extremo de ordenar a su secretario de educación realizar un estudio especial para identificar a los niños índigo de las escuelas veracruzanas y darles la atención especial que merecen. No sé en qué terminó la investigación, pero en cualquier caso, sólo queda rogar por que don Fidel no vaya a ocupar un cargo en el gabinete de Peña Nieto y ordene tirar el dinero del erario público en un estudio similar, ahora en todo el país.

Lo de los tales niños índigo, repetimos, es un disparate sin pies ni cabeza. De ellos sólo se dice vagamente, por ejemplo, que se les puede reconocer “por el color del aura” —algo que nadie puede ver—, porque son más inteligentes que los demás, porque tienen “sentimientos de grandeza”, o porque presentan un comportamiento fuera de lo usual.

No ha faltado quien pretenda ser más específico, como una tal Isabel Stelling, venezolana, quien asegura que los niños índigo son producto de una mutación genética y que se ha determinado “que la estructura de su ADN es diferente al resto de los seres humanos. Tienen 4 ácidos nucleicos combinados en grupos de tres a tres que producen 24 codones, 4 codones más que el hombre corriente”.

Con esta parrafada, doña Chabela pretende dar sustento científico a sus afirmaciones, pero sólo demuestra su total ignorancia sobre genética. Por principio de cuentas, el ADN no tiene cuatro ácidos nucleicos; es un solo ácido y punto (el otro ácido nucleico es el ARN), y lo que se combina en grupos de tres no son los ácidos nucleicos sino las bases nitrogenadas que los componen, y que al agruparse forman los codones, pero éstos no son 20 en el ser humano como ella dice, sino 64.

Por lo demás, si un niño tuviera un ADN distinto al de los demás seres humanos… pues simplemente no sería un ser humano. Porque hay que recordar que el ADN —o ácido desoxirribonucleico para usar el nombre completo— contiene todas las instrucciones genéticas para formar un organismo. En este caso, un organismo humano. Si el ADN fuera radicalmente diferente, obviamente las instrucciones serían totalmente diferentes y lo que se formaría no sería un niño —ni índigo, ni rojo, ni verde, ni azul— sino algún otro organismo.

En fin, no vamos a seguir detallando los incontables disparates que se dicen respecto a los llamados niños índigo. Es un asunto que no tiene pies ni cabeza y al cual no hay que darle la menor importancia.

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