Desafortunadamente, parece que nadie. Hasta ahora sólo he conocido a una o dos personas que tienen la atingencia de ponerle a sus mininos un cascabel. Y hacer tal cosa es necesario y conveniente, no como adorno para el animal, sino como protección para la fauna silvestre. Concretamente, las aves, que son prácticamente los únicos animales silvestres que todavía podemos ver en patios, parques y jardines, incluso en el corazón de las ciudades.

Por Juan José Morales

El problema estriba en que, a diferencia de los perros —que sólo andan por el suelo y generalmente se mantienen confinados en el patio, el jardín o el interior de la casa—, los gatos domésticos escalan paredes, rondan por los techos, se suben a los árboles, se escurren por cualquier resquicio, vagan por todas partes… y en esas andanzas se les despierta el espíritu de cazador que tienen todos los felinos, y atacan polluelos y aves adultas; no necesariamente para comerlos, sino simplemente porque así se los marca su instinto.

Usualmente a los gatos domésticos se les considera cazadores de ratones. Por eso la gente no se percata de la cantidad de aves que atrapan y exterminan por instinto aunque estén bien alimentados. Por eso los ornitólogos recomiendan a sus dueños ponerles un cascabel, para así evitar que puedan aproximarse sigilosamente a sus presas. Tan sencilla medida salvaría la vida a muchos pájaros.

Si sus propietarios se tomaran la pequeña molestia de atarles un cascabel al cuello, su sonido serviría de advertencia a los pájaros y se evitarían muchas muertes innecesarias.

Estas reflexiones me nacieron al leer un excelente libro sobre las aves más comunes del sur de Yucatán, editado por la Universidad Autónoma de Yucatán. Como hace notar en el prólogo Patricia Escalante Pliego, presidenta de la Sociedad de Ornitología Neotropical, las aves constituyen un grupo ideal para adentrar a la gente en el mundo natural, pues —como decíamos líneas arriba— es posible observarlas prácticamente en cualquier lugar y casi en cualquier momento. De hecho, resultan omnipresentes, tanto en el campo como en pueblos y ciudades, aunque se trate de bandadas de nocivas palomas o de indeseables kauizes.

Y, señala Escalante, en ocasiones podemos observar a parejas de aves cuidando el nido y sus crías, pero igualmente quizá “encontremos que el nido se malogró, que lo encontró un gato (que aunque es nuestra mascota la dejamos que ande libre por el vecindario sin cascabel)…”

En efecto, a los gatos domésticos y callejeros se debe una buena cantidad de muertes de aves silvestres. Y a ello hay debemos sumar el hecho de que la avifauna nativa tiene que enfrentar los problemas ocasionados por la deforestación urbana. Porque no hay que olvidar que las diferentes especies de aves silvestres tienen en su gran mayoría una dieta bastante específica. Es decir, comen sólo determinados frutos, semillas o tipos de insectos. Cuando se destruye la vegetación natural para construir viviendas, se ven obligados a emigrar.

Pero eso los expertos recomiendan —como ya hemos comentado en otra ocasión— que para lograr el retorno de esas aves que han sido expulsadas de las ciudades se trate de mantener en parques, patios y jardines, la mayor cantidad y diversidad posible de árboles y arbustos, de preferencia de especies nativas de la región. De ese modo, la avifauna encontrará los elementos naturales que permiten su supervivencia. Y, por supuesto, como complemento no hay que olvidar ponerle el cascabel al gato.

Para terminar, una felicitación a los autores de Aves Comunes del Sur de Yucatán, Juan Bautista Chablé Santos, Ernesto Gómez Uc y Ricardo Manuel Pasos Enríquez. Su obra, producto de un acucioso trabajo de campo y de gabinete en el cual contaron con la colaboración y apoyo de campesinos de la región, nos ofrece valiosa información —inclusive los nombres en maya— sobre 90 de las 229 especies reportadas para esta zona, el sur de Yucatán, que está catalogada por la Sociedad para la Conservación y Estudio de las Aves de México como área prioritaria en ese sentido.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Los perros no son las únicas mascotas que a veces muerden la mano que los alimenta, los gatos también lo hacen. Cuando un gato muerde puede inyectar bacterias en lo profundo de las articulaciones, creando el ambiente perfecto para las infecciones. Las mordeduras de gato en las manos son tan peligrosas que 1 de cada 3 pacientes que sufre esas lesiones necesita hospitalizarse, revela un estudio de Mayo Clinic de tres años de duración. Dos tercios de los pacientes hospitalizados necesitaron cirugía y las mujeres de mediana edad fueron las víctimas más comunes, dice la investigación publicada en la Revista de Cirugía de Mano.

¿Por qué son tan peligrosas las mordeduras de gato en las manos? No es porque los gatos tengan más microbios en la boca que los perros, o incluso que las mismas personas, sino que todo radica en los colmillos.

“Los dientes de los perros son menos afilados, no tienden a penetrar tan profundo y suelen dejar una herida más grande cuando muerden. Los dientes de los gatos, en cambio, son filosos y pueden penetrar muy hondo, plantando bacterias en las articulaciones y vainas tendinosas”, comenta el autor experto del estudio, Dr. Brian Carlsen, cirujano plástico y cirujano ortopédico para mano en Mayo Clinic.

“Puede tratarse de una mordedura que apenas parece una picadura de alfiler la que causa un verdadero problema porque las bacterias ingresan en la vaina tendinosa o en la articulación, donde pueden crecer con relativa protección de la sangre y sistema inmunológico”, añade el Dr. Carlsen.

Las bacterias inyectadas a través de la mordedura de gato pueden incluir una cepa común en los animales, pero particularmente difícil de combatir con antibióticos, explica.

En el estudio, los científicos identificaron a 193 pacientes de Mayo Clinic con mordeduras de gato en la mano, entre el 1 de enero de 2009 hasta el año 2011. De ellos, 57 fueron hospitalizados, con un promedio de internamiento en el hospital de tres días. De los pacientes hospitalizados, 38 necesitaron irrigación quirúrgica de las heridas, o lavados, además de la extracción del tejido infectado, procedimiento conocido como desbridamiento. Ocho pacientes necesitaron más de una operación, y algunos requirieron cirugía reconstructiva.

De los 193 pacientes, 69 por ciento fueron mujeres y la edad promedio fue de 49 años. Alrededor del 50 por ciento de los pacientes acudió primero a la sala de emergencia y el resto, a atención primaria. El tiempo promedio entre el momento de la mordedura y recibir atención médica fue de 27 horas. El estudio descubrió que los pacientes con mordeduras directamente sobre las muñecas o cualquier otra articulación de la mano tenían más riesgo de requerir internamiento en el hospital que las personas con mordeduras sobre el tejido blando.

36 de los 193 pacientes fueron hospitalizados inmediatamente después de presentarse a recibir atención médica, mientras que 154 recibieron tratamiento ambulatorio con antibióticos orales, y tres no recibieron ningún tratamiento. El tratamiento ambulatorio con antibióticos no surtió efecto en 21 pacientes, lo que representa una tasa de fracaso de 14 por ciento, y requirieron hospitalización.

El punto clave de esto es que los médicos y las víctimas de mordeduras de gato en la mano necesitan tomar la situación con seriedad y evaluar cuidadosamente las heridas, dice el Dr. Carlsen. Él y los demás investigadores opinan que cuando los pacientes tienen inflamada la piel y presentan hinchazón, es preciso administrarles un tratamiento agresivo.

Las personas tienden a no prestar mucha atención a las mordeduras de gato, debido en parte, a que generalmente lucen como una picadura de alfiler, mientras que las mordeduras caninas tienen una apariencia mucho peor, acota el Dr. Carlsen.

Sin embargo, ese precisamente es el problema: “las mordeduras de gato lucen muy benignas, pero según sabemos y lo demostró el estudio, no lo son y pueden ser muy graves”, finaliza.