Falleció el escritor colombiano Gabriel García Márquez.“Gabo” murió a los 87 años en la Ciudad de México, donde había vivido desde 1975. El lunes 21 de marzo se le rendirá un homenaje nacional en el Palacio de Bellas Artes.

El ganador del Premio Nobel de Literatura 1982 fue calificado como el juglar del siglo XX, pues es uno de los autores más leídos en el mundo y de más prestigio en la literatura de la lengua española, de acuerdo con el portal del Instituto Cervantes.

Gabo” nació el 6 de marzo de 1927, en Aracataca, Colombia, que en muchas de sus obras sale a la luz bajo el nombre de Macondo. En ese tenor, Hernán Lara Zavala mencionó en el homenaje a Carlos Fuentes en mayo de 2013 que: “García Márquez inventó su propia geografía al crear Macondo a partir de las evocaciones y leyendas de su familia en Aracataca”.

“Con García Márquez fantasía y realidad perdieron sus fronteras a través de una prosa simultáneamente desenfadada, irónica, humorística y poética que parece escrita con una pluma que sonríe al tiempo que plasma sus historias”, señaló el autor de El guante negro y otros cuentos.

“La mayor parte de sus novelas tienen títulos tan afortunados que se han convertido en emblemáticos. Tal vez la obra de Gabriel García Márquez constituya la mayor influencia en la percepción de la parte mágica e hiperbólica que todos los pueblos guardan en el subconsciente y por lo mismo es quien más influyó en la literatura universal”, agregó Lara Zavala en el Palacio de Bellas Artes.

Para el Centro Virtual del Instituto Cervantes, es sorprendente el alcance de la obra literaria, periodística y cinematográfica de García Márquez, pues está publicada en idiomas como el creole, sardo, serbio-latino, occitano, macedonio y otros tantos más.

Respecto a los premios literarios, el autor de Cien años de soledad aseguró en una ocasión que: “lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas. Ese es mi caso. Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual”.

Cien años de soledad, considerada la obra cumbre de García Márquez, comenzó a escribirse cuando tenía 17 años, con el título de La casa, pero su obra no sería publicada hasta 1967. Dos años después, este libro obtuvo el Premio al mejor libro extranjero en Francia y, en 1972, el Premio Rómulo Gallegos, en Venezuela.

Gabriel García Márquez radicó en México desde 1975. Narrador, periodista y guionista cinematográfico. Estudió, sin concluir, Derecho en la Universidad de Bogotá.

Fue periodista de diversos diarios de Colombia; corresponsal en Ginebra de El Espectador y, en su país, de Prensa Latina; publicista; promotor cultural; director de las revistas Sucesos para Todos y La Familia; fundador del grupo de escritores Grupo de Barranquilla, y de la revista, en colaboración con Felipe López Caballero, Alternativa, en Colombia; director de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Autor de los guiones de cine: En este pueblo no hay ladrones (1964), El gallo de oro (adaptación, junto con Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón, de la historia de Juan Rulfo, merecedora de una Diosa de Plata,1964), Lola de mi vida (en colaboración con Juan de la Cabada, 1964), Tiempo de morir (1965), Juego peligroso (1966), Primer cuento (1967), Presagio (junto con Luis Alcoriza, ganadora de dos Arieles), La viuda de Montiel (1978), María de mi corazón (1979) y El año de la peste (junto con Felipe Cazals y Juan Arturo Brennan, merecedora de una Diosa de Plata y un Ariel, 1979).

Fue colaborador de Cromos, El Heraldo, El espectador (Colombia), El Universal, México en la Cultura, Momento, Proceso, y Revista Mexicana de Literatura.

Premio Esso 1961 por La mala hora. Premio Rómulo Gallegos 1972 por La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. Premio Mundial de Periodismo de la Organización Internacional de Periodistas 1977. Legión de Honor, en grado de Gran Comendador, por el Gobierno de Francia, 1981. Premio Nobel de Literatura 1982. Orden del Águila Azteca 1982. Doctor honoris causa por la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Premio cuarenta años del Círculo de Periodistas de Bogotá, 1985. Miembro honorario del Instituto Caro y Cuervo en Bogotá, 1993. La Medalla Bellas Artes le fue otorgada en 2012.

Manuel Michel dice que Marilyn Monroe demostró que se podía desmentir el mito de que una actriz no debe dar la espalda a la cámara; no fue MM la primera en desafiar esa regla no escrita, aunque es de las más célebres. En algunas obras de teatro, o zarzuelas, o comedias ligeras, varias actrices bien dotadas hicieron números que, sin ser acrobáticos ni talentosos, hacían vibrar al auditorio: consistían en (La corte del faraón) empujar, de espaldas al público, una carriola; otro número célebre presentaba a una mujer que no hacía otra cosa que, de rodillas, trapear el piso. Uno puede entender el estremecimiento de Ignacio Manuel Altamirano, no tan seriecito, cuando contemplaba el entonces novedoso acto del más famoso fragmento de Orfeo en los infiernos, en que un grupo de bailarinas, simulando un incendio, levantan las piernas de manera acrobática, o mejor, cuando simulando una carrera, levantaban, dando la espalda al público, sus faldas de amplio vuelo y mostraban unos inusuales pantaloncitos con encajes y holanes. “Pantorrilludas”, las llamaba, sin que el adjetivo fuera despectivo.
El refrán de que hay mayor impulso en los pechos que fuerza en la tracción de una carreta tirada por bueyes es más certero en el caso de España y desde luego en Estados Unidos, porque en México sentimos más atracción por la zona del aguayón, característica destacada por Carlos Fuentes en La región más transparente, y en otras de sus obras. Es memorable también aquel cuento de Cristina Pacheco que relata cómo una mujer recupera la pasión perdida de su matrimonio gracias a unas pantaletas que resaltan, y crean ilusión, de unos glúteos redondos y firmes, y hasta presta la prenda para beneficiar a una amiga. Pero no abundan escenas semejantes en nuestra literatura, parece que los escritores son más timoratos, o incapaces de describir esa porción femenina sin caer en descripciones vulgares, ni tampoco hay originalidad. Vargas Llosa es inofensivo o simplemente descriptivo, y observa más esa parte en las adolescentes que en las maduras; Julio Cortázar prefiere la sutileza de las piernas; en una ocasión resalta el trasero de una tía del narrador de uno de sus relatos brevísimos, pero desdeña o ridiculiza los adjetivos y las metáforas, y prefiere apodar a ese personaje como “la culona”. García Márquez es más gracioso, pero se frena antes de que lo acusen de pervertido.
Nuestro cine ha sido más imaginativo y audaz: a sus cualidades histriónicas y su gracia para lo popular, hay que añadir que las escenas más llamativas que protagonizó María Victoria fueron en Los paquetes (las petacas) de Paquita, cuando conducía una bicicleta, y enloquecía tanto a los proletarios (un tendero, un lechero, un policía, un chofer, un mecánico) como a los ricos (su patrón, el socio cubano de éste) de la película, y desde luego al público masculino que acudía al Margo a verla más que a escucharla.
Aunque ya lo he señalado, no está por demás recordar que en Los hijos de María Morales, cuando el personaje de Infante conoce al que encarna Irma Dorantes, le mira el trasero para dar su visto bueno, y con doble sentido dice que la comida y ella, están buenas. El más elitista Jorge Negrete también da su aprobación, con un gesto afirmativo, al admirar el trasero de una extra, a la que intenta embriagar en Dos tipos de cuidado; cuando Carmelita González le cae de sorpresa en la kermesse Negrete le encarga a Infante que le cuide a la extra, éste acepta después de observarla con deleite, aunque otra lo está esperando; Negrete le advierte: mucho cuidado, porque capta la intención de “Pedro Malo”.
En Dos crímenes, José Carlos Ruiz pone en alerta a Damián Alcázar sobre la conducta de su sobrina Dolores Heredia: te está pasando las nalgas por las narices; en efecto, cada vez que está cerca se empina para que las admire, sin que él pueda hacer nada, pues siempre están acompañados. Sólo lo provoca.
Germán Valdés se detiene, sin importar la situación en la que se encuentre su personaje, a admirar el trasero de prácticamente todas sus alternantes, sean coestrellas, bailarinas o extras; repito el gesto que hace, con la expresión y con las manos, cuando habla de la inmensidad del ancho mar, mirando el trasero de una de las bailarinas en El mariachi desconocido, y está a punto de estropear el asalto a una casa, en silencio que parodia la muy larga escena de Rififí, por admirar el trasero de Sonia Furió que baja por la cuerda, vistiendo falda corta, en Rififí entre las mujeres.
Lilia Prado, de la que se dijo que tenía las mismas medidas que una miss Universo, pero con 20 centímetros menos de estatura, no disimuló el atractivo de sus caderas; ni el sutil Buñuel, que afirmaba que el erotismo estaba en la ropa y no sin ella, pudo resistir la tentación de mostrar muslos y caderas de Prado en dos cintas excitantes por ella, Subida al cielo, y más aún en La ilusión viaja en tranvía, donde hasta su hermano Fernando Soto se queda extasiado al ver su trasero en una falda entalladísima. Pero más admirables son las caderas de Prado en la escena inicial de Isla de lobos, donde el por lo regular ecuánime Roberto Gavaldón la pone, sollozando boca abajo, sobre una cama amplia; los sollozos provocan que el trasero se mueva con un ritmo que resta importancia al resto de la trama; también hay que recordar que esas caderas están a punto de romper la amistad entre Infante y Antonio Badú, cuando el primero la admira bailando rumba en un cabaret, donde se mueve con tanta enjundia que recibe el sobrenombre de “La Gela” (la gelatina, apodo que también recibió María Antonieta Pons, aunque más por lo poco firme que por lo rítmico de sus bailes).
Con la misma incitación al incesto, Isaura Espinoza aparece muy desnuda, mostrando glúteos muy firmes, y deja inmóvil y boquiaberto, paralizado (literalmente), al novio Eulalio González; lo pecaminoso es que su propio padre Eleazar García está a punto de caer en tentación y acariciar, o estrujar, o vapulear esas nalgas en una escena larguísima y con muchas tomas y muy variadas. Es tan larga la escena como la de Buscando a Mr. Goldbarg, en donde Diane Keaton está desnuda, en la cama, recostada de lado, y Richard Gere pone sus mejillas encima de sus nalgas: mira, cachete con cachete, dice; muchos insinúan que se tratan de las de una doble.
El trasero desnudo de Ofelia Medina hace que el espectador se desentienda del drama que vive su personaje, de prostituta barata pero ética, y al final, sus nalgas vestidas se mueven con ritmo para hacer olvidar el drama del novio muerto por la descomprensión en el fondo del mar, en Paraíso.
Esa escena de Medina subiendo unas largas escaleras moviendo las nalgas la recordé (aunque no la tenía muy olvidada) con el nuevo comercial de un perfume en el que Julia Roberts está vestida de blanco mientras todas las demás mujeres que aparecen andan de negro; para llamar la atención de los hombres se limita a subir unas escaleras; su vestido, muy entallado, se concentra en sus caderas, muy célebres; no hay hombre que deje de mirarla, aunque uno no se explica por qué ese bamboleo promueve un perfume.
En Bones, un programa donde las protagonistas son bellas, pero sobre todo inteligentes, recurren, aunque con más elegancia, a mostrar que lo cortés no quita lo caliente (frase usada por Juan Marsé), y ponen, sin que venga al caso, a la muy guapa Tamara Taylor a ver, de pie, de espaldas a la cámara, la pantalla gigantesca de una computadora; flexionada la pierna derecha, el contorno de los glúteos hace recordar que no por ser inteligente el personaje, es menos femenina y reclama su derecho a ser admirada.
Hay otro comercial que, si uno lo piensa, tiene mucho de perverso, no porque sea malo, digamos, admirar el trasero de Ana Serradilla, bastante reproducido en páginas de internet; es perverso porque Serradilla interpretó, en una cinta dizque de denuncia de la explotación sexual en la televisión, a un personaje, “Dianita la de las vueltecitas”, cuya fama (en la cinta) se debe a que da vueltas para que los espectadores se deleiten al observar sus caderas; y en el comercial se da esas mismas vueltecitas; no se sabe si es un cereal, o qué, lo que promueve.
Salma Hayek ha tratado de probar que es actriz, pero aun en sus mejores películas llaman más la atención sus dotes naturales que las de actriz (hasta Penélope Cruz ha caído en la tentación de probar que la carne es más dura que débil, igual que Chelelo con Isaura Espinoza y, como un arzobispo mexicano célebre por varios motivos, entre ellos su humor, y la fotografía indiscreta que lo mostraba en un acto que afirma que no hay quien se libre del pecado de la carne). En Wild Wild West Kelvin Kline y Will Smith se solazan observando que su camisa desabrochada por detrás deja a la vista el “butt ckack”, o sea la rayita, y el prinjcipio de unos glúteos harto duros, durante varios segundos, haciéndose la inocente. Esa misma parte de Lori Singer la observa, pasmado, Tom Hanks en El hombre del zapato rojo. Singer, que se hizo famosa en Fama, aparece desnuda en casi todas las cintas que ha filmado, incluidos varios desnudos frontales, pero ninguno es tan excitante como esa pequeña rayita aquí, y que no pierde el glamur ni siquiera en las situaciones más cómicas.

Hay diferencias entre Singer y Hayek; la mexicana mide 1.57 y Singer 1.79 (¿para qué?). Dos de las actrices más famosas por su trasero descomunal son Eva Mendez y Jennifer Lopez, apenas más altas que Salma, lo cual favorece el volumen de su nalgatorio, además de que, como no son muy competentes en lo histriónico, recurren a mostrarse generosas con su exhibición, para que no nos fijemos en sus defectos; en una de sus últimas cintas, Parker, Lopez debe desnudarse para que vean que no trae armas; la cámara se detiene en sus nalgas, donde no podría esconder nada, aunque si lo ocultara, no lo advertirían. En días pasados públicos timoratos reclaman a Lopez que use un vestuario que resalta forma y volumen de sus nalgas; pero si no lo usa, se darán cuenta de lo mal que canta.
Mendez, en otra cinta de la que nunca me enteré de su título, es llevada dentro de la cajuela de un auto, y cuando lo abren, lo primero que se ve es su amplio trasero, que parece demasiado grande pero no deforme.
Pudiera parecer que, en el cine, la exhibición de traseros es similar a la muestra de pantaletas; hay sus diferencias, cada una con sus atractivos especiales; en Los cazadores del arca perdida Karen Black enseña calzones blancos, fugazmente, en dos escenas: cuando recoge, en cuclillas, unas armas para Indiana Jones; la otra es cuando la descuelgan al foso donde Jones está atrapado, asustado por las serpientes; tanto, que no se fija en Black, aunque sí lo disfruta el público; Black muestra el trasero desnudo, en movimiento, varios segundos, en Animal House, más para deleite del espectador que de los demás protagonistas.
Otras diferencias: en Jasón y los argonautas, también durante pocos segundos, se ven fugazmente las entonces inexistentes pantaletas de Jane Seymour; siempre se muestra elegante y refinada, incluso reputada como pintora; aun así, ha sido víctima de las cacerías de los paparazzi, y la han sorprendido al bajar de un automóvil (que es a lo que se dedican, profanando el honor de la realeza, pues la nueva princesa inglesa –así como su hermana pizpireta– son tan descuidadas como las actrices de Hollywood, aunque no tanto como las de Bollywood, que no sólo son más bellas, también más atrevidas pues no gustan de hacer publicidad a marcas de tarzaneras. Pero regresando a Seymour, gran parte de Lassiter la pasa en cama, y en una de esas escenas está boca abajo, desnuda, mostrando el trasero; en tanto, Tom Selleck, más en el papel de Magnum que en el de Pete Malloy, debe aplicarle un masaje en la espalda, pero no resiste la tentación de hacerlo más abajo, y hasta simula que le da un beso atrevido.
En una cinta divertida y semisubversiva (El primer robo a un tren), Leslie-Ann Down se queda en pantaletas y muestra un trasero amplio y atractivo, de espaldas al público aunque con un anacrnismo casi inadvertido; la trama sucede en 1885, cuando no existían esas prendas.
También hubo diferencias entre las muchas escenas en que Brigitte Bardot aparecía en bikini, para darle popularidad a esa prenda, que en El amor es mi oficio, donde aparece tapada con una sábana, pero atrás de ella se refleja en un espejo su trasero, en todo su esplendor.
El cine italiano también se detuvo en los glúteos de algunas actrices; en Matrimonio a la italiana, Marcello Mastroiani descubre a la antes tímida y ahora desenvuelta Sophia Loren, en un autobús; la convence de que se quede, y se baja del camión por la ventanilla, armando un alboroto por lo prominente de su trasero, y en Un día especial debe cambiarse de ropa constantemente, y en una de ésas muestra las pantaletas muy bien llenas.
En las nuevas series policiales de la televisión estadounidense ya es común ver más la espalda de las actrices que observarlas de frente, y hacen caso omiso de las recomendaciones de tratar a las mujeres más por su talento que por su físico, y que tantas actrices y modelos se presten a ello, con un muy evidente orgullo por la admiración que provocan. Pero hay que tener cuidado: la misma Lopez, la misma Mendez, así como las hermanas Kardasian (que no ocultan su oficio, más bien lo muestran en público) usan prendas que, si se les observa, son antiestéticas: unas fajas que detienen lo que la edad tiende a expandir.
Aunque desde diferentes perspectivas, los críticos del cine mexicano valoraban algunas de las cintas de Carlos Enrique Taboada, por su buen manejo del misterio y lo sobrenatural; en Hasta el viento tiene miedo, y en Más negro que la noche, descuidando la trama, tiene escenas en las que enfoca la cámara más hacia los traseros de sus actrices (bien dotadas: buen gusto sí que tenía) que en los detalles terroríficos.

Y a propósito del respeto con que hay que tratar a quienes disienten de las mayorías, ¿serán castigados los que califiquen de manera explícitamente peyorativa a los nacidos en México, de sexo evidentemente masculino, y les espeten “macho mexicano”, más con enojo que con descripción?
Y hablando de quienes nos quieren gobernar, y les seguimos, les seguimos la corriente, ¿van a obligar a los restauranteros a que quiten las azucareras de sus mesas, porque el azúcar engorda y produce malos hábitos además de caries? Capaces son de decir que producen diabetes.

Al terminar la temporada 2012, el short stop de los Dodgers, Hanley Ramírez, sufrió una lesión que lo mantuvo inactivo la pretemporada, y regresó apenas hace poco al line-up, pero en su cuarto partido tuvo una nueva lesión que lo mandó a la lista de lesionados por 15 días; lo asombroso es que los cronistas, que repitieron la jugada en que se lastimó el tendón de la corva, no se fijaran que Ramírez, al dar la vuelta al cuadro, pisó la segunda base con el pie derecho; cualquiera que juegue o haya jugado beisbol sabe que al caer en ese error, se va a lesionar; o cuando menos se va a caer antes de llegar a la siguiente base.
Pero son demasiados los que se lesionan; tienen cerca de 15 centímetros más de estatura que sus antecesores en las Ligas Mayores, pero los cuidan como a nenitas (frase de “el doctor”); apenas pasan de los 100 o 110 lanzamientos, y los mandan a descansar. Cuando no ganaban tan bien, cuando tenían que agarrar chamba después de la serie mundial (vendiendo seguros, casi todos), aguantaban partidos de 15 entradas, o lanzaban dos juegos completos en un solo día, o relevaban tres días seguidos. En una temporada reciente algunos jugadores fueron colocados en las listas de lesionados por estornudar tan fuerte que se lesionaron la espalda, porque se pegaron con la puerta del autobús, o cargando un bebé.

En el blog anterior dediqué muchas flores a Carlos Fuentes: ahora vienen las macetas: desconocía el paisaje mexicano, nunca suceden sus tramas en el Metro o en sus alrededores, y a veces se le pierde algún personaje; algunos de sus cuentos están colocados en un sitio y una fecha tan determinada que el lector no puede colocarlos en otra época. Su peor defecto: como lector de literatura mexicana fue poco riguroso: fuera de su esplendorosa interpretación de la poesía de Octavio Paz, de su examen minucioso de la poesía mexicana hasta los años ochenta, y de su aguda percepción de la literatura juvenil de los años sesenta y setenta, parece haber leído sólo fragmentos, y en ellos había más buena fe que crítica. Si quienes recibieron sus elogios se dieran cuenta de lo mala, de lo superficial de su lectura, se pondrían a llorar, pero no de la emoción, sino del desengaño.

En 1883 los fanáticos de las Ligas Mayores recibían el apodo de “kranks”; el más famoso de ellos, un hombre llamado Arthur Dixley, era apodado “Hi Hi Dixley” porque cuando bateaban los de su equipo favorito, los animaba gritándole “Hi, Hi”. El dueño de los Cafés de San Luis (por causalidad tengo su nombre: Chris Von Der Ahe), llamó “fanáticos” a los seguidores de su equipo; pero fanático tiene una connotación peyorativa; en el DRAE lo menos fuerte que se les dice es que alguien está entusiasmado ciegamente por algo, y sus opiniones están sustentadas por la pasión y no por el raciocinio. El manager Ted Sullivan de los Cafés acuñó uno menos agresivo: fan; pero los fans nada tienen de pacíficos, aunque sea menor su furia que la del fanático. Por ello prefiero “forofo” (al margen, una historia conocida: el partidario más entusiasta de un equipo argentino tomo su nombre de Wikipedia; Manuel Reyes era quien inflaba los balones en el estadio donde jugaba el Boca Juniors, y se desbocaba con gritos entusiastas animando a su equipo; el público lo llamaba “el hincha”; cuando el entusiasmo se desbordaba, las tribunas, o quienes las ocupaban, fueron bautizadas con el nombre generalizado de “hinchas”, al principio sólo del Boca Junior; después, de cualquiera. Una deformación similar a la del señor Patiño que servía de comparsa al payaso estrella del circo de los Hermanos Bells; el nombre se generalizó para Marcelo Chávez, Viruta, Schillinsky, Susana Cabrera, Nacho Contla, “patiños” de Germán Valdés, Gaspar Henaine, y de Pompín Iglesias los dos últimos). Prefiero forofo, aunque ya fui amenazado si sigo usando el término.

El recuerdo de una anécdota contada por varios asistentes: cuando la Secretaría del Trabajo reconoció al Sindicato de Actores Independientes, el líder de la asociación, y quien había peleado como pocos por la dignidad de los actores, pidió silencio a la asamblea, jubilosa por el triunfo (que finalmente se perdió, aunque hayan ganado), que festejaba con grandes vivas: Silencio, decía en voz alta; silencio, gritaba; sólo se hizo el silencio cuando exclamó: lo he dicho en todos los tonos posibles: pero al silencio siguió una carcajada general y más estruendosa.

Intuyo que en Mil estudiantes y una muchacha (1941), como Marina Tamayo vive en una casa enfrente de la Universidad (bueno, de la Escuela de Derecho), cantan “Ana”, una canción de Alberto Domínguez que no está ni en Wikipedia ni en el exhaustivo cancionero que preparó Ramón Córdoba, pero que la escuché muchas veces en mi infancia. Encontré el DVD y, en efecto, la cantan estudiantes tan inverosímiles como Emilio Tuero, Julián Soler, Enrique Herrera y Manolo Fábregas, en una versión sin la picardía de la pieza original, en que un sacerdote le recrimina a Ana que pase toda la facultad por su ventana, y Ana contesta que no tiene la culpa de que la ventana esté tan baja: “pase usted y lo verá”. Lo importante es que, de manera imprevista, se exclama la frase: “Ahora lo comprendo todo”; esa misma frase la pronuncia, muy encanijado, David Silva en Campeón sin corona; más asombroso aún: la dice Darya Aleksandrovna en Anna Karenina (pág. 386, Alianza Editorial, traducción de Juan López- Morillas). ¿Quién será el forofo del cine mexicano: Tolstoi o López Morillas?

(La fotografía de Loren, y su comentario gráfico, están tomados de Vampiresas, Paul Flora, Hispano American Book Store, 1960, obsequio de mi muy recordado Edmundo Gabilondo; los fanáticos del cine mexicano, si lo son, saben quién fue.)

En El charro y la dama, de Fernando Cortés, se oye a Pedro Armendáriz presumirle a Rosita Quintana, cuando por fin ella le sirve un café sin quemarse ni derramarlo: “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido…”, y sin darle tiempo a una réplica, agrega aún más presumido: “…yo también tengo mi cultura. No se crea…”.

No se crea era, o es, una muletilla típica del norte, una contradicción en la que se pide que, por el contrario, se crea en lo que se está afirmando (algo así como “para variar”, que significa que es para no variar; en tiempos recientes se ha dado por decir “para no variar”, lo que le quita chiste al chiste); Armendáriz estaba afirmando que, aunque Quintana lo creyera un rancherote bajado del cerro a tamborazos, había leído a Cervantes, quien utiliza esa expresión en el Quijote (I, 2); lo cita sin comillas y tergiversando los versos tercero y cuarto: “como fuera don Quijote cuando de su aldea vino”, en vez de “como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino”.

Algunos capítulos después Cervantes, sin delatarse, habla de sus fuentes primarias. Como Armendáriz sólo cita dos versos y luego se las echa de culto, no sabemos a quién cita, a Cervantes o a Lanzarote; lo que sabemos es que el argumento de la cinta es de Max Aub, adaptado por el mismo Cortés (quien, dicen las malas lenguas, no era cortés con Mapy Cortés, bien buenota ella) y Pedro de Urdimalas, quien en esa misma época se ganaba la inmortalidad con los guiones de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, que pese al tono supuestamente tepiteño de casi todos los personajes, están cargadas de citas cultas, pero choteadas, no por el humor simple de Ismael Rodríguez, sino por el irrespetuoso y arrabalero de Urdimalas, quien nos legó “Amorcito corazón”, que tiene buenas metáforas rayando en lo erótico –“yo quiero ser un solo ser”, “yo tengo tentación de un beso, que se prenda en el calor de nuestra gran pasión”).

No es un recurso barato de Max Aub, quien gustaba de hacer muchas bromas y de burlarse del snobismo, y ponía citas por todos lados; hay que recordar que imitó el lenguaje de pintores y críticos en su Josep Torres Campalans, que sus dibujos eran malintencionados, y que muchos cayeron en su “cadáver exquisito” (expresión de Miguel Capistrán cuando explicaba alguna de las bromas que usaban los escritores con sentido del humor, digamos por ejemplo Borges, y en una de las cuales Capistrán fue víctima, creo yo que fatal).

Habría que revisar la muy amplia filmografía de Aub para rastrear esas citas. Cuando la Revista de Bellas Artes publicó el guión de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, Tiempo de morir, dieron cuenta de muchas trampas que los muy cineastas Fuentes y García Márquez pusieron al joven Arturo Ripstein, alguna de ellas eludidas casi siempre por la casualidad; había referencias de varios westerns a los que son tan aficionados los buenos cineastas; Emilio García Riera advierte, en su Historia documental del cine mexicano, algunas de las muchas referencias, casi siempre escondidas, del guión de Cinco de chocolate y uno de fresa hacia Los Caifanes, que a su vez está llena de citas literarias, que Fuentes pone en boca de cuatro marginados a los que la suerte y el pinche destino han convertido en greasers, pero tan cultos como los popof y catrines a los que hacen víctimas de un secuestro exprés durante toda una noche en plena época navideña, con todo y síndrome de Estocolmo; los incitan a realizar fechorías, robos menores –a un cantante ciego nocturno le bajan su instrumento de trabajo— y a ponerse en contra de su clase socioeconómica y cultural; en tanto los retienen, citan a Santa Teresa, a Jorge Manrique, a Octavio Paz, en un sabroso duelo de trivia salpicado de albures (“cachuchazo popular”, sugieren, sin que Julissa advierta la amenaza de violación colectiva, aunque no se atreven porque ven que la Paloma –doble sentido— le da puerta al Estilos).

La más visible referencia del guión de José Agustín es que vestir a la Diana ya estaba muy choteado, pero la compañía de una chava reventada acompañada de cinco comparsas, uno de ellos privilegiado por ella; las citas literarias que aparecen de manera sorpresiva, el choteo a varios actos si no delictivos cuando menos transgresores de la buena conducta, y la burla a una fiesta de intelectuales perfumados y estirados, son otras referencias, pero confieso que me faltan otras.

¿Las citas literarias y cinematográficas son plagios? Si las entrecomillamos traicionamos la intención, y se le quita al lector el placer de encontrar el guiño, que a veces no es guiño sino parpadeo; no siempre se advierten. Alguna vez, a la hora de la salida de las oficinas del Fondo de Cultura Económica, se despidió Blanca Luz Pulido; se me ocurrió contestarle: “puntuales, las horas nos dispersan”; unos segundos después se regresó: “no se vale, es un poema mío”; en otra ocasión una colaboración de Ricardo Zarak había sido postergada para un próximo número de un suplemento, lo mismo que una de Lourdes; ambos se quejaron; “sólo un asesino comprende a otro”, contesté. ¿A qué te refieres, por qué dices eso?, dijo Zarak; no importa, contesté, estoy citando un poema; algunos segundos después exclamó: “Cierto, y es mío”.

Bromas que suelo hacer y sorprender a la gente; a veces contesto, cuando preguntan por mi salud, “con tos y mala vista”, y no muchas veces saben qué estoy citando; pero cuando una poetisa en sus años mozos declamó un fragmento de ese mismo poema (el ofrecimiento de Eloísa a su maestro, el filósofo Abelardo) varios poetastros quisieron agarrarle la palabra, en vez de seguir las leyes y tomarla por esposa, tal vez por el miedo de que como premio los castraran después. Pero no entendían la cita.

A Tin Tan se le celebran las muchas citas: Soy un fugitivo, le dice a Rosita Fornés en El mariachi desconocido, haciendo alusión a la célebre I Am a Fugitive from a Chain Gang, de Mervyn LeRoy, con Paul Muni, aunque estrenada en México sólo como Soy un fugitivo; en esa misma escena hace referencia a El rebozo de Soledad, de Roberto Gavaldón; La isla de las mujeres, El rey del barrio, El revoltoso, El bisconde de Montecristo están llenas de citas, que todos los espectadores reconocían.

Ya lo dije, pero repito que suelo decir “con su compermiso”, “la facilidad de palabra”, “perdona la mala ortografía, pero es que traigo la mano lastimada”, “luego, no transingen”, “cuando una mujer nos traiciona, la perdonamos y en paz”, y la vida sólo me ha dado oportunidad de que, cuando me preguntaron si ya había leído un ensayo literario, contestara con verdad que apenas estaba en los anuncios de lencería. Todas son citas de alguna cinta que me gusta mucho. Pero en estos tiempos tengo que cuidarme de que algún ingenuo crea que estoy plagiando.

*Hay plagios por los que nadie protesta; cuando alguien atosigado por la burocracia, por lo absurdo de algunas situaciones, afirma que si Kafka hubiera vivido en México sería un escrito naturalista (o realista), cree que cita a Carlos Monsiváis, aunque está documentado que la frase original es de Alejandro Palma; cuando se burlan de la campirana frase de Felipe Calderón, “haiga sido como haiga sido” no advierten que, además de a miles de campesinos, glosa a Carlos Monsiváis cuando escribió “Caiga quien caiga y haiga lo que haiga” (como N de la R en uno de sus “Por mi madre, bohemios”).

George Harrison fue agarrado en flagrancia, aunque algunos meses después del éxito de “My Sweet Lord”, que toma varios compases, más de los permitidos, de “He’s so Fine”, de The Chiftains, muy menores que los Beatles pero de cualquier manera respetables, y autores de una canción muy conocida por los rocanroleros que suelen escuchar con atención y generosidad lo que hacen los colegas, y en cierta forma competidores; se vio obligado a pagar una lana para resarcir el daño; y aunque el caso es muy conocido, la pieza de Harrison sigue siendo más popular que la que se planchó.

Casi por la misma época los expertos advirtieron que “Come Together” (otra referencia al orgasmo simultáneo: antes la habían hecho con “All Together Now”, y antes The Turtles habían popularizado “Happy Together”, a la que los locutores mexicanos convirtieron en “Juntos y felices”) tenía partes sustanciales de “You Can’t Catch Me”, una de las piezas más célebres de Chuck Berry, quien no alegó nada, pero sí sus editores, quienes ganaron el juicio y Lennon tuvo que grabar dos piezas de Berry en su disco solista Rock and Roll para darle a Berry las regalías respectivas.

Cauto, Octavio Paz entrecomilló unos versos en su “Elegía interrumpida”, que son de Rubén Darío, aunque ahora son más conocidos gracias a Paz que a Darío.

*Prosigue la campaña que invita a leer veinte minutos diarios; a ese paso puede duplicarse la cantidad de libros leídos al año por habitante en el país; pero digamos que así se leen de diez a 15 páginas diarias, a un buen ritmo; si se descansa los fines de semana, los puentes y los lunes de futbol americano, en tres meses puede un lector echarse La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz, pero entre cuatro y cinco meses el Quijote; y eso que no se toma en cuenta que hay libros bastante más difíciles; por ejemplo, uno podría tardarse los siete años que teme Thomas Mann se dilate alguien en leer su Montaña mágica, aunque no llega a las mil páginas, pero son bastante densas, y ni hablar del Doctor Faustus, la mitad de voluminosa que Los Buddenbrooks, pero lo triple de difícil. ¿Y cuánto tiempo tardaría alguien con ese ritmo en terminar todo el Ulises, o El hombre sin atributos; o los dos tomos de la edición de Bruguera de Crónica de la intervención, de Juan García Ponce?; ¿no suena exagerado decir que novelas tan encantadoras y embrujantes como Aura o La tumba alguien se tarde tres días en leerlas?

*Recaigo; el médico se asombra de que lo visite no para revisar la presión, que con tantito que le mueva sube si hago muinas, o baja si algo me asusta y me toma desprevenido; una infección en la garganta que me tiene tumbado, leyendo cuando mucho 20 páginas diarias.

*En 1988 Jesús Iturralde le auguró a Lourdes que si quería ver en vivo a Bruce Springsteen podríamos contratarlo para que viniera a tocar a la sala de la casa; en esa época las compañías disqueras imprimían en versión nacional sólo aquellos discos que vendían más de cien mil ejemplares en su país de origen; así, por esos días sólo se conseguía en las tiendas normales Born in the USA; había sido en 1982 cuando Rémy Bastien fills nos prestó los tres primeros discos de Springsteen, y para comprar esos y los subsiguientes se podía acudir a Briyus, a lo que quedaba de Hip 70, pero sobre todo a Music Center, creo que la mejor tienda de discos en el DF en los últimos 50 años; ahora hay que esperar a que traigan la versión importada, o traerla de Amazon, o comprarla en la misma página de Springsteen, quien nos informa de sus lanzamientos, sus giras, sus noticias (o conformarse con la versión nacional, aunque con nuestros cantantes favoritos siempre buscamos el disco original); ayer fueron a verlo al Palacio de los Deportes Lourdes y Diego; como cuando fuimos al Metropólitan a ver a Winwood, no hay palabras que definan su emoción, su entusiasmo, su asombro por la vitalidad, la energía y el profesionalismo de un cantante, de un músico que, sin cambiar, se renueva todos los días. Quedo endeudado con ella; tendremos que ir a verlo a Dinamarca o a Italia. Y que conste que trajo a todo su conjunto, menos a su esposa, cantante también, y que, como dijo Héctor Suárez, “está donde debe, en su casa, con sus hijos”.

A manera de homenaje, Canal 22 presenta un recorrido por los lugares emblemáticos donde Gabriel García Márquez forjó sus inicios como escritor. Lunes 29 de octubre, a partir de las 8 de la noche.

México, D.F., a 26 de octubre de 2012. Con motivo de los 50 años de la residencia de Gabriel García Márquez en México, Canal 22 estrena a través de los Lunes temáticos Hoy comienzan los próximos cien años, un documental de Gabriel Santander que reúne diversos testimonios de gente que conoció al periodista durante su juventud, su etapa como escritor desconocido y sus años como famoso Nobel de Literatura.

Carlos Fuentes, Emmanuel Carballo, Laura Coudurier, Héctor Abad, Rafael Vargas, El Grupo La Cueva de Barranquilla y Celso Piña, dan cuenta de la narrativa de las obras de García Márquez.

Este trabajo del también productor de Esquizofrenia, Gabriel Santander lleva al televidente por un sendero poco conocido, como Aracataca, su pueblo de origen; La cueva, un bar que frecuentaba con amigos en Barranquilla y sus vecinos de aquel pueblo tropical de Colombia.

Gracias a un acuerdo entre Canal 22 y la televisora pública de Colombia, Señal Colombia, se transmitirá simultáneamente este documental, el próximo lunes 29 de octubre.

Para finalizar, Canal 22 transmite Muchos años después… Gabo en México, una producción de la Dirección de Noticias del Canal Cultural de México, que narra los pasos que el autor ha dado a través de los años en nuestro país. Incluye testimonios de Emmanuel Carballo, Gonzalo Celorio, Carlos Monsiváis, María Luisa Elío, José María Pérez Gay, entre otros.

Los mejores programas especiales a través de Canal 22, el Canal Cultural de México.

Canal 22 estrena Hoy comienzan los próximos cien años, un homenaje a Gabriel García Márquez

A través de los Lunes Temáticos

Transmisión simultánea de Canal 22 y Señal Colombia

Lunes 29 de octubre, a partir de las 8 de la noche

1) Cuando Gabriel García Márquez rompió el silencio literario que se había impuesto mientras Augusto Pinochet detentara (es decir, usurpara) el poder en Chile, se creó una gran expectativa por esa nueva novela que todos deseaban leer luego de Cien años de soledad (El otoño del patriarca fue un paréntesis; aunque es una novela impecable, tiene el defecto de no ser tan legible como Cien años, aunque ambas son iguales de complejas). Cuando apareció la Crónica de una muerte anunciada, breve pero de gran intensidad, tuvo muchísimos lectores encantados por esa anécdota tan estremecedora, la muerte de un hombre a manos de sus cuñados, a causa del honor, de la adolescencia apresurada de la esposa, y del deshonor, nada raros en el ámbito descrito, ni en esa época, ni en otras más recientes.
Las historias aledañas (cuando el propio García Márquez conoce a Mercedes; los bailes, el ambiente de alegría, los nubarrones que opacan la felicidad colectiva) son tan fascinantes como la historia principal, que a ratos pierde importancia hasta volver con la contundencia que conlleva un asesinato; y en medio de esa celebración, que se prolongó por mucho tiempo, el propio García Márquez tuvo a bien callarnos la boca al revelar, en uno de sus artículos semanales, que se trataba de una novela basada en tema (no trama ni anécdota), estructura, desarrollo y final, con muchos de los detalles que nos habían asombrado, en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, una de las novelas más importantes del siglo XX, y que se supone todo mundo conocía. Con maldad, nos demostró lo malo que somos como lectores, que a pesar de que en las páginas de García Márquez estaban los mismos elementos que en las de Wilder, no pudimos verlos, no supimos leerlos, sólo porque la anécdota es otra, y otros los personajes.
2) Malcolm Lowry escribió varias obras maestras; una de ellas, Bajo el volcán, considerada una de las diez mejores novelas del siglo XX, lo hizo dudar, porque Charles R. Jackson había publicado poco antes The Lost Weekend, novela en la que se basó Billy Wilder para hacer una excelente cinta con Ray Milland y Jane Wymann (primera esposa de su tercer esposo, Ronald Reagan, que dicen que tenía problemas parecidos a los del personaje de esta película), acerca de los sufrimientos de un alcohólico (y biografía de Andrés Soler en El Ceniciento, según presume él mismo); aunque es lo mismo, desde luego no es lo mismo. Pero Lowry no dejó de atormentarse, pensándose plagiario, y más cuando estaba escribiendo Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, según deduce Douglas Day.

Hay muchos más ejemplos de parecidos no siempre confesados; el cine mexicano ha sido pródigo en esos casos: Tal para cual, de Rogelio González, se basa en lo básico en La importancia de ser honrado, de Oscar Wilde (título raro, pero que le plagio descaradamente a Tito Monterroso, tan plagiado él, de su ensayo “Sobre la traducción de algunos títulos” [La palabra mágica, Ediciones Era, 1983, p. 92]; El criado malcriado es copia de ¡Qué hombre tan sin embargo! que es copia de Escuela de vagabundos que es copia de My man Godfrey (y mientras más recientes eran las copias, más iban bajando de calidad); en Ustedes los ricos, como recalcó Emilio García Riera, fue famosa la escena de que Chachita se cortaba el pelo para comprar una cadena para el reloj del Atita que vendió su reloj para comprar unas peinetas para la cabellera de Chachita, que está en un cuento de O’Henry, “El presente de Reyes Magos” (O’Henry, Cuentos, traducción de Edith Zilli, Emecé, 1982) (sólo que a Chachita le crecerá el cabello y el Atita no recuperará su reloj); el cuento, “The Gift of the Magi”, fue filmada pocos años después de que Ismael Rodríguez hizo Ustedes los ricos, por Henry King, en uno de los cortos de O’Henry Full House, Lágrimas y risas en español, estrenada el 4 de marzo de 1953 en el cine Olimpia (datos tomados impunemente de Cartelera cinematográfica 1950-1959, María Luisa Amador, Jorge Ayala Blanco, CUEC, 1985; por cierto, en el cuento filmado por Howard Hawks en esa cinta, aparece una mujer cuando los delincuentes preguntan por una dirección, y los parientes la obligan a entrar a la casa; no encuentro en los créditos de la cinta el nombre de la actriz; ¿alguien lo sabe? Y no es para lo que Billy Cristal pregunta el nombre de una antigua maestra).
No siempre hay plagios, puede haber coincidencias (como dice Gabriel Zaid), puede flotar la misma idea por diferentes ámbitos; en la música, por ejemplo Debussy y Ravel (son dos, se toman juntos –comercial de Alka Seltzer de los años setenta; por desgracia desconozco el nombre del copy al que cito; seguro lo saben Raúl Renán y Miguel Capistrán, que saben todo), en la pintura, Klee, Miró, Kandisky, Rivera, tienen tantos parecidos que asombran.
La música se presta a buenos ejemplos: ya lo he dicho, pero no me voy a acusar de autoplagio porque también está en alguno de los muchos libros acerca de Beatles, que “Because” no es la única referencia explícita de Lennon al “Claro de luna” de Beethoven, porque también usa varios acordes del primer movimiento de esa sonata para los cuartetos segundo, cuarto y sexto de “And I love her”, y que copió toda la estructura del primer movimiento del Concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky para uno de sus rocks más ricos (en instrumentación, en desarrollo, y en el duelo de guitarras entre él y Harrison). Pero no sólo Lennon tomó prestados acordes, notas y armonías de Beethoven; Beethoven mismo tiene partes de su Sonata para violín en La mayor, Op. 12 núm 12 que se parece mucho a un aria de El barbero de Sevilla de Rossini que tiene mucho parecido con Las bodas de Fígaro de Mozart.
Lennon no sólo tomó algunos acordes o notas, también dos versos de una canción de Elvis Presley, “Babe, let’s play house” (“I’d rather see you dead, little girl, that you´ll be with another man”) para empezar una de las canciones más dramáticas de Beatles, “Run for you life”, que todos opinan que no es de sus mejores canciones, pero sí de las más sinceras, y muchos de los que han escrito sobre los ingleses no se fijaron en esos versos que son exactamente iguales, pero que desde luego no toman como plagio, sino como homenaje (chin, ya me autoplagié –y también a José Agustín) (¿Cardoso en Gulevandia se parece más a Aída de Verdi o a Norma de Bellini?).
No fueron esos versos los únicos que Lennon usó como cita, o autocita: en “Glass Onion” cita “Lady Maddona”, “A Fool on the Hill” y “I am the Walrus”, y en “I know (I know)” cita todo un verso de “Getting Better”; de esas cuatro citas, dos son de canciones suyas y dos de Paul.
En una película malísima pero muy divertida, El charro y la dama, Pedro Armendáriz (quien canta en ésa dos versos de “Ah que la coneja”), luego de darle unas cuantas nalgadas a Rosita Quintana, le ordena que le sirva café (igual que lo hizo Silvia Pinal a Pedro Infante en El inocente, quemándose al agarrar una cafetera caliente, sólo para demostrar que es una de esas mujeres modernas que no saben nada de quehaceres de su casa), y cita “Nunca fuera caballero de damas tan bien servido”, y remata: “yo también tengo mi cultura, no se crea”; cualquiera diría que está citando unas líneas célebres de Miguel de Cervantes Saavedra, del segundo capítulo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, “Don Quijote en la venta”: “Nunca fuera caballero / de damas tan bien servido / como fuera don Quijote / cuando de su aldea vino: / doncellas curaban dél; / princesas, del su rocino”, pero los desocupados lectores de Martín de Riquer saben que Cervantes estaba citando “Nunca fuera caballero / De damas tan bien servido / Como fuera Lanzarote / Cuando de Bretaña vino, / Que dueñas curaban dél, / Doncellas de su rocino” (y siguen otros versos que no citan ni Cervantes ni De Riquer: “esa dueña Quintañona / ésa le escanciaba el vino / la linda reina Ginebra / se lo acostaba consigo…”, pero ya se sabe que Cervantes hacía muchas citas sin entrecomillar ni identificar a los autores, pero daba por hecho que sus desocupados lectores leían tanto como él y tomaban las citas como broma o como homenaje, no como plagio. (Uno de los escritores mexicanos más cultos me recriminó que atribuyera los versos a Armendáriz, pero Armendáriz también los dijo.)
Bueno para citar era Tito Monterroso: uno nunca termina de identificar todas las citas textuales, deformadas, contradichas, que están en Lo demás es silencio, donde casi en cada párrafo hay alguna cita y uno podrá identificar alguna, pero no todas; sólo recientemente, al releer su autobiografía (o una de sus autobiografías) me cayó el veinte que cuando la esposa de Eduardo Torres cuenta que los amigos de su marido le preguntan si fue la semana anterior cuando un escritor la tuvo en sus piernas, es cita del propio Monterroso, pues su familia había tenido amistad con Porfirio Barba-Jacob, quien lo había cargado cuando Tito era niño, y que sus amigos malvados le preguntaban si había sido hacía poco (dada la “orientación sexual” de Barba-Jacob, era un chiste malintencionado).
(En “Sinfonía concluida” hay hartas referencias, algunas identificables, como una de Arquímedes, pero otras no tanto, como una de Bach, Mendelssohn y Joyce; sólo una es directa, además de que una de las citas de Eduardo Torres asegura que la obra más acabada es la Sinfonía inconclusa; uno se pierde entre tanta cita escondida, disfrazada, encubierta, esbozada.)
Y si de referencias o atribuciones se trata, ¿cuánto quedaría de The Naked Lunch si se suprimieran las referencias y parodias?

A veces los lectores le atinan al encontrar el origen de un título; casi todos los libros de Monsiváis están tomados de alguna de sus muchas obras favoritas, literarias o de la cultura popular; hay satisfacción al encontrar las citas de Vallejo, Cernuda, Reyes, entre otros, en los poemas (y en los cuentos) de José Emilio Pacheco; Paz puso en cursivas y entrecomillas un verso de Rubén Darío, y sus lectores sabían a quién citaba aunque no lo mencionara.
En otro ámbito, Germán Valdés en sus mejores cintas menciona a Pedro Infante, a Paul Muni, a Pedro Armendáriz, a Dolores del Río (parodia a María Félix), a Lui Même, en el colmo de la coquetería (parafraseo a García Riera, sin entrecomillarlo –y a Tito Monterroso).
Y ya que se mencionó aunque sea de paso a Burroughs, ¿qué sería, sin él, Allan Ginsberg, y sin ellos, qué serían Bob Dylan, Lou Reed, Joni Mitchell, Patti Smith? Y eso que son diferentes entre sí.

Confieso que he citado: uno de mis relatos sobrevivientes tiene una anécdota plagiada de la realidad, sólo que no lo sabía; lo escribí sin saber siquiera que acababa de vivir lo mismo una amiga, pero no me lo confesó; al leerlo en público, un conocido me increpó: ¿por qué cuentas lo que le pasó a mi hermana? Aunque la anécdota es literariamente original, casi cada frase está tomada de un cuento, un poema, un cómic, una canción, sólo adecuada para que funcione para narrar esa historia; en ningún caso es cita literal, sólo la idea.
Una de mis novelas (olvidables) tiene la misma estructura, el mismo desarrollo y el mismo final que una de las obras (menores) de uno de los escritores más destacados del boom; pero a orgullo tengo decir que mi novela se adelantó casi 20 años a la suya.
La novela que escribí a cuatro dedos con Gustavo Sainz tiene un experimento suyo en estructura, lenguaje, puntuación; aunque parece que mis capítulos son más lineales, cada uno es homenaje o parodia de alguno de los muchísimos escritores a los que admiro; como nadie me ha acusado de plagiario, no revelo cuáles son los homenajeados.
Y el primer cuento que me publicaron mis cuates de Tlamatini le impresionó tanto a una de las escritoras mexicanas más reputadas, que tomó la anécdota para hacer uno similar, mejor que el mío; muchos años después Víctor Roura me pidió un cuento, a mí, que estoy retirado de la narrativa, pero se me ocurrió reescribir ese mi primer cuento; y qué les cuento, que la dama plagiaria se tomó a ofensa, porque pensó que la había plagiado; lo malo fue que ese primer cuento apareció con seudónimo (no es la única mexicana que ha tomado textos míos y publicado con su nombre –otra es muy conocida, pero como es muy conocida, “mejor no les doy su nombre”).

Lo malo no es hacer algo con tema o tratamiento o estilo al de obras anteriores; a veces sucede que uno no las conoce y no sólo por incultura, pues es imposible leer todo lo que aparece; leer 260 libros al año deja a quien pueda hacerlo con un rezago de 99.94 por ciento anual, y sólo de lo publicado en español; bueno o malo, algo de lo publicado debe ser original, y sin saberlo lo estaríamos copiando, por no hablar de todo lo que se ha escrito y publicado en todos los años anteriores, con un porcentaje de obras buenas que han pasado al olvido, injustamente. Lo malo no está en decir lo que otros dijeron antes, sino hacerlo sin copiar, sin calcar, sin aportar puntos de vista diferentes. Salvándose de la mediocridad, pues.
http://errataspuntocom.blogspot.com/

Ocasión para releer, revalorar y disfrutar la obra del colombiano universal.
Se cumple el trigésimo aniversario de su recepción del Nobel de Literatura
Martes 28 de febrero a las 19:00 horas en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
El Instituto Nacional de Bellas Artes invita a “La memoria del corazón: Gabriel García Márquez” para celebrar su obra y el trigésimo aniversario de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en 1982.

Participan Elisa Corona, José Mariano Leyva y Armando González Torres. Rosina Conde será la encargada de moderar la mesa. La cita es el martes 28 de febrero, a las 19:00 horas en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

El objetivo de esta mesa de análisis es que autores de diferentes generaciones aborden distintos aspectos de la obra de García Márquez, con énfasis en su propia experiencia como lectores.

De esta manera, el poeta y ensayista Armando González Torres, ganador del Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas, hablará del entorno del boom latinoamericano en relación con Cien años de soledad. Por su parte, la ensayista Elisa Corona, Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2008, leerá una ponencia titulada “Las malas mujeres de Macondo”; mientras que el novelista y ensayista José Mariano Leyva, quien en 2009 obtuvo el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero, hablará del ejercicio de libertad narrativa y creativa en la obra de Gabriel García Márquez, con énfasis en Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera. Además, los participantes en la mesa leerán sus pasajes favoritos de la obra del Nobel colombiano.

Hace treinta años, Gabriel García Márquez reconoció durante la celebración del banquete en la ceremonia del Nobel, que creía recibir el máximo galardón de la literatura como un homenaje a la poesía, “esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos”. Concluyó dicha participación afirmando que era la poesía “la única prueba concreta de la existencia del hombre”, en clara referencia a Luis Cardoza y Aragón. Es en nombre de la poesía que el INBA organiza también esta celebración.

Ya en dicha oportunidad, García Márquez en su discurso de aceptación del premio, discurso titulado “La soledad de América Latina”, en franca alusión a Cien años de soledad, se había referido a la desmesurada realidad social y política de América Latina, que no parece cambiar a pesar de los años transcurridos.

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, Colombia, el 6 de marzo de 1927. Radica en México desde 1975. Narrador, periodista y guionista cinematográfico. Estudió, sin concluir, derecho en la Universidad de Bogotá.

Algunas de las distinciones que ha recibido son Premio Esso 1961 por La mala hora; doctor honoris causa por la Universidad de Columbia, EUA, 1971; Premio Rómulo Gallegos 1972 por La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada; Premio Mundial de Periodismo de la Organización Internacional de Periodistas 1977; Legión de Honor, en grado de Gran Comendador, por el Gobierno de Francia, 1981; Premio Nobel de Literatura 1982; Orden del Águila Azteca 1982; doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz 1994. Su obra se ha traducido a casi todos los idiomas.

Entre su vasta obra publicada, se cuenta en crónica: Relato de un náufrago(1970), El general en su laberinto (1989) y Noticia de un secuestro (crónica novelada) (1996).

En cuento, Los funerales de la Mamá Grande (1962), La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1973), Ojos de perro azul (1974) y Doce cuentos peregrinos (1992).

En novela, La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1958),Cien años de soledad (1967), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985) y Memoria de mis putas tristes(2004).

Sus memorias están plasmadas en El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza (1982) y Vivir para contarla (2002).