Con apocalípticas imágenes como esta, ciertos vociferantes grupos ecologistas tratan de infundir la idea de que la energía nuclear constituye una terrible amenaza para la vida y la salud del ser humano.

Tal vez recuerde usted lo que en su momento se dio en llamar la catástrofe nuclear de Fukushima. Pero lo más probable es que ya la haya olvidado, aunque ocurrió hace sólo poco más de año y medio y en aquel entonces se habló de ella en tono tremendista en los medios de comunicación y los grupos ecologistas armaron gran alboroto, presentándola como prueba irrefutable de los gravísimos peligros que representa el uso de centrales nucleares para generar electricidad, y pidiendo que cuanto antes se clausuren todas y cada una de las existentes en el mundo entero.

Por Juan José Morales

Pero si ya ha olvidado la supuesta catástrofe, no es porque tenga mala memoria, sino simplemente porque ni causó la oleada de muertes y enfermedades que se había vaticinado, ni tuvo ni tendrá mayores consecuencias, y rápidamente se dejó de mencionarla.

El asunto —refresquemos los datos— se refiere a la destrucción de los núcleos de algunos reactores de la central nuclear de Daichii en la ciudad de Fukushima, Japón, debido al violento sismo y el enorme maremoto que azotaron a ese país el 11 de marzo del año pasado. Como el accidente ocasionó la liberación de material radiactivo, se dijo en ese entonces que provocaría una gran mortandad por cáncer.
Pues bien, en un reciente estudio del meteorólogo John Ten Hoeve y el ingeniero ambiental Mark Jacobson —ambos investigadores de la universidad norteamericana de Stanford—, publicado en la revista Energy & Environmental Science, se calcula, según diferentes modelos de dispersión de las partículas radiactivas liberadas en el accidente, que en todo el mundo habrá entre 130 y 180 muertes por cáncer a consecuencia de ello.

Realmente, es una cifra insignificante. Los derrumbes e inundaciones debidas al terremoto y el tsunami causaron 20,000 muertos. Tan reducido número de fallecimientos atribuibles a la fuga de material radiactivo de la central demuestra exactamente lo opuesto a lo que afirman los vociferantes grupos ecologistas que piden la proscripción de la energía nuclear. Es decir, que los reactores nucleares no representan mayor peligro sino, por lo contrario, son mucho más seguros de lo que la gente cree.

Un experto en la materia, el físico Burton Richter, Premio Nobel en su especialidad y antiguo director del centro de investigaciones nucleares de Menlo Park en California, comenta al respecto que el número de víctimas de cáncer que se esperan a causa del accidente no sólo es mínimo respecto a las 20,000 del terremoto y el maremoto, sino que le ha hecho reflexionar acerca de cuántas personas habrían muerto por enfermedades debidas a la contaminación atmosférica si Japón no hubiera decidido utilizar centrales nucleares y en lugar de ellas hubiera generado su electricidad a base de termoeléctricas de petróleo y carbón.

Cada año, mueren en México 24 mil personas y 40 mil resultan heridas en accidentes de tránsito. En el mundo entero el balance, según la Organización Mundial de la Salud, es de 1.3 millones de muertos y más de 20 millones de heridos por año.

Son cifras escalofriantes. Pero a nadie se le ocurriría por ello decir que el automóvil es un peligro para la vida y la salud humana y que por tanto debe prohibirse su uso.

A lo de “catástrofe nuclear de Fukushima” hay que borrarle una palabra: nuclear. Lo que ahí hubo fue una catástrofe debida al terremoto y el tsunami, pero aún en tales condiciones, la central nucleoeléctrica pasó exitosamente la prueba de seguridad. La energía nuclear sigue siendo limpia y confiable. Mucho más limpia, segura y confiable que el carbón, el gas y el petróleo.

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