Ya tuvimos, entre otros, el rescate bancario, el rescate carretero y el rescate azucarero. Todos ellos —especialmente el primero— nos costaron a los mexicanos de hoy y de las siguientes generaciones, una buena cantidad de dinero, empleado en salvar empresas que originalmente fueron de propiedad pública y, tras haber sido vendidas a precio de ganga a empresarios privados, terminaron quebradas por mala administración.

Pues bien, no sería extraño que pronto se nos cargue otra deuda pública como las que costaron esos rescates. Quizá no sea tan monstruosa como la del Fobaproa, pero de cualquier manera su monto no será nada desdeñable.

No hay ciudad del país donde no se observen escenas como esta, con hileras de casas abandonadas por sus propietarios, a tal grado que hay fraccionamientos completos que se antojan pueblos fantasmas. Las empresas constructoras y los especuladores inmobiliarios que crearon este problema, sin embargo, obtuvieron pingües ganancias.

Nos referimos a un posible rescate inmobiliario. Esto es, a una intervención del gobierno para resolver el problema de los millones —sí, millones— de viviendas que, tras haber sido construidas con subsidios gubernamentales, ahora se encuentran vacías, abandonadas por sus compradores al verse imposibilitados para pagar los créditos hipotecarios con los cuales pudieron adquirirlas.

Son —según dio a conocer hace poco la Secretaría de Hacienda— cinco millones las casas que se encuentran en tal situación en todo el país. Y no deja de ser irónico que mientras decenas de millones de mexicanos habitan viviendas precarias, en no pocos casos simples chozas, haya tan enorme número de casas de buena calidad desocupadas y deteriorándose.

Lo que ocurre es que la construcción de vivienda del tipo llamado popular fue uno de esos grandes negocios proyectados para beneficiar a unos pocos —los especuladores con terrenos y los constructores— y no para realmente dotar de un techo a quienes lo necesitaban. A todo lo largo y ancho del país se construyeron nuevos fraccionamientos en terrenos que —merced a cambios de uso de suelo autorizados a través de la corrupción— multiplicaron su valor de la noche a la mañana, para beneficio de los especuladores. Pero por lo general tales fraccionamientos se hallaban en lugares inapropiados, lejos del lugar de trabajo de sus ocupantes y sin adecuados servicios públicos y de transporte urbano. Además, las casas, pequeñas, incómodas, se vendieron a precios inflados, en promedio 40% por encima de su valor real, con el señuelo de las facilidades de crédito y gracias a los subsidios que el gobierno otorgó generosamente a las constructoras.

Como resultado de ello, millones de compradores, decepcionados por las condiciones en que vivían, y agobiados por el peso de los adeudos, terminaron abandonando lo que la publicidad les había presentado como la casa de sus sueños.

Las empresas constructoras se hallan ahora en crisis, ante el desplome de su actividad. Los bancos que otorgaron los créditos, también. Es una situación semejante a la que en Estados Unidos detonó la crisis inmobiliaria de 2009, que tan serias repercusiones tuvo en la economía mexicano. Ahora, el problema lo tenemos en casa. Y no se le ve solución. Es más: todo indica que irá agravándose. Con la economía estancada, con el aumento en el costo de la vida, con la disminución de los ingresos reales de la gente a consecuencia del aumento de impuestos, y con las cada vez mayores dificultades para encontrar empleo, en los próximos meses se espera que muchos propietarios pasen a ingresar las filas de los morosos.

Para tener una idea de lo crítico de la situación, basta señalar que para fines de 2012, el porcentaje de compradores de vivienda que habían caído en morosidad ya superaba el 16%. Por comparación, en Estados Unidos la crisis inmobiliaria estalló cuando ese porcentaje llegó al 6%.

Con los antecedentes del Fobaproa y demás rescates, no sería de extrañar que ahora el gobierno nos aseste un rescate inmobiliario en beneficio de los bancos y las compañías constructoras. Sólo deseo no tener lengua de profeta.

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