El pasado 19 de noviembre la escritora y periodista Elena Poniatowska fue elegida para recibir el Premio Cervantes, considerado el Nobel de nuestra lengua. El Ministerio de Cultura de España lo otorga a la obra global de un autor de habla castellana, reconociendo sus aportaciones decisivas para el patrimonio cultural del mundo hispanoparlante. La ceremonia de entrega será el 23 de abril de 2014, fecha del aniversario luctuoso de Miguel de Cervantes Saavedra. Los Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía, como es tradición, serán los encargados de entregar el galardón.

Por  Guillermo Velasco Tapia

Elena es la quinta mexicana en recibir este reconocimiento. Además de ella han sido premiados: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Como dato curioso: Fuentes, Pitol, Pacheco, Carlos Monsiváis y Poniatowska trabajaron juntos en los suplementos culturales de Fernando Benítez.

Elena ha cultivado los géneros de la entrevista, el ensayo y la novela. Su literatura es fuerte, vibrante, llena de emoción y desborda humanismo. Gusta de mezclar la ficción con personajes de la vida real. Entre sus heroínas de novela están Jesusa Palancares, Angelina Beloff, Tina Modotti y Leonora Carrington.

Como periodista se inició en los diarios Excélsior y en Novedades, actualmente escribe para La Jornada. En la colección Todo México se han reunido la mayoría de sus entrevistas, que en su mayor parte son a personajes del mundo de la cultura, como: Dolores del Río, Lola Alvarez Bravo, Roberto Montenegro, Marlene Dietrich, León Felipe, Gabriel Figueroa, Renato Leduc, Juan Gabriel, Carlos Chávez, Silvia Pinal, José Revueltas, Artur Rubinstein, Josefina Vicens.

Hasta Santa Claus ha sido víctima de las preguntas, aparentemente, inocentes e ingenuas de Elena. Cada entrevista viene acompañada de una pequeña explicación de la situación que rodeó sus encuentros con estas grandes personalidades o nos da información adicional sobre sus vidas y obras. El resultado es genial, entrañable. El lector puede conocer de cerca a esos famosos e ilustres seres. En este trabajo, no todo fue miel sobre hojuelas, a veces resultó ríspido, como la vez que fue a ver a Cantinflas:

-…Oiga, don Cantinflitas, ¿a usted le chocan los periodistas?
-No me chocan los periodistas. Y le hago la aclaración: “periodistas”…
Y más adelante:
-¿Admira usted a Chaplin?
-Sí
-¿Por qué?
-Nomás porque sí, no me gusta dar explicaciones.

Con Rufino Tamayo, su trabajo fue magnífico, aunque la esposa del pintor no quedó tan contenta:

..escuché a Olga hablar en voz muy alta por teléfono y dar los precios en un inglés macarronudo… …escribí: “Dis pichur is ten fausen dollar, no, no, dis pichur is fifti fausen dollar, no less…” …y tal como lo escribí se publicó… …los invitados me felicitaban : “¡Qué traviesa eres, cómo me has hecho reir!” Paz, los ojos chispeantes de malicia, me abrazó: ¡Qué Barbara!… …Yo no reía nada porque me di cuenta que los Tamayo, sobre todo Olga, estaban muy enojados… …El resultado es que nunca más fui requerida a su maravillosa casa de Malintzin…

Otra anécdota, que ella misma ha contado en muchas ocasiones: Lo primero que le dijo Diego Rivera al conocerla fue: Tengo dientes de leche y me como a las periodistas chaparritas. Por cierto, La Jornada ha vuelto a publicar la primera entrevista que Poniatowska le hizo a este gran pintor, uno de los tres grandes muralistas del siglo XX.

Ya en este tono de confidencias, es preciso decir que Elena es, por un lado de su familia, sobrina de la poetisa Pita Amor, conocida también como la Undécima Musa. Y por el otro nació con el título de princesa, pues su padre era sobrino del último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski.

Cabe señalar que estamos ante una creadora multipremiada. Recibió el Premio Nacional de Periodismo en 1978. Es Doctora Honoris Causa de ocho universidades, entre las que se encuentran: New School of Social Research de Nueva York; Manhattan Ville College, Nueva York; Universidad Nacional Autónoma de México; Universidad de Puerto Rico. Ha ganado dos veces el Premio Mazatlán de Literatura, en 1971 por Hasta no verte Jesús mío y en 1992 por Tinísima. En 2001 obtuvo el Premio Alfaguara de Novela por La piel del cielo. Es Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura 2002. Y por su libro Leonora le concedieron el Premio Biblioteca Breve 2011. Estos son sólo algunos de tantos reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera. Su obra ha sido traducida a más de diez idiomas, de los que destacan el inglés, francés y alemán.

Qué mejor manera de festejar a una escritora que leyéndola, y qué mejor que estas vacaciones decembrinas para hacerlo. Tenemos muchas opciones. Sí queremos novelas que nos llenen de asombro y de gozo podemos empezar por Tinísima; Querido Diego, te abraza Quiela; o Leonora. Y ¿por qué no? hasta con Las siete cabritas (acotando que no es una novela). En este libro, Elena, retrata de manera muy especial a personajes como Frida Kahlo, Pita Amor, Nahui Olin, María Izquierdo, Elena Garro, Rosario Castellanos y Nellie Campobello.

Ya si queremos algo de contenido más social, son imperdibles La Noche de Tlatelolco y Nada, Nadie: las voces del temblor. Elena también tiene libros acerca de grandes personajes masculinos como: Juan Soriano, niño de mil años, Octavio Paz, las palabras del árbol. Con este último libro estaríamos matando dos pájaros de un tiro, pues empezaríamos la celebración del centenario del natalicio de nuestro Premio Nobel de Literatura, que se cumple en 2014.

Otra opción es ir a la página web Descarga Cultura UNAM, y escuchar los podcast en su propia voz de dos cuentos: El corazón de la alcachofa (muy recomendable) y El recado. La dirección electrónica es: http://www.descargacultura.unam.mx/app1

Queda mucho por decir de Elena Poniatowska, pero ya me tengo que ir a leer Lilus Kikus y La piel del cielo.

Hace unos días falleció Armando Ayala Anguiano; lo conocí en sus oficinas de Contenido, en el cuarto piso de Novedades, cuando La Onda estaba en el tercero, y luego en el sexto, en las oficinas de Morelos, no en las de Balderas (a propósito, en algunas de mis pesadillas, me pierdo en el laberinto que había entre esos dos edificios; las noches de guardia, cuando cerraban la entrada de Morelos, cruzábamos por las oficinas de contabilidad, atravesábamos talleres, y llegábamos a donde estaba fotomecánica, donde con frecuencia empastelaban los pies de las fotografías, o ponían éstas en lugares equivocados; en esas pesadillas, me pierdo y me quedo encerrado en los elevadores, tan terribles que Gabriel Careaga prefería subir por las escaleras los seis pisos que sufrir el pavor de que lo agarrara dentro un temblor, como los que se sufrieron durante unos tres o cuatro meses seguidos a principios de 1979).

Me invitaba un cigarro en sus oficinas, donde se sentaba despatarrado, sin importarle la etiqueta. Su historia es muy misteriosa; Víctor Díaz Arciniegas me enseñó unas cartas en las que Fernando Benítez habla del proyecto, sugerido por su amigo y protector Fernando Canales, para hacer una revista mensual semejante a Selecciones. Pero por esos días Benítez publicó en Novedades una lista de sacadólares, entre los que estaban dirigentes del diario (la versión es de Ayala Anguiano); Benítez tuvo que emigrar con el suplemento a la revista Siempre!; con él se fueron sus colaboradores; dos fotografías muestran al grupo; al extremo derecho se encuentra Ayala Anguiano; pero la segunda, la más difundida, muestra sólo la espalda de don Armando; “ésa es la prueba de que me ningunearon”, me dijo en una ocasión, en la que me relató que Benítez tenía dos preferidos: Fuentes y él. Ambos publicaron su primera novela con meses de diferencia; la de Ayala Anguiano, Las ganas de creer era de gran audacia para su tiempo, tanto estructural como de lenguaje; en su segunda novela, El paso de la nada, hay una frase que supera casi cualquiera aun de las novelas más atrevidas: “lo nuestro fue lujuria a primera vista”.

Unos cuantos días no tiene las innovaciones de las primeras, a cambio de un ritmo narrativo impresionante. Pese a sus cualidades, fueron apenas comentados sus libros; él lo adjudicaba sino a un complot, cuando menos a un menosprecio, por la deferencia de Benítez; en el nuevo suplemento lo publicaron poco; a cambio, Benítez le dejó la revista que le ofrecía Canales: fundó Contenido y la dirigió hasta que su salud se quebrantó; de la eficacia, una muestra: a principios de los años noventa integraban el plantel de editores y reporteros cinco periodistas que, cuatro o cinco años después, eran altos mandos de diferentes revistas, periódicos y suplementos culturales.

Cuando renuncié al FCE, sin que cumplieran sus promesas de chamba algunos a los que después les fue muy mal (prueba de que “algunas veces viene el diablo y se pone de mi parte”), me encontré con Ayala Anguiano muy cerca de mi casa; me dio su dirección, y dos días después me llamó y me ofreció trabajo en la revista; aunque tenía oferta de irme al frustrado proyecto de Benítez, El Independiente (mejor conocido como El Inexistente), por invitación de Juan Villoro, acepté.
La oferta era para que me hiciera cargo de los libros que iba a publicar, pero también de la corrección de la revista, primero al lado de Rebeca Bolock (a quien Batis le decía “Block”), luego, Marxa de la Rosa, y después invité a Guillermo Anaya, quien sigue en la revista. Desde luego, me hice cargo de los libros; algunos, de Gabriel Zaid, de las novelas de Ayala Anguiano, y de sus libros de historia; hace unos días Genoveva Caballero aseguró que Juárez no tiene erratas; espero que haya aunque sea una, porque no puede haber libros perfectos en ese aspecto. Editamos libros condensados, como la historia de los césares, las memorias de Concha Lombardo de Miramón, Los bandidos de Río Frío, y otros.

Nunca demostró la deferencia que, fuera de las oficinas, hacía muy evidente: me invitaba a visitar librerías (una vez, tuvimos que esperar a que terminara su puro, del que no se desprendía, para ver la librería de Liverpool), a caminar por los alrededores de la revista; un par de veces, a comer sin que permitiera que uno, en correspondencia, pagara alguna vez; de su calidad de reportero me llamó la atención José Emilio Pacheco: fue el primero en hablar de la contaminación en México, y la causada por el detergente que suplió al jabón de pastilla (dato que viene también en Las batallas en el desierto). Alguna vez le mostré el libro que, sobre Agustín Lara, publicó Domés; de inmediato hizo trámites para reeditarlo; hasta Carlos Monsiváis entregó a tiempo, y en persona; José Antonio Arcaraz actualizó su texto, y tuvo la gentileza de dedicármelo como correspondencia a una reseña que él dijo que era de las mejores que había leído en toda su experiencia de lector.

Ante esas muestras, Ayala Anguiano se mostraba satisfecho, complacido, nunca rencoroso aunque muchos lo consideraron así. Conmigo fue más amigo que jefe, porque nunca le gustó el desmadre que echábamos en la sede de la revista con Héctor de Mauleón, José Antonio Oseguera, Óscar Alarcón, Genoveva (Caballero), Fabiola (Sánchez Palacios), Adriana (ROmero Cópil), Enrique Nieto, con mi amiga Elsa Rodríguez; en una ocasión cometimos sólo tres erratas en toda la revista; no nos felicitó él, sino a través de Luis González O’Donnell; pero al siguiente, donde dejamos escapar doce, nos regañó en persona, y despidió a uno de los responsables; a mí me eximió de la falla porque tenía una lesión en los ojos, y uno de ellos lo traje parchado.

No ignoraba las bromas que hacíamos sobre él, pero se desquitaba. A veces era incómodo porque, decían, afirmaba que si la realidad no era como él decía, la realidad estaba equivocada; no sabíamos qué decir cuando afirmaba, enfático, que con un reportaje para el siguiente número provocaría la caída de Fidel Castro. Sin embargo, cuando acepté una invitación de Humberto Musacchio para mudarme a El Financiero, me costó renunciar; fue muy generoso, pues el finiquito fue tan sustancial como una liquidación; me ofreció cartas de recomendación, y la seguridad de que las puertas de Contenido estarían siempre abiertas para mí; y en efecto, conservé su amistad, y la de muchos a quienes conocí en la revista. A su muerte me queda la sensación de que nos faltó una plática.

 

Supermexicanos lamenta el fallecimiento del historiador y cronista de la Ciudad de México, Guillermo Tovar y de TeresaEl desaparecido historiador, hermano del presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Rafael Tovar y de Teresa, nació en la Ciudad de México en 1956. Su interés por la historia surgió cuando era apenas un niño, y fue alimentado por los volúmenes de la gran biblioteca de su abuelo, Guillermo de Teresa y Teresa. Su erudición en la materia ya existía desde temprana edad. Incluso en su adolescencia fue consejero de asuntos de arte colonial para la Presidencia de la República y colaborador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Su primer libro, Noticias históricas de la Delegación Miguel Hidalgo, fue publicado en 1976, cuando contaba con 19 años de edad. A este le siguió Pintura y escultura del Renacimiento en México, tres años después.

En 1986 fue nombrado cronista de la Ciudad de México, cargo que habían ocupado Miguel León Portilla, José Luis Martínez y Salvador Novo. Fundó en 1987 el Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, del que formaron parte académicos y artistas como Octavio Paz, Rufino Tamayo, José Iturriaga, Fernando Benítez, José Luis Martínez, Luis González y González, Emmanuel Carballo, Ramón Xirau y Fernando Gamboa. Tovar permaneció como Cronista Emérito.

Algunos de sus libros más celebrados son Bibliografía novohispana de arte (1988) –resultado de una profunda investigación que mereció mereció la beca Guggenheim–, La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido (1990), Pegaso o el mundo barroco novohispano en el siglo XVII (1993) y Crónica de una familia entre dos mundos. Los Ribadeneira en México y España (2009).

Apasionado promotor de la herencia cultural mexicana, obtuvo las medallas Benito Juárez de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1972, Miguel Othón de Mendizábal del INAH en 1985 y al Mérito Ciudadano de la Asamblea de Representantes del Gobierno del Distrito Federal en 1995.

Formó parte de la Comisión Nacional de Preservación del Patrimonio Cultural de México y fue miembro correspondiente en México de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, asociado honorario de la Hispanic Society of America, de la Antigua Sociedad de Bibliófilos Mexicanos y del Comité Ejecutivo para el Rescate del Centro Histórico de la Ciudad de México.

Información del INBA

He contado esta historia varias veces, desde diferentes ángulos, con distintos enfoques, y con intenciones diversas, pero siempre ha sido verdad. Había ganado algo de dinero, y tuve para adquirir algunos libros; los 25 pesos me sirvieron para comprar Farabeuf y Las buenas conciencias; poco después, fueron Gazapo y las autobiografías de Monsivás, Sainz y Leñero; por la amistad de mi padre con Antonio Navarrete (eran vecinos de trabajo, en San Juan de Letrán) conseguí baratos La cabaña y Estudio Q, y poco después, El viento distante.

Por Eduardo Mejía

Compré quién sabe cuántas veces No me preguntes cómo pasa el tiempo, y lo regalaba, hasta que José Emilio Pacheco me puso la primera dedicatoria (mi ejemplar, primera edición, tiene tres, de diferentes años y por diferentes pretextos); conseguí, aunque ganaba poco, y de manera esporádica, varios libros que se mantienen en buenas condiciones, a pesar de que por entonces aún prestaba libros.
Pero los primeros, Las buenas conciencias y Farabeuf, los leí en estado hipnótico; los compartí con Paco Alvarado; él leyó primero el de Fuentes, y yo el de Elizondo; los leímos en dos días. Hablar de mis lecturas anteriores es vago, difuso, los recuerdos se entremezclan, y me remiten sobre todo a poesía, que ya también conté que leí de manera frenética gracias a que Miss Gladys (la leyenda de la secundaria 12, como me escribe Arturo Valdés Olmedo, quien también la sufrió) me perseguía y yo me refugiaba en la biblioteca de la escuela, y memoricé varios libros enteros.
Buscaba, y encontraba, afinidades para la incipiente rebeldía, contra la normalidad y a favor de la disidencia; casi todos los libros que comencé a leer a los 17 o 18 años me abrían puertas para ver la vida de manera distinta a lo que decían los cánones; la escena en la que Jaime Ceballos se topa con su padre en un burdel me causó un impacto inesperado, que aún logro reproducir al releer casi cualquier libro de Carlos Fuentes.

Esta escena tuvo lugar semanas antes de que Luis Donaldo Colosio fuera nombrado candidato del PRI a la presidencia de la República; como secretario de Desarrollo Social organizó un simposio que tuvo como sede el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, por el Metro Juanacatlán; hacía poco había comenzado a trabajar en El Financiero, y Carlos Ramírez me pedía crónicas; cubrí el simposio, en donde hubo algunos momentos divertidos, como cuando Luis González y González reprochó a Héctor Aguilar Camín lo que aprobaba de Estados Unidos (su jazz, entre otras cosas), el discurso de inauguración de Colosio, en Los Pinos, que describí con el acto de un reportero que, al terminar el discurso, le mostró a otro su libreta de apuntes, en blanco; al día siguiente Enrique Krauze me detuvo para felicitarme por lo que había reseñado. Hacía tiempo no lo veía y a partir de entonces nuestro trato, cordial, se incrementó.
Pero el momento culminante tuvo lugar cuando Carlos Fuentes dictó su ponencia magistral, de verdad magistral, que por desgracia no ha sido reproducida, pero que fue excelente; Colosio había dispuesto una valla que protegiera a Fuentes de sus admiradores, y lo llevarían derecho a un automóvil, sin que pudieran acecharlo, pedirle autógrafos, estrechar su mano; pero Fuentes rompió la valla para acercarse, me extendió la mano y me dijo “Eduardo, tenemos que vernos para terminar esa charla. Háblame”, y se despidió estrechándome la mano con ambas manos. Luego volvió al centro de su protección y se fue, con paso firme, hacia el automóvil, custodiado por Colosio. La mayoría de los asistentes me miró con sorpresa y no pocos con odio.

Otra escena, que explica la anterior: en un salón de la avenida Universidad, Arturo Trejo y Pancho Conde (creo, con firmeza, que fueron ellos) me presentaron con Carlos Fuentes, en un intermedio de la presentación de El naranjo: “Maestro, ¿conoce a Eduardo Mejía”; su respuesta fue inmediata: “No, pero lo he leído y me parece un crítico excelente”, me estrechó la mano, y me puso una dedicatoria en mi ejemplar en que por escrito reafirmaba lo que había dicho en voz tan alta que no pocos pensaron que exageraba.
No, Carlos Fuentes había leído todo, a todos; cuando el incidente con José Buil, Marco Antonio Campos me comentó por teléfono: Fuentes dice siempre eso, “excelente poeta”, “excelente cuentista”; a lo mejor exageraba, pero podía citar versos, líneas del cuento, de la crítica, de la reseña, de la novela, porque en efecto los había leído; hacía sentir bien a los interlocutores; Xavier Velasco dijo que, después de un elogio de Fuentes, uno llega a la casa, conmocionado, se deja caer en la cama, y se pone a llorar sobre la almohada durante varias horas.
Había una razón por la generosidad de Fuentes en su elogio que, desde luego, casi me dejó mudo: Marisol Schulz había entrado a trabajar a Alfaguara; antes, entre ambos hicimos la mayor parte de una bella colección coeditada por el Fondo de Cultura Económica y el CIESAS; el primer trabajo que le encomendaron en Alfaguara fue editar El naranjo, y me llamó para que hiciera una lectura crítica; propuse varios cambios, señalé algunos anacronismos, y alguna otra errata, que fueron aceptados por Fuentes; la edición salió casi perfecta, excepto un dato que no advertimos ni Marisol ni Fuentes ni yo, sólo José Emilio Pacheco, y creo que sólo él sabía la exactitud del error inadvertido. Pacheco sabe todo de todas las materias, no sólo las literarias.
En la presentación del libro, Sealtiel Alatriste le dijo a Fuentes que yo había trabajado en el texto, y eso me permitió cruzar algunas palabras: acababa de escribir una biografía de Guillermo Haro, y sabía que Haro le proporcionó a Fuentes la hospitalidad ideal para escribir: el aislamiento en Tonantzintla, en el Observatorio, donde los astrónomos trabajan de noche, y el local, en el día, ofrecía tal silencio que lo único que escuchaba Fuentes mientras escribió Aura, La muerte de Artemio Cruz, los cuentos de Cantar de ciegos, Zona sagrada y gran parte de Cambio de piel, era el canto de los grillos; ninguno de los astrónomos, en cambio, se quejó del golpeteo de las teclas de la máquina de Fuentes en esas cerca de dos millares de cuartillas; tampoco fue el único que escribió en la soledad y aislamiento de Tonantzintla: por lo menos Fernando Benítez escribió la mayor parte de sus Indios de México bajo la amistad y hospitalidad de Haro. Haro es uno de los grandes personajes de México, y gracias a Víctor Díaz Arciniega, el doctor Jorge Ojeda, en esos momentos director del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, me encargó que escribiera una biografía de Haro; para ello, me recibió varias veces en Tonantzintla, donde muchos de los mejores astrónomos del mundo me hablaron de la generosidad, el rigor, la inteligencia de Haro, y alguno me contó varias anécdotas que involucraban a Fuentes; esa noche de 1993 le dije del proyecto, y que no podría dar por terminado el trabajo mientras no corroborara o desmintiera esas anécdotas; me dijo que con gusto, me dio su teléfono, y después, en el IMCE, reafirmó que teníamos pendiente la plática.

Después de El naranjo Fuentes publicó algunos libros en los que no trabajé: Los años con Laura Díaz, Diana o la cazadora solitaria, Instinto de Inez; en ésta, pude haber evitado el error más evidente: la trama consiste en que una pareja de artistas inteligentes se ven cada año, y refrendan su amor; uno de los ritos es que cada año cambia de manos un objeto, mágico; pero en una de esas ocasiones en vez de que ella lo entregue, vuelve a recibirlo, lo que rompe la ensoñación del objeto; en la segunda, yo tenía el libro del que se dijo que Fuentes había tomado parte de la anécdota; pero más allá de ello, hubiera advertido, por mi afición a la música, una inexactitud: hay una parte en la que Fuentes afirma que el mundo del rock estaba conmovido por las tranquizas que le daba Ike a su esposa y cantante Tina Turner; sin embargo, esa situación se supo hasta que ella se separó de él y reveló que la golpeaba; había otras inexactitudes que no cambian la esencia del libro, pero que le restan verosimilitud.
Volví a trabajar en otro libro de Fuentes, que lo disfruté como pocas novelas: La frontera de cristal, que pese a que narra un periodo muy tenso de la política y de la vida social mexicanas, tiene muchas escenas regocijantes; una de ellas, cuando habla de la gastronomía estadounidense, literalmente me tiró de la silla por las carcajadas que me provocó. Una corrección que me atreví a hacer es también memorable, para mí; en una parte de la novela los padres del narrador, a causa de la crisis, no pueden adquirir una casa en la colonia Cuauhtémoc, y deben conformarse con una en la Nueva Anzures: al margen del texto afirmé que la Nueva Anzures es más cara, mejor cuidada y con mayor plusvalía que la Cuauhtémoc; cuando Marisol le mostró la marca a Fuentes, divertido, preguntó cómo sabía eso: “él vive en la Nueva Anzures”, le dijo Marisol; aceptó hacer el cambio, muerto de la risa.
En total, trabajé en once de los libros de Fuentes, y sólo uno en reedición: la conmemorativa de los 50 años de La región más transparente, donde corregí algún anacronismo, más de una errata, y puse una mayúscula importantísima que faltaba desde la primera edición, y que subsiste en todas las ediciones del Fondo de Cultura Económica, en la de Planeta, en la de Aguilar y en la de Cátedra; por desgracia, pese a la edición de Alfaguara, el FCE y la Academia perpetraron los errores que nosotros, el equipo integrado por Ramón Córdoba, César Silva y yo, ya habíamos enmendado. Ni en El naranjo ni en La frontera de cristal me dieron crédito por mis correcciones, pero sí en La región más transparente, La Silla del Águila, Inquieta compañía, Todas las familias felices y La voluntad y la fortuna; después Alfaguara comenzó a omitir los créditos, pero a su editor, Ramón Córdoba, le debo haber colaborado en Adán en Edén, Carolina Grau, Federico en su balcón y en el único libro no narrativo, Personas. En todos hice señalamientos, y con orgullo declaro que la mayoría los aceptó Fuentes.
Pero eso es lo de menos; trabajar en esos once libros me dio el privilegio de comprender las entrañas de su obra; leer párrafo por párrafo me hizo entender sus siempre complejas estructuras, y disfrutar la riqueza de su lenguaje, el ritmo de la narración, el por qué de sus adjetivos, siempre inesperados; las citas que, dada su enorme cultura, aparecen escondidas en medio de episodios dramáticos; a qué se refería en realidad cuando describía una escena, quién era el verdadero protagonista de una anécdota que le achacaba a un personaje ficticio que repetía algo de la vida real.
En La Silla del Águila vi con claridad que detrás de la historia (que después la realidad hizo tragedia real en la política mexicana) estaba una lectura cuidadosa, muy inteligente y bien asimilada de Maquiavelo; con mis observaciones y correcciones, le envié a Marisol un comentario: este libro es Maquiavelo en novela; cuando Marisol se lo mostró a Fuentes aceptó el elogio, y después, cuando presentó la novela en Italia y en Inglaterra, repitió el comentario: Maquiavelo en novela.
La voluntad y la fortuna es otra lectura filosófica hecha novela: Schopenhauer, tanto en la observación de la vida, como en otros aspectos menos políticos pero no menos contundentes: la perversidad de la mujer; hay una escena que Fuentes toma de uno de los libros menos comprendidos de Schopenhauer, quien dice que uno de los momentos más angustiosos para un hombre es cuando se encuentra en medio de dos mujeres que se lo disputan; en la novela sucede algo basado en ello, y pese a que está narrado con humor, se ve también la angustia del protagonista.
(Hubo otro libro de Fuentes en que participé de manera parcial: de visita en el Fondo de Cultura Económica, Felipe Garrido me preguntó si tenía tiempo para corregir un libro: me entregó el original de Agua quemada; no toqué el texto, sólo la puntuación, para adecuarla al estilo editorial mexicano.)
Fruto también de sus lecturas inteligentísimas fue uno de sus libros más personales, Todas las familias felices; aunque sucede en México, no oculta su origen: las novelas de Tolstoi, con todo y la comicidad de algunos pasajes que narran la complejidad y contradicciones de las relaciones amorosas. Tolstoi, como se sabe, es uno de los más profundos pensadores del cristianismo.

Gustavo Sainz descalificó La Silla del Águila; dijo que Fuentes era incapaz de adivinar el futuro, que ponía situaciones y personajes del siglo XX en el primer cuarto del XXI; dijo que revelaba su falta de imaginación. Eso lo desmiente la habilidad para pronosticar situaciones que se dieron luego de que él las escribió: por ejemplo, antes de que comenzaran a aparecer decapitados en varios estados de la República, aparecieron en las novelas de Fuentes; el desvarío de ciertos políticos, Fuentes los adivinó y los ridiculizó meses antes de que se hicieran tan evidentes sus ambiciones; en Federico en su balcón, novela emergida de sus lecturas del siempre apasionante Nietzsche, Fuentes pronosticó la aparición de un movimiento estudiantil, pero diferente del de 1968, manipulado y manipulable, y con tendencias conservadoras e incluso reaccionarias; pero ni los críticos ni los políticos, ni menos aún los estudiantes, advirtieron ese pronóstico; es más, excepto José Emilio Pacheco, no aparecen los lectores de Fuentes por ningún lado.

Ramón Córdoba me pidió un texto para el tríptico publicitario de Personas; por desgracia, coincidió con su fallecimiento; las publicaciones mexicanas pidieron a la editorial algo para publicar; Ramón dio mi texto, que reprodujeron íntegro, como si fuera de ellos, varias revistas que, sin saberlo, rompieron su juramento de no publicar nada mío, je je.

Dice un amigo, del que no puedo revelar su nombre porque cualquier declaración suya se volvería oficial de la institución a la que pertenece, que Fuentes, con sus primeros libros, se puso al frente de la literatura mexicana; que con sus libros de los primeros años sesenta se puso al frente de la literatura hispanoamericana, y a partir de Terra Nostra se puso al parejo de la literatura universal; curiosamente, dejaron de leerlo en México, lo descalifican a priori, y lo culpan por no entenderlo; sus últimas novelas son ilegibles para muchos lectores que carecen de las claves para entenderlo; para hablar de él, han recurrido al anecdotario, a revelar intimidades, a decir que fueron sus amigos; la mayoría de quienes declararon a su muerte, sucedida hace un año (estaba en Los Ángeles, luego de mi fallida intervención en la Feria del Libro presidida por Marisol), los declarantes mostraron que se detuvieron en La muerte de Artemio Cruz, y algunos hasta lamentaron que haya seguido escribiendo sin repetirse; los más audaces mencionaron Cambio de piel, pero también demostraron que su lectura fue muy superficial.
El tiempo será testigo de que Fuentes se adelantó a su época, a sus contemporáneos, a sus lectores. Al releer La región más transparente, y al releer (en un viaje a Xalapa, de un tirón) La muerte de Artemio Cruz, veo que, inconscientemente, copié escenas suyas en uno de mis relatos, escrito todo con frases ajenas, saqueadas de cuentos, novelas, tiras cómicas, canciones, aunque la anécdota sea mía, totalmente original; estaba muy consciente de dónde había tomado cada frase, excepto esas dos, que pensaba originales: no, habían sobrevivido en mi subconsciente durante muchos años.
También al releer La región más transparente veo cuánto le deben autores que lo reconocen y otros que no lo aceptan, pero sin esa novela nuestra narrativa de los años sesenta, setenta y ochenta, hubiera sido otra muy distinta, y creo que peor. Así, también creo que la narrativa de los próximos 40 años estará basada en los libros más recientes de Fuentes, cuando se acaben los prejuicios (favorables o desfavorables) y lo leamos con la inocencia que requiere le buena lectura.

Termino como empecé, de presumido: tengo varias ediciones de La región más transparente: la primera, una de la Colección Popular, donde la leí por primera vez; la de Cátedra, malísima; la conmemorativa de los 40 años, la muy mala de la Academia de la Lengua, y la conmemorativa de los 50 años; tengo la primera edición de Las buenas conciencias, y la de Popular, donde la leí por primera; tengo la primera de La muerte de Artemio Cruz (y la sexta, en que la leí por primera y por segunda vez); tengo la primera de Aura, y la segunda, tan buscada como la primera, de Los días enmascarados; la primera de Cantar de ciegos, la cuarta de Cambio de piel, obsequio de Gustavo Sainz, y a partir de allí, todas son primeras ediciones, incluidas algunas no venales, y otras muy raras, como su libro sobre José Luis Cuevas; pude detectar que en la compilación de cuentos se colaron cuatro fragmentos de novela, y descubrí que me sabía (casi) de memoria esos capítulos, así como me sé de memoria Historia de cronopios y de famas, Historia universal de la infamia, Las batallas en el desierto, y las primeras versiones de los primeros libros de poesía de José Emilio Pacheco, y muchos poemarios completos, como Los versos del capitán; en cambio, con la edición conmemorativa de Aura descubrí que lo había leído mal, con premura, sin disfrutarlo.
Descubrí también que Carlos Fuentes es un autor que se disfruta en la juventud, pero mucho más en la madurez. Y añado que Fuentes me hizo entender mucho cine, que disfruto sus esporádicas apariciones en la pantalla, que su versión de una mala película como Tiempo de morir es disfrutable por sus diálogos, por sus guiños, por sus referencias a otras cintas, sobre todo westerns; y que su versión de El gallo de oro, con todo y sus fallas, es menos pretenciosa y más divertida que la de Ripstein. Y una petición: ¿alguien tiene que me venda, sin abusar, el libro de Fuentes sobre el 68?

Desde luego, agradezco a Marisol Schulz y a Ramón Córdoba (el Gran Dramón) haberme privilegiado al participar en tantos libros de Carlos Fuentes

Cuenta la leyenda (me la narró uno de los hermanos López Gallo hace más de 40 años) que llegó Carlos Monsiváis a la redacción de México en la Cultura, y soltó (¿a quiénes: Fernando Benítez, Vicente Rojo, Gastón García Cantú, Armando Ayala Anguiano?): acabo de ver la tragedia de María Luján; y ante el silencio de los que lo oyeron, exclamó: si con eso no lloraron, nada los va a conmover.

Por Eduardo Mejía

El último cuplé tuvo el récord de más semanas en un cine de estreno en México, nada menos que 60 en el cine Arcadia, que estaba en la calle de Balderas, muy cerca de la avenida Juárez. Se estrenó la cinta el 1 de agosto de 1957 y no fue sustituida sino hasta el 31 de octubre de 1958, con Fedra, española como de Juan de Orduña, con Emma Penella, y que duró tres semanas en exhibición.


 

Por los mismos días del estreno de El último cuplé también llegaron a las pantallas, entre otras, Cómicos de la legua, con Martha Valdés y Resortes (dos semanas), El gato sin botas, con Germán Valdés y Martha Valdés (dos semanas), Tammy… flor de los pantanos, con Debbie Reynolds y Leslie Nielsen (seis semanas), Vuelo a Hong Kong, con Barbara Rush (una semana, pero en tres cines), La estrella rota, con Howard Duff (una semana), Gigante, con James Dean y Elizabeth Taylor (cuatro semanas, en dos salas grandes [Polanco y Alameda]), Camino del mal, con Ana Luisa Peluffo y Armando Silvestre (cinco semanas; la reseña de Emilio García Riera es divertidísima).

Algunos años más tarde, en 1969, vi Ulises, que duró una sola semana en el Arcadia, pese a lo curioso del film; ahora que la memoria me pone trampas: ¿la vi, junto a Paco Cabrera y Arturo Luciano, dos forofos de Joyce, en el Arcadia, o confundo ese cine con el Versalles, por el rumbo, pero más hacia la colonia Juárez? No sé si valga la pena el esfuerzo de la concentración para recordar la sala exactamente. Se estrenó en el Arcadia, pero los filmes recorrían un circuito que culminaba, si se estrenaban en el Roble, en el cine Tepeyac, luego de pasar por el Cosmos, el Tacubaya, el Soto y otros, o si era en otros cines, en el de La Villa o el Lindavista. Vi Nevada Smith en el México, en el Cosmos, Soto y en el Tepeyac en semanas consecutivas; la vi en TV varias veces, y ninguna desde que la adquirí en Beta, VHS y DVD (Woodstock, Singin’ in the Rain y Calabacitas tiernas son las otras que las tengo en esos formatos; me falta adquirirlos en Blue Ray) (Por cierto, en el ahora clandestino Teresa vi, en una misma función, Freud y Singin’ in the Rain: curiosidades de los programadores).

Estaba en El último cuplé; no tenía edad para verla, y seguramente no le hubiera entendido; mejor dicho, es seguro que no la hubiera entendido porque, luego de muchos años del prestigio de haber sido la cinta con mayor permanencia en un cine de estreno (rascuachón, pero de estreno) la vi en un reestreno, y dos veces en televisión, y no supe de qué se trata, sólo sé que los gimoteos de Sarita Montiel son fingidos, artificiales, y no conmueven. Visto en retrospectiva, conmovió más el disco, murmurado por la actriz a media voz, un poco melodramática; las canciones tienen un mucho de picardía que insinúan actos sexuales (“Balance, balance”, “Ven ven”, “Fumando espero”), entrega no narrada (“El relicario”), burla ante la impotencia y frigidez (que luego se quejan de que sus maridos las llamen sosas, o las esposas a ellos), y una de ardida que merecería una versión con mariachi (“Tú no eres eso”: y no es que me importe haberte querido, que limosna también se da a un pobre, y tú pobre has sido).

En la portada, en primer plano, lo que Juan Marsé llama “los primeros senos del cine nacional [español] que merecieron cierto interés por parte del Sindicato Nacional del Espectáculo”) acentuados por un escote muy provocativo, que fue motivo de una novela de Gonzalo Celorio (Amor propio, acerca del autoerotismo, más audaz pero también más inocente que Puerta del cielo, de Ignacio Solares acerca de la excitación provocada por la imagen de una virgen). No hay trama, unos cuantos pasajes entre una canción y otra. Sólo recuerdo que cuando uno de mis tíos nos visitaba, pedía que le prestáramos el disco, que observaba con placer. También veía con deleite la portada del soundtrack de Cabaret trágico, y auguraba (1958) que un día se inventaría una consola en donde se pusiera el disco y reprodujeran imágenes en la televisión contigua (en efecto, había consolas que tenían en el mismo mueble radio, tocadiscos y televisión, pero cada uno con su función independiente).

Dos años antes, una cinta francesa, mucho mejor hecha, calificada por Truffaut como el mejor ejemplo de cine negro, Rififi, de Jules Dassin, duró 31 semanas en el cine Del Prado; no hay comparación entre las dos cintas, y aunque el Del Prado y el Arcadia cobraban lo mismo por boleto, cuatro pesos, estaban dedicados a públicos diferentes, pero eso no explica que haya estado catorce o quince meses en cartelera. El récord duro menos de diez años, porque en 1965 se estrenó una cinta que duró cinco semanas más, es decir, 65, en el entonces lejano cine Manacar. Fue The Sound of Music (en la sátira del Mad, The Sound of Money), bautizada como La novicia rebelde, de Robert Wise con Julie Andrews (en España, Sonrisas y lágrimas), recibe la segunda máxima calificación en los libros de Leonard Maltin, tres estrellas y media, mientras que en la enciclopedia de Internet Imdb recibe un altísimo 7.9, la misma que Soberbia, la sensacional cinta de Orson Welles (el remake de Arau tiene 5.9, demasiado alta; sólo puede verse por la presencia de una Madelein Stow antes de Revenge).

En 1968, poco antes del estallido del Movimiento Estudiantil, en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes, en una mesa redonda sobre la cursilería, José de la Colina se calificó de cursi cuando descubrió que le gustaba esta cinta; de cualquier manera, 65 semanas son muchas para una cinta así, y más si tomamos en cuenta que cuando se estrenó en México Singin’ in the Rain duró sólo cuatro semanas en el cine Roble (en sus reestrenos en los años sesenta –¿cine México?–y setenta –¿cine Ópera?– duraron bastante, pero no más de dos meses. Años después hubo estrenos más duraderos: Nacidos para perder, Les Valseus… (Estos datos los obtengo de las Carteleras cinematográficas, de María Luisa Amador y Jorge Ayala Blanco, desde luego.)

Es inexplicable que una cinta tan mala, sin argumento, sin ilación, con malos actores (¿es necesario repetir la anécdota de Manolo Calvo, actor de este filme?), haya llamado tanto la atención, haya llevado a tanta gente al cine, sobre todo que el criterio para que permaneciera en cartelera hablaba de más de media sala por función. ¿Fue la presencia de Sarita Montiel?

Debutó muy joven en España, y muy joven, de veinte años, vino a México, donde hizo varias malas películas; lo curioso es que su prestigio se basó en la belleza (no el tamaño, sino la forma y la firmeza) de sus pechos, y en su mejor actuación en México, el mecánico Pedro Infante le espía las piernas (que no eran bellas; tampoco tenía nalgas, recuerda reiteradamente Juan Marsé) desde el foso de un taller mecánico: “Zapatitos”, la llama, sin poder verle la cara; y cuando se la topa en un camión, la reconoce por los tobillos (Necesito dinero).

Hay que recordar Se solicitan modelos, no la película, bastante mala, sino la fotografía en donde está en traje de baño, junto a otras actrices; la que más llama la atención es Amparo Arozamena, a la que encasillaron de actriz cómica y nos privaron de ver con más detalle su belleza, que resalta en Juntos pero no revueltos, que ahora pasado el tiempo creo que es la mejor de Jorge Negrete, junto a Dos tipos de cuidado.

Doy muchas vueltas, pero es que no me explico cuál es el motivo por el que hubo tanto revuelo con el fallecimiento de Sarita, los tumultos para verla en su camino al cementerio, las expresiones de pesar; reviso su filmografía y no encuentro nada más sobresaliente que Veracruz, de Anthony Mann, con quien casó poco después, y Jefe Búfalo Bill, de Sam Fuller; son dos buenos westerns, pero no justifican la fama de Montiel; tampoco entiendo por qué prefirió llamarse Sara y no Sarita, como se le conoció en México. Conmovió a la gente cuando se declaró en dificultades económicas, y más cuando su contador se quejaba de que gastaba varias veces más de lo que obtenía como ingresos.

No me explico nada: ni la permanencia de El último cuplé, la fama de haber sido la película con mayor permanencia en cartelera, rebasada, como vimos, varias veces, aunque no recordemos las otras sino ésta; la fama aunque no estaba sustentada en su belleza, ni en su calidad histriónica ni en su simpatía (sus papeles menos malos la presentan arrogante, con gesto altivo menospreciando al simpático Pedro Infante, al menos simpático Joaquín Cordero), sumisa hasta que la conquistan y pasa a ser fierecilla domada. Conquistó a Anthony Mann (como Begoña Palacios a Sam Peckimpah), y luego se divorció de él para hacer cintas aún más malas.

Ahora lo comprendo todo, debería decir, si lo comprendiera; salto cuando escucho la frase no en labios de Arturo de Córdova, quien la inmortalizó; la escucho en la voz chillona de Ninón Sevilla, exclamada con sorna cuando Fernando Soler le muestra un tambache de billetes: te corrompiste, tú, el juez justo, o algo así; el atarantamiento viene cuando asocio la frase pronunciada por Viruta, por Agustín Isunza, Pedro Infante, Jorge Negrete, Germán Valdés, José María Linares Rivas, por decenas de actores y por unas cuantas actrices. ¿Ninón Sevilla? Su famosa frase “¿Qué puedo hacer con estas piernas, señor juez?” mientras se levanta la falda para mostrar los muslos, pierde su eficacia cuando pronuncia “ahora lo comprendo todo”, que seguramente es la frase más frecuente del cine mexicano por lo menos hasta los años setenta. El argumento de Sensualidad es de Álvaro Custodio con el director Alberto Gout; pero la pronuncia Arturo de Córdova en todas las cintas cuyo argumento y adaptación es de Edmundo Báez, responsable del argumento, guión, adaptación o diálogos de 90 filmes, entre ellas no Sensualidad, aunque sí otras con Libertad Lamarque, Marga López, Jorge Mistral, Domingo Soler; la más memorable de las escenas con esta frase es de Isla para dos, la peor de todas las que protagonizó De Córdova, o por lo menos la más absurda.

A partir de ahora recomienzo a ver cine mexicano para recopilar el mayor número posible en las cuales se pronuncie “Ahora lo comprendo todo”; sin embargo, ninguna película mexicana, argentina, cubana, española, lleva ese título.

Muchos cinéfilos niegan serlo o haberlo sido; o si lo asumen lo hacen como pecado, como una losa (pesada, agregan), un martirologio, algo que nos redimirá de nuestras culpas; ¿cómo medir una cinefilia o cinemanía? ¿Por el número de películas vistas? ¿Por la capacidad para intuir cuáles son las buenas? ¿Por la capacidad para aguantar malos filmes? ¿Por la necesidad de ver cine a todas horas, aunque sea en televisión, o en cines de piojito, de postergar un coito –o apresurarlo– para ver una cinta? ¿Por la capacidad pare memorizar escenas, y luego ver sólo fragmentos de una película sólo para volver a ver esa escena memorable, o de aguantar cintas malas por una sola escena? ¿Por el número de veces que puede verse una cinta sin cansarse?
Hago el recuento de cuantas películas he visto en las que aparecen Wolf Ruvinsky (unas 97 de las 157 que protagonizó), Carl Hillos (el 85 por ciento de las más de cien en las que dice una frase, o sólo se hace presente), Dolores Camarillo (73 de 127, sólo como actriz, sin contar las veces en que fue la maquillista), 129 de 238 de Emma Roldán (incluidas todas las buenas; su mejor frase, “con tal de chotearle la mercancía al dotorcito”, cuando justifica que Infante vea a Elsa Aguirre en calzones), y 178 de las 272 en las que aparece Hernán Vera, entre ellas, todas en las que aparece de cantinero. Por ello, creo que me gusta el cine. No compito, sin embargo, con Marco Antonio Pulido, quien me recitó la filmografía completa del Indio Calles, en venganza por haberle ganado una trivia sobre el único guión de Antonio Espino. Fue él quien me hizo ver la importancia de la frase “Ahora lo comprendo todo”.

Un cargo más contra las mujeres, no recogido por James Thurber: ¿no es cierto que conducen los autos con la lengua, sobre todo las maniobras difíciles?

No es por presumir, pero cuando me dedicaba a la narrativa, interrumpí un par de novelas cuando descubrí que la trama la usaba algún otro autor; ambas veces, esas novelas eran recientes; en contra mía, puedo decir que son las novelas menos celebradas de esos autores; con satisfacción vi que un autor muy reconocido en todo el mundo de habla hispana utiliza (cierto, en la menos conocida de sus novelas) la misma estructura y la misma solución que yo en mi primera novela, casi diez años después de la mía.

Ahora encuentro que en un par de sus relatos incluidos en De repente un toquido en la puerta, Etgar Keret usa un argumento acerca de mundos paralelos, y otro sobre la temporalidad de infidelidad sexual, que abordé en mis capítulos de El juego de las sensaciones elementales, mi novela a cuatro dedos, con Gustavo Sainz; más asombrado quedé con el remate de otro cuento, “Abrir el cierre”, con esta frase: “Si hasta le había escrito una canción a ella que había titulado ‘Diosa’ y toda la canción se trataba de cómo tenían sexo en el malecón y de cómo ella se venía como ‘una ola estrellándose contra la roca’, literalmente” (Editorial Sexto Piso, pág. 77, 2012). Mi tercera novela se titula Una ola que se estrella contra las rocas.
Arroooooz (frase que hizo célebre Mauricio Garcés en Estudio Ponds, en que lo acompañaban Chucho Salinas y Lulú Parga, pero que en el cine mexicano se usaba bastante antes).

Juan Marsé es el escritor más reacio a usar la red para promoverse; hay, sin embargo, una página con su nombre, oficial, con datos biográficos (incompletos, no menciona más que una vez a Joaquina, su esposa y nuestra amiga), con bibliografía incompleta (sin editoriales ni año de edición); la única anécdota y único dato no frío ni impersonal, fue que una vez aceptó asistir a un coctel (es también reacio a las relaciones sociales, bastante arisco) porque iban a presentarle a Yves Montand; y fue porque al estrechar la mano del actor iba a estar más cerca que nunca de tocar las partes pudendas de Marilyn Monroe. Uno de mis amigos más cercanos, de los mejores escritores, tío de mis hijos, alguna vez nos contó a Isabel Fraire y a mí que había estrechado la mano de un escritor estadounidense porque sería como tocar, a trasmano, el trasero de una famosa primera dama de Estados Unidos. Omitió el nombre del escritor, no el de la ex primera dama.

Circula un video en youtube, una escena suprimida por Richard Lester en Superman II; una mujer rueda por la azotea de El Planeta y cae al vacío; Kent, a gran velocidad se despoja del traje de reportero; por el remolino que provoca se le sube la falda a una reportera y muestra las tarzaneras (de aquella época: bikini, no tanga ni “G”); ya en la calle, desvía la caída de la mujer, a la que también se le atisban las panties; Stanley Donen hizo que se repitiera toda la coreografía de “Broadway Melody” en Singin’ in the Rain porque, al terminar de rodarla, los técnicos advirtieron que en el traje que usa Cyd Charisse se notaba su vello púbico; antes de que se hiciera público, aunque sólo para unos cuantos fijados, prefirió volver a filmarla, sin omitir el erotismo del baile, sobre todo cuando levanta la pierna para regresar el sombrero al azorado Gene Kelly.

Y acerca de los errores frecuentes en los diarios, me pregunta José de la Colina qué pienso de “sector automotriz”, “el concierto inicia” y el uso de “evento” como sinónimo de fiesta, conferencia, acto. Le reviro: ¿y de “que no se vuelva a repetir”, que se usa a diario? Y de “la primera vez que lo conoció”?