Hace poco, la policía de Cancún me detuvo en uno de los retenes que —especialmente los fines de semana— establece en distintos puntos de la ciudad para detectar a conductores ebrios. Ya en alguna otra ocasión me había ocurrido lo mismo, y esperaba que, de sospechar que había yo bebido, se me sometiera a la prueba del alcoholímetro. Pero no ocurrió así. Simplemente se me acercó una agente, me puso ambas manos frente a la boca formando una especie de cuenco o cavidad, y me ordenó: “¡Sople!”

Por Juan José Morales

Instrumentos como este, los alcoholímetros, se utilizan para determinar el contenido de alcohol en la sangre de las personas y por lo tanto su estado de ebriedad. Pero para muchas policías mexicanas, “aliento alcohólico” es sinónimo de embriaguez y lo usan como pretexto para realizar detenciones ilegales y extorsiones.

En un principio me negué a hacerlo. Pero luego decidí obedecer, para ver hasta dónde llegaría el asunto. Soplé. La dama uniformada se llevó las manos a la nariz, y al parecer decepcionada por no haber sentido olor a alcohol, me pidió soplar con más fuerza. Lo hice, nuevamente aspiró con fruición entre sus manos, y me indicó seguir adelante.

Recordé este incidente —que demuestra la forma burda, rudimentaria, primitiva y antihigiénica en que ahora la policía cancunense practica las pruebas de alcoholimetría, que en el trienio anterior se hacían con instrumentos científicos— a propósito del caso del estudiante jalisciense Ricardo de Jesús Esparza Villegas, cuya muerte en Guanajuato hace unos días durante el festival cervantino se atribuye a la policía de esa ciudad, que —según atestiguan sus compañeros— lo detuvo bajo el cargo de “tener aliento alcohólico”.

Esta es una práctica muy común en las policías mexicanas, y se-guramente si la agente policiaca que me hizo soplarle en las manos hu-biera sentido el más leve olor a ron, vodka, ginebra o cerveza, hubiera yo ido a dar sin mayores averiguaciones a una celda. De hecho, al co-mentar el incidente, dos personas me dijeron haber sido detenidas y retenidas varias horas en circunstancias similares.

Pero en México la producción, venta y consumo de bebidas alcohólicas son perfectamente legales. Tomarlas, por tanto, no constituye un delito. Ni siquiera una falta administrativa. Y tener aliento alcohólico es una consecuencia lógica e inevitable de ese acto legal, sin que signifique necesariamente estar ebrio.

Lo que influye en las reacciones físicas y mentales de una persona que ha bebido, es la concentración de alcohol en la sangre, la cual varía debido a muy diferentes factores, desde —obviamente— la cantidad ingerida, hasta el peso y el sexo del individuo. El aliento alcohólico, a su vez, depende también de muchos factores, incluso el tipo de bebida. El vodka, por ejemplo, deja un aliento alcohólico mucho más acentuado que el whisky. Por eso, se dice, los diplomáticos prefieren beber este último.

El aliento alcohólico no es ni puede ser una medida del estado de embriaguez de una persona. Lo único que indica es que ha tomado al-cohol. Para determinar cuánto, existen los dispositivos que, mediante una reacción química del aire expirado de los pulmones —el cual contiene alcohol etílico—, miden con cierta aproximación el nivel de alcohol en la sangre de una persona. Y si decimos cierta aproximación, es porque para tener mayor exactitud se requiere un análisis de sangre.

No vamos a entrar en detalles respecto a cuál es la concentración máxima de alcohol en la sangre de un conductor que permite la ley, y sobre lo cual no existe un criterio internacionalmente aceptado sino que varía considerablemente de un país a otro. En Canadá y México, por ejemplo, se tolera un nivel cuatro veces mayor que en Suecia.

La muerte del joven Esparza ha venido así a ser un triste y lamentable recordatorio de las arbitrariedades de las policías mexicanas, que usan el “aliento alcohólico” como un pretexto más para extorsionar a los ciudadanos. Y ha servido también esa muerte para mostrarnos, una vez más, en manos de quiénes está la (in)seguridad de los mexicanos.

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