Hace poco comentamos en esta columna el caso de una joven italiana, Caterina Simonsen, que publicó en Internet sus opiniones en favor de la experimentación con animales para crear nuevos medicamentos y desarrollar nuevos tratamientos médicos, pues ella —al igual que muchos millones de personas en el mundo entero— le debe la vida a ese tipo de investigación. En su caso concreto, Caterina sufre varios y muy graves padecimientos que le impiden respirar normalmente y la hacen en extremo vulnerable a las infecciones. Si no ha muerto, es gracias, como ella dice, a que los fármacos que se le administran, y los aparatos que le permiten respirar, y a los cuales debe estar conectada la mayor parte del día, fueron antes probados en animales para determinar su inocuidad y eficacia.

Por Juan José Morales

Caterina en la foto que subió a Internet, con el mensaje, en italiano, en el cual expresa que pese a sus gravísimos padecimientos puede seguir viva gracias a ciertos fármacos y un aparato respirador creados mediante la investigación con animales de laboratorio. El mensaje le valió una catarata de injurias por parte de fanáticos “defensores de los animales”, que incluso la tacharon de bestia repugnante que valora más su propia vida que la de algún indefenso animalillo.

Pues bien, el bloguero Mauricio José Schwarz informa en su portal El Retorno de los Charlatanes, que tras haber publicado aquel texto, la joven recibió más de medio millar de mensajes ofensivos, insultantes, agresivos e injuriosos, e incluso varias decenas de amenazas de muerte, por parte de sedicentes defensores de los animales, según los cuales vale más la vida de cualquier animalillo que la de un ser humano. Para tener una idea del contenido de tales mensajes, basta transcribir algunos:

“Por mí muérete mañana, no sacrificaría a mi pez dorado por ti.”

“Si hubieras muerto de niña, a nadie le habría importado.”

“Por mí también podías morir a los nueve años, no se hacen experimentos en ningún animal, raza de bestias repugnantes.”

Ante semejante campaña de odio, la joven tuvo que cerrar su sitio de Internet, y en el hospital en que se le atiende hubo que brindarle protección especial para garantizar su seguridad ante la posibilidad de que algún “animalista” o “defensor de los derechos de los animales” atente contra su vida.

En verdad, resulta increíble que haya gente con tal nivel de ceguera intelectual, de fanatismo, de desprecio por el dolor, el sufrimiento y la vida de sus semejantes, y con semejante grado de estupidez.

No sé si alguno de mis lectores se opone al uso de animales con fines de investigación científica —uso que, hay que recalcarlo, se realiza bajo estrictas y severas normas éticas para evitarles sufrimientos innecesarios—, pero si tal fuera su punto de vista, quizá le hará reflexionar el dilema que, en una carta dirigida a la revista British Medical Journal, planteaba un farmacólogo respecto al problema de la seguridad, el riesgo y el beneficio en la investigación médica. “Si tenemos —decía— cuatro posibles medicamentos contra el VIH, pero el primero mata a cuatro tipos de animales, el segundo a tres de ellos, el tercero a uno solo y el cuarto no mata a ninguno de los animales, aún administrado en grandes dosis, ¿cuál de ellos debemos probar en un pequeño grupo de voluntarios humanos? La respuesta es sencilla: el cuarto. La pregunta más difícil es ¿cómo sabríamos de otro modo cuál de los cuatro medicamentos es el menos peligroso?”

Así es, en efecto. La medicina sencillamente no puede avanzar sin experimentar con animales. Y sería criminal lanzar al mercado nuevos medicamentos o comenzar a emplear nuevos procedimientos quirúrgicos que no hayan sido probados exhaustivamente en animales para asegurar que no causarán daño a los pacientes.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx

Hace unos meses, Caterina Simonsen, joven de 25 años, estudiante de veterinaria en la universidad italiana de Bolonia, publicó en su página de Facebook las razones por las que estaba en favor del uso de animales en la investigación médica y científica. “Yo —escribió— padezco de cuatro enfermedades genéticas, y hubiera muerto a los nueve años de edad de no ser por los tratamientos y medicamentos desarrollados gracias a la experimentación con animales.”

Por Juan José Morales

Este contundente argumento viene a colación porque en los últimos tiempos ha cobrado cierta fuerza un movimiento —inspirado en el ecologismo romántico— contra el uso de animales de laboratorio. Se alega que esta práctica es inhumana y cruel, que se somete a los animales a sufrimientos innecesarios, y que debe ser prohibida. Incluso, grupos radicales exhiben a los científicos como una especie de sádicos asesinos que se deleitan torturando y matando inofensivas criaturas, y han llegado al extremo de publicar sus nombres, fotos, teléfonos y direcciones, exponiéndolos así a ser víctimas de atentados por parte de individuos desquiciados, como los vándalos que recientemente asaltaron un laboratorio de la universidad de Milán en Italia, abrieron las jaulas para soltar a los animales que ahí había, destrozaron instrumental y equipo y causaron graves daños a las instalaciones.

Personas que no tienen empacho en poner veneno para ratas en su casa, aplastarle la cabeza a un ratón con una ratonera, o comer la carne de un pollo o una vaca criados con el solo objeto de matarlos y descuartizarlos, ponen el grito en el cielo y califican de sadismo el uso de unos pocos animales en experimentos que salvarán —como ya se han salvado— millones de vidas humanas.

La realidad, sin embargo, es que la experimentación con animales —principalmente cobayos y ratones— es necesaria y podría decirse indispensable para el avance de la ciencia y la medicina. Tan es así que de 1901 a la fecha, prácticamente todos los laureados con el Nobel de Medicina han usado en sus trabajos datos obtenidos de la experimentación con animales.

Pruebas de este tipo han servido para desarrollar las vacunas contra el tétanos, la viruela, la poliomielitis, la tuberculosis, la meningitis, el virus del papiloma humano y muchas otras, que salvaron cientos de millones de vidas. Fue también experimentando con animales como Pasteur comprobó su teoría sobre el origen microbiano de las enfermedades, que vino a revolucionar la medicina.

Gracias a la experimentación con animales se pudo probar la eficacia de la penicilina y de los numerosos antibióticos que le siguieron, y fue posible asimismo desarrollar los tratamientos a base de insulina que permiten a millones de diabéticos mantener una adecuada calidad de vida. En animales se han probado y perfeccionado diversas pruebas de diagnóstico como la resonancia magnética, trasplantes de órganos, transfusiones de sangre, inhaladores para los asmáticos —que incluso le salvan la vida a miles de enfermos— y técnicas quirúrgicas como la implantación de prótesis de cadera. El sida, que en los inicios de la pandemia equivalía casi a una sentencia de muerte, ha podido ser controlado con medicamentos probados en animales, y la esperanza de vida de incontables enfermos de cáncer ha aumentado considerablemente por la misma razón.

Todavía podemos agregar algo que mucha gente ignora: que la obligación de probar los nuevos medicamentos en animales antes de que se pudiera autorizar su venta al público, se estableció para proteger al ser humano. Y eso fue apenas en la década de los 30 del siglo pasado, con motivo de una grave intoxicación masiva con sulfanilamida que mató a más de 100 personas en Estados Unidos. Anteriormente, las regulaciones eran muy laxas y prácticamente sólo se podía prohibir un medicamento después de que ocurrían hechos como el mencionado. Luego, en la década de los 60 hubo que reforzar la legislación para hacer obligatorias las pruebas con animales preñados para evitar tragedias como la de la talidomida, un sedante que provocó el nacimiento de miles de niños sin brazos ni piernas o con los miembros insuficientemente desarrollados, porque sus madres tomaron ese fármaco durante el embarazo.

No hay que dejarse llevar por impulsos compasivos y sentimentales mal entendidos. La experimentación con animales es indispensable e inevitable. Prácticamente todos los avances de la medicina durante el siglo XX y lo que va del XXI, se han basado en el uso de animales de laboratorio.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx