El talento de nueve escritores mexicanos se encuentra en esta antología de cuentos que tienen un tema en común, el narcotráfico en México. Sin embargo, cada autor encontró la manera precisa de narrar su cuento. Una frontera amenazada, jóvenes genio que acaban en el lugar equivocado, chicas acosadas, guardaespaldas asesinos, ancianos que rememoran el pasado, entre otros temas son los que el lector encontrará en estos relatos.

Este libro reúne a nueve de los más aclamados y talentosos escritores contemporáneo y  apunta para ser una de las mejores antologías sobre este tema en la actualidad. El lector debe simplemente revisar la lista de los autores que participan: todos ellos, testigos de un país que sucumbe y sobrevive continuamente, se han ganado un lugar como los mejores escritores en su ámbito.

Autores: Alejandro Almazán; Bernardo Fernández, Bef; Rogelio Guedea; Julián Herbert; Antonio Ortuño; Eduardo Antonio Parra; Ricardo Ravelo; Juan José Rodríguez y Daniel Espartaco Sánchez.

Al rastrear a un escritor que se la pasó poniendo mensajes ocultos, o guiños, o citas, a lo largo de toda su obra (sin entrecomillar; lástima, ya es muy tarde para que lo usen como escudo) me reencontré con que a pesar de que él proclamó la existencia tan sólo de tres temas (el amor, la muerte y las moscas), abordó con mucha insistencia otro: la del escritor que no escribe.

Fue el principal responsable de que le persiguiera el estigma de ser una persona divertida; uno de sus últimos títulos aludía a que él, y su obra, en realidad escondían a una persona triste. Era una antología del cuento triste, y en ella estaba incluido un relato suyo que hizo reír a todos sus lectores. Es cierto que la carcajada es efímera mientras más estruendosa, que los chistes se hacen monótonos y aburridos, y muy pocos se reciclan, además de que esconden rencores, odios, complejos y venganzas. La sonrisa es más perdurable, y no siempre, más bien casi nunca) la producen las cosas divertidas.

Él, inteligente y culto, respondía incluso las preguntas más sencillas con alguna cita de Cervantes o de Shakespeare o de Flaubert o de Alfonso Reyes, y su interlocutor no siempre lo descubría; así, una broma compartida se convertía, de manera involuntaria, en una manera de descubrir que el interlocutor no estaba a su altura ni tenía su misma erudición. Pasó a convertirse en chistoso. Su propia vida lo propiciaba: durante su juventud y su madurez tradujo, corrigió y enmendó centenares de libros; como hombre inteligente y culto, prefería la corrección de galeras, particularmente ardua, aunque sus patrones opinaban que sus mejores trabajos consistían más en encontrar errores históricos, corregir datos equívocos, enderezar una traducción mal hecha, que en encontrar erratas, traslapes y acentos mal colocados, que con frecuencia se le pasaban.

Y ya maduro, luego de pasar por varios trabajos rutinarios y acabalar con chambitas editoriales, o dirigir talleres pese a que creía que la literatura se hace en silencio y en soledad, de pronto sus libros (escasos y breves) comenzaron a ser publicados y reeditados en muchos lados, se le dieron reconocimientos que no buscaba, y tranquilidad económica.

Pero extrañaba la rudeza de las galeras (que por algo se llaman así), el cotejo contra un original caótico y mal escrito para ponerlo en español correcto y así hacer creer al autor corregido que sí sabía escribir. Y se presentaba en las editoriales que antes le daban chamba y que le publicaron sus libros; se alegraban de verlo, casi tanto o más que antes; festejaban su arribo y esperaban que llegara con un nuevo manuscrito que, desde ya, sabían que estaba bien, que no necesitaban mandarlo a dictamen, que sería un placer publicarlo, con el atractivo extra de que se vendería mucho mejor que antes, pues ya era famoso.

Pero al preguntar el motivo de su visita, contestaba que iba a ver si había alguna chambita, algunas “carnitas” como le decía a las galeras, de algún libro que no urgiera mucho porque tampoco quería trabajar de prisa; los antiguos patrones y ahora editores soltaban la carcajada, y él se reía, triste porque en efecto quería llevarse unas pocas decenas de páginas para corregirlas en un par de semanas, y tenía que reírse para que sus editores no se sintieran ofendidos de que ellos se rieran y él no. Pero en realidad añoraba los días en que se ganaba la vida leyendo.

Me topo, sorpresivamente, con un libro atractivo: La biblioteca de los libros perdidos; en otro lugar lo comentaré con más calma; aquí, en privado, lamento que el autor se refiera a algunos cuantos casos de pérdidas lamentables: los manuscritos que fueron devorados por el fuego (Lowry, Joyce) o peor, de los que se rescató parte sólo de esos manuscritos y que se publicaron así, fragmentados, incompletos, inconclusos, sólo para que el lector lamente lo que se ha perdido; los extraviados en taxis, en trenes, en estaciones de trenes, en hoteles no siempre de buena categoría; los manuscritos despedazados por los propios autores o por terceras manos misericordiosas.

Lamento que el autor, un alemán casi joven especialista en literatura anglosajona que ha publicado un par de biografías (Melville, Mary Shelley) y una compilación de anécdotas literarias que se antojan, porque éste lo hizo muy bien; por desgracia, el mundo hispano está lejos de los intereses de Alexander Pechmann, el autor, pues sólo cita, a propósito de nada, a Jorge Luis Borges y a Enrique Vila-Matas, y desconoce el caso de la primera novela de José Revueltas, un atado de cuartillas que se perdió para siempre en un taxi, y que Revueltas, entre desconsolado y con alivio, no pudo rehacer nunca (digo que con alivio porque pese a todo, nunca estuvo seguro de sí mismo, y escribir era un acto creador, pero angustioso); no menciona el caso de La cordillera, la novela de Juan Rulfo que todos esperaban que superaría el Pedro Páramo que había asombrado a los lectores de 1955, y que Rulfo nunca terminó, y de la que se publicaron algunos adelantos y fragmentos que no estaban cuajados; o la novela de Fausto Vega que se perdió en una inundación y que provocó el silencio literario de su autor; o la sequía de Sergio Galindo que entre La comparsa y Los dos Ángeles (con la irrupción, tímida, de El hombre de los hongos y Este laberinto de hombres), produjo media docena de empiezos esperanzadores de novelas que se quedaron truncas; las novelas anunciadas que nunca se completaron y que llegaron a ser legendarias entre los amigos de los autores (varias de Cabrera Infante, anunciadas aunque negadas por él, que achacaba el anuncio a sus editores), los libros prometidos por Carlos Monsiváis (un ensayo de los Hermanos Marx, una biografía de Carlos Pellicer, una semblanza del cine mexicano, su estética de la naquiza y no el fragmento que publicó, una novela de la que leyó un fragmento en público), la novela inconclusa de Salvador Novo (o al revés, sus memorias que nada añaden a su gloria literaria).

Más desconsolador aún, la novela que se perdió en un apagón, cuando las computadoras no tenían disco duro, y el autor no había guardado el texto (“salvado”, un término más adecuado para el caso); Pechmann habla de un libro que se perdió entre miles de páginas impresas de otros libros, en los talleres de una editorial descuidada; no sé del caso de ningún manuscrito que se haya perdido en el escritorio de Bernardo Giner de los Ríos o en el de Felipe Garrido, porque ambos tenían la costumbre de empezar el año escombrando sus escritorios (Bernardo encontró en una ocasión tres tipómetros, varias cajetillas de cigarros, un contrato, cuando menos cuatro agendas) y así los libros sólo se postergaban, pero nunca se perdieron; se perdió una obra a cargo de Felipe Garrido, pero no fue su culpa, sólo se revolvió con otros libros que llegaron al taller el mismo día y con la misma urgencia; cuando lo encontraron ya había pasado la urgencia; hay un caso triste de que un autor joven recibió la noticia de que su primera novela estaba aceptada, y le dieron un plazo muy razonable para que apareciera; así, dio su segundo título a otra editorial, que no corrió, hizo el trabajo a pausas, para que apareciera un par de meses después que la primera, para que los lectores apreciaran su tacto, su ingenio, el dominio de su lenguaje; pero la primera novela se atoró en el escritorio del editor, que sólo se apresuró a publicarla cuando vio en las librerías la segunda novela del joven, al que los lectores no apreciaron sus adelantos porque desconocían la primera novela que a partir de entonces fue la segunda. O el libro de cuentos aceptado y que se perdió junto con otros volúmenes aceptados en el camino a Xalapa, aunque sí aparecieron las cajas con los libros rechazados; el cuentista, desde luego, no tenía copias. O la novela que apareció 20 años después, y que se publicó sin la anuencia de la autora, que ya había decidido que nunca sería escritora, y nunca más volvió a escribir.
Entre los casos que cita Pechmann están los de los autores que se hicieron célebres porque prometían pero no cumplieron, los que asombraban a sus contertulios, los corregían, los orientaban, los criticaban, y los hacían pensar que cuando él se decidiera a terminar la novela que contaba que escribiría algún día, despedazaría el panorama literario, pero nunca publicó nada; así hay muchos casos en la literatura mexicana del siglo XX, e incluso del siglo XIX; Francisco Cervantes aseguraba que “cada profesorcito tiene sus seis libritos”; menos de ésos, condenan a su autor a ser un eterno aspirante, de los que hay muchos en nuestra literatura, aunque preferibles a los que publican uno o dos libros por año.

Hay un caso no muy conocido pero cierto: un famoso escritor que entonces no era famoso y asistía a una tertulia, en donde contaba lo que había escrito en la semana, y tenía deslumbrados a sus amigos; la novela, compleja y divertida, prometía ser obra definitiva y definitoria de la literatura contemporánea; cuando apareció cumplió con esas expectativas, pero desilusionó a sus contertulios, porque el autor, supersticioso, se negaba a hablar de la obra que estaba escribiendo porque podía cebársele; así, inventaba cada semana otra novela, distinta, caótica, entretenida, divertida; no es que les disgustara el resultado, pero habían oído otra diferente; ni el autor ni los otros tertulianos sabían que entre los asistentes se encontraba un célebre corrector, de memoria prodigiosa, que sabía de la superstición de su amigo, y precavido, transcribía cada semana lo que el escritor contaba, y así, existe una versión paralela de esa novela, resguardada por los sobrevivientes de esa tertulia, para publicarla sólo para los que están en el secreto; tal vez algún día se dé a conocer esa novela secreta que dictó, sin saberlo, ese escritor bromista.

Iba a hablar del escritor que no escribe; no es un autor frustrado, no es un incompetente, no es alguien que carezca de habilidad narrativa (por no hablar de los que hablan mejor de lo que escriben), no les falta imaginación, dominan la técnica y tienen una cultura amplísima; conocen los secretos de la escritura y los de otras actividades que pueden darles temas atractivos; han llevado una vida llena de sobresaltos, han amado (y sido amados) a mujeres bellas, inalcanzables; guardan en silencio amoríos escandalosos de los que nadie se enteró, y con sólo contar parte de ellos tienen para escribir historias estremecedoras, fulgurantes, llenas de erotismo y, si quisieran, de vulgaridad estrujante. Pero algo les impide escribir; Tito Monterroso cuenta de varios casos en todos sus libros: no es la flojera sino la erudición y el exceso de crítica (también tema de Vicente Leñero) lo que los paraliza; no es miedo, pero sí algo parecido.

Pechmann habla con sensibilidad de Emily Dickinson, la poetisa más importante de Estados Unidos, quien en vida publicó un puñado de poemas por lo regular editados (arreglados) por sus editores; sólo después de fallecida la conocieron y la reconocieron; por desgracia Pechmann no habla de un caso paralelo, el de Josefa Murillo, casi contemporánea de Dickinson; tampoco salió de su tierra (Tlacotalpan; hoy Agustín Lara, su paisano, es más famoso que ella) ni pudo estudiar lo que quiso, y escribió a contracorriente, a escondidas, y, peor, llena de compromisos que sus conocidos le asestaban (tarjetas, saludos, poemas de ocasión); así y todo, y con temas y tratamiento y estilo muy parecido al de Dickinson, su obra es de las más importantes de nuestras letras.

Se destapa un caso vergonzoso: Santos de Nueva Orleans, uno de los equipos más importantes de los últimos años de la NFL, recompensaba a sus jugadores que lesionaban a los contrincantes más peligrosos; coaches, coordinadores, jugadores, estaban en esta artimaña: tacleaban por debajo de la cintura, daban golpes fuera de tiempo, los atacaban cuando había terminado la jugada y no estaban preparados para recibir el golpe (el castigo, es el término de la jerga de este deporte); así, con la complacencia de los jueces, precipitaron el retiro de Brett Favre,dejaron a varios sin terminar una temporada a causa de las lesiones, y pusieron en peligro su carrera y, peor, su vida. Los responsables se dicen arrepentidos. ¿Las sanciones económicas serán las adecuadas, con eso se terminará esa artimaña? ¿De verdad es tan importante ser campeón que a los jugadores no les importa el destino de sus contrincantes?

Hace unos días se supo que el equipo argentino de futbol había corrompido a sus rivales en la semifinal de la llamada copa del mundo, en 1978, el equipo peruano, que aceptó, de manera inesperada, seis goles que permitieron a los argentinos disputar la final; desde entonces se sospechó algo, y de allí la negativa de los futbolistas holandeses a participar en la ceremonia de premiación; las autoridades del futbol anunciaron que desconocerían ese título, y despojarían a los argentinos de ese campeonato; los diarios mexicanos callaron la noticia; no es de extrañar que la gente se conforme y que digan que no tiene caso el castigo después de 34 años; no es de extrañar, entonces, tanta corrupción, tanta gente que se marea de poder con un puestecito de morondanga, por un pinche premiecito o un nombramiento de nada.

En www.lospinos12, cada semana una colaboración sobre los intelectuales en el poder.