A propósito de las encueradas en dos cintas con un mínimo argumento sobre lucha libre (en Santo en el tesoro de Drácula, para dirimir un conflicto de intereses al apoderarse del tesoro acumulado por el conde Drácula –Santo, para beneficiar a los pobres del mundo; los villanos, para beneficiarse ellos, que le proponen a Santo se vayan mita y mita—, establecen que lo resolverán en un ring; ésa es la única lucha en la cinta (Santo derrota a su adversario); en La horripilante bestia humana, Norma Lazareno, Gina Moret y algunas extras enseñan más fuera del ring, donde pelean vestidas con unos trajes incomodísimos), pregunta Francisco Elorriaga cuál sería la película más sexy-erótica del cine mexicano; además de que sólo soy un aficionado pero no experto en nuestro cine, y que no he visto todas las que se han filmado, creo que hay más bien escenas que cintas eróticas; en algunas, ni siquiera ha habido desnudos, y en otras, apenas se han insinuado.

Por ejemplo, en El niño y el muro, sin que muestre nada de su muy sensual cuerpo, Yolanda Varela con puros gestos insinúa un orgasmo que escandalizó a la gente en los años sesenta; la corretiza que le pone Jorge Negrete a Raquel Rojas en Cuando viajan las estrellas es bastante excitante, aunque sólo se vean parte de los muslos (eso sí, de bailarina de flamenco) de la estrella, y las piernas tambaleantes de Negrete, vestido, que cuando la alcanza decide mejor ser caballeroso (¿o estaba muy cansado?). En casi todas sus cintas de los años cincuenta y sesenta Silvia Pinal francamente provocó estremecimientos masculinos, sin que haya necesitado de ningún desnudo (los que hizo no fueron ni sensuales ni eróticos); con Pedro Infante, cantando unas rondas infantiles, estremece al auditorio, y más cuando se levanta la falda y se la pone como mantón en la cabeza, sin que se dé la vuelta en beneficio del espectador; en todas sus comedias de los años sesenta está a punto de mostrar las tarzaneras, pero se queda a unos milímetros; en ¡Viva el amor! baila un cancán inolvidable, aunque no conmueva mucho al ya acabadón Emilio Tuero. El faje que le ponen Fernando Soler y Manuel Medel, simulando ser médicos, a la sirvienta de la casa de Blanca de Castejón en ¡Qué hombre tan simpático!, sin que le toquen ninguna parte pudenda ni le quiten el vestido (tal vez porque los interrumpe Rafael Banquells) es bastante atrevido, sobre todo para 1943. Elsa Aguirre fue pródiga mostrando las piernas, y de pronto algún escote y siempre fue cuando menos provocativa; no lo fue, en cambio, cuando mostró las pantarraf (De noche vienes, El cuerpazo del delito); Infante la interrumpe en uno de los más nerviosos streap tease del cine mexicano, y sólo se queda en brasier y panties, cuando él la detiene. Excepto las escenas filmadas por Sasha Montenegro e Isela Vega, por lo regular el cine de ficheras mostró mucho pecho, demasiadas nalgas e incluso bastante vello púbico, pero no quiere decir que haya erotismo, sensualidad ni belleza en esos desnudos; aquéllas, más Pilar Pellicer, Alma Delfina y una que otra más, eran más bellas que buenotas, y sacaron provecho de esas características; Pellicer hizo un desnudo fugaz, excitante, en Las visitaciones del diablo, y otro, no por cómico menos atractivo, en Los amantes fríos; pero más que el desnudo, nada despreciable, eran excitantes sus movimientos cuando calentaba el atole para su compadre Toño Zamora (soplando al brasero), mientras dizque velan a Alejandro Suárez (Marco Pulido recuerda una escena más audaz en el teatro, cuando una mujer no hace más que trapear el piso, mientras el público masculino aullaba; en la española Las Leandras una actriz excita al auditorio con un acto más púdico y simple: empuja una carreola). Con pretexto o sin él, Julissa hizo desnudos muy bellos, aunque en alguno lo despojaba del erotismo que debe acompañarlo, al hacer movimientos bruscos y usar un lenguaje desinhibido y desalentador; su compañera en una de esas cintas, Alma Muriel, hizo algunos desnudos memorables por la belleza de su cuerpo, no por el gesto lejano y sufrido. El de Arabella Arbenz en Un alma pura es más frío que bello, y nada excitante. En Trío Cuarteto Ana Martin sale desnuda del lecho que comparte con Pedro Armendáriz, de una manera tan natural y tan fugaz que el espectador apenas tiene tiempo de admirarla, sin sentir ninguna reacción; al final de la cinta, en cambio, Armendáriz decide que, aun contra su voluntad, Martin debe acostarse con varios amigos de él; no se ve lo que le hacen, pero se escuchan sus quejas, sus lamentos y sus gritos hasta que, con el último sucesor, en cambio, gime de placer y se escucha una risa saludable, mientras el rostro de Armendáriz se descompone, y el espectador se queda con las ganas de que se hubieran filmado esas escenas. En cambio su desnudo frontal en Cadena perpetua no hace pensar en el presente sino en el pasado inmediato; en esa cinta Pellicer hace un desnudo bello pero fugaz, y Angélica Chaín, el más natural, erótico y estético de los muchos desnudos que hizo para el cine mexicano. Una de las cintas más eróticas del cine mexicano, El vuelo de la cigüeña, contiene muchos desnudos de Rosalía Valdés y de José Alonso, y varios semidesnudos de Pedro Armendáriz (uno parcial de Lilí Garza) y desaprovechan en cambio a Elizabeth Aguilar, que poco antes (o poco después) posó sin chones (según expresión de Vicente Vila en Siempre!) para Playboy; lo más erótico, en cambio, es la naturalidad de los desnudos de Valdés, quien sin tapujos se quita la ropa, se muestra de frente y de espaldas, faja con Alonso en la cama, en escenarios naturales, y en el Metro, delante de muchos pasajeros que se hacen disimulados; Tere Álvarez protagoniza un desnudo procaz, abierto, en un baile salvaje y violento en Adriana del Río, actriz, de Alberto Bojórquez, pero lo censuraron y quedó sólo la parte vulgar; Tina Romero, quien se desnudó en varias cintas, se ve más excitante cuando muestra las panties en Lo mejor de Teresa, mientras bebe cerveza en casa de una amiga (en la vida real repitieron la escena tantas veces que las actrices sufrieron una alteración embriagadora, pues no bebían sidral, era cerveza); Blanca Baldó y Ana Martin (mucho más la primera) salen muy desnudas en Ángela Morante, ¿crimen o suicidio, pero la cinta es bastante floja y, descontextualizados, los desnudos pierden su fuerza; José Estrada hizo mejores escenas eróticas, sin necesidad de desnudar a las actrices; en Para servir a usted, el espectador se excita tanto como Héctor Suárez ante la desfachatez de Claudia Islas, quien apenas aparece en pantaletas en una escena breve y sorpresiva. Julián Pastor, el responsable de los desnudos en El vuelo de la cigüeña, encueró también a Blanca Guerra y a Grace Renat en Estas ruinas que ves; de los de la primera ya hablé en la anterior, y Renat, que aparece totalmente desnuda en una cama, dispuesta a la entrega, es más atrevida en otra escena en la que, sin calzones, se agacha y muestra los glúteos al espectador y a Rafael Banquells y a Jorge Patiño, quienes le ponen sabor a la escena, mucho más que ella (la completa Guillermo Orea cuando, briago, se queja: “¿por qué no me dijeron que le estaban viendo las nalgas a Sarita?”); esa escena es inútil, en la cinta y en la novela; pero Renat tampoco aparece sensual cuando Orea la manosea al mostrarle una baraja con posiciones sexuales diversas. A principios de los setenta hubo expectación por un desnudo que protagonizaría Rosalba Brambila en El rincón de las vírgenes, cuando sale huyendo sin ropa de la cama de Alfonso Arau, y en efecto, está sin ropa, pero en una toma lejana, y parcial; se ven fugazmente sus pechos y sus piernas, pero nada más, aunque la escena se congela; hay más audacia momentos antes, cuando está en la cama, sin ropa, y se estira, agachada; el público no ve nada, pero no pudieron evitar la mirada concentrada de Arau en el trasero de Brambila (por esa época también apareció en una obra de teatro, donde no se desnudaba, pero mostraba unas pantaletas azules que hacían que el público pidiera un encoré). Meche Carreño hizo muchos desnudos para varias cintas de Juan Manuel Torres, y algunos son muy naturales, pero su desnudo más total lo hizo en La Choca, una de las últimas cintas de Emilio Fernández; al principio aparece surgiendo y sumergiéndose en un río, con tomas muy cercanas en donde se aprecia toda su sensualidad, famosa desde que apareció en monokini en las páginas de Cine Mundial; toda la cinta gira en torno a la violencia y al erotismo. Los desnudos estáticos de mediados de los cincuenta causaron expectación; no han perdido inocencia ni, en su caso, vulgaridad; estaban fuera de lugar, eran innecesarios, y sólo disfrutables por la belleza de las protagonistas; pero Kitty de Hoyos no era bella, sólo exuberante (su rostro parece descompuesto); Amanda del Llano ya no era la belleza deslumbrante de 15 años antes; sólo Columba Domínguez y Ana Luisa Peluffo eran atractivas, pero, inmóviles, no lo eran tanto. Por esas mismas fechas, muchas escenas de Sonia Furió excitaban más al espectador que las de aquéllas. En Dos crímenes, un personaje le dice al protagonista principal: “esa muchacha te anda poniendo las nalgas en las narices”, y el protagonista demuestra una excitación sólo notable por un ligero temblor en las manos. Ésa es la sensación que han dejado alguno de los mejores desnudos y algunas de las escenas eróticas que han abundado en el cine mexicano. Faltan muchas, pero en tal desorden que la memoria se llena de muchas escenas que pugnan por aparecer, pero no todas valen la pena. Hay que mencionar, sin embargo, unas excepciones: en El tercer hombre, cuando muy entrada la película aparece Harry (Orson Welles), tiene lugar una de las escenas más impactantes del cine; algo similar pasa cuando, en La comezón del séptimo año Tommy Ewell abre la puerta a la muy distraída y caótica Marilyn Monroe, quien hace una aparición deslumbrante, por desgracia fugaz y sin la atmósfera adecuada que rodea a la de Welles; pero la escena de las rejillas del Metro, aunque nunca se le ven las pantarraf, es una de las más perdurables del cine, y en la vida real provocó la ira y los celos de Joe DiMaggio, y en poco tiempo el divorcio. Así, una actriz desperdiciada, Maribel Fernández, en varias películas insignificantes, intrascendentes y mal hechas, deja al espectador con ese leve temblor en las manos sin que muestre la ropa íntima más que en una escena nada erótica, sino cómica; pero su desparpajo, su desenvoltura y la manera tan natural de exclamar vulgaridades, obscenidades o incluso de insinuarlas la hacen excitante. Excitante es una escena con dos estrellas has been en los años setenta: un escote de Marga López y una exhibición de piernas de María Elena Marqués (¿o es al revés: las piernas de López y los pechos de Marqués?) en ¿Qué hacemos con papá? agarran descuidado al espectador, pero no provocan reacción en Arturo de Córdova. Y otra excepción: en una cinta regular pero intensa de Luis Alcoriza, Los jóvenes, aunque es mucho más audaz y sensual Tere Velásquez, una muy guapa Adriana Roel aparece, con inocencia no exenta de sensualidad, en ropa interior; y en esa misma cinta, una de las más guapas y más desperdiciadas actrices, Dacia González, protagoniza una escena inquietante, cuando le bajan el cierre al vestido y muestra parte de la ropa íntima; aunque todos se ríen, estoy seguro que muchos de los actores que estaban allí quedaron excitados, como lo están quienes ven a González en Tiburoneros interpretando a una joven salvaje e incivilizada pero muy sensual (con pantaletas negras, por entonces, el colmo de la provocación). Y es recomendable ver la escena del faje en la Alameda entre Angélica María (mostrando chones) y Fernando Luján cuando ruedan en la hierba en Cinco de chocolate y uno de fresa. Y hablando de reacciones, son preferibles las de Joaquín Pardavé o de Carlos Riquelme a las de Andrés García, Jorge Rivero, Eduardo Lizalde o Jorge Negrete. Mis padrinos Marco Antonio Pulido y Marco Antonio Campos, de raigambre voyerista como todo cinéfilo que se respete, reclaman que no haya acompañado las reflexiones sobre las encueradas y los luchadores, con algunas fotografías; las que hay son malas y, supongo, tienen créditos y derechos reservados; pero les presumo que tengo una de Maribel Fernández pero no es publicable, no por pornográfica, sino por cuestión de derechos. En Midnight in Paris, el protagonista conoce al joven Luis Buñuel y le sugiere el guión de El ángel exterminador; Buñuel pregunta repetidamente “¿pero por qué no pueden salir?”; tarda más de 30 años en filmar la cinta, pero no la resuelve del todo; para poder abandonar la sala de la mansión en la que están encerrados, los personajes deben estar en la misma posición que al principio, y así se rompe el encanto o maleficio; pero la solución es falsa, porque para entonces ya han muerto dos de los invitados, por lo que es imposible que estén igual que al principio. *Ya hubo un juego perfecto en las Mayores, con la pequeña ayuda del ampáyer que cantó strike cuando era un wild pitch, y del bateador, que no corrió a la primera aunque era base por bolas y el lanzamiento se le pasó al receptor; pero no ha habido día en que haya cuando menos una blanqueada; y aunque es mucho adivinar, qué horrible deben estarlo pasando los fanáticos de Alberto Pujols, con 19 juegos sin cuadrangular, con 11 ponches y sólo 16 hits en 75 turnos; ¿es sólo un slump (el más largo de su carrera) o los Cardenales tenían razón en no ofrecerle las millonadas que pedía? Ya está en la edad en que comienzan a endurecerse los huesos y en tardarse un segundo más en sacar el bat, y tres segundos más en correr de home a primera.