Hay noticias que resultan muy satisfactorias y trascendentales. Por ejemplo, que la Facultad de Medicina de la UNAM y el Hospital General de México Doctor Eduardo Liceaga, de la Secretaría de Salud, han unido esfuerzos para crear el Centro de Medicina Tropical, una institución única en el país, que se concentrará en la creación de nuevas técnicas de diagnóstico, hospitalización, atención médica ambulatoria, investigación básica, docencia y capacitación para médicos y promotores de la salud orientadas al tratamiento y prevención de las llamadas enfermedades tropicales. En particular, de las cinco más comunes y extendidos en México: dengue, paludismo, mal de Chagas, leishmaniasis y lepra. Y es que, aunque todas ellas son curables o prevenibles, todavía siguen siendo un azote para millones de mexicanos.

Por Juan José Morales

Pero antes de seguir adelante, debemos recordar algo que varias veces hemos comentado en esta columna: que las llamadas enfermedades tropicales en realidad no lo son, y de hecho cada vez lo son menos. Se les denominó así porque durante mucho tiempo se tuvo la idea de que eran consecuencia de los factores ambientales —humedad, altas temperaturas, abundancia de insectos, etcétera— característicos del trópico. Pero también se han dado y siguen dándose, cada vez con mayor intensidad y frecuencia, en regiones templadas.

Carlos Justiniano Ribeiro das Chagas, científico brasileño, fue quien descubrió en 1909 la enfermedad que lleva su nombre, el parásito que la causa, la forma en que se transmite, las manifestaciones clínicas del padecimiento y su epidemiología. Obviamente, no trabajaba para ninguna gran empresa farmacéutica transnacional ni en algún gran hospital privado, sino en el Instituto Oswaldo Cruz de Río de Janeiro, una institución pública.

Carlos Justiniano Ribeiro das Chagas, científico brasileño, fue quien descubrió en 1909 la enfermedad que lleva su nombre, el parásito que la causa, la forma en que se transmite, las manifestaciones clínicas del padecimiento y su epidemiología. Obviamente, no trabajaba para ninguna gran empresa farmacéutica transnacional ni en algún gran hospital privado, sino en el Instituto Oswaldo Cruz de Río de Janeiro, una institución pública.

Más que enfermedades tropicales, deben considerarse enfermedades de la pobreza y el subdesarrollo, condiciones que determinan la falta de condiciones higiénicas y sanitarias y atención médica preventiva. Y justamente por eso, porque son enfermedades de gente pobre, a las grandes empresas farmacéuticas no les interesa desarrollar medicamentos o vacunas para erradicarlas.

Un buen ejemplo de ello es la leishmaniasis o úlcera del chiclero. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, es endémica en más de 82 países, 350 millones de personas están expuestas a contraerla, hay ahora más de 12 millones de casos y anualmente ocasiona 750,000 muertes. Y se trata de cifras muy conservadoras, pues hay numerosos casos no reportados y muchos enfermos que no manifiestan síntomas.

Otro caso parecido es el de la tripanosomiasis o mal de Chagas. Representa una amenaza para cien millones de personas en el mundo, hay ocho millones infectadas con ella —de las cuales 1.5 millones en Argentina y 1.8 millones en Bolivia—, es endémica en 21 naciones latinoamericanas, donde cobra doce mil vidas al año, y provoca más muertes que el paludismo. De hecho, mata a más gente que cualquier otra enfermedad ocasionada por parásitos.

Pero no hay razón para que así sea. El mal de Chagas es curable, aunque ello exige un largo tratamiento que puede prolongarse por años y requiere constancia y repetidas pruebas de laboratorio para verificar los resultados. Urge entonces desarrollar un método sencillo, barato y eficaz que permita determinar si ya se ha eliminado el parásito del organismo. Sólo así se podrá evitar que el paciente abandone prematuramente el tratamiento o que el médico siga aplicándolo por no tener seguridad de haberse logrado la curación.

En fin, podríamos seguir poniendo ejemplos, pero estos dos basta para ilustrar el punto que deseamos destacar: que para las grandes empresas farmacéuticas, las llamadas enfermedades tropicales —enfermedades de pobres— no son negocio y por ello no les interesa encontrar medios de erradicarlas. La solución tiene que surgir de las instituciones públicas, como lo son la UNAM y la Secretaría de Salud. Así que, bienvenido el Centro de Medicina Tropical.

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx