Aunque los héroes de John Ford son hombres recios, que enfrentan las adversidades con toda calma, las mujeres de sus cintas no son bravías, no desatan bajas pasiones, no parecen ser objetos del deseo, pero representan la recompensa luego de una batalla, una guerra, o toda una vida de sacrificios y retos.

Claro que hay excepciones: Dallas (Claire Trevor), la heroína de La diligencia, pese a su pasado (o por ello) (magnificado por Maupassant) causa grandes alborotos, despierta los deseos de varios, y finalmente es el premio que se lleva el también proscrito Ringo (John Wayne); ambos están si no fuera de la ley, sí de las buenas costumbres, son unos parias en comparación con los demás pasajeros, y hacen una de las parejas más memorables de cualquier western (¿Howard Hawks le puso Dallas a Elsa Martinelli en Hatari en honor a Ford y a Trevor?)

Dorothy Lamour, más vestida que de costumbre, es una metáfora de las pasiones contenidas, o al revés, el huracán de Huracán es una metáfora de lo que siente John Hall, y Mary Astor, la paz que encontrará cuando se calmen los vientos huracanados.

Maureen O’Hara es la promesa que se alcanzará cuando se descubra que la esperanza es el presente, no el futuro, de ¡Qué verde era mi valle!; en El camino del tabaco una subtrama parece encaminarse hacia la sexualidad, y tiene una de las pocas escenas donde una heroína de Ford muestra las piernas sin que sea en una carrerita: Ellie May Lester alborota al por lo regular ecuánime Walter Bond; en Mi adorada Clementina, o La pasión de los fuertes, el héroe Henry Fonda (Wyatt Earp) tiene en casa su recompensa natural en los brazos de Clementina (Cathy Downs), pero el antihéroe Victor Mature (Doc Hollyday) hace honor a su condición de paria y se refugia entre las piernas torneadas (aunque escamoteadas al espectador) de Linda Darnell (actriz que tuvo un final trágico), Chihuahua para sus compañeros de la lucha contra los Clanton.

En El fugitivo, la menos buena de las obras de Ford según una legión de admiradores, está basada en una de las novelas mayores de Graham Greene, El poder y la gloria; aunque la cinta carezca del áurea de fatalidad de la novela, los personajes son otra vez unos parias, unos perseguidos: el sacerdote alcohólico Henry Fonda, quien vive un romance a todas luces prohibido con Dolores del Río; ambos, perseguidos en un Tabasco dominado por el anticlerical gobierno (de Tomás Garrido Canabal), y finalmente redimidos por su fe.

En Fuerte Apache el drama es otro: Wayne se niega a victimizar a los apaches, pero su jefe Henry Fonda, más cuadrado, ordena una matanza que se convierte en masacre contra los soldados; hay sin embargo presencias femeninas: una adolescente Shirley Temple, quien en una escena muy divertida explica por qué se llama Filadelfia; en otra, los presos Victor McLaglen y Pedro Armendáriz son excarcelados para que lleven serenata a las señoras esposas de los comandantes del fuerte donde viven; fueron encarcelados por cumplir al pie de la letra la orden de Wayne cuando decomisan un contrabando de bebidas alcoholicas: “acaben con el whisky” (no está por demás estar de acuerdo con lo que dice Carlos Fuentes de Armendáriz en su reciente Personas: que es el mejor actor mexicano, aunque no por las cintas que prefiere Fuentes, sino por ésta y por From Rusia with Love; en ambas tiene escenas donde opaca a los protagonistas; en la segunda, en unos cuantos minutos borra a Sean Connery por completo; en la de Ford escenifica, y dice la leyenda que sin extras, cómo domar caballos salvajes). Armendáriz también aparece en Los tres padrinos, donde no hay mujeres importantes, excepto la moribunda y bella madre abandonada y recién parida a quien le hacen la promesa de que salvarán a su hijo, cosa que hacen a costa del sacrificio de la vida de Armendáriz y Harry Carey Jr. En Río Grande, otra cinta del ejército estadounidense, y en La legión invencible, las mujeres maduras o, mejor dicho, respetables, Maureen O’Hara y Joanne Dru, son obstáculo para que cumplan con sus deberes los héroes John Wayne y John Wayne, una porque se opone a que su hijo Claude Jarman Jr. sufra los rigores del ejército y clama por que lo haga Wayne orgullo de su nepotismo; la otra porque quiere apresurar la jubilación del mayor Wayne, y cobre una pensión a la que tiene derecho sin que le quiten impuestos. El hombre quieto presenta un Wayne asesino involuntario (lo que se describe en una escena muy breve), enamora a la arisca Maureen O´Hara, sólo que el cuñado Victor McLaglen se opone a que se casen mientras él permanezca soltero, por aquello de hermano saltado… y los malvados del pueblo le hacen creer que tiene chance con la viuda Sara (Mildred Natdwick), de lo que se desengaña el mismo día del matrimonio de Wayne con O’Hara, y aunque no puede deshacer la boda, se niega a entregarle al cuñado la dote respectiva, y O’Hara no quiere cumplir con sus deberes conyugales mientras no sea una mujer completa, es decir, con su dote; la cinta tiene una de las escenas más picaras del cine; Wayne, enfurecido con O’Hara, la arroja sobre la cama, que se rompe; al día siguiente los vecinos le llevan el mobiliario que McLaglen accede a entregar (no así el dinero), y cuando entran a la recámara y ven la cama rota imaginan lo que imaginan; toda una hazaña al no insinuar siquiera una vulgaridad. No hay hazaña al mostrar las bajas pasiones de Clark Gable por Grace Kelly, porque él nunca logró una escena en donde no tuviera mirada turbia y expresión de profesor que quiere negociar las calificaciones de una alumna apetecible; el clima cálido de la locaciones ayuda a esas bajas pasiones que Ford evita hacer explícitas y vulgares. Los buscadores, Centauros del desierto o Más corazón que odio no muestra el amor de Wayne por su cuñada Vera Miles, sólo cuando se deja llevar por la ira del deseo incumplido. No recalco más en otras cintas de Ford no por falta de deseo, sino porque haría repetitivo el recuento; tampoco deseo que se cuele ningún adjetivo que haga más evidente que John Ford es mi director favorito, que entiendo y comparto lo que dice Cabrera Infante acerca del wester filmado por Ford (o por Hawks): que si Homero hubiera escrito cine, hubiera hecho westerns; que admiro las cintas que no son westerns, que con las cintas de Ford uno se emociona, sufre, ríe y se reconforta; pocas cintas son tan admirables como la bélica The Wings of the Eagles, tan ágil y tan inteligente pese a que el protagonista pasa media película en cama, inválido; que pocas veces he sido tan crédulo (lo que es una exigencia básica en un aficionado al cine) como en Bill, qué grande eres (When Willis Comes Marchin Home), en la que un joven logra ser héroe aunque nadie se lo crea. Dice la leyenda que cuando los macarthistas querían linchar a varios directores sospechosos de izquierdistas (al revés de ahora, que quieren linchar a los que no proclaman que son izquierdistas aunque son más represores que los macarthistas), Ford los hizo callar con unas cuantas declaraciones, y con el apoyo que le dio a los perseguidos. También dice la leyenda que Ingmar Bergman se sintió halagado cuando lo compararon con Ford. Uno de sus admiradores es Woody Allen, y en más de una ocasión ha plagiado alguna de sus escenas; y aunque es un director que tiene exceso de bajas pasiones, ha tenido la delicadeza de no mostrarlas desnudas, más que ocasionalmente, y en escenas que poco tienen de sexuales. Pero que Allen las admira es algo que pocos podrían dudar. En Bananas tiene una de las pocas escenas procaces, pero elimina cualquier vulgaridad con el humor, cuando en pleno campo guerrillero, Princess Fatosh corre desnuda, sin blusa, pero tapándose los pechos, y grita que la ha mordido una víbora; poco antes les instruyeron que en un caso similar hay que chupar el sitio mordido para evitar que el veneno corra por el cuerpo; la reacción de todos los guerrilleros es correr para succionar el pecho mordido por la víbora, Allen incluido, con mirada torva; al final de la cinta se narra el primer encuentro nupcial con Luisa Lasser, por tres cronistas deportivos (uno de ellos el célebre Howard Cosell); todo sucede bajo las sábanas, escamoteado para el espectador. En Take the Money and run quiere seducir a su esposa Janet Margolin, pero, torpe, es incapaz de desabotonarle la blusa, ante el aburrimiento (¿o desazón? de ella); en otro momento, parodia de Fuga en cadenas, ella le reclama lo frío de su relación, ante el choteo de sus compañeros que se han escapado con él. En Sleeper una máquina sustituye la cópula entre humanos, pero Allen convence a la muy hermosa Diane Keaton (más hermosa en las cintas de Allen que en cualquiera otras) de que es mejor a la antigua; pero también, al declarar que lleva 200 años sin copular (el tiempo que ha estado dormido) agrega otros cuatro, “contando mi matrimonio”. Tal vez la escena más estremecedora sea la que abre Hanna and her Sisters, con el rostro de Barbara Herhey en un acercamiento total, entonces de 38 años y diez centímetros más alta que Allen, acompañada de una voz en off: “¡Dios mío, qué hermosa es!”. En Manhatan (¿su obra maestra?) abandona a la adolescente Mariel Hemingway para irse con Diane Keaton (“trouble is my second name!”), y al final, cuando Hemingway avisa que se va de viaje y que deberá esperarla, le asesta una frase terrible: “no seas tan madura”); antes, Hemingway le ofrece que hagan el amor “cómo siempre ha deseado”; Allen se levanta de la cama y ante la pregunta de ella de qué va a hacer, contesta con un desarmante “voy por mi traje de buzo”, lo que hace que el espectador imagine demasiadas cosas. La única escena con desnudos es la ofrecida en Radio Day’s, cuando el niño que encarna su papel (en este caso la Academia permite que se utilice “rol”, pero me niego a obedecer a la Academia en sus tonterías) observa a una mujer bañándose, mostrando toda su belleza en desnudez; lo inquietante no es el desnudo, sino la escena siguiente cuando el niño descubre que esa mujer espléndida (bien aplicado el adjetivo) será su maestra en el año escolar que comienza ese día. En esa cinta hay un faje en un auto que no culmina en cópula por culpa de la transmisión del célebre programa radiofónico de Welles sobre la invasión de los marcianos, en una de las mejores bromas de Allen en todo su cine. En La última noche de Boris Grushenko (o Amor y muerte) hace que la gentil y delicada expresión de Diane Keaton se muestre pícara cuando comparte la complicidad de sus infidelidades con todos quienes la rodean, lo mismo cuando hace la lista de sus amantes, y cuando el alarmado Allen pregunta azorado que si en realidad son tantos, ella con ingenuidad dice que apenas va en la letra A; pero cuando la condesa Olga elogia la manera de Allen de copular, éste presume que todo se debe a que practica mucho cuando está solo. Pero Allen tiene muchas escenas más al respecto de su pasión por las mujeres. Me deleitaré en la siguiente enumerándolas. *En el escándalo provocado por el párrafo que Poniatowska añadió a una entrevista que le hizo a Borges en 1973 se ven varias cosas: en primera, que leer a Borges es tan engañoso que se le pueden achacar poemas chabacanos con tan sólo imitar el ritmo de sus versos largos; que los lectores fueron tan apáticos que no advirtieron que en tres ocasiones cometió esa falta, y sólo hasta la tercera vez fue advertido el engaño, y sólo por María Kodama, quien se indignó porque alguien creyera a Borges capaz de escribir una cursilería, y además por mentir; en las redes sociales algunos se atrevieron a defender a Poniatowska; o no a defenderla, pues lo que hizo es indefendible, sino a disminuir sus acciones, y para ello la compararon con Peña Nieto, quien no fue capaz de recordar que no es lector; trataron de culpar a Miguel Capistrán, quien también cayó en la trampa de Poniatowska. Y en efecto, Miguel, siempre acucioso, pudo haber tomado la entrevista publicada, y utilizarla sin los añadidos tramposos; Capistrán tiene una memoria que registra matices, hasta los detalles más insignificantes, y resulta asombroso que no haya advertido el añadido de los poemas que no pudo recitarle Poniatowska a Borges a) porque no era suyo uno, y b) porque el otro no lo había escrito aún. ¿Capistrán pecó de inocente? En esas mismas redes sociales culparon a los editores, pero quienes lo hicieron ignoran que en los contratos los autores afirman ser los autores de los textos y se comprometen a responsabilizarse de cualquier acción que resulte si esto no es verdad; asombra cómo Capistrán rehúye su responsabilidad, y cómo Poniatowska disminuye sus culpas; asombra que en La Jornada hayan retorcido el asunto aunque sabían que los demás diarios lo iban a destacar. No debería de asombrarme: cuando el asunto de Peña Nieto y su mala memoria, el diario se puso a modo para que se luciera Andrés Manuel López Obrador con tres libros “que lo marcaron”: no objetaron que incluyera la Constitución Mexicana, documento que ni es libro y que además todo mexicano debería conocer, aunque no explicó AMLO si la conoce hasta en las últimas y muy extensas modificaciones; incluyó también la Historia Moderna de México, pero no confesó que leyó los diez tomos originales, si es que los leyó (es sabido que, excepto el coordinador y los demás autores de la obra magna, el único que la ha leído completa es José Emilio Pacheco), fue porque su tesis es sobre la República Restaurada, lo que hacía obligatorio que tuviera el libro y lo consultara (se ignora si también leyó la parte correspondiente al Porfiriato, el 70 por ciento de la obra), y Poemas, de Carlos Pellicer; en La Jornada, casi más que en cualquier otro periódico, son cultos e informados, y no ignoran que ningún libro de Pellicer se llama Poemas; ¿se estaría refiriendo AMLO al libro que se distribuyó en Tabasco cuando Pellicer hizo su campaña para senador por ese estado? López Obrador fue de los que dirigieron esa campaña, lo que haría obligatoria, para él, esa lectura. Como sea, Poniatowska cargará ese episodio para siempre, y a Capistrán le manchará su reputación como investigador minucioso y La Jornada no podrá acusar a los demás diarios de parciales y tendenciosos. *¿De dónde habrá sacado Televisa a Georgina González? Sabe narrar, conoce los deportes que narra, es simpática, dicharachera, ocurrente y, hasta donde la he oído, imparcial; esas características no son características de la gente de televisión; los cronistas televisivos suelen ser más del tipo de Aurora Bretón, quien en lugar de explicar al televidente los secretos de la arquería demostraba parcialidad hacia los competidores mexicanos, animaba a los arqueros aunque ellos desde luego no la oían, y su crónica se limitaba a unos cuantos “vamos Marianita, vamos”. *Aclaración pertinente: mi legendaria torpeza me impide poner puntos y aparte, por lo que se le pide a los lectores imaginen dónde deben ir. Gracias

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